La Antígona de Jean Anouilh, estrenada
en París en los años de la ocupación
alemana durante la Segunda Guerra Mundial, alude
sin ninguna duda a la de Sófocles, de la
que toma –por decirlo de alguna manera-
el andamiaje argumental y la mayoría de
los personajes, aunque con importantes variaciones.
Así lo confirman los datos referidos al
autor que acompañan a la gacetilla de prensa,
donde leemos que “se propuso crear en su
teatro una atmósfera poética en
que se mueven personajes de alma desilusionada.
El tema único que Anouilh desarrolló,
con argumentos y métodos variados, es la
oposición irreductible entre la pureza
de la juventud intransigente, limpia a pesar de
manchas accidentales, y la sociedad hipócrita
y corrompida que acepta las componendas más
degradantes. La derrota de la pureza, que se niega
a adaptarse, es la conclusión inevitable.
(...). Su Antigone (1942), bajo un disfraz de
clasicismo griego, canta el poema de la resistencia
a la tiranía en el París ocupado.”
La puesta en escena dirigida por Dora Milea ofrece
variadas posibilidades interpretativas para las/os
espectadoras/es, que –en cuanto al texto-
pueden poner más atención en las
similitudes o en las diferencias respecto a la
tragedia de Sófocles o en el mensaje social
y político que recibe tanto de lo que dicen
los distintos personajes como de los elementos
no verbales de esta Antígona, que no casualmente
cuenta con el auspicio de las Abuelas de Plaza
de Mayo.
La directora sigue muy de cerca el texto de Anouilh
pero modifica y recrea las indicaciones escénicas
del autor (la versión consultada es la
de la Biblioteca Clásica y Contemporánea
de editorial Losada). Los personajes son criaturas
modernas, no sólo por sus vestidos y sus
hábitos, y difieren en varios aspectos
de los caracteres sofoclesianos, hay un desplazamiento
de su esencia trágica. Así, por
ejemplo, a diferencia del Creonte clásico,
el Creón moderno quiere que su sobrina
viva, no quiere castigarla y la lección
que pretende dar a sus súbditos es completamente
otra que la clásica, ya que el conflicto
es entre el orden social y el individuo, y no
entre éste y el orden religioso.
En un interesantísimo ensayo sobre las
distintas versiones de Antígona, George
Steiner señala algunos aspectos en que
la de Sófocles y la de Anouilh divergen.
Considera que la diferencia más relevante,
que caracteriza completamente la inmensa distancia
entre las dos obras, se manifiesta al final: el
Creonte de Sófocles queda en la absoluta
soledad (han muerto, suicidados, su hijo y su
esposa); en cambio, para Creón (el de Anouilh)
estas muertes significan un alivio, saber que
sus seres queridos descansan. Él debe continuar
su tarea de gobernar la ciudad, y la paz de sus
muertos es una garantía para su conciencia.
Esta Antígona en el teatro La Carbonera
es una versión poderosa e interesante.
El espacio escénico se utiliza eficazmente,
separando planos o niveles de “realidad”,
concretamente aislando espacialmente al Prólogo/Corifeo
del resto de los personajes. La escenografía,
ínfima, aporta sobre el final una imagen
de grave contundencia. Los efectos sonoros enfatizan
la idea de dramatismo sobre la de tragicismo (en
un sentido coloquial, no erudito), es decir la
distancia entre los personajes clásicos
y los modernos, habitantes de un mundo laico y
en que la legitimidad del poder no se sustenta
en el respeto de un orden natural e inamovible.
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