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» por Sonia Gonorazky
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Obra: LAS TROYANAS BUENA

Versión de:
Jean Paul Sartre.
Elenco: Elena Tasisto, Ingrid Pelicori, Horacio Peña, Irina Alonso, Diana Lamas, Pablo Caramelo, Graciela Martinelli, Susana Lanteri, Berta Gagliano, Javier Rodríguez, Francisco Civit, Rubén Dellarossa, Francisco Egido, Pablo Maritano, Paul Mauch, Julián Vilar.
Traducción: Indrid Pelicori.
Dirección: Rubén Szuchmacher.
Sala: Teatro Coliseo.
Basada en un texto de gran potencia como lo es la versión del texto de Eurípides por J.P.Sartre, el trabajo de Szuchmacher y sus colaboradores puede considerarse a su vez una adaptación modernizada de la del francés.
Tratándose de una obra “clásica” dentro de la dramaturgia occidental, considero conveniente la lectura previa del texto, que se consigue fácilmente (en la versión de Losada, el nombre de Sartre no aparece en la tapa ni en la contratapa del libro, pero sí en el prólogo). De todas maneras, para quienes por una razón u otra no les interese este ejercicio previo, el programa de mano presenta una breve descripción de los sucesos principales de cada escena, que permite seguir con mayor facilidad el argumento, pero no nos anticipa –como sí puede hacerlo la lectura- cuáles son los momentos teatral o poéticamente más impactantes.
Considero útil apuntar algunas de las observaciones de Sartre sobre su obra, estrenada en el año 1965, y que –según tengo entendido- el director toma también en cuenta. Considera que Las Troyanas es la menos “teatral” de las tragedias clásicas, y sin embargo la elige por su claro contenido político, por la lucidez con que muestra el avasallamiento de las guerras de conquista y colonización, que el francés actualiza en la guerra de Argelia, y porque muestra que los vencedores de la contienda son también sujetos derrotados.
Esto en cuanto al texto en que se apoya “Las Troyanas”, que director y actores respetan, logrando un interesante y valioso resultado. Sobre la puesta propiamente dicha pueden apuntarse múltiples comentarios, pero es menester seleccionar sólo algunos.
En cuanto a la ambientación física, las paredes del escenario lucen desnudas, sin bastidores decorados, lo que tal vez remite a la idea de la desvastación que produce la guerra y también a la idea de un trabajo de arquitectura inconcluso, como resultó el espacio de la Ciudad Cultural Konex. El mobiliario y la utilería están dominados por la presencia de una veintena de televisores, que transmiten imágenes algo difusas, de brillante colorido, aparentemente con muy poco movimiento y que no pueden distinguirse claramente desde la platea. Aventuro la hipótesis de que resulta más relevante lo que sugieren los televisores encendidos –un despiadado bombardeo informativo, en crudo- que el contenido de las imágenes, remitiendo a la inmediatez de la cultura visual contemporánea y su efecto contaminante. Resulta interesante el que los televisores dejen de transmitir en los momentos más cruciales, volviendo así el protagonismo exclusivo a la vida por encima de la imagen o representación mediatizada.
El acompañamiento musical o sonorización, algo exótica, parece invitar al espectador a un viaje en el tiempo, a sumergirse a medias en una cultura distinta y lejana. Los televisores y el vestuario reflejan en este sentido una tensión opuesta, que transporta la imaginación hacia un presente o un pasado reciente.
En cuanto a las actuaciones, las femeninas resultan en mi opinión muy superiores a las masculinas, debilitadas a veces hasta lo ridículo. Esto puede interpretarse como un recurso que suele llamarse “redundancia pedagógica” y consiste en enfatizar por distintos medios algunos aspectos del conflicto dramático o de los personajes; en este caso, el que sean las mujeres –en tanto sujetos de opresión sometidas al barbarismo del poder- las protagonistas exclusivas de Las Troyanas. Talthibios y los soldados que lo acompañan parecen estar representando otra obra de teatro, el primero parece distraído y los últimos, que son apenas mudos comparsas, ostentan una torpeza inaudita. Aunque esto puede incomodar al espectador que comparta esta apreciación, recuerdo que Sartre marcaba en su prólogo la comicidad de Talthibios, “un hombre medio que no está a la altura de los acontecimientos”. Más alejado aún de la tragicidad de las mujeres, el breve papel de Menelao y su caracterización, son incomprensibles si no es como una suerte de pelele de Helena.
Dejaré de lado a las actrices principales, no por desmerecerlas sino para comentar los papeles secundarios. Irina Alonso compone una Casandra que no me pareció muy convincente, tal vez por la estridencia con que pronuncia el himno nupcial y las profecías sobre la suerte de sus captores y de su madre. Creo que le faltó algo de compenetración o de profundidad para lograr la fuerza de un personaje trágico. Cierto es que Casandra delira y la tienen por loca, pero en el escenario le falta la gravedad de la profetisa condenada al descrédito y la fatalidad que ello implica.
Diana Lamas hace una Helena un poco vampiresca, o tal vez frívola y pasatista, alejada en muchos siglos de los tiempos de Troya, lo que contribuye a una suerte de sincretismo temporal que puede desconcertar pero que no hace menos convincentes su despreocupación y su egoísmo de personaje débil pero no por eso poco poderoso.
Las mujeres del coro, guiadas por la corifeo, miran con ansiedad las imágenes de los televisores, que transmiten en directo los acontecimientos que tal vez podrían ver por sí mismas; en otros momentos rondan como fantasmas en el escenario. El canto o parlamento en que rememoran el día anterior a la caída de Troya es uno de los más emotivos y logrados en esta puesta de “Las Troyanas” que, ciertamente, tiene un nivel bastante parejo a lo largo de todas las escenas.
Los dioses Poseidón y Palas Atenea aparecen en la primera y la última escena, luciendo formales trajes negros y peinados prolijamente, a la manera de empresarios o gente de negocios. No sólo la vestimenta los diferencia de los personajes humanos que son los que verdaderamente toman parte de la tragedia, sino también la forma de moverse y de declamar, basados en la exageración y en cierto hieratismo que los individualiza claramente como divinidades al mismo tiempo involucradas y ajenas al devenir humano.
Esta puesta de Szuchmacher me pareció un trabajo muy logrado desde el punto de vista artístico que seguramente descollará en esta temporada 2005. Resulta imposible comentar el alcance emotivo o político de su trabajo, tal vez uno de los aspectos más importantes para analizar la tragedia y su puesta en escena, sin consultar al propio director, con quien no pude comunicarme oportunamente. He oído a la salida de la sala voces disconformes, pero guste o no guste, creo que “Las Troyanas” no debe pasarse por alto.
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