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» por Sonia Gonorazky
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Obra: USHUAIA BUENA

Dramaturgia:
Horacio Banega
Actuan:
Gabriela Fassi Martinez, Claudia Mac Auliffe, Horacio Marassi
Vestuario:
Lucila Fliess
Iluminación:
Eduardo Safigueroa
Música original:
Federico Marrale
Asistente de producción:
Vanina Fabrica
Asistencia de dirección:
Margó Menéndez
Prensa:
Daniel Franco, Paula Simkin
Dirección:
Horacio Banega
Sala:
Delborde Espacio Teatral, Chile 630.

La acción se desarrolla en un ambiente de tamaño minúsculo –la salita de la vivienda en que habitan Jana y Torresi- arrinconado por dos de las paredes de la sala y por las filas de sillas para el público, dispuestas en un cuatro de círculo o, si se prefiere, en L. La única salida del espacio escénico es la que ofrece una escalera hacia el pasillo colgante que seguramente conduce a la habitación que funciona como camarín.
En el Teatro todos los detalles tienen un significado, todos transmiten alguna idea y frecuentemente un detalle particular alude a un concepto más general que el que se devela en forma inmediata. A mí, como espectadora lega acostumbrada a la mirada generalizadora y a la conceptualización abstracta, me costó cierto esfuerzo entender este asunto y por eso insisto sobre el tema con cierto afán pedagógico. En “Ushuaia”, los límites del espacio escénico hacen visible, enfatizándolo, el ahogo existencial de cada personaje; la frágil escalerita parece materializar en una imagen concreta la búsqueda por cada uno de ellos de una salida, de un cambio que ilumine sus vidas y la dificultad para superar la situación de ahogo físico y existencial. Puede agregarse algo más sobre esta escalerita que conecta a veces la sala de estar con la habitación de la pareja y en otros momentos se utiliza como conexión con el exterior. La dualidad en su utilización seguramente responde a las limitaciones espaciales y materiales de la producción, pero paralelamente tiene un sentido específico en el marco del hecho teatral que la espectadora atenta (y el espectador atento) debe descubrir. Este sentido puede coincidir o no con el que el director le asignó (la habilidad del director se evidencia en construir signos que puedan descifrarse fácilmente), y aunque se corre el riesgo de incurrir en una sobreinterpretación, el intento siempre resultará útil para el análisis del hecho teatral. Personalmente, las funciones de esa escalera me remiten a la artificialidad de la separación entre un mundo “interior” y un mundo “exterior” (privado/público o personal/social): el malestar de los personajes de Ushuaia no es solamente un descontento íntimo, aunque las soluciones que cada uno imagina son claramente individualistas.
Desde el principio resulta evidente que los personajes no viven cómodamente y que la relación entre la mujer joven (Jana) y el hombre que casi la duplica en edad (Torresi) no es armoniosa, sino que está plagada de insatisfacciones que cristalizan en situaciones ríspidas.
Torresi se halla en una situación desesperante: es un falsificador habilidoso pero de poca monta, sin ambiciones. Probablemente una explosión (o una implosión) de su temperamento nervioso le hizo perder el pulso –su herramienta de artesano- y esto le impide realizar su trabajo y concretar el proyecto de evasión que, no sabemos por qué, había planeado junto a Jana. Este equilibrio inestable, compromiso entre tensión y parálisis, se modifica hacia una nueva situación de crisis con la aparición del tercer personaje, una mujer un tanto enigmática que establece inmediatamente vínculos de poder, afecto y manipulación con los otros dos. Un elemento teatral crispante y potente es la interdependencia: cada uno necesita de los otros para cumplir un proyecto personal que excluye a los demás o que, eventualmente, los incluye de manera secundaria. Pero al mismo tiempo que aliados por necesidad, representan obstáculos, casi enemigos.
Considero que en Ushuaia importan más las tensiones que están en juego que el argumento que define la acción teatral. Los personajes son marginales, las reglas sociales parecen no significar demasiado; tampoco hay fidelidad entre ellos, sino mero oportunismo. Esta crudeza permite mostrar descarnadamente los conflictos que padecen. Las relaciones de poder se modifican y redefinen de manera continua, permitiendo que cada uno cumpla con su objetivo “material”, aunque no de manera completamente satisfactoria.
Estéticamente, Ushuaia se construye desde la artificialidad o falsificación, acentuada técnicamente con logrados efectos tanto de luces como musicales. El diseño de vestuario caracteriza bien a los personajes, contrastando el cuidado de las formas y colores en las mujeres con el desaliño desencantado del hombre.
Horacio Banega, dramaturgo y director, escribió un libreto partiendo de situaciones de improvisación propuestas a los actores (lo que suele llamarse “dramaturgia de director”) en torno a la manera en que sería posible conseguir el dinero necesario para cumplir un sueño personal. Que el sueño sea simplemente un deseo de evasión, de escapismo sin un proyecto de vida que le de sentido y que haya surgido entonces la cuestión de la falsificación de cheques (procedimiento que la sociedad considera deshonesto) y no la pregonada cultura del trabajo y el esfuerzo, revela, al menos en mi personal análisis, la anomia, reflejo de la situación de malestar y descontento íntimo en que viven los personajes.
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