Algunas
narraciones, cualquiera sea el género en
el que se inscriban, desarrollan en su relato
un único tema que tratan con mayor o menor
profundidad. No es el caso de “El sueño
de Cecilia”, pieza teatral a la que enriquecen
historias superpuestas, algunas de las cuales
llegan a una conclusión o desenlace a lo
largo de la obra, mientras otras quedan apenas
esbozadas, dando una profundidad en cierto modo
realista al conjunto (en efecto, pocas veces conocemos
todas las historias que se entretejen y pugnan
para definir un carácter, sea en la vida
cotidiana o en la ficción).
Así, sabemos que Cecilia es una mujer en
sus cincuenta o sesenta años, postrada
en una silla de ruedas, y que fabrica muñequitos
de trapo que vende o atesora codiciosamente, pero
no sabemos qué es exactamente lo que hace
que un muñeco sea o no vendido, que un
encargo sea o no aceptado. Entre sus creaciones
más preciadas figura un títere de
rostro monstruoso y cuerpo difuso, sin brazos,
pura cara con gesto de duende y boca ávida.
Este títere secreto, que vive oculto bajo
eterna manta que cubre el regazo de Cecilia, devela
parte de la viva sensualidad de su dueña,
sobre la que se articula un relato fragmentario
e inquitante, secundario en el argumento pero
incuestionablemente humano.
Sabemos también que Eva, su hermana menor
en pocos años (aunque la avejentan su amargo
rictus y los movimientos nerviosos de sus manos
que a veces parecen un tic involuntario y otras
un gesto de premeditación) es enfermera
y que tiene un carácter brusco e impetuoso.
Cierto día, cree reconocer por la mirada
gélida y cruel, por una cicatriz y una
mancha en el rostro, al hombre que, hace años,
mandaba en el campo de concentración en
que pasaron su infancia y vieron morir a sus padres,
devenido un robusto anciano alemán de corazón
y físico indestructibles. El deseo de venganza
surge inmediatamente, pero su realización
se torna difícil. Estas dificultades, de
orden material y psicológico, son las que
dan las líneas directrices al relato en
“El sueño de Cecilia”.
Por otra parte, lo que recurrentemente sueña
Cecilia y la llena de culpas y miedos, que son
casi seguramente los que la paralizan en su silla
de ruedas tal vez innecesaria, no es lo mismo
que anhela su hermana. Esto constituye una línea
de fuga que enriquece en la dramaturgia la ríspida
relación entre las hermanas, cargada de
gestos amargos, odios o rencores contenidos y
una desigual lucha con la memoria y el olvido,
un tema que va cobrando relevancia pausadamente
a lo largo del poco más de una hora de
la función.
Las actrices desempeñan sus papeles con
eficacia y soltura. Puede engañar en un
primer momento la rigidez física y declamativa
de Eva, hasta que se comprende que es parte de
su personalidad. La escenografía divide
el espacio en distintos sectores: la cocina invisible
al público, la sala y la habitación
en los altos, ésta última representada
con una metáfora visual cuyo sentido no
es inmediato pero que, lentamente, descubre al
espectador algunos aspectos de la opresiva convivencia
de Eva y Cecilia, así como la relación
poco amistosa de ellas con el bosque y la montaña
cercanos.
El único elemento que me pareció
algo excesivo fue el recurso sonoro con que se
marca lo que podría ser una suerte de separación
entre escenas: los disonantes acordes de un piano
generan un clima de crispación y de incomodidad
casi física que los demás elementos
de la puesta definen con menos artificio y de
modo más cercano a la atmósfera
general. En cambio, los temas musicales propiamente
dichos funcionan aceitadamente dentro del espectáculo.
“El sueño de Cecilia” es una
obra de teatro interesante, que supera ampliamente
el que a primera vista pareciera el tema principal,
es decir, el del reencuentro inesperado entre
víctimas y victimarios. Sobre el final,
una vez concretada la ansiada reivindicación
de justicia, Eva se derrumba. Toda la situación
dramática se redibuja en los últimos
cinco o diez minutos, abriendo sorpresivamente
el desenlace, cuya conclusión deberá
resolver el espectador o la espectadora. |