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» por Sonia Gonorazky
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Obra: YVONNE, PRINCESA DE BORGOÑA MUY BUENA

Autoría:
Witold Gombrowicz
Actuan:
Leonardo Basso, Emiliano Larea, Mariela Mirochnik, Julieta Otero, Paula Ransenberg, Gabriel Serenelli, Gerardo Serre, Victoria Solarz
Vestuario:
Ernesto Aragón
Escenografía:
Carla Buscemi
Iluminación:
Miguel Solowej
Música original:
Alejandro Nuin
Prensa:
Daniel Franco, Paula Simkin
Dirección: Uriel Guastavino
Entre septiembre de 2004 y septiembre de 2005 se conmemora el Año Internacional Gombrowicz, a propósito del centenario del nacimiento de este novelista y dramaturgo polaco que llegó a Buenos Aires en 1939 y, en parte debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial, decidió quedarse en Argentina, donde vivió como un dandy empobrecido durante muchos años antes de regresar a Europa.

El texto de “Yvonne, princesa de Borgoña” muestra, en forma de caricatura, los mecanismos de dominación y consolidación del poder entre quienes lo detentan y sostienen: los reyes de Borgoña y sus adictos cortesanos, encarnando los valores tradicionales, y el príncipe que, secundado por sus amigos y con un sentido más lúdico que de verdadera renovación, intenta subvertir algunas de las disposiciones sociales que –vale la pena remarcarlo- son tenidas por “leyes naturales inquebrantables”. Logra su objetivo introduciendo en la corte a Yvonne como su prometida. No se termina de saber si por alguna tara, por timidez, o como un verdadero y silencioso acto de rebeldía, Yvonne no se somete a las reglas de comportamiento que le son impuestas, a pesar de las continuas humillaciones que le infligen. Ella nunca pierde la simplicidad ni la compostura, su mirada es siempre extraviada y huidiza y apenas si pronuncia entre cinco y diez palabras en total. Este comportamiento obstinado pronto surte un efecto sumamente crítico en toda la corte, desestabilizando las aceitadas relaciones entre los miembros de la nobleza, que terminarán liquidándola. En este sentido, es muy interesante la manera en que se resuelve la escena del complot contra Ivonne, y la rápida evolución que hace su personaje en su última escena, en la que, con dignidad admirable, se deja vencer por fuerzas que le resultan infinitamente superiores.

En la puesta del grupo Zona Roja hay un deslumbrante despliegue de elementos visuales. El diseño de vestuarios me resultó magnífico: cada personaje tiene su color y sus estampados, su calzado e inclusive un peinado característicos, y junto a este abarrotamiento de signos no verbales, Yvonne no sólo es un personaje prácticamente mudo sino que, acentuando el contraste, aparece en escena sin maquillaje, el cabello lacio e inexpresivo y luciendo vestidos más que modestos, que muy pronto el príncipe hará cubrir con brillantes cadenas y cascabeles, situación que expresa en una sola imagen visual todo el conflicto que el texto de Gombrowicz desarrolla. Lo mismo ocurre con la utilización del decorado escénico, constituido principalmente por grandes paneles móviles, cuyo desplazamiento permanente modela los diferentes ambientes en que ocurren las escenas y que en algunos momentos, ostensiblemente manipulados por los demás personajes, se cierran sobre una aterrorizada Yvonne.

Como punto de partida del trabajo de investigación y elaboración de la puesta en escena todos los actores memorizaron la totalidad de los parlamentos y sólo después se asignaron el o los personajes que cada uno representaría. Lograron de este modo dar marcadas características propias a cada uno de los personajes, conformