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» por Sonia Gonorazky
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Obra: RUDOLF MUY BUENA

Autor:
Patricia Suárez.
Elenco: Patricia Palmer y Lautaro Delgado.
Dirección: Dora Milea.
Sala: Teatro Nacional Cervantes.
“Están construyendo Alemania”. La frase se repite cada vez que el sonido ensordecedor y chirriante de las máquinas y las grúas alcanza niveles insoportables que hieren los oídos de Theodor y acompañan la desolación de Greta.
“Rudolf” trata sobre la relación perversa, interesada e íntima que se establece entre dos alemanes sobrevivientes de la SGM, a partir de la cual la autora parece invitar a la reflexión sobre el olvido y el crimen. Es una obra tensa desde el apagón inicial y es difícil que la/el espectadora/dor pueda relajarse o sentir alguna comodidad. Lo mismo seguramente les ocurre a los actores, cuya crispación y desconfianza no declinan en ningún momento durante la función.
Patricia Palmer representa a una mujer seca. Tal vez una educación estricta y con seguridad las privaciones de la guerra agriaron su carácter, dejando afortunadamente algunas fisuras por las que aflora, mientras desdice lo que acaba de decir, la sensibilidad y el dolor de una persona solitaria y desafortunada que traicionó por dinero, según ella más necesario que el aire para poder vivir... Es fácil entender el sentido de su idea, aunque pueda resultarnos odioso el contexto en que cobra valor. Una interpretación de corte maniqueísta ubicaría a su personaje del lado del Mal, pero no creo que sea ésta la idea de la autora, ni de la directora, ni de la actriz. De hecho, esta mujer muestra su frágil humanidad por encima de lo monstruoso que la estigmatiza: pudo ser la amante de un jerarca nazi, pero eso no afecta su vida más que como anécdota pasajera; ella no es portadora de un discurso ejemplificador, sino de una existencia miserable..
Lautaro Delgado encarna a un personaje seguro de sí mismo y que –a diferencia de lo que le ocurre a la mujer, no cambia su carácter ni sus objetivos porque el rencor lo paraliza, lo que tal vez le da una gran estatura ética pero al costo de un gran desencanto de la vida. Aborrece la febril reconstrucción, no sólo porque el ruido lastima sus oídos mutilados, sino también porque sabe que cada ladrillo se hunde en un fango de cadáveres que la humanidad no debiera olvidad... pero que de hecho olvida.
El texto de Patricia Suárez saca provecho de la multiplicidad de sentidos que la oralidad da al lenguaje, lo que permite que cada personaje arme un relato propio con malentendidos a veces accidentales y otras veces premeditados, que se acerquen y se alejen continuamente, lo que da complejidad al relato. La marcación de la directora Dora Milea logra que los diálogos y las actuaciones, de gran tensión, resulten naturales y evita los excesos melodramáticos.
La difícil temática que aborda la autora en esta obra, -así como en Valhalá y en El Sueño de Cecilia, que actualmente se están representando en otros teatros- constituye tal vez una poética sobre el horror: el horror de una guerra infame (todas las guerras lo son) y el horror o el absurdo de la vida que florece, indiferente, con pocos o muchos colores cuando el polvo vuelve a asentarse.
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