»
Agregar a Favoritos
GUIA DE ARTISTAS
» Literatura
» Artes Plásticas
» Música
» Danza
» Teatro
» Cine
» Fotografía
» Arquitectura
SECCIONES
» Agenda Cultural
» Direccionario
» Publicaciones
» Concursos
» Página Abierta
COLUMNISTAS
» Buenos Aires
» Desde Argentina
» Desde el Mundo
» Entrevistas
GALERIA ON LINE
» Artistas de El Muro
» Obras en Venta
TANGO | Nuevo
EVENTOS
BENEFICIOS
MEMORIA URBANA
SERVICIOS
PUENTE CULTURAL
.
CONTACTENOS
» Info
» Publicidad
» Gacetillas
» Ventas
» Expo
» Webmaster
| AGENDA | ARTISTAS | OBRAS | COLUMNISTAS | DIRECCIONARIO | CONCURSOS | i
» por Sonia Gonorazky
.
Obra: EL JARDÍN DE LOS CEREZOS BUENA

Autor:
Anton Chejov
Elenco:
Hugo Alvarez, Matías Buzzo Pipet, Santiago Ceresetto, Vera Czemerinski, Daniel Dibiase, Luis Marangón, Renata Marrone, Enrique Oliva Zani, Lorena Romanín, Laura Sterlino, Rita Terranova, Sami Zaremberg
Músicos:
Daniel Inger, Ricardo Luna, Luis Socolovski
Música:
Hector Magni
Asistencia de dirección:
Reneé Lacroix, David Robles
Dirección:
Hugo Alvarez
Sala:
Corrientes Azul, Av. Corrientes 5965
Chéjov es un dramaturgo cuyo teatro se sustenta principalmente en el realismo (pretensión de mimesis y contigüidad del arte con la vida tal cual es), pero sin que se lo pueda encasillar en esta categoría, que suele ser la más evidente para el o la lector/a o espectador/a de su teatro. En esta base realista, que funciona como una suerte de argamasa, aparecedn también “inserciones” propias del simbolismo y de lo que podría llamarse protominimalismo, que dan un inesperado brillo a cada obra.
En su dramaturgia, Chéjov sustenta la tesis de que cada vida humana es el resultado de una acumulación de hechos insignificantes. No existen para el autor los grandes discursos ni las grandes ideas individuales, sino que la existencia misma se construye a partir de balbuceos insignificantes. Estas ideas constituyen los elementos minimalistas que el autor introduce e implican un feroz adelgazamiento de la realidad, que se vuelve más frágil y también más traslúcida: lo anecdótico cobra importancia y permite una mirada en detalle que otras concepciones del mundo más generalizadoras no permiten. Así, El Jardín de los Cerezos no tiene una tesis central (adelgazamiento del argumento), sino una polifonía temática donde cada uno de los personajes dice lo suyo, ajeno a los drásticos cambios sociales y económicos que ocurren delante de sus propias narices. En síntesis, la gente y, en particular, los personajes de cada pieza, puede vivir tangencialmente a los grandes discursos que algunos suponen debe producir la Humanidad; esto no significa que se aplaste la complejidad semántica de la realidad, sino que cada cual puede vivir en un ámbito reducido de la misma.
El simbolismo es la manifestación de una corriente filosófica y estética para la que solamente el arte es capaz de expresar el contenido metafísico del universo, cuya relevancia supera a la del contenido real. Esta entidad metafísica se manifiesta a través de símbolos que deben ser descifrados. En sendas didascalias (acotaciones en el texto teatral que no son parte de los parlamentos de los personajes) al final del segundo y cuarto acto de “El Jardín de los Cerezos”, se hace referencia a un cable o cuerda de un instrumento musical que produce un sonido muy triste y que se apaga débilmente. No podemos responder qué es ese sonido, de dónde proviene o qué significa desde el régimen de experiencia de lo real, ya que lo que se rompe allí son los procesos trascendentales que articulan la vida de los hombres.
En la puesta en escena del grupo Mascarazul, los cambios de acto se marcan con breves apagones que no significan una interrupción de la acción dramática ni producen en el público el fuerte efecto de extrañamiento que sí ocasionaría la caída de un telón. El sonido de la cuerda es reemplazado por un desgarrador aullido que parece originarse dentro de la mansión más que provenir del exterior, pero que igualmente simboliza el quiebre del orden interno, la ruptura íntima y drástica entre el orden de la representación y el de la realidad de cada personaje.
El espacio escénico de la sala se aprovecha inteligentemente, generando una sensación de mayor amplitud espacial. La escenografía, demasiado austera, marca una línea de fuga respecto a la corriente realista de principios del siglo XX, reflejando no sólo las condiciones materiales en que crea y produce el teatro independiente de Buenos Aires, sino también la manifiesta intención del Director y la responsable de esta versión de actualizar lo “universal” de la obra y enfatizar la huída melancólica de sus personajes, acentuando también el sentido cómico que el autor dio a esta obra y que el Director encuentra expresado en la contradicción entre el mundo imaginario en que viven los personajes y el de la abrumadora realidad en que están sumergidos. Todo esto, produce una creación que, sin resultar impactante, respeta la concepción chejoviana del teatro y dialoga a su modo con el tiempo presente.
.
VER INDICE DE OBRAS >>
.
Pagina de Inicio Escribanos Agregar a Favoritos