»
Agregar a Favoritos
GUIA DE ARTISTAS
» Literatura
» Artes Plásticas
» Música
» Danza
» Teatro
» Cine
» Fotografía
» Arquitectura
SECCIONES
» Agenda Cultural
» Direccionario
» Publicaciones
» Concursos
» Página Abierta
COLUMNISTAS
» Buenos Aires
» Desde Argentina
» Desde el Mundo
» Entrevistas
GALERIA ON LINE
» Artistas de El Muro
» Obras en Venta
TANGO | Nuevo
EVENTOS
BENEFICIOS
MEMORIA URBANA
SERVICIOS
PUENTE CULTURAL
.
CONTACTENOS
» Info
» Publicidad
» Gacetillas
» Ventas
» Expo
» Webmaster
| AGENDA | ARTISTAS | OBRAS | COLUMNISTAS | DIRECCIONARIO | CONCURSOS | i
» por Sonia Gonorazky
.
Obra: VAPOR MUY BUENA
Autor: Mariano Pensotti
Actuan: Uriel Milsztein, Juan Minujín, Nayla Pose Dan
Músicos: Ana Foutel
Escenografía: Jorge Macchi
Iluminación: Matias Sendón
Video: Jorge Macchi
Asistencia de dirección: María Zambelli
Coreografía: Silvia Hilario
Dirección: Mariano Pensotti
Sala: Espacio Callejón
El espacio escénico que se ofrece al espectador desde el momento en que ingresa a la sala se organiza en dos sectores que –como se verá a lo largo de la función- parecen representar dos niveles de realidad del mundo: el de la conciencia y el onírico, que permutan continuamente entre el primer y segundo plano, demarcados por una enorme pared de vidrio sobre la que intermitentemente el vapor, “estado de un elemento que se produce bajo determinadas condiciones” dejará impresas sus huellas cambiantes y evanescentes, metáfora visual de lo que se revela y oculta en lo profundo y en lo superficial de cada ser humano. Las columnas de lucecitas que delimitan lateralmente este espacio sugieren un ambiente de cervecería barata o de hotel de ruta que remite a la imagen estereotipada de la ciudad norteamericana de “Las Vegas”, un imperio de la artificialidad y lo efímero, así como de lo aleatorio. Los personajes de la obra –personajes sin nombre, que apenas son: el cowboy, la mujer y el hombre joven- aguardan inquietos en una especie de sala de espera pulcra y silenciosa, uno de aquellos “no lugares” en los que la modernidad aloja al tiempo vacío de sentido y a las personas convertidas en títeres sociales despojadas de la palabra pero no del gesto, esperando el momento de atravesar el muro y poder expresarse. La escenografía se completa con una pantalla sobre la que se proyecta una luz uniforme, desértica, de colores brillantes que van mutando para generar distintos climas.
El cowboy (yo lo llamaría “vaquero”, pero respeto el intencionado anglicismo de las gacetillas que refuerza el propósito, explicitado en la escenografía y la iluminación, de establecer cierto distanciamiento o sensación de ajenidad en los espectadores) es un ser lleno de dudas y vacilaciones, el más frágil del trío. Alterna en sus recuerdos imágenes de las interminables y desoladas rutas de “road movie” norteamericana y delirantes añoranzas vernáculas, desde una llanura pampeana surrealista hasta la ciudad devastada por la crisis y la historia. Su andar tieso y su arrogancia sugieren una “máscara” inmaterial que lo protege y que se irá disolviendo a medida que, imperturbable, vaya revelando sus cuitas y el público se entere de la razón por la cual viste ese atuendo de cowboy un poco ridículo, del vínculo ambiguo de reconocimiento y odio que lo une al otro hombre, de la sugestiva fatalidad que para él tiene el sexo, culminación o leit motiv del espacio de experimentación (un “parque de diversiones”, como dice en algún momento) en que ha convertido a su propio cuerpo. Estos motivos constituyen claves para entender no sólo la sicología de este hombre, sino también la de la mujer y el hombre joven, que tienen para mí un menor espesor dramático, pero no menor valor semiótico. La mujer es la más fría, casi inhumana y muy segura de sí misma; despliega variados matices de personalidad: sensual, desinteresada, materialista, melancólica, y encarna una suerte de emanación fantasmagórica que enlaza sutilmente a los dos hombres. El tercer personaje, de traje y zapatillas negras, padece la misma desolación que el cowboy pero no ostenta la amargura desconsolada del primero. Tal vez sea por esta razón que la historia que nos cuenta, una metáfora del aislamiento y la desesperanza, resulta más fantasiosa y poética. Claro está que se trata de una interpretación particular y que otro espectador puede tener una impresión diferente acerca de los personajes, variabilidad que responde a la intención de los creadores de Vapor de no definir protagonismos en los actores para realzar la de las narraciones de los textos que el autor, Mariano Pensotti, compuso como una exploración personal de formas de escritura que no había transitado anteriormente. La posibilidad de la puesta en escena, buscando materializar la teatralidad implícita de sus textos surgió más tarde, del trabajo conjunto con los actores y los técnicos, logrando un matiz polifónico pletórico de significaciones que difícilmente podrían recrearse únicamente con las palabras en la imaginación de un lector. Las narraciones se van articulando pausadamente hasta develar relaciones entre los personajes y sus posibles reinterpretaciones, de la misma manera que el vapor sobre una ventana hace visible lo invisible, pero no lo inexistente.
La música ejecutada en vivo y las pequeñas intervenciones de Ana Foutel aportan calidez y un vibratto que enriquece la lograda composición artística del resto del equipo. Para concluir, recomiendo Vapor por tratarse de una interesante exploración de la dramaturgia dentro del campo de lo que no es teatral a priori, por su ductilidad polisémica que permite al espectador urdir diversas interpretaciones, por la sugestión delicada y potente de los efectos visuales y musicales y la acertada composición espacial.
.
VER INDICE DE OBRAS >>
.
Pagina de Inicio Escribanos Agregar a Favoritos