Basada en un texto de gran potencia como
lo es la versión del texto de Eurípides
por J.P.Sartre, el trabajo de Szuchmacher y sus
colaboradores puede considerarse a su vez una
adaptación modernizada de la del francés.
Tratándose de una obra “clásica”
dentro de la dramaturgia occidental, considero
conveniente la lectura previa del texto, que se
consigue fácilmente (en la versión
de Losada, el nombre de Sartre no aparece en la
tapa ni en la contratapa del libro, pero sí
en el prólogo). De todas maneras, para
quienes por una razón u otra no les interese
este ejercicio previo, el programa de mano presenta
una breve descripción de los sucesos principales
de cada escena, que permite seguir con mayor facilidad
el argumento, pero no nos anticipa –como
sí puede hacerlo la lectura- cuáles
son los momentos teatral o poéticamente
más impactantes.
Considero útil apuntar algunas de las observaciones
de Sartre sobre su obra, estrenada en el año
1965, y que –según tengo entendido-
el director toma también en cuenta. Considera
que Las Troyanas es la menos “teatral”
de las tragedias clásicas, y sin embargo
la elige por su claro contenido político,
por la lucidez con que muestra el avasallamiento
de las guerras de conquista y colonización,
que el francés actualiza en la guerra de
Argelia, y porque muestra que los vencedores de
la contienda son también sujetos derrotados.
Esto en cuanto al texto en que se apoya “Las
Troyanas”, que director y actores respetan,
logrando un interesante y valioso resultado. Sobre
la puesta propiamente dicha pueden apuntarse múltiples
comentarios, pero es menester seleccionar sólo
algunos.
En cuanto a la ambientación física,
las paredes del escenario lucen desnudas, sin
bastidores decorados, lo que tal vez remite a
la idea de la desvastación que produce
la guerra y también a la idea de un trabajo
de arquitectura inconcluso, como resultó
el espacio de la Ciudad Cultural Konex. El mobiliario
y la utilería están dominados por
la presencia de una veintena de televisores, que
transmiten imágenes algo difusas, de brillante
colorido, aparentemente con muy poco movimiento
y que no pueden distinguirse claramente desde
la platea. Aventuro la hipótesis de que
resulta más relevante lo que sugieren los
televisores encendidos –un despiadado bombardeo
informativo, en crudo- que el contenido de las
imágenes, remitiendo a la inmediatez de
la cultura visual contemporánea y su efecto
contaminante. Resulta interesante el que los televisores
dejen de transmitir en los momentos más
cruciales, volviendo así el protagonismo
exclusivo a la vida por encima de la imagen o
representación mediatizada.
El acompañamiento musical o sonorización,
algo exótica, parece invitar al espectador
a un viaje en el tiempo, a sumergirse a medias
en una cultura distinta y lejana. Los televisores
y el vestuario reflejan en este sentido una tensión
opuesta, que transporta la imaginación
hacia un presente o un pasado reciente.
En cuanto a las actuaciones, las femeninas resultan
en mi opinión muy superiores a las masculinas,
debilitadas a veces hasta lo ridículo.
Esto puede interpretarse como un recurso que suele
llamarse “redundancia pedagógica”
y consiste en enfatizar por distintos medios algunos
aspectos del conflicto dramático o de los
personajes; en este caso, el que sean las mujeres
–en tanto sujetos de opresión sometidas
al barbarismo del poder- las protagonistas exclusivas
de Las Troyanas. Talthibios y los soldados que
lo acompañan parecen estar representando
otra obra de teatro, el primero parece distraído
y los últimos, que son apenas mudos comparsas,
ostentan una torpeza inaudita. Aunque esto puede
incomodar al espectador que comparta esta apreciación,
recuerdo que Sartre marcaba en su prólogo
la comicidad de Talthibios, “un hombre medio
que no está a la altura de los acontecimientos”.
Más alejado aún de la tragicidad
de las mujeres, el breve papel de Menelao y su
caracterización, son incomprensibles si
no es como una suerte de pelele de Helena.
Dejaré de lado a las actrices principales,
no por desmerecerlas sino para comentar los papeles
secundarios. Irina Alonso compone una Casandra
que no me pareció muy convincente, tal
vez por la estridencia con que pronuncia el himno
nupcial y las profecías sobre la suerte
de sus captores y de su madre. Creo que le faltó
algo de compenetración o de profundidad
para lograr la fuerza de un personaje trágico.
Cierto es que Casandra delira y la tienen por
loca, pero en el escenario le falta la gravedad
de la profetisa condenada al descrédito
y la fatalidad que ello implica.
Diana Lamas hace una Helena un poco vampiresca,
o tal vez frívola y pasatista, alejada
en muchos siglos de los tiempos de Troya, lo que
contribuye a una suerte de sincretismo temporal
que puede desconcertar pero que no hace menos
convincentes su despreocupación y su egoísmo
de personaje débil pero no por eso poco
poderoso.
Las mujeres del coro, guiadas por la corifeo,
miran con ansiedad las imágenes de los
televisores, que transmiten en directo los acontecimientos
que tal vez podrían ver por sí mismas;
en otros momentos rondan como fantasmas en el
escenario. El canto o parlamento en que rememoran
el día anterior a la caída de Troya
es uno de los más emotivos y logrados en
esta puesta de “Las Troyanas” que,
ciertamente, tiene un nivel bastante parejo a
lo largo de todas las escenas.
Los dioses Poseidón y Palas Atenea aparecen
en la primera y la última escena, luciendo
formales trajes negros y peinados prolijamente,
a la manera de empresarios o gente de negocios.
No sólo la vestimenta los diferencia de
los personajes humanos que son los que verdaderamente
toman parte de la tragedia, sino también
la forma de moverse y de declamar, basados en
la exageración y en cierto hieratismo que
los individualiza claramente como divinidades
al mismo tiempo involucradas y ajenas al devenir
humano.
Esta puesta de Szuchmacher me pareció un
trabajo muy logrado desde el punto de vista artístico
que seguramente descollará en esta temporada
2005. Resulta imposible comentar el alcance emotivo
o político de su trabajo, tal vez uno de
los aspectos más importantes para analizar
la tragedia y su puesta en escena, sin consultar
al propio director, con quien no pude comunicarme
oportunamente. He oído a la salida de la
sala voces disconformes, pero guste o no guste,
creo que “Las Troyanas” no debe pasarse
por alto. |