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“Por un poco
más de luz”
Horacio Castillo
Obra Poética 1974-2005
Editorial Brujas
196 páginas
Córdoba, 2005
La
poesía de Horacio Castillo siempre
nos enfrenta a un límite, a un umbral,
más allá del cual empieza
el misterio, lo inquietante. Se sitúa
en esta zona abismal y describe con un pequeño
mito, personal o colectivo, su entorno.
Límite de nuestro lenguaje social,
límite de nuestra capacidad de imaginar,
de nuestra sensatez, de nuestra posibilidad
de amar, de nuestra existencia... Pero en
ese límite se reconocen nuevas fuerzas
que surgen a partir de la palabra poética
y su don de evocar la realidad; la realidad,
también, de nuestro sueño.
Su voluntad de partir de este umbral, histórico,
personal, social, convierte a esta poesía
en "inquietante", adjetivo con
que la definió Raúl Gustavo
Aguirre, temblorosamente palpitante de temporalidad.
Esta "inquietud" genera en los
materiales "eternos" con los que
en diversos casos está construida,
un "escalofrío nuevo" para
nuestras letras, como aquel que Hugo atribuyera
a Baudelaire. La gracia verbal de sus versos
justamente nace de la elección de
cada palabra en consonancia con este temblor
de época y vivencia. Pero también,
y ésta es una de sus cimas, la capacidad
de hallar las palabras que se correspondan
con una intensidad imaginativa, digna de
ser Ilamada "resplandores en la noche
metafísica", como también
aseveró, acertando, Aguirre. Una
intensidad imaginativa no habitual en la
poesía argentina de nuestra época.
Quiero decir, no persistentemente habitual,
intensidad además lograda con una
naturalidad formal que no se reduce al simple
hallazgo o iluminación casual.
Castillo crea una poesía como se
crea un mundo. Sabe que han existido antes
actos fundacionales, arquetípicos,
que están dormidos en nuestra sangre.
Sabe que debe construir e! poema como aquellos
antepasados desconocidos fundaban un espacio
habitable, una casa, una ciudad, un mundo,
o la esperanza de un mundo. Sabe que su
"persona" debe realizar un ritual
para ser admitido como brujo o "tuerto
rey" que "sueña por la
tribu", amalgamando la materia arisca
de la poesía. Que cada elección
puede significar el fracaso del conjuro,
que cada palabra es una puerta que se abre
al infinito o que esconde una presencia
iluminante. Pero también la puerta
puede abrirse al despertar y fin del sueño
fundacional, puede diluirse en la inconsistencia
total que lo expulse al desierto sin nombre
de la cotidianidad vaciada de nuestros días.
Uno de los mitos arquetípicos de
la poesía de Horacio Castillo es
el del viaje. Este recurso, que le permite
un movimiento migratorio hacia la tierra
imaginativa, se presenta en especial a partir
del libro Alaska en la obra del poeta y
su gran poema "Dice Eurídice".
Pero también con sus "navegantes
solitarios", "La casa del ahorcado",
"Tren de ganado", "Alaska",
"Omphalos" etc. Esto no quiere
decir que en los libros anteriores no se
halle implícita esta búsqueda
y procedimiento: bastaría citar "Expedición
al Everest" (viaje hacia la constatación
de la grandeza de la naturaleza en comparación
al esfuerzo humano) o "Para ser recitado
en la barca de Caronte" (viaje hacia
el infierno de nuestro mundo social productivo),
o un pequeño y gran ritual como el
de "Hice un hoyo", el viaje de
la mente y el amor de "Ella en Sardes",
o el viaje hacia el futuro de la muerte
en "Croar del alma". Pero podríamos
decir que a partir de Alaska (y esto no
implica de ningún modo una valoración
estética, sino es más bien
una constatación de sentidos) se
abre el verso, como el poeta mismo lo dice,
a la posibilidad de una "lengua desconocida".
Y quede claro que por más desconocida
que sea esta lengua, pasa por el cedazo
del arte del poeta, y se produce fatalmente
una selección, que tiene como premisa
principal, la adecuación a la verdad
formal del poema y la adecuación
intuitiva a aquel mito arquetípico
dormido en la sangre, al que hacíamos
alusión anteriormente.
