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» por Sonia Gonorazky
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Obra: ANTIGONA MUY BUENA

Adaptación:
Jean Anouilh
Elenco:
Laura Bogani, Pablo Finamore, Ana Riveros, Antonio Ugo, Ana Yovino, Susana Zoppi
Diseño de vestuario:
Sofía Dinunzio
Diseño de escenografía:
Ignacio Riveros
Diseño de luces:
Leandra Rodríguez
Música:
Nicolás Diab
Prensa:
Daniel Franco, Paula Simkin
Dirección:
Dora Milea
Sala:
La Carbonera, Balcarce 998.

La Antígona de Jean Anouilh, estrenada en París en los años de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, alude sin ninguna duda a la de Sófocles, de la que toma –por decirlo de alguna manera- el andamiaje argumental y la mayoría de los personajes, aunque con importantes variaciones. Así lo confirman los datos referidos al autor que acompañan a la gacetilla de prensa, donde leemos que “se propuso crear en su teatro una atmósfera poética en que se mueven personajes de alma desilusionada. El tema único que Anouilh desarrolló, con argumentos y métodos variados, es la oposición irreductible entre la pureza de la juventud intransigente, limpia a pesar de manchas accidentales, y la sociedad hipócrita y corrompida que acepta las componendas más degradantes. La derrota de la pureza, que se niega a adaptarse, es la conclusión inevitable. (...). Su Antigone (1942), bajo un disfraz de clasicismo griego, canta el poema de la resistencia a la tiranía en el París ocupado.”
La puesta en escena dirigida por Dora Milea ofrece variadas posibilidades interpretativas para las/os espectadoras/es, que –en cuanto al texto- pueden poner más atención en las similitudes o en las diferencias respecto a la tragedia de Sófocles o en el mensaje social y político que recibe tanto de lo que dicen los distintos personajes como de los elementos no verbales de esta Antígona, que no casualmente cuenta con el auspicio de las Abuelas de Plaza de Mayo.
La directora sigue muy de cerca el texto de Anouilh pero modifica y recrea las indicaciones escénicas del autor (la versión consultada es la de la Biblioteca Clásica y Contemporánea de editorial Losada). Los personajes son criaturas modernas, no sólo por sus vestidos y sus hábitos, y difieren en varios aspectos de los caracteres sofoclesianos, hay un desplazamiento de su esencia trágica. Así, por ejemplo, a diferencia del Creonte clásico, el Creón moderno quiere que su sobrina viva, no quiere castigarla y la lección que pretende dar a sus súbditos es completamente otra que la clásica, ya que el conflicto es entre el orden social y el individuo, y no entre éste y el orden religioso.
En un interesantísimo ensayo sobre las distintas versiones de Antígona, George Steiner señala algunos aspectos en que la de Sófocles y la de Anouilh divergen. Considera que la diferencia más relevante, que caracteriza completamente la inmensa distancia entre las dos obras, se manifiesta al final: el Creonte de Sófocles queda en la absoluta soledad (han muerto, suicidados, su hijo y su esposa); en cambio, para Creón (el de Anouilh) estas muertes significan un alivio, saber que sus seres queridos descansan. Él debe continuar su tarea de gobernar la ciudad, y la paz de sus muertos es una garantía para su conciencia.
Esta Antígona en el teatro La Carbonera es una versión poderosa e interesante. El espacio escénico se utiliza eficazmente, separando planos o niveles de “realidad”, concretamente aislando espacialmente al Prólogo/Corifeo del resto de los personajes. La escenografía, ínfima, aporta sobre el final una imagen de grave contundencia. Los efectos sonoros enfatizan la idea de dramatismo sobre la de tragicismo (en un sentido coloquial, no erudito), es decir la distancia entre los personajes clásicos y los modernos, habitantes de un mundo laico y en que la legitimidad del poder no se sustenta en el respeto de un orden natural e inamovible.
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