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por Sonia Gonorazky |
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| Obra:
ALTURA
Y PELOS |
REGULAR |
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Dramaturgia y Dirección: Diego
Ferrando
Elenco: Natalia Miranda, Ernesto
Falcke
Asistente de Producción: Karina
Gortatowski
Diseño de iluminación: Matías
Sendón
Realización de escenografía:
Federico y Fabricio Garreta
Fotografía: Darío
Calderón
Sala: Teatro La Almohada
Prensa: Te
Hago la Prensa
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La
intención del autor de esta pieza es continuar
a su manera una tragedia de Eurípides (Alcestes)
retomando –en el tiempo actual- el punto
donde ésta termina. También se propone
otra referencia “intertextual”: la
del poema homónimo del poeta peruano César
Vallejo.
Un concepto que suele utilizarse para analizar
una puesta teatral es el de “semiosis infinita”,
es decir la cualidad de una obra de teatro de
disparar en cada espectador una interpretación,
un significado distinto en consonancia con sus
propias emociones. Es éste un caso: aunque
no comparto la interpretación que el autor
hace de la tragedia o del poema, la dramaturgia
refleja el empeño por desarrollar la temática
que se anuncia en la gacetilla de Altura y Pelos
(que puede consultarse en la Agenda
de El Muro), pero –a mi juicio-
sin lograrlo realmente, sino derivando hacia otros
derroteros poéticos. El producto es, pues,
una obra de teatro extraña con una artificialidad
que incomoda, incomodidad que refleja lo exótica
o “antinatural” que puede resultarle
a una persona la intimidad de otra, sus manías
y rituales.
Tampoco resulta demasiado claro cuál es
la calidad del afecto o del interés que
une a los dos personajes, ni el sentido de las
ceremonias que deben cumplirse meticulosamente
bajo el riesgo de un derrumbe cuya importancia
es imponderable.
Las actuaciones y la musicalización aparecen
como puntos débiles. En cambio la iluminación
mezquina pero precisa y la ambientación
escenográfica recrean un departamento-sótano
cerrado y asfixiante. Una suerte de altar cargado
de flores que difunden un aroma denso y húmedo,
enfatiza esta atmósfera opresiva, completando
un cuadro escénico inquietante, tal vez
con una carga semántica que sobrepasa a
la del texto.
El poeta dice:
“¿Quién no habla de un asunto
muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?”
El espectador queda, por su lado, desafiado a
descifrar todos estos símbolos e interrogaciones,
a reflexionar sobre si existe o no un quiebre
entre lo espiritual de las “alturas”
y lo mundano de los “pelos”. |
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