La
vida de la Madre Teresa de Calcuta, es la historia
que cuenta este musical dirigido y escrito por
Julián Collados. Aunque según el
propio director, no es una obra estrictamente
biográfica, “Teresa” parecería
serlo, pues narra la vida de la Madre en forma
cronológica y lineal, desde su primera
juventud hasta sus últimos días.
Quien relata –y opina- es “Papparazzi”
(Juan Skretkowicz), personaje que toma su nombre
de la profesión que ejerce en la obra y
que va mutando desde una actitud superficial en
el comienzo del espectáculo hacia una más
madura y profunda en la culminación del
mismo.
La trama, se desarrolla –al igual que la
obra de la Madre- en gran parte del siglo XX,
y remarca ciertos aspectos que marcaron esa centuria,
como la guerra fría y la competencia entre
ambos bloques ideológicos. Se permite incluso,
hacer una parodia de una tanda de publicidad chatarra
y de un reportaje de la televisión estadounidense
a la Madre, mentado por un conductor típicamente
descerebrado, que contrasta notoriamente con la
lucidez de la reporteada.
La puesta destaca con insistencia la devoción
de la Madre Teresa hacia los pobres y subraya
con énfasis que es donde ellos están,
el lugar en donde Dios atiende de verdad. A mi
modo de ver, la cuestión se expone de tal
modo, que los indigentes parecen terminar ocupando
un espacio imprescindible para la religión
y para la exhibición de valores morales
y solidarios. Les otorga el status de materia
prima indispensable. ¿Cómo podría
la gente buena y solidaria, mostrar su virtud
sin la existencia de pobres? Y digo de materia
prima, porque en esta puesta, los pobres y los
enfermos, no parecen gente con su historia, dolores
y circunstancias. Simplemente se asemejan a maniquíes
tirados en camillas o a lo sumo, a muñequitos
dolientes que gesticulan. En realidad, los desvaloriza
en cuanto los exhibe, en cierto modo, despojados
de su condición de personas.
En un mundo como el nuestro, donde se produce
mucho más que suficiente para permitir
que cada ser humano pueda tener una vida –como
mínimo- digna a nivel material, donde la
riqueza –al margen que está distribuída
de modo muy asimétrico- es lo que sobra,
este intento de Julián Collados por acercarnos
a la vida de la religiosa, no deja lugar ni siquiera
para imaginar que la pobreza, es algo que habría
que erradicar, eliminar, borrar de la faz del
planeta. No deja espacio para pensar que no debería
haber pobres, ni uno solo, que sería lo
equitativo, en tanto la posibilidades reales de
concretar esta situación, dados los recursos
que existen, alejan esta idea de la mera utopía.
El final, está coronado con un mensaje
esperanzador de la Madre Teresa, supuestamente
ubicado en 1980, donde se sueña con un
mundo mejor y se pide que lo que prime sea el
amor, los valores morales, la paz, la concordia.
Sin embargo, es lícito observar que a pesar
de sus reiterados mensajes en este sentido, a
pesar del ejemplo de vida que ha sido la Madre
Teresa –cuya obra y persona admiro, aclaremos-
en una época en donde las comunicaciones
han garantizado su difusión hasta el último
rincón, el mundo no ha hecho otra cosa
sino empeorar, yendo en contra de su prédica,
aún en el marco de un imparable avance
tecnológico. Los pobres fueron cada vez
más pobres. Los ricos, cada vez más
ricos. Hubo más guerras, más terrorismo,
más hambre, más injusticia, más
egoísmo. Vinieron Menem y Bush, su mejor
alumno. Toda denuncia, toda alocución,
todo intento por mejorar, parecería ser
inútil. Como en el caso de los “grandes
atractores” que estudia la física
de última generación, daría
la impresión de que fueramos en un camino
que conduce sin reverso hacia lo peor.
Tal vez el tema de fondo, sea la condición
humana. En la misma sala, el teatro Lola Membrives,
un público de panza llena, invitado, aplaudía
a rabiar. Se escuchaban “bravos” desaforados
por doquier ante cada alusión del personaje
de la Madre a favor de la ayuda a los necesitados
del mundo.
A la salida del teatro, también está
Calcuta. Un mar de bolsas rotas con restos de
basura y rastros de la desesperada búsqueda
de sustento por parte de nuestros indigentes,
eran esquivados con indolencia por la mayoría
de los asistentes. Un señor gordo, que
sentado a mi lado me ensordeció con sus
aplausos y gritos, ignoró a un chico descalzo
que a la salida le abrió la puerta del
taxi. No sólo no le dio una moneda, ni
siquiera lo miró. No sé cuantos
de los asistentes al estreno, cambiarán
su actitud habitual de indiferente desprecio ante
el ejército de menesterosos -gran parte
de ellos niños pequeños- que se
adueña todas las noches del -mal llamado-
centro porteño, en donde está ubicada
la sala. La hipocresía de una parte de
nuestra sociedad, pasa a tener un rol activo en
este espectáculo, sin haber sido
-supongo- algo que se haya propuesto la dirección.
En cuanto al hecho artístico, Vicky Buchino
compone un personaje creíble y tiene una
actuación muy sólida. Es brillante
en el cambio de actitud corporal con el que va
acusando el paso de los años. También
lo es el desempeño de Juan Skreltkowicz
y hay que decir que el elenco en general está
en un alto nivel actoral, que es el punto fuerte
de esta obra.
La música, variada, está en sintonía
con las distintas escenas y hay un buen equilibrio,
un tempo apropiado entre lo melódico y
lo hablado.
Bien la escenografía y el vestuario. |