La
gacetilla de prensa resume de este modo el argumento
de “Agua”:
“En el verano porteño 2001-2002,
un grupo de jóvenes amigos se divierte
con música electrónica a todo volumen.
Mientras tanto, en un departamento vecino, una
anciana y su sobrino pasan el tiempo en discusiones
estériles. Con el estallido social de trasfondo,
a todos los une el tedio y la apatía de
una época, los separa una generación
ausente, y por alguna razón todos necesitan
agua.”
Y en el programa de mano, la autora indica “Agua
es una historia que nace en el interior de un
departamento con ventanas desde las que se puede
acceder a otras con solo orientar la mirada. Llevado
al infinito, el juego se vuelve interminable.
Agua sólo se ocupa de dos ventanas, en
las que sin embargo pareciera confluir toda la
sangre de una herida que aún no fue cicatrizada”
Con el objetivo de no develar al espectador la
totalidad del sentido de Agua, el resumen oculta
u omite varios elementos que me parecieron esenciales
para entender la obra. Las palabras de la autora
dan alguna pista que recién se develará,
de manera sorprendente, hacia el final.
Lizarazu, en efecto, elige dos ventanas o miradas
para armar su fábula (estructura narrativa
de la historia contada; Diccionario del Teatro,
Patrice Pavis);.éste es su particular recorte
de la realidad infinita. Por un lado, la fiesta
y las relaciones entre un grupo de jóvenes
que parecen vivir apartados de las preocupaciones
mundanas y materiales, absortos solamente en divertirse
o, al menos, en pasar el tiempo placenteramente,
sin proyectos claros, mezclando ingenuidad y sordidez
(chupetines, agua mineral, drogas y armas que
no saben usar). Por otro lado, la seca convivencia
entre dos viejos, Aurora y Ruco, asistidos por
una mucama, Blanca, al mismo tiempo lúcida
y humilde.
Mi atención se orientó principalmente
hacia estos tres personajes adultos, atribulados
por sus años, que los llenan de achaques
y también de un sentido de la vida, sujetos
de una historia individual y colectiva que los
jóvenes parecen esquivar con una inocente
impunidad que, obviamente, no les resultará
gratuita. Aurora busca con su mirada el impulso
juvenil, el movimiento, la señal que indica
ser reconocida, valorada. Ruco parece hosco y
rencoroso de sí mismo. Blanca cumple a
veces el papel de mediadora entre ambos, vive
el anonimato de una mujer socialmente silenciada
que, al final, no soportará el haber expuesto
su intimidad para distraer a sus patrones, situación
que cambia notablemente las relaciones entre ellos
y actúa como un catalizador que desencadena
el desenlace.
Con pequeñas pinceladas se va estructurando
el intenso vínculo entre Aurora y Ruco,
cercanos y distantes, nostálgicos de una
época precisa del pasado. Al mismo tiempo,
en escenas intercaladas, también se define
una acción y relaciones específicas
entre los jóvenes.
Espacialmente, los ambientes que ocupan unos y
otros no se superponen, no hay paredes que delimiten
los dos departamentos, pero la separación
es clara por las características de la
escenografía y el elocuente decorado del
piso del escenario, cuyo simbolismo seguramente
no escapará al espectador.
Volviendo sobre las claves que aporta el resumen
de prensa, remarco la idea de la simultaneidad
espacio-temporal en que se desarrollan las dos
historias. No es casual ni una ingenuidad de la
directora que el terremoto social y político
del verano en que se desarrolla temporalmente
Agua no afecte directamente a ninguno de los personajes,
que no tienen noción de lo que está
ocurriendo fuera de sus reductos.
Las discusiones entre Aurora y Ruco parecen estériles
pero los motivos que movilizan a cada uno les
otorgan a mi entender un sentido preciso. Tal
vez sea a causa del tedio y la apatía que
dan vuelta sobre las mismas ideas del pasado,
pero también puede ser que les esté
faltando algo, algo para cerrar sus vidas o para
incluirlas en la marcha general del relato superpuesto
de Agua.
El agua, agua para beber, es un elemento potente
al principio y al final de la obra, aunque su
presencia es de algún modo constante. De
pronto, cuando es más necesaria, falta,
y esto permitirá que se rompa la pared
invisible que aislaba físicamente a los
adultos de los jóvenes.
“Agua” abre un amplio espectro (ojo,
no me refiero a los fantasmas!) de interrogantes
sobre la vida, la decrepitud y la decadencia de
los ideales, sobre las distintas maneras de construcción
de la identidad por personajes disímiles
desde un vacío que para los más
jóvenes es insondable. Prevenidos desde
el programa de mano sobre la existencia de esta
brecha infinita, las espectadoras y los espectadores
pueden también enfocar la atención
en lo que les ocurre a las chicas y chicos, aparentemente
sobreprotegidos, y en la forma en que se comunican
y relacionan entre ellos o cómo tratan
de insertarse en el mundo de sus padres. |