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» por Sonia Gonorazky
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Obra: AGUA BUENA

Autor:
Gladys Lizarazu
Elenco:
Graciela Araujo, Jessica Bacher, Emiliano Boidi, Carla Crespo, Pilar Gamboa, Min Ko, Min Ko, Julián Krakov, Fernando Llosas, Isabel Quinteros, Martín Salazar.
Vestuario:
Julio Suárez
Escenografía:
Gabriel Caputo
Música:
Diego Vainer
Dirección:
Gladys Lizarazu
Sala:
Teatro General San Martin.
La gacetilla de prensa resume de este modo el argumento de “Agua”:
“En el verano porteño 2001-2002, un grupo de jóvenes amigos se divierte con música electrónica a todo volumen. Mientras tanto, en un departamento vecino, una anciana y su sobrino pasan el tiempo en discusiones estériles. Con el estallido social de trasfondo, a todos los une el tedio y la apatía de una época, los separa una generación ausente, y por alguna razón todos necesitan agua.”
Y en el programa de mano, la autora indica “Agua es una historia que nace en el interior de un departamento con ventanas desde las que se puede acceder a otras con solo orientar la mirada. Llevado al infinito, el juego se vuelve interminable.
Agua sólo se ocupa de dos ventanas, en las que sin embargo pareciera confluir toda la sangre de una herida que aún no fue cicatrizada”
Con el objetivo de no develar al espectador la totalidad del sentido de Agua, el resumen oculta u omite varios elementos que me parecieron esenciales para entender la obra. Las palabras de la autora dan alguna pista que recién se develará, de manera sorprendente, hacia el final.
Lizarazu, en efecto, elige dos ventanas o miradas para armar su fábula (estructura narrativa de la historia contada; Diccionario del Teatro, Patrice Pavis);.éste es su particular recorte de la realidad infinita. Por un lado, la fiesta y las relaciones entre un grupo de jóvenes que parecen vivir apartados de las preocupaciones mundanas y materiales, absortos solamente en divertirse o, al menos, en pasar el tiempo placenteramente, sin proyectos claros, mezclando ingenuidad y sordidez (chupetines, agua mineral, drogas y armas que no saben usar). Por otro lado, la seca convivencia entre dos viejos, Aurora y Ruco, asistidos por una mucama, Blanca, al mismo tiempo lúcida y humilde.
Mi atención se orientó principalmente hacia estos tres personajes adultos, atribulados por sus años, que los llenan de achaques y también de un sentido de la vida, sujetos de una historia individual y colectiva que los jóvenes parecen esquivar con una inocente impunidad que, obviamente, no les resultará gratuita. Aurora busca con su mirada el impulso juvenil, el movimiento, la señal que indica ser reconocida, valorada. Ruco parece hosco y rencoroso de sí mismo. Blanca cumple a veces el papel de mediadora entre ambos, vive el anonimato de una mujer socialmente silenciada que, al final, no soportará el haber expuesto su intimidad para distraer a sus patrones, situación que cambia notablemente las relaciones entre ellos y actúa como un catalizador que desencadena el desenlace.
Con pequeñas pinceladas se va estructurando el intenso vínculo entre Aurora y Ruco, cercanos y distantes, nostálgicos de una época precisa del pasado. Al mismo tiempo, en escenas intercaladas, también se define una acción y relaciones específicas entre los jóvenes.
Espacialmente, los ambientes que ocupan unos y otros no se superponen, no hay paredes que delimiten los dos departamentos, pero la separación es clara por las características de la escenografía y el elocuente decorado del piso del escenario, cuyo simbolismo seguramente no escapará al espectador.
Volviendo sobre las claves que aporta el resumen de prensa, remarco la idea de la simultaneidad espacio-temporal en que se desarrollan las dos historias. No es casual ni una ingenuidad de la directora que el terremoto social y político del verano en que se desarrolla temporalmente Agua no afecte directamente a ninguno de los personajes, que no tienen noción de lo que está ocurriendo fuera de sus reductos.
Las discusiones entre Aurora y Ruco parecen estériles pero los motivos que movilizan a cada uno les otorgan a mi entender un sentido preciso. Tal vez sea a causa del tedio y la apatía que dan vuelta sobre las mismas ideas del pasado, pero también puede ser que les esté faltando algo, algo para cerrar sus vidas o para incluirlas en la marcha general del relato superpuesto de Agua.
El agua, agua para beber, es un elemento potente al principio y al final de la obra, aunque su presencia es de algún modo constante. De pronto, cuando es más necesaria, falta, y esto permitirá que se rompa la pared invisible que aislaba físicamente a los adultos de los jóvenes.
“Agua” abre un amplio espectro (ojo, no me refiero a los fantasmas!) de interrogantes sobre la vida, la decrepitud y la decadencia de los ideales, sobre las distintas maneras de construcción de la identidad por personajes disímiles desde un vacío que para los más jóvenes es insondable. Prevenidos desde el programa de mano sobre la existencia de esta brecha infinita, las espectadoras y los espectadores pueden también enfocar la atención en lo que les ocurre a las chicas y chicos, aparentemente sobreprotegidos, y en la forma en que se comunican y relacionan entre ellos o cómo tratan de insertarse en el mundo de sus padres.
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