José
(Rubén Stella), es un jefe de familia,
que parece tener la vida resuelta. Tiene una hermosa
mujer, un trabajo, una casa y su grupo de amigos.
Si bien todavía le falta un trecho, ya
paladea su jubilación y una vejez tranquila
junto a sus seres queridos.
Aunque se podría decir que la felicidad
es una búsqueda, un camino, un lugar hacia
donde ir, antes que una morada posible, José
no percibe las cosas de ese modo. Él siente
que de alguna manera, ha llegado a ese sitio.
Que ahí reside. Y como hombre sabio “que
la tiene clara”, reparte consejo a quien
quiera escucharlo. Su vida es la consumación
del juego que ha soñado para sí
mismo.
Sin embargo, nada es lo que parece. Por debajo
de la corteza de su mundo ilusorio, se tejen otras
historias, que crecen y crecen... hasta que lo
oculto, termina por abrirse paso y arrasa con
la ficción de la vida de José: Su
mujer y su mejor amigo, son amantes.
El dilema queda planteado. ¿Qué
es preferible, un universo de aparente bienestar
construído sobre la hipocresía o
la dura realidad sin máscaras, que termina
por sembrar la destrucción?. Y en todo
caso ¿Hay terceras opciónes?
Es interesante destacar que la época en
la cual transcurre la historia de este humilde
obrero metalúrgico –alrededor de
1920- traspasa la puesta. Al igual que en algunas
otras obras escritas en aquella década
–por caso el Stéfano de Discépolo-
el subtexto conlleva un cosmos con entidad propia.
Se percibe la presencia de un proyecto de país,
de una manera colectiva de concebir el futuro,
de “un algo” que trasciende por sobre
lo estrictamente personal, que no puede sino contrastar
con la actualidad. Es que poco o nada quedó
de aquel aire que se respiraba, en un mundo que
fue generando la masiva irrupción del “homo-pantallus”,
ese individuo aislado y pletórico de darwinismo
social, cuyo egoísmo se nos vende como
el motor del “progreso” humano, mientras
que -despojado de su yecto- deviene en carnívoro
selvático.
El conflicto teatral, que va creciendo en interés
a lo largo de la puesta, debería alcanzar
su clímax en la confrontación cara
a cara entre Adela (Millie Stegman) y José,
cuando ella -ya viviendo con su amante- regresa
a buscar lo que queda de su equipaje. Sin embargo,
es en esta escena donde ese interés empieza
a decaer. Es que el autor llenó, este crucial
encuentro, de palabras. Todo queda explicado,
expuesto y no hay lugar para la alusión.
Si hubiese confiado en el poder del silencio –que
dosificado con exactitud no implica falta de acción-
más que en el de las palabras, el resultado
final habría sido una tensión dramática
de mayor impacto.
Rubén Stella, hace un trabajo memorable.
Transmite con precisión, de modo impecable
lo esencial del personaje que compone. Sus limitaciones,
su idiosincrasia y su condición de arquetipo.
Abunda en matices. Excelente también Osvaldo
Bonet (Sabino). Crea un personaje creíble
de fuertes rasgos personales. Hugo Cosiansi (Alberto)
y Horacio Roca (Eduardo), aportan a la escena.
Millie Stegman -quien parece signada a trabajar
en situaciones triangulares- hace una buena interpretación.
Se la ve sólida y a la altura de papeles
importantes.
La escenografía y el vestuario, acompañan
el buen nivel de la obra en general. La dirección
de Luis Romero es acabada y eso se nota en el
trabajo de conjunto, donde todo ha sido cuidado
al detalle, evidenciando un criterio de respeto
tanto para con la platea como para con el autor. |