Quiero decir que a partir de Alaska el espacio
poético de Castillo, siempre controlado
y medido, se expande a la sugerencia de
cierta "locura", ya anticipada
y dominada en libros anteriores (véase
"El viejo de la aldea" en Materia
acre o "El dios está en mí"
de Tuerto rey). Pero esta "locura"
no es más que el efluvio abismal
dionisíaco que sopla por las grietas
del mundo apolíneo y equilibrado
del poeta, creador de cosmos, de la "flor
perfecta del equilibrio" y "mandrágora
de la razón". Dionisíaco,
pero inmediatamente encauzado en la medida
musical de la mesura, resuelto en las figuras
oximorónicas. El dios que estaba
en él y que lo abandonaba, dejándolo
a ciegas, poco a poco se adueña cada
vez más de su canto y le susurra
al oído, como aquel demonio familiar
de Sócrates, una nueva gnosis. Le
susurra que no todo lo real es perverso,
que la realidad es mucho más que
perversidad, que la materia no está
contrapuesta al espíritu, que "hasta
entonces no habíamos conocido la
luz", que el ojo del sueño o
el ensueño, de la vida, amor y poesía
aún puede entregar "un poco
más de luz". Por eso la mujer,
su presencia o ausencia, se impone en su
poesía derrotando la balanceada y
maniquea constatación de la perversidad
de lo real. En ese sentido el poema a Eurídice,
es un poema iniciático, un descenso
a los infiernos que le permite ver, en el
desdoblamiento, la realidad también
desde el otro lado, en todos los sentidos.
La mujer y el amor se vuelven catalizadores
de las fuerzas de la imaginación,
lo seducen y no lo abandonan más,
la mujer, Diotima del banquete de la existencia,
con todos sus sabores y sinsabores.
Horacio Castillo jamás ha abandonado
el intento de ser digno de su tiempo, de
escribir desde aquel umbral; no ha querido
echarse "para siempre junto al sueño
de los padres" ("Omphalos").
Y como sabe que es un gato más de
la Acrópolis o un "tuerto rey",
con una tradición a sus espaldas
y un deber que cumplir, cuando la "muerte
entre en la vida como la vida entró
en la muerte", no quiere que su obra
"haya callado", como aquellos
ancianos de su poema ("Los ancianos
callaban"), responsables porque saben,
porque están en una posición
de superioridad social o cultural. Y quiere,
en cambio, como dice su poema "Epitafio":
"nardo y albahaca, anís, lavanda,
nuez moscada, / y que el aire del alba esparciendo
su aroma / avise al peregrino: Éste
vivió".
Horacio Castillo es ya un clásico
de la poesía argentina. Su poesía
vive y vivirá porque está
amasada con la vida y la pasión,
por la alegría rítmica y musical
de los versos, y forma parte de nuestra
memoria. Cuántos poetas, promocionados
en su época por la industria cultural
como los representantes cabales de nuestras
letras, están ahora en el recuerdo
sólo por sus nombres. Poetas que
llevaron sus palabras más allá
de la materia de la existencia lanzándolas
en un aire enrarecido que arrastró
el viento del tiempo.
Poesía encarnada y trasmutada en
belleza es la de nuestro poeta ("Serví
a la Belleza y a ella encomiendo mi espíritu",
dice una de sus 'personae', en el poema
"Contrapunto"). Poesía
realista porque es mítica, ya que,
como diría Pasolini en su Medea,
"sólo quien es mítico
es realista y quien es realista es mítico".
Gracia verbal educada en el gusto y el estudio
del mundo griego y los poetas de nuestra
lengua. A veces esta gracia verbal del verso
no sólo se basa en la escansión
o en la nitidez plástica de la imagen,
íntima musicalidad o paisaje, sino
en un hallazgo único e irrepetible.
Verdad inadvertida, gracia intuitiva o belleza
olvidada. Tal es el caso de versos como
los siguientes, que transcribimos por el
gusto de volverlos a paladear: "[...]
en Sardes, / afilando el ojo en el esmeril,
/ ella tendrá su pensamiento aquí"
("Ella en Sardes"); "saludan
de paso al carpintero vecino / que tiene
como inquilino a un dios" ("Arriba
y abajo"); "Cuando mi alma, como
una rana, salte a la nada" ("Croar
del alma"); "Y la nada, / mansamente,
viene a comer de mi mano" ("Navegante
solitario"); "el pelo, que el
sol no se cansaba de dorar" ("Dice
Eurídice"); "Después
tu calor me condensó, me secó
como una vasija" ("Dice Eurídice");
"Y se secaba a nuestro lado la mancha
roja de la vida" ("Epitalamio");
"quejido de virgen en el ojo del unicornio"
("El quejido"); "te duermes
/ en la gran matriz del llanto, si todo
no fue un sueño" ("Excavaciones");
"Qué jóvenes llegamos
aquí, a los grandes lavaderos"
("El lavadero"); "una gota
de sangre floreciendo en el Paraíso,
/ el abrazo que cierra la distancia entre
la tierra y el cielo" ("Con quanti
denti questo amor ti morde"); "...para
eso atravesé entre / tanto dolor
[...] mirando como un turista aquellos fuegos
artificiales, / espectáculo de son
et lumière reservado a tan pocos?"
