“Están construyendo Alemania”.
La frase se repite cada vez que el sonido ensordecedor
y chirriante de las máquinas y las grúas
alcanza niveles insoportables que hieren los oídos
de Theodor y acompañan la desolación
de Greta.
“Rudolf” trata sobre la relación
perversa, interesada e íntima que se establece
entre dos alemanes sobrevivientes de la SGM, a
partir de la cual la autora parece invitar a la
reflexión sobre el olvido y el crimen.
Es una obra tensa desde el apagón inicial
y es difícil que la/el espectadora/dor
pueda relajarse o sentir alguna comodidad. Lo
mismo seguramente les ocurre a los actores, cuya
crispación y desconfianza no declinan en
ningún momento durante la función.
Patricia Palmer representa a una mujer seca. Tal
vez una educación estricta y con seguridad
las privaciones de la guerra agriaron su carácter,
dejando afortunadamente algunas fisuras por las
que aflora, mientras desdice lo que acaba de decir,
la sensibilidad y el dolor de una persona solitaria
y desafortunada que traicionó por dinero,
según ella más necesario que el
aire para poder vivir... Es fácil entender
el sentido de su idea, aunque pueda resultarnos
odioso el contexto en que cobra valor. Una interpretación
de corte maniqueísta ubicaría a
su personaje del lado del Mal, pero no creo que
sea ésta la idea de la autora, ni de la
directora, ni de la actriz. De hecho, esta mujer
muestra su frágil humanidad por encima
de lo monstruoso que la estigmatiza: pudo ser
la amante de un jerarca nazi, pero eso no afecta
su vida más que como anécdota pasajera;
ella no es portadora de un discurso ejemplificador,
sino de una existencia miserable..
Lautaro Delgado encarna a un personaje seguro
de sí mismo y que –a diferencia de
lo que le ocurre a la mujer, no cambia su carácter
ni sus objetivos porque el rencor lo paraliza,
lo que tal vez le da una gran estatura ética
pero al costo de un gran desencanto de la vida.
Aborrece la febril reconstrucción, no sólo
porque el ruido lastima sus oídos mutilados,
sino también porque sabe que cada ladrillo
se hunde en un fango de cadáveres que la
humanidad no debiera olvidad... pero que de hecho
olvida.
El texto de Patricia Suárez saca provecho
de la multiplicidad de sentidos que la oralidad
da al lenguaje, lo que permite que cada personaje
arme un relato propio con malentendidos a veces
accidentales y otras veces premeditados, que se
acerquen y se alejen continuamente, lo que da
complejidad al relato. La marcación de
la directora Dora Milea logra que los diálogos
y las actuaciones, de gran tensión, resulten
naturales y evita los excesos melodramáticos.
La difícil temática que aborda la
autora en esta obra, -así como en Valhalá
y en El Sueño de Cecilia, que actualmente
se están representando en otros teatros-
constituye tal vez una poética sobre el
horror: el horror de una guerra infame (todas
las guerras lo son) y el horror o el absurdo de
la vida que florece, indiferente, con pocos o
muchos colores cuando el polvo vuelve a asentarse. |