El
espacio escénico que se ofrece al espectador
desde el momento en que ingresa a la sala se organiza
en dos sectores que –como se verá
a lo largo de la función- parecen representar
dos niveles de realidad del mundo: el de la conciencia
y el onírico, que permutan continuamente
entre el primer y segundo plano, demarcados por
una enorme pared de vidrio sobre la que intermitentemente
el vapor, “estado de un elemento que se
produce bajo determinadas condiciones” dejará
impresas sus huellas cambiantes y evanescentes,
metáfora visual de lo que se revela y oculta
en lo profundo y en lo superficial de cada ser
humano. Las columnas de lucecitas que delimitan
lateralmente este espacio sugieren un ambiente
de cervecería barata o de hotel de ruta
que remite a la imagen estereotipada de la ciudad
norteamericana de “Las Vegas”, un
imperio de la artificialidad y lo efímero,
así como de lo aleatorio. Los personajes
de la obra –personajes sin nombre, que apenas
son: el cowboy, la mujer y el hombre joven- aguardan
inquietos en una especie de sala de espera pulcra
y silenciosa, uno de aquellos “no lugares”
en los que la modernidad aloja al tiempo vacío
de sentido y a las personas convertidas en títeres
sociales despojadas de la palabra pero no del
gesto, esperando el momento de atravesar el muro
y poder expresarse. La escenografía se
completa con una pantalla sobre la que se proyecta
una luz uniforme, desértica, de colores
brillantes que van mutando para generar distintos
climas.
El cowboy (yo lo llamaría “vaquero”,
pero respeto el intencionado anglicismo de las
gacetillas que refuerza el propósito, explicitado
en la escenografía y la iluminación,
de establecer cierto distanciamiento o sensación
de ajenidad en los espectadores) es un ser lleno
de dudas y vacilaciones, el más frágil
del trío. Alterna en sus recuerdos imágenes
de las interminables y desoladas rutas de “road
movie” norteamericana y delirantes añoranzas
vernáculas, desde una llanura pampeana
surrealista hasta la ciudad devastada por la crisis
y la historia. Su andar tieso y su arrogancia
sugieren una “máscara” inmaterial
que lo protege y que se irá disolviendo
a medida que, imperturbable, vaya revelando sus
cuitas y el público se entere de la razón
por la cual viste ese atuendo de cowboy un poco
ridículo, del vínculo ambiguo de
reconocimiento y odio que lo une al otro hombre,
de la sugestiva fatalidad que para él tiene
el sexo, culminación o leit motiv del espacio
de experimentación (un “parque de
diversiones”, como dice en algún
momento) en que ha convertido a su propio cuerpo.
Estos motivos constituyen claves para entender
no sólo la sicología de este hombre,
sino también la de la mujer y el hombre
joven, que tienen para mí un menor espesor
dramático, pero no menor valor semiótico.
La mujer es la más fría, casi inhumana
y muy segura de sí misma; despliega variados
matices de personalidad: sensual, desinteresada,
materialista, melancólica, y encarna una
suerte de emanación fantasmagórica
que enlaza sutilmente a los dos hombres. El tercer
personaje, de traje y zapatillas negras, padece
la misma desolación que el cowboy pero
no ostenta la amargura desconsolada del primero.
Tal vez sea por esta razón que la historia
que nos cuenta, una metáfora del aislamiento
y la desesperanza, resulta más fantasiosa
y poética. Claro está que se trata
de una interpretación particular y que
otro espectador puede tener una impresión
diferente acerca de los personajes, variabilidad
que responde a la intención de los creadores
de Vapor de no definir protagonismos en los actores
para realzar la de las narraciones de los textos
que el autor, Mariano Pensotti, compuso como una
exploración personal de formas de escritura
que no había transitado anteriormente.
La posibilidad de la puesta en escena, buscando
materializar la teatralidad implícita de
sus textos surgió más tarde, del
trabajo conjunto con los actores y los técnicos,
logrando un matiz polifónico pletórico
de significaciones que difícilmente podrían
recrearse únicamente con las palabras en
la imaginación de un lector. Las narraciones
se van articulando pausadamente hasta develar
relaciones entre los personajes y sus posibles
reinterpretaciones, de la misma manera que el
vapor sobre una ventana hace visible lo invisible,
pero no lo inexistente.
La música ejecutada en vivo y las pequeñas
intervenciones de Ana Foutel aportan calidez y
un vibratto que enriquece la lograda composición
artística del resto del equipo. Para concluir,
recomiendo Vapor por tratarse de una interesante
exploración de la dramaturgia dentro del
campo de lo que no es teatral a priori, por su
ductilidad polisémica que permite al espectador
urdir diversas interpretaciones, por la sugestión
delicada y potente de los efectos visuales y musicales
y la acertada composición espacial. |