Antes
de asistir a la función de Serena Danza
del Olvido, estuve en una clase en la que se hablaba
sobre la construcción de la memoria y la
representación de este vital proceso en
el teatro, a propósito de otra obra, Rudolf,
que vi y comenté anteriormente. Como su
título indica, Serena Danza alude al olvido,
no a la memoria, pero no es difícil concluir
que el antónimo refiere al mismo asunto,
y que la negatividad de esta palabra no hace más
que poner énfasis, por desplazamiento,
en el sentido afirmativo de la memoria.
En Serena Danza del Olvido van alternando dos
relatos, presente y pasado, que se articulan como
historias superpuestas, no a la manera de un flash
back sino como lo que en la crítica teatral
suele llamarse “construcción expresionista”,en
este caso una intrusión del registro subjetivo
e íntimo de uno de los personajes. De este
modo, presente y pasado de los tres personajes
van dibujando una suerte de tapiz, donde algunas
palabras o actitudes son los puntos de confluencia
de los dos relatos. Es clara la acción
que se ubica en el presente, la recuperación
gradual de la memoria y también la intrusión
del pasado, mediante historias que se repiten
o elementos que van apareciendo sólo para
dar fuertes puntos de anclaje a ese recuerdo incipiente
que lucha por emerger de la negación y
el olvido. Más complejo de analizar es
el sentido de las acciones que transcurren en
el pasado, que por momentos parece estar aconteciendo
únicamente en la cabeza de uno de los personajes,
y otras veces parece un fenómeno colectivo,
telepático.
El texto principal de Héctor Levy Daniel,
es decir las palabras que forman los parlamentos
de los personajes, es profundo y cumple los objetivos
que su autor se propone, aunque también
tiene momentos que parecen forzados y excesivamente
“antinaturales”. No considero esto
no es una falla o un punto débil de la
dramaturgia, ya que actualmente un teatro de pretensiones
naturalistas sería considerado prácticamente
una pieza de colección. Pero creo que esta
artificialidad y sus infinitas posibilidades expresivas
no están bien aprovechadas en las actuaciones,
que parecen exageradas o, al contrario, demasiado
pobres e inexpresivas y hacen que se pierda la
intensidad del mensaje y del significado del texto,
ni en los efectos de la iluminación.
Un efecto que me pareció bien logrado es
el de la transición entre los dos tiempos
que conviven en la historia relatada en Serena
Danza. A la salida, escuché uno o dos comentarios
de otros espectadores para quienes había
un misterio no resuelto en el argumento, una especie
de intriga o final abierto. Con seguridad, interpretándolo
desde ese punto de vista este espectáculo
desatará reflexiones completamente diferentes
a las mías. Esta es, en gran medida, la
magia del teatro: un fenómeno de la vida
misma, capaz de producir significados particulares
en cada espectador que lo disfrute. |