Con “Bienvenido Sr Mayer”, Juan Freund
intenta un recorrido -de matices autobiográficos-
a través de sus fantasmas del pasado. Un
recorrido que confronta dos vidas diferentes:
aquella que pudo haber tenido en su Alemania natal,
y la que pudo construir como inmigrante en la
Argentina. Ambas signadas por dos de los grandes
desastres que -entre tantos otros- produjo la
humanidad durante el siglo XX: el Holocausto y
los desaparecidos en la Argentina. Sucesos históricos
que a pesar de su enorme diferencia cuantitativa,
tienen un llamativo cúmulo de características
en común., que bien podrían haber
sido interpeladas aquí por el autor.
Impacta el comienzo de la obra, con el Sr Mayer
entrando y dirigiéndose al público.
Explica que iniciará un viaje por la Alemania
actual, en el pueblo que lo vió nacer,
en una búsqueda de lo que quedó
de aquel mundo de su infancia y su primera juventud
y que terminó por llevarse a todos sus
seres queridos, incluídos sus padres, a
los campos de concentración.
El periplo lo sorprende con un pueblo que lo agasaja
y lo espera, desde el último habitante
hasta su máxima autoridad: el intendente.
Un pueblo, que pretendiendo ignorar el pasado,
eliminarlo, no hablar de él, lo pone de
manifiesto en la exacerbada deferencia con que
recibe al de pronto ilustre Sr Mayer. Deferencia
que no refleja otra cosa que culpa. Sin embargo,
la visión de Juan Freund, nos muestra que
todo sigue igual, que esas buenas personas que
hoy halagan al Sr Mayer, están simulando,
actuando un papel y no bien se distraen o relajan
un poco, su monstruo nazi, se abre camino y aflora
a la luz nuevamente.
Visión que tiene algo de ingenuo, simplista,
casi infantil, donde deja sin explorar el amplio
espacio que existe para analizar los procesos
-infinitamente más complejos- que modelan
el comportamiento humano.
El Sr Mayer, recrea en su imaginación,
a personajes de su vida anterior. Su interlocutor
es Fritz, un fotógrafo de aspecto sepia
y literalmente cubierto de polvo, quien lo acompaña
en su recorrido por anécdotas de la escuela,
donde se enfrenta otra vez con la discriminación
antisemita y los dudosos consejos que su padre
le da para enfrentar la situación. En este
recorrido, tiene hasta la oportunidad de verse
con su hijo desaparecido, quien lo critica con
dureza, en cuanto al “no te metás”
que se supone típico de nuestro país.
Llama la atención, la pasividad que el
autor le imprime al personaje, la actitud de resignación
con la que el Sr Mayer acepta que le hayan destrozado
la vida, que le hayan quitado lo más sagrado:
sus seres queridos. Sus padres en Alemania. Su
hijo en la Argentina. Actitud que tiene visos
de realidad, que se hace reconocible. Quizá,
una condición que las situaciones límite
pueden imponer al ser humano. Lo quiebran. Lo
anulan. Algo así, como lo que muestran
algunos documentales de la época nazi,
donde –por ejemplo- se ve a un grupo de
judíos cavando el hoyo donde luego los
van a enterrar. ¿Porqué cavaban?
¿Porqué ofrecer ese servicio sin
rebelarse, si igual iban a morir?
“Bienvenido Sr Mayer”, es una excelente
idea, que se queda a mitad de camino al desarrollar
muy poco el autor sus evidentes potencialidades.
En cuanto al hecho teatral, las actuaciones son
buenas, la dirección ha impreso un buen
ritmo y se hizo un excelente aprovechamiento del
espacio. Es para destacar el tema de los actores
entre el público, que acompañan
vocalmente muchas escenas y aumentan la sensación
de involucramiento del mismo. La escenografía
está bien lograda, siendo lo suficientemente
flexible ante el vaivén que imponen dos
tiempos distintos en un mismo espacio. Buena música
y vestuario aceptable.
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