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» por Sonia Gonorazky
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Obra: EL SUEÑO DE CECILIA MUY BUENA

Autor:
Patricia Suárez
Elenco:
Marta Montero y Stella Maris Brandolín
Dirección general:
Clara Pando
Música:
Luis Mihovilcevic
Diseño de luces:
Gustavo Dimas García
Escenografía y vestuario:
Emily Abrojos
Fotografía:
Caffini Comunicación & Diseño
Asistencia de dirección:
Georgina Rey
Algunas narraciones, cualquiera sea el género en el que se inscriban, desarrollan en su relato un único tema que tratan con mayor o menor profundidad. No es el caso de “El sueño de Cecilia”, pieza teatral a la que enriquecen historias superpuestas, algunas de las cuales llegan a una conclusión o desenlace a lo largo de la obra, mientras otras quedan apenas esbozadas, dando una profundidad en cierto modo realista al conjunto (en efecto, pocas veces conocemos todas las historias que se entretejen y pugnan para definir un carácter, sea en la vida cotidiana o en la ficción).
Así, sabemos que Cecilia es una mujer en sus cincuenta o sesenta años, postrada en una silla de ruedas, y que fabrica muñequitos de trapo que vende o atesora codiciosamente, pero no sabemos qué es exactamente lo que hace que un muñeco sea o no vendido, que un encargo sea o no aceptado. Entre sus creaciones más preciadas figura un títere de rostro monstruoso y cuerpo difuso, sin brazos, pura cara con gesto de duende y boca ávida. Este títere secreto, que vive oculto bajo eterna manta que cubre el regazo de Cecilia, devela parte de la viva sensualidad de su dueña, sobre la que se articula un relato fragmentario e inquitante, secundario en el argumento pero incuestionablemente humano.
Sabemos también que Eva, su hermana menor en pocos años (aunque la avejentan su amargo rictus y los movimientos nerviosos de sus manos que a veces parecen un tic involuntario y otras un gesto de premeditación) es enfermera y que tiene un carácter brusco e impetuoso. Cierto día, cree reconocer por la mirada gélida y cruel, por una cicatriz y una mancha en el rostro, al hombre que, hace años, mandaba en el campo de concentración en que pasaron su infancia y vieron morir a sus padres, devenido un robusto anciano alemán de corazón y físico indestructibles. El deseo de venganza surge inmediatamente, pero su realización se torna difícil. Estas dificultades, de orden material y psicológico, son las que dan las líneas directrices al relato en “El sueño de Cecilia”.
Por otra parte, lo que recurrentemente sueña Cecilia y la llena de culpas y miedos, que son casi seguramente los que la paralizan en su silla de ruedas tal vez innecesaria, no es lo mismo que anhela su hermana. Esto constituye una línea de fuga que enriquece en la dramaturgia la ríspida relación entre las hermanas, cargada de gestos amargos, odios o rencores contenidos y una desigual lucha con la memoria y el olvido, un tema que va cobrando relevancia pausadamente a lo largo del poco más de una hora de la función.
Las actrices desempeñan sus papeles con eficacia y soltura. Puede engañar en un primer momento la rigidez física y declamativa de Eva, hasta que se comprende que es parte de su personalidad. La escenografía divide el espacio en distintos sectores: la cocina invisible al público, la sala y la habitación en los altos, ésta última representada con una metáfora visual cuyo sentido no es inmediato pero que, lentamente, descubre al espectador algunos aspectos de la opresiva convivencia de Eva y Cecilia, así como la relación poco amistosa de ellas con el bosque y la montaña cercanos.
El único elemento que me pareció algo excesivo fue el recurso sonoro con que se marca lo que podría ser una suerte de separación entre escenas: los disonantes acordes de un piano generan un clima de crispación y de incomodidad casi física que los demás elementos de la puesta definen con menos artificio y de modo más cercano a la atmósfera general. En cambio, los temas musicales propiamente dichos funcionan aceitadamente dentro del espectáculo.
“El sueño de Cecilia” es una obra de teatro interesante, que supera ampliamente el que a primera vista pareciera el tema principal, es decir, el del reencuentro inesperado entre víctimas y victimarios. Sobre el final, una vez concretada la ansiada reivindicación de justicia, Eva se derrumba. Toda la situación dramática se redibuja en los últimos cinco o diez minutos, abriendo sorpresivamente el desenlace, cuya conclusión deberá resolver el espectador o la espectadora.
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