“La
amante de Baudelaire...” es la historia
de dos mujeres cuyas vidas se cruzan y que, por
efecto de sus propias debilidades más que
por una decisión razonada, quedan inmediatamente
ligadas en una relación que les servirá
como un corset, modelando y sosteniendo sus personalidades.
Ágata, que llevaba una vida estable y ordenada
antes del involuntario encuentro, pierde uno a
uno casi todos los puntos de anclaje con su mundo
cotidiano pero conserva intacta la tenacidad,
lo que le permite hacerse fuerte y no desesperar,
cambiar radicalmente sus costumbres adaptándose
a su suerte y sostenerse a sí misma y a
la histriónica y voluble Hipólita.
Hipólita tal vez leyó a Baudelaire
hace mucho tiempo, se enamoró de sus poemas
y aprendió a cantarlos con una música
propia para ganarse el sustento como artista trashumante.
Sus únicos bienes son los cachivaches de
utilería y el vestuario exótico
que lleva en su valijín, y las penas de
amor que no dejan de estar presentes con su carga
de desdicha, espejo deformante que la instala
en un mundo de nostalgias y reclamos de amante
abandonada. Las canciones, esculpidas a partir
de “Las Flores del Mal” a golpe de
un cincel amoroso y un poco egotista, reflejan
con ubicuidad la pereza y la sensualidad, la locura
de la pasión y la lucidez delirante que
ella otorga, comunes al poeta francés y
a la cantante.
La obra comienza en pleno espectáculo,
Hipólita canta con voz sensual, profunda.
De pronto algo falla y la muchacha cae muerta
o desmayada –para una artista como ella
cree serlo la diferencia no sería esencial-
ante el estupor de su asistente, la esmerada Ágata.
Luego de esta escena el tiempo retrocede al momento
en que ambas mujeres se encuentran por casualidad
o por un plan premeditado de la heroína,
y a lo largo de la función nos vamos enterando
de “cómo se invaden en ocho momentos
y cinco canciones”, tal como anticipa el
programa de mano.
“La Amante...” tiene una estructura
cómica que busca relacionar, equilibrándolos,
el lenguaje poético de la música
con el absurdo del estilo teatral que la autora,
Fernanda García Lao, toma como base para
desarrollar una dramaturgia que transmita la miseria,
el aislamiento y la frustración en los
que viven las dos muchachas, sumidas en una situación
que se hace más precaria a cada instante.
Como estrategia para representar lo absurdo se
exageran los rasgos patéticos y contradictorios
tanto de los personajes como de las peripecias
que viven y que van urdiendo un relato dramático
sencillo e ingenuo. La escenografía y el
vestuario aprovechan esa especie de mal gusto
refinado que se suele llamar “kitsch”
y que parece expresar la distancia abismal entre
los sueños de la artista y sus posibilidades
limitadas de concretarlos en la realidad.
Fernanda García Lao señala que “
Charles Baudelaire es para mí un poeta
terrible y sensual. Me sorprende que, aún
hoy, siga siendo para muchos, un artista desconocido
a pesar de su gran lucidez, su misterio y su imperecedera
actualidad. La amante de Baudelaire, vestida de
terciopelo intenta representar su mundo, su imaginario
y su figura”. En este sentido el resultado
de su trabajo es interesante; las cinco canciones
reflejan una porción del mundo poético
que se utiliza para dar vida a Hipólita
y Ágata logrando una personal adaptación
de los poemas a los requisitos de métrica
uniforme y rima, necesarias para que la versión
cantada posea un ritmo y una musicalidad fáciles
de interpretar por el público. La poesía
siempre está abierta a múltiples
significados e interpretaciones por quienes las
disfrutan, y el deliberado intento de la autora
de conservar las imágenes que ellos imprimieron
en su ánimo es una suerte de marca personal
o firma que puede descifrarse comparando las canciones
y los poemas originales. Ellos son: Canción
de siesta; La muerte de los amantes; Demasiado
Alegre; Madrigal Triste y El Vampiro.
Por último tal vez valga la pena recordar
que Hipólita y Ágata son criaturas
de sendos poemas de Baudelaire: Mujeres Condenadas
y Moesta et Errabunda. Releo esos versos y creo
las mujeres de “La Amante....” las
representan con una particular fidelidad. La autora,
entonces, logró su objetivo. |