En
el Hotel Melancólico –poco más
o el equivalente a un conventillo náufrago
en el tiempo- habitan seis personajes, sólo
uno tiene nombre propio: la mujer-perro, la novia,
Berta, el novio, el hombre y el músico.
La acción –o mejor dicho, las distintas
acciones que tienen lugar- ocurren en el descuidado
patio central rodeado de cachivaches y en el baño
minúsculo y precario, el espacio más
codiciado en el hotel. Es fácil adivinar
en la extraescena la ubicación de las habitaciones
y de la cocina, otro lugar de circulación
y encuentro que, aunque invisible, cumple también
la función de ordenadora espacial de los
acontecimientos.
La ambientación escenográfica es
realista, sin metáforas ni ambiciones.
En cambio la caracterización de los personajes
tiene mucho de poético y produce un efecto
de distanciamiento entre el mundo “real”
y el de la representación teatral. En efecto,
la mujer-perro con sus oscilaciones entre humanidad
y bestialidad, la éterea (aunque dominante)
Berta que habla un lenguaje incomprensible a los
demás, el insólito vestido de la
novia y también algunos rasgos de los personajes
masculinos indican claramente que lo que se ofrece
a la mirada del espectador no es una réplica
del mundo cotidiano, sino uno estilizado con el
fin preciso de “expresar y darle forma a
emociones y estados comunes a todos los hombres;
simples y complejos al mismo tiempo, como el deseo,
la excitación, el despecho, la soledad,
la envidia, los celos, la búsqueda constante
de un otro.”, según las palabras
de la directora.
Las mujeres son claramente las protagonistas,
las que regulan y dan sentido a los acontecimientos
y a la fábula (lo que se narra desde la
dramaturgia). Frente a ellas los hombres parecen
pequeños, menos complejos en sus formas
de expresarse y “hacerse notar” pero
sin que por ello pierdan profundidad sus sentimientos
y su sensibilidad.
No hay otro conflicto –entendido como tensión
entre fuerzas antagónicas o motor de la
acción dramática- que las rispideces
de la convivencia entre estos seres que hacen
del Hotel Melancólico su propio universo,
sin otra referencia al mundo exterior que algún
programa de radio que suena con la tosquedad y
el ruido de fondo de una grabación casera.
Lo que tienen en común los personajes es
su búsqueda de afecto, casi a cualquier
precio. Es un acierto de la dramaturga y directora,
Mariela Asensio, darle a esta difícil y
frustrante empresa una dimensión casi monopólica.
Una escena que sintetiza con brillo y gracia este
ingrediente articulador de la dramaturgia, es
aquella en que los seis responden el cuestionario
de un test amoroso publicado en una revista femenina.
Técnicamente, se trata de un espectáculo
que busca integrar en la multiplicidad de lo teatral,
la música y la poesía. No puede
definirse un argumento, sino que la dramaturgia
se compone de pequeños relatos e historias
de vida que se superponen. Cada una de estas historias
tiene una prehistoria y una continuación
que el espectador no conoce, y en ese sentido
puede decirse que Hotel Melancólico no
cuenta una historia sino que pinta un panorama,
un paisaje humano.
Todos los aspectos de la puesta están muy
cuidados. Recomiendo al futuro espectador reservar
su entrada telefónicamente. La sala es
pequeña y aunque todas las ubicaciones
son igualmente buenas, conviene esquivar una columna
que –con imaginación- podría
considerarse como una intrusión del escenario
en la platea. |