Todo transcurre en el interior de una
paupérrima habitación construida
precariamente en medio de un improductivo campo
de límites difusos. Allí viven tres
personajes, dos mujeres y un hombre que alternan
en el uso del catre o del jergón y para
conseguir qué comer cada día. Una
suerte de maldición o implacable plaga
va diezmando sus recursos: los chanchos del chiquero
escaparon hace tiempo, la gallina no pone más,
la caza se torna cada día más difícil.
La propuesta argumental del autor Andrés
Binetti parte de la idea de negación de
los atributos constitutivos de la personalidad
en nuestra sociedad y, de este modo, al encierro
de los personajes en su propia miseria se suma
el borramiento de géneros, roles, oficios,
nombres. Parece que lo único que sostiene
la vida de estos tres personajes es la rutina,
la lucha por la supervivencia, recuerdos que circulan
sobre unos pocos acontecimientos pero que cada
vez se rememoran de manera sutilmente distinta.
La única distracción es escuchar
la música de un deteriorado tocadiscos,
y el bailecito, aparentemente ingenuo y enigmático.
La ambientación escénica y la caracterización
de los personajes trasladan la imaginación
a un mundo casi sin tiempo, totalmente ajeno a
nuestras costumbres citadinas. El mobiliario descascarado,
el tocadiscos anacrónico, la amarilleada
foto de Evita, la forma de moverse y de expresarse
de los actores parecen remitir épocas pasadas,
hasta que la llegada de una visitante inesperada,
vuelve el tiempo al presente, revelándonos
en forma caricaturizada la enorme distancia que
media entre el mundo rural y el urbano, entre
los códigos de respeto y convivencia, entre
el valor de los gestos y de las palabras.
Toda la obra se desarrolla sobre esta base conceptual
y aunque este trabajo se aleja estética
y poéticamente del excelente “Leve
contraste por saturación” que el
grupo Los Calderos presentó en 2003 y 2004,
considero que hay cierta confluencia o búsquedas
narrativas comunes, ya que ambos trabajos indagan
sobre la incomunicación, aunque de manera
muy diferente.
Los actores, merecedores de un reconocido aplauso,
componen unos campesinos muy logrados, de una
acentuada comicidad absurda que no es percibida
por ellos mismos. Su tosquedad queda bien delineada
por el trabajo corporal y de pronunciación
que los convierte en personajes completamente
extraños al público y hasta incomprensibles,
lo que no perjudica en nada la inteligibilidad
del relato.
Por su parte, el cuarto personaje, la encuestadora
del INDEC, aporta un contrapunto que permite que
se desencadene una acción dramática,
que aparezca el conflicto que dinamiza la dramaturgia.
Se trata de una joven citadina que llega candorosamente
a realizar su trabajo, sin tener la menor idea
de la forma de vida y los usos del lenguaje ni
del valor que tiene para sus encuestados la escolaridad,
la salud, la propiedad privada, el progreso económico
o el bienestar material. El registro de actuación
desenvuelto y algo frívolo es completamente
diferente, marcando enfáticamente su extranjería.
Considero que en esta obra aparece cierta crítica
social que no está planteada de una manera
“militante” sino que se utiliza como
motor del relato. El atropello de las formas de
vida y los valores urbanos sobre lo rural tiene
como contrapartida la violencia física
y -con más razón- simbólica
con que los campesinos responden y que para ellos
nada significa. El público puede crisparse
o reírse durante la función pero
cualquiera sea su actitud, seguramente reconocerá
una dramaturgia joven e interesante y unas logradas
actuaciones. |