("Con quanti denti..."); "y
corres a tocar, antes que la muerte, la
pared" ("Auto de sombras"),
etc.
Como estos últimos versos nos sugieren
(y nuestro recuerdo vuelve a los años
de la infancia, cuando rodeados por la oscuridad
de la noche -trizada sólo por una
que otra luciérnaga- ansiosos entre
las plantas ocultos, corríamos a
tocar la piedra libre salvadora de nuestro
terror ancestral a lo oscuro) el poeta toca
la piedra de la poesía con sus manos
de amor y fe, antes de que el juego termine
y pese a que su sentimiento apocalíptico
le dicte que, en gran parte, todo ha terminado.
La pesadilla del sueño es también
pesadilla de la realidad, donde lo que antes
"era" ahora ya no está,
porque "la última estrella se
apagó definitivamente", porque
es el tiempo de postrimerías de una
cultura, como nos lo dice el mismo poeta
en una de las prosas reunidas también
en este libro. Pero como aquella "poderosa
voz de los ojos
rasgados" del poema, "como una
palabra dálmata", la poesía
dice: "siempre". Como aquel filósofo
que dice "sí", aún
después de conocer "que el mundo
es profundo" y es "profundo su
dolor", pero aún así
afirma la eternidad de la existencia: "¡Eternidad
de alegría y de dolor!", el
poeta también dice "sí",
dice "muele, molino, muele", dice:
"no temas al raptor", que es la
muerte.
El libro Cendra, en este sentido, es el
gran libro de la afirmación vital
de Horacio Castillo, el libro que ha vencido
todas las muertes: maniqueísmo, ilusoria
versión y vivencia de un tiempo gobernado
por el Gran Roedor del Poder globalizador,
neocapitalista y totalitario, "que
desgasta la materia del mundo" y nos
Ileva en "un tren de ganado",
como aquellos históricos de los genocidas
nazis de todas las latitudes, a la nada.
Tal vez el amor por el mundo griego y su
gusto por las superficies terrenas y, a
la vez, la profunda mirada a los abismos
de la existencia, han fructificado en el
ánimo del poeta resquebrajando el
dualismo idealista católico, inevitable,
de nuestra cultura. El poema dedicado a
Dante y Beatrice del libro Cendra lo muestra
claramente, no sin unas gotas de humorismo.
Humorismo e ironía con los que Castillo
en la persona de Dante se distancia de ese
aspecto ceniciento de la Commedia señalado
por el gusto poético del Croce laico
denominándolo "novela teológica".
Mientras que en otros versos dantescos de
la misma obra vibra, intensa y desnuda,
la poesía.
Y podemos ver la afirmación de la
vida y la necesidad de la misma muerte,
de un modo más personalizado e interiorizado,
en el poema "No temas al raptor"
(que nos recuerda a la "sorella morte"
del cántico franciscano o al poema
"Honor al pino..." del ya citado
Aguirre: "Para que existan otros sueños,
/ contigo acaba lo que sueñas, /
Endimión". Dice el poeta:
[...] No temas. Los muertos son mansos animales.
andan entre las piernas y sólo buscan
compañía,
un poco de calor para soportar la sumisión.
Háblales, si quieres, es lo que más
necesitan, cuéntales
historias de corderos o de árboles,
intenta una caricia,
pero sobre todo enséñales
a estar muertos.
La vida necesita de la muerte, pero la muerte
necesita de la vida –la vida es la
muerte de la muerte
y asciende a borbotones desde la raíz
al fruto
dichosa y a expensas del triunfo de los
muertos.
No temas. El raptor es rey y a su lado reinarás
no sólo sobre los muertos sino también
sobre los vivos,
porque allí abajo se amasa la harina
inalterable,
allí, en el oscuro caldero, se cuece
la nueva vida.
No temas. Y ahora que desciendes al fondo
de la tierra
deja que se cumpla lo que se tiene que cumplir
y regresa, aquí donde los brazos
se abren impacientes,
donde esperan el viento con la semilla del
doble abrazo
Así, el itinerario de la obra de
Horacio Castillo se expande en sus últimos
poemas a la Visión, visión
interior, hacia el centro del "Mandala".
Toda su poesía es un itinerario gnoseológico
y poético que no ha esquivado la
mirada de los abismos existenciales o sociales,
dejándose acompañar por el
amor de la vida, cópula, transmutación
y parición del alma desde la sima
del dolor y la desesperanza, hasta el verso
que grita el "sí" de la
"sangre sin principio ni fin". |