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» por Sonia Gonorazky
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Obra: LA SABIDURIA DEL IMBECIL MUY BUENA

Dirección y puesta en escena:
Andrea Ojeda
Elenco:
Mariana Pastore, Pablo Gianotti, Agustina Iparraguirre, Galileo Bodoc, Mariana Fernández, Eleonora Gottlieb, Alfa Lihue Vizcaíno, Ana Lestard, Sebastián Rossi, Luciano Tassitani, Juan Manuel Gabarra, Rodolfo Fernández Lisi.
Diseño de vestuario:
Julieta Fassone
Diseño de luces:
Hugo de Bernardi y Nicolás Wio
Trabajo rítmico:
Nicolás Wio
Colaboración:
Diego Cazabat
Asistencia de dirección:
Hugo de Bernardi
Sala:
Centro Cultural San Martín, Sala J. B. Alberdi
El texto del programa de mano -blanco sobre fondo negro e ilustrado con una elocuente fotografía de lo que parece el taller de una incierta fábrica- describe la atmósfera y la arquitectura un poco kafkianas, totalmente sobrecargadas y absurdas, en que transcurre esta historia que -a la manera de las tragedias clásicas- se desarrolla en un único día que no casualmente es un 31 de diciembre, una fecha “llena de la esperanza de que los tiempos cambien como los números del almanaque”. Esa misma esperanza recorta y limita, resignificándola, esta primer imagen de desolación y arbitrariedad, con puntos de contacto y de fuga respecto a la literatura de Kafka. Lo mismo ocurre con los personajes, que a lo largo de la obra oscilan débilmente entre la resignación y la búsqueda de su libertad.

Nos encontramos frente a un mundo laberíntico, asfixiante, arbitrario e inexplicable; un mundo sin aire limpio ni luz del sol, percudido por un totalitarismo que no admite réplica ni reconoce sus propias fisuras, sensación que la música y la postura corporal de los actores subrayan continuamente.

Mientras el público ingresa a la sala, los doce personajes parecen marionetas inertes, despatarrados en frágil equilibrio sobre vetustos escritorios y máquinas de escribir. Son once empleados y un superior (¿el Imbécil del título? –cada espectador puede encontrar su propia respuesta a lo largo de la función) no menos miserable que los otros, pero más poderoso, e instalado gozosa y arrogantemente en esa superioridad. Un amanecer artificial, cargado de simbolismo (el disco solar es, en realidad, la reflectante insignia de la institución que los emplea) y el cacareo del superior los saca del letargo. Comienzan inmediatamente la frenética rutina de trabajo, convertidos hace tiempo en autómatas. No se sabe hace cuánto tiempo están encerrados en ese cuarto sin ventilación, conectado con el mundo exterior solamente a través de un teléfono y un aparato de radio, ni se conoce a ciencia cierta la razón del encierro: necesidad de cubrir horas extras, castigo o catástrofe ambiental, o tal vez una gran farsa “del Directorio” que manipula todos estos factores. Los empleados a veces protestan, pero obedecen siempre, coaccionados por el mefistofélico Ostinatto o aterrorizados por perder la ilusoria estabilidad que, ellos creen, les da el “formar parte de una institución, de una familia”. Es recién en los últimos minutos de la obra, cuando el ahogo se hace intolerable para la propia subsistencia, que se deciden a reaccionar e intentar liberarse. El final puede pensarse como un final abierto, y queda en el propio espectador el considerar si se resolvió o no el drama.

Sin entrar en clasificaciones rigurosas, esta obra de Gastón Maziéres, puede entenderse como una suerte de sátira paródica en la que se retrata con crudeza y comicidad la opresión inhumana y alienante del mundo del trabajo y los discursos que la legitiman que, variando algunos matices, son los mismos tal vez desde el primer industrialismo, gemelo de la modernidad. Aunque ambientada temporalmente a mediados del siglo XX con el fin de representar un micromundo “quedado en el tiempo”, la denuncia de “La Sabiduría del Imbécil” no pierde vigencia ni actualidad.

Los jóvenes actores de El Hormiguero, egresados del IUNA, componen sus personajes con gracia y eficiencia en un encomiable trabajo de equipo que vez acentúa la idea de coordinación cronométrica del trabajo industrial o burocrático. La dirección de Andrea Ojeda logra esta afinación en las actuaciones y genera una comicidad lúcida y equilibrada, basada principalmente en lo físico y lo gestual, y que también aparece en su labor actoral en El Dragón y Su Furia (donde compone un interesante papel). De este modo, A.O. imprime vitalidad dramática (es decir, teatral) al mundo cruento en que viven los personajes, pero sin frivolizarlo.

Visualmente, el vestuario, el maquillaje y la escenografía son prolijos y coherentes con la ambientación como un todo. Aunque la gama de colores de los trajes no es muy variada, los distintos tonos y modelos, así como los peinados, otorgan a cada personaje una marca de individualidad propia (lo mismo ocurre con sus desopilantes apellidos) y producen una sugerente luminosidad simbólica sin la cual la lograda comicidad de las actuaciones no podría sostenerse.

En el orden auditivo se diferencian, complementándose, la sonorización rítmica (martilleo de sellos, de maquinas de escribir) que marca el tempo laboral y la música de un programa radial (que sugestivamente recuerda aires marciales) con la que los oficinistas pretenden amenizar su rutina, pero logrando el efecto contrario.

En conclusión, “La Sabiduría del Imbécil” es una obra muy recomendable, divertida e inteligente en la que todos los aspectos constitutivos de lo teatral son tratados de manera pareja, lo que constituye en notable mérito del equipo de El Hormiguero. Después de las funciones en el Centro Cultural San Martín, esta obra regresa en noviembre al teatro El Astrolabio, en la calle Gaona 1360, los viernes a las 23 hs.
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