Entre septiembre de 2004 y septiembre de 2005
se conmemora el Año Internacional Gombrowicz,
a propósito del centenario del nacimiento
de este novelista y dramaturgo polaco que llegó
a Buenos Aires en 1939 y, en parte debido al estallido
de la Segunda Guerra Mundial, decidió quedarse
en Argentina, donde vivió como un dandy
empobrecido durante muchos años antes de
regresar a Europa.
El texto de “Yvonne, princesa de Borgoña”
muestra, en forma de caricatura, los mecanismos
de dominación y consolidación del
poder entre quienes lo detentan y sostienen: los
reyes de Borgoña y sus adictos cortesanos,
encarnando los valores tradicionales, y el príncipe
que, secundado por sus amigos y con un sentido
más lúdico que de verdadera renovación,
intenta subvertir algunas de las disposiciones
sociales que –vale la pena remarcarlo- son
tenidas por “leyes naturales inquebrantables”.
Logra su objetivo introduciendo en la corte a
Yvonne como su prometida. No se termina de saber
si por alguna tara, por timidez, o como un verdadero
y silencioso acto de rebeldía, Yvonne no
se somete a las reglas de comportamiento que le
son impuestas, a pesar de las continuas humillaciones
que le infligen. Ella nunca pierde la simplicidad
ni la compostura, su mirada es siempre extraviada
y huidiza y apenas si pronuncia entre cinco y
diez palabras en total. Este comportamiento obstinado
pronto surte un efecto sumamente crítico
en toda la corte, desestabilizando las aceitadas
relaciones entre los miembros de la nobleza, que
terminarán liquidándola. En este
sentido, es muy interesante la manera en que se
resuelve la escena del complot contra Ivonne,
y la rápida evolución que hace su
personaje en su última escena, en la que,
con dignidad admirable, se deja vencer por fuerzas
que le resultan infinitamente superiores.
En la puesta del grupo Zona Roja hay un deslumbrante
despliegue de elementos visuales. El diseño
de vestuarios me resultó magnífico:
cada personaje tiene su color y sus estampados,
su calzado e inclusive un peinado característicos,
y junto a este abarrotamiento de signos no verbales,
Yvonne no sólo es un personaje prácticamente
mudo sino que, acentuando el contraste, aparece
en escena sin maquillaje, el cabello lacio e inexpresivo
y luciendo vestidos más que modestos, que
muy pronto el príncipe hará cubrir
con brillantes cadenas y cascabeles, situación
que expresa en una sola imagen visual todo el
conflicto que el texto de Gombrowicz desarrolla.
Lo mismo ocurre con la utilización del
decorado escénico, constituido principalmente
por grandes paneles móviles, cuyo desplazamiento
permanente modela los diferentes ambientes en
que ocurren las escenas y que en algunos momentos,
ostensiblemente manipulados por los demás
personajes, se cierran sobre una aterrorizada
Yvonne.
Como punto de partida del trabajo de investigación
y elaboración de la puesta en escena todos
los actores memorizaron la totalidad de los parlamentos
y sólo después se asignaron el o
los personajes que cada uno representaría.
Lograron de este modo dar marcadas características
propias a cada uno de los personajes, conformando
una suerte de collage en el que los colores y
las texturas no pierden su individualidad pero
se integran plásticamente en la totalidad
del cuadro.
Además de ofrecer una mirada sobre los
mecanismos en los que se sustenta el poder que
no ha perdido actualidad, así como sobre
los efectos nocivos que puede tener sobre cualquier
estructura social consolidada la aparición
de elementos desconocidos, “Yvonne...”
es un espectáculo divertido y visualmente
sorprendente que puede iluminar estos domingos
otoñales de Buenos Aires, tempranamente
grises. |