Chéjov
es un dramaturgo cuyo teatro se sustenta principalmente
en el realismo (pretensión de mimesis y
contigüidad del arte con la vida tal cual
es), pero sin que se lo pueda encasillar en esta
categoría, que suele ser la más
evidente para el o la lector/a o espectador/a
de su teatro. En esta base realista, que funciona
como una suerte de argamasa, aparecedn también
“inserciones” propias del simbolismo
y de lo que podría llamarse protominimalismo,
que dan un inesperado brillo a cada obra.
En su dramaturgia, Chéjov sustenta la tesis
de que cada vida humana es el resultado de una
acumulación de hechos insignificantes.
No existen para el autor los grandes discursos
ni las grandes ideas individuales, sino que la
existencia misma se construye a partir de balbuceos
insignificantes. Estas ideas constituyen los elementos
minimalistas que el autor introduce e implican
un feroz adelgazamiento de la realidad, que se
vuelve más frágil y también
más traslúcida: lo anecdótico
cobra importancia y permite una mirada en detalle
que otras concepciones del mundo más generalizadoras
no permiten. Así, El Jardín de los
Cerezos no tiene una tesis central (adelgazamiento
del argumento), sino una polifonía temática
donde cada uno de los personajes dice lo suyo,
ajeno a los drásticos cambios sociales
y económicos que ocurren delante de sus
propias narices. En síntesis, la gente
y, en particular, los personajes de cada pieza,
puede vivir tangencialmente a los grandes discursos
que algunos suponen debe producir la Humanidad;
esto no significa que se aplaste la complejidad
semántica de la realidad, sino que cada
cual puede vivir en un ámbito reducido
de la misma.
El simbolismo es la manifestación de una
corriente filosófica y estética
para la que solamente el arte es capaz de expresar
el contenido metafísico del universo, cuya
relevancia supera a la del contenido real. Esta
entidad metafísica se manifiesta a través
de símbolos que deben ser descifrados.
En sendas didascalias (acotaciones en el texto
teatral que no son parte de los parlamentos de
los personajes) al final del segundo y cuarto
acto de “El Jardín de los Cerezos”,
se hace referencia a un cable o cuerda de un instrumento
musical que produce un sonido muy triste y que
se apaga débilmente. No podemos responder
qué es ese sonido, de dónde proviene
o qué significa desde el régimen
de experiencia de lo real, ya que lo que se rompe
allí son los procesos trascendentales que
articulan la vida de los hombres.
En la puesta en escena del grupo Mascarazul, los
cambios de acto se marcan con breves apagones
que no significan una interrupción de la
acción dramática ni producen en
el público el fuerte efecto de extrañamiento
que sí ocasionaría la caída
de un telón. El sonido de la cuerda es
reemplazado por un desgarrador aullido que parece
originarse dentro de la mansión más
que provenir del exterior, pero que igualmente
simboliza el quiebre del orden interno, la ruptura
íntima y drástica entre el orden
de la representación y el de la realidad
de cada personaje.
El espacio escénico de la sala se aprovecha
inteligentemente, generando una sensación
de mayor amplitud espacial. La escenografía,
demasiado austera, marca una línea de fuga
respecto a la corriente realista de principios
del siglo XX, reflejando no sólo las condiciones
materiales en que crea y produce el teatro independiente
de Buenos Aires, sino también la manifiesta
intención del Director y la responsable
de esta versión de actualizar lo “universal”
de la obra y enfatizar la huída melancólica
de sus personajes, acentuando también el
sentido cómico que el autor dio a esta
obra y que el Director encuentra expresado en
la contradicción entre el mundo imaginario
en que viven los personajes y el de la abrumadora
realidad en que están sumergidos. Todo
esto, produce una creación que, sin resultar
impactante, respeta la concepción chejoviana
del teatro y dialoga a su modo con el tiempo presente. |