Sería interesante preguntar a
las autoras qué inquietudes personales
(o de las otras) las llevó a adentrarse
en el campo de la divulgación científica,
enfocándolo –acertadamente, a mi
juicio- desde lo cultural más que desde
lo estrictamente informativo. Seguramente ya contestaron
hace tiempo, cuando estrenaron su trabajo anterior,
“Somos nuestro cerebro”. Mi impresión
es que se trata principalmente de la búsqueda
de teatralidad o espectacularidad en textos o
discursos no teatrales, un campo que muchos dramaturgos
exploran en estos tiempos, más que de un
afán educativo de características
“escolares”, pero que simultáneamente
brinda un aporte valioso sobre una rama del pensamiento
menos transitada: la forma en que la información
codificada en el lenguaje”experto”
llega deformado y manipulado a quienes no pueden
comprenderlo en forma directa.
Esto no significa que “Somos Nuestros Genes”
eluda la divulgación, sino que la velocidad
con que varían las situaciones o los temas
abordados obligaría a una atención
demasiado concentrada, que el ambiente relajado
y de gran comicidad que se expresa en la escena
parecen querer evitar. El énfasis está
puesto más bien en las fantasías,
las deformaciones y la problemática social
que dispara el amplio tema de la genética,
lo que resulta un gran acierto y sirve para desmitificar
muchas ideas acerca de la producción científica
y la manera en que afecta nuestras vidas.
Los actores principales lucen coloridos mamelucos
a manera de uniforme y circulan por una sala que
bien podría ser un aula universitaria,
un salón de conferencias o el set desde
el que se emite un noticiero. Tal como indica
la gacetilla informativa: “A modo de clase
ideal, temas como el origen de la vida, ADN-ARN,
las mutaciones, los transgénicos, la clonación,
las decisiones genéticas se presentan y
desarrollan con actuación”. Pero
no es todo.... a un costado del escenario, una
bien provista barra de bar pulveriza la idea de
un distanciamiento entre el campo científico,
al que aún hoy se le atribuye una especie
de carácter aséptico, casi sobre-
o in-humano, y las preocupaciones y las distracciones
cotidianas. Este aspecto es especialmente trabajado
en la dramaturgia, que lo expone mediante recursos
visuales diversos, así como en la dispersión
y variación de los temas abordados y que
se manifiesta también en el entrecruzamiento
permanente entre los datos y definiciones provenientes
de la química y la biología, los
debates éticos que se desatan tanto en
las altas esferas del poder como entre los legos,
la confusión de los distintos discursos,
las preocupaciones y rivalidades de cada personaje.
Susana Pampín y Rosario Bléfari
reconocen que “Para la mayor parte de las
personas el único acceso posible a este
conocimiento —que avanza y se hace cada
vez más específico— es a través
de los medios, que simplifican o a veces sobredimensionan
equívocamente los conceptos.” Con
una estética de talk show un poco desprolijo
y divertido, intervenciones desopilantes como
la de un gen que se apersona a explicarnos sus
funciones, el minidebate acerca de la procreación
artificial o la intervención “leída”
de un reconocido catedrático, las autoras
logran delinear con buen pulso un esbozo crítico
sobre estas cuestiones, produciendo un espectáculo
divertido.
Para los espectadores más curiosos o sistemáticos,
y también como una política de consolidación
de las producciones generadas en el Centro Cultural
Rojas, se publicó el texto de “Somos
Nuestros Genes”, que puede aportar datos
puntuales pero siempre incompletos ya que, como
bien sabe quien asiste al teatro con asiduidad,
el texto es apenas un elemento entre otros, que
sin los actores, la escenografía y otros
elementos no pasa de un mero, aunque útil,
apunte. |