La
obra transcurre en un hipotético país
arrasado por la guerra, en un tiempo impreciso,
aunque podemos presumir que se trata de un futuro
no muy lejano. Todo se ha derrumbado, incluso
las reglas de convivencia y la contención
que supone una sociedad civilizada. Reina el caos
y cualquiera puede ser ajusticiado por grupos
que vagan al azar
En este marco, tiene lugar el encuentro fortuito
de Al, un intelectual y Ángel, un tosco
ex boxeador, quien parece no haber tenido nunca
un libro en sus manos.
Al se “apropia” de Ángel luego
de salvarlo y juntos inician una marcha, con matices
quijotescos, hacia la frontera.
El plan de Al, es sencillo. Lleva un carro repleto
de obras de arte, con las que piensa comprar la
posibilidad de cruzar el límite y obtener
la libertad. Es que está convencido de
que al otro lado, el arte y la cultura, son tan
valorados que se convertirán en su única
tabla de salvación.
Durante la travesía, de carácter
épico-absurdo, si bien Al le enseña
muchas cosas de tipo didáctico a Ángel
, cae en la cuenta de que él también
tiene bastante que aprender de su compañero,
en especial a nivel emotivo.
Tienen una ardua lucha por delante, no sólo
contra las circunstancias adversas en que se han
visto envueltos, sino también contra sí
mismos, para no perder los pocos rasgos de humanidad
que aún conservan y que son puestos a prueba,
en un singular juicio donde terminan siendo designados
-nada menos- que como verdugos de un muy devaludado
Dios.
Las analogías con el mundo de hoy y su
destino, son inevitables. Un final inesperado
que remite a situaciones bíblicas, sugiere
a las especulaciones del hombre en una falta de
sintonía con el devenir.
Hay que decir que la puesta se hace un poco larga
y va perdiendo el interés que despierta
de entrada. Buena actuación la de Mariano
Caligaris (Al). En cuanto a Cristian Abdala (Ángel)
bien aunque -por momentos- incurre en la sobreactuación.
La escenografía, ha sido realizada con
imaginación. |