El
texto del programa de mano -blanco sobre fondo
negro e ilustrado con una elocuente fotografía
de lo que parece el taller de una incierta fábrica-
describe la atmósfera y la arquitectura
un poco kafkianas, totalmente sobrecargadas y
absurdas, en que transcurre esta historia que
-a la manera de las tragedias clásicas-
se desarrolla en un único día que
no casualmente es un 31 de diciembre, una fecha
“llena de la esperanza de que los tiempos
cambien como los números del almanaque”.
Esa misma esperanza recorta y limita, resignificándola,
esta primer imagen de desolación y arbitrariedad,
con puntos de contacto y de fuga respecto a la
literatura de Kafka. Lo mismo ocurre con los personajes,
que a lo largo de la obra oscilan débilmente
entre la resignación y la búsqueda
de su libertad.
Nos encontramos frente a un mundo laberíntico,
asfixiante, arbitrario e inexplicable; un mundo
sin aire limpio ni luz del sol, percudido por
un totalitarismo que no admite réplica
ni reconoce sus propias fisuras, sensación
que la música y la postura corporal de
los actores subrayan continuamente.
Mientras el público ingresa a la sala,
los doce personajes parecen marionetas inertes,
despatarrados en frágil equilibrio sobre
vetustos escritorios y máquinas de escribir.
Son once empleados y un superior (¿el Imbécil
del título? –cada espectador puede
encontrar su propia respuesta a lo largo de la
función) no menos miserable que los otros,
pero más poderoso, e instalado gozosa y
arrogantemente en esa superioridad. Un amanecer
artificial, cargado de simbolismo (el disco solar
es, en realidad, la reflectante insignia de la
institución que los emplea) y el cacareo
del superior los saca del letargo. Comienzan inmediatamente
la frenética rutina de trabajo, convertidos
hace tiempo en autómatas. No se sabe hace
cuánto tiempo están encerrados en
ese cuarto sin ventilación, conectado con
el mundo exterior solamente a través de
un teléfono y un aparato de radio, ni se
conoce a ciencia cierta la razón del encierro:
necesidad de cubrir horas extras, castigo o catástrofe
ambiental, o tal vez una gran farsa “del
Directorio” que manipula todos estos factores.
Los empleados a veces protestan, pero obedecen
siempre, coaccionados por el mefistofélico
Ostinatto o aterrorizados por perder la ilusoria
estabilidad que, ellos creen, les da el “formar
parte de una institución, de una familia”.
Es recién en los últimos minutos
de la obra, cuando el ahogo se hace intolerable
para la propia subsistencia, que se deciden a
reaccionar e intentar liberarse. El final puede
pensarse como un final abierto, y queda en el
propio espectador el considerar si se resolvió
o no el drama.
Sin entrar en clasificaciones rigurosas, esta
obra de Gastón Maziéres, puede entenderse
como una suerte de sátira paródica
en la que se retrata con crudeza y comicidad la
opresión inhumana y alienante del mundo
del trabajo y los discursos que la legitiman que,
variando algunos matices, son los mismos tal vez
desde el primer industrialismo, gemelo de la modernidad.
Aunque ambientada temporalmente a mediados del
siglo XX con el fin de representar un micromundo
“quedado en el tiempo”, la denuncia
de “La Sabiduría del Imbécil”
no pierde vigencia ni actualidad.
Los jóvenes actores de El Hormiguero, egresados
del IUNA, componen sus personajes con gracia y
eficiencia en un encomiable trabajo de equipo
que vez acentúa la idea de coordinación
cronométrica del trabajo industrial o burocrático.
La dirección de Andrea Ojeda logra esta
afinación en las actuaciones y genera una
comicidad lúcida y equilibrada, basada
principalmente en lo físico y lo gestual,
y que también aparece en su labor actoral
en El Dragón y Su Furia (donde compone
un interesante papel). De este modo, A.O. imprime
vitalidad dramática (es decir, teatral)
al mundo cruento en que viven los personajes,
pero sin frivolizarlo.
Visualmente, el vestuario, el maquillaje y la
escenografía son prolijos y coherentes
con la ambientación como un todo. Aunque
la gama de colores de los trajes no es muy variada,
los distintos tonos y modelos, así como
los peinados, otorgan a cada personaje una marca
de individualidad propia (lo mismo ocurre con
sus desopilantes apellidos) y producen una sugerente
luminosidad simbólica sin la cual la lograda
comicidad de las actuaciones no podría
sostenerse.
En el orden auditivo se diferencian, complementándose,
la sonorización rítmica (martilleo
de sellos, de maquinas de escribir) que marca
el tempo laboral y la música de un programa
radial (que sugestivamente recuerda aires marciales)
con la que los oficinistas pretenden amenizar
su rutina, pero logrando el efecto contrario.
En conclusión, “La Sabiduría
del Imbécil” es una obra muy recomendable,
divertida e inteligente en la que todos los aspectos
constitutivos de lo teatral son tratados de manera
pareja, lo que constituye en notable mérito
del equipo de El Hormiguero. Después de
las funciones en el Centro Cultural San Martín,
esta obra regresa en noviembre al teatro El Astrolabio,
en la calle Gaona 1360, los viernes a las 23 hs. |