Tomando
como punto de partida la obra de Shakespeare “La
tempestad”, “La voracidad”,
recrea algunas de las ideas presentes en ella.
En una isla imaginaria, Próspero hace gala
de su poder sobre Ariel, multifacético
protagonista, encarnado aquí en tres diferentes
comediantes y sobre Calibán, quien es oprimido
de un modo distinto. Se intenta vivenciar las
relaciones entre colonizador y colonizado, entre
dominante y dominado y de exponer hasta qué
punto se necesitan mutuamente. Se habla -en definitiva-
del poder, de la libertad y la esclavitud.
Toda esta acción se desarrolla enmarcada
en un particular juego que propone la puesta:
Los personajes se disuelven abriendo paso a los
actores y viceversa, de forma alternativa.
Dentro de un clima gratuitamente intimidante y
agresivo, los protagonistas casi desnudos, adoptan
actitudes corporales grotescas, dejando un balance
estético por cierto desagradable, coherente
con la adopción de un lenguaje vulgar y
–de a ratos- de neto corte chabacano.
La obra, con un permanente entrar y salir del
original de Shakespeare, se desliza hacia el desorden
y la confusión. Quizá, esto ha sido
así por algún tipo de inquietud
o búsqueda expresiva por parte del director.
O tal vez –en realidad- sea el resultado
de haber quedado atrapado, perdido mas bien, en
las redes de ese artificioso laberinto que saliendo
de “La tempestad” termina su recorrido
en “La voracidad”. Es difícil
de saber.
Quizá el punto más rescatable de
esta producción, haya sido el desempeño
general de su elenco, el cual ejecuta –de
principio a fin- un agotador trabajo, con una
entrega que merece destacarse. |