Después
de la exitosa temporada del año pasado,
seguramente las y los lectores de este comentario
no ignoren que El Resucitado fue estrenado hace
varios años.
Sucintamente, y como es predecible pues el tema
es tradicional en nuestra cultura, El Resucitado
es un hombre de edad incierta que padeció
un ataque de catalepsia del que no logró
despertar a tiempo, fue enterrado vivo y logró
escapar de su tumba, rehaciendo entonces su vida
humildemente y sin ambiciones puesto que sus allegados
y, con ellos, la sociedad toda –el locus
donde las ambiciones se realizan- le había
cancelado su pasaporte existencial de hombre vivo.
Convertido por necesidad en un feriante que cuenta
con histriónico candor la historia de su
vida desde su infancia hasta el presente, el relato
es parejo en sus acentuaciones y no pone especial
énfasis en aquello que lo convirtió
en fenómeno de circo, marcando de este
modo el valor de la vida misma del resucitado
como ser humano. Pronto resulta evidente que Becaud,
el resucitado, no pertenece a nuestra desencantada
época, en que su historia apenas ocuparía
unas páginas de la prensa amarilla.
En cambio, sí es frecuente en nuestros
tiempos representar y construir poéticas
teatrales a partir de fuentes no teatrales, como
es el caso de este cuento de Emile Zolá,
La Mort d’Olivier Becaud, cuyo texto, dice
el director Roberto Villanueva, “se respeta
en sus más mínimos detalles”.
El presente comentario está dirigido principalmente
a eventuales futuros espectadores aficionados
o amantes del teatro, y la cuestión de
la declarada fidelidad a un texto original puede
no ser prioritaria si su interés está
puesto esencialmente en el trabajo exclusivamente
teatral como un suceso autónomo (que de
hecho no lo es, aunque este “recorte”
sirve como clave simplificada para su interpretación).
Sin embargo, menciono al pasar la conocida expresión
“traductor-traidor” y cito nuevamente
lo que anticipa el programa de mano: “El
espectador “oye” lo que podría
leer si optara por abrir el libro”. Pero
–y aquí comienza tal vez a construirse
la teatralidad de El Resucitado como algo distinto
de un espectáculo de narración-
aunque en la sala se oye lo que podría
leerse, también se ven un personaje (el
Otro) y situaciones que no están en el
cuento y que sirven a la dramaturgia que pretende
poner en escena el relato del cuento más
que el cuento mismo.
Acompañan a los dos personajes teatrales
que son Olivier Becaud y el Otro (prácticamente
silencioso pero crucial en la innovación
intrínseca de esta puesta en escema) otros
sujetos que forman parte del cuento propiamente
dicho: la esposa de Becaud, un elegante y sensual
caballero, una matrona malhumorada y su hija.
El hecho de que estos personajes sean representados
por siluetas de cartón y títeres
a los que los dos actores prestan, impostándolas,
sus voces, es un recurso que sirve para marcar
una distancia -que al mismo tiempo es mezcla o
confusión- entre los campos teatral y literario;
en este aspecto dual y antagónico de distancia
y confusión “reside la sustancia
dramática del espectáculo”,
según las palabras Villanueva.
Más arriba se mencionó que Becaud
no es un hombre de nuestra época. Sobre
este aspecto, es interesante la manera en que
se logra la ambientación temporal, en una
puesta bastante ascética en recursos escenográficos
y de vestuario, a través de la caracterización
de los muñecos cuyas vestimentas, pintadas
sobre el cartón como forma de acentuar
su ficcionalidad, son claramente anticuadas, como
también lo es la simulada técnica
con que el Otro y Becaud construyeron estas siluetas,
emparchándolas y reforzándolas para
el diario trajín.
En cuanto al argumento propiamente dicho, no resulta
novedoso ni sorprendente. El ingrediente mágico,
capaz de maravillar al espectador, radica en lo
estrictamente teatral: la dirección, las
actuaciones y, en menor medida, las componentes
técnicas (iluminación y sonido).
Aunque los dos personajes tienen papeles de distinto
peso, con un protagonismo muy claro de Lorenzo
Quinteros, el Otro, a cargo de Daniel Zaballa,
no es un mero comparsa que sólo sirve para
que se destaque el personaje principal, sino que
–como ya se dijo- su papel agrega lo necesario,
en la dosis mínima y precisa, para que
El Resucitado sea la “puesta en escena del
cuento del cuento”, aportando además
con su actuación el elemento cómico
o circense que define el ambiente espacial en
que ocurre esta historia.
Por último, cabe señalar que la
sala del teatro Del Nudo en la librería
Losada es pequeña y con un adecuado desnivel,
por lo que cualquier ubicación es igualmente
buena para disfrutar el espectáculo, una
opción sumamente interesante para el receso
estival en que la oferta de buen teatro se reduce
notablemente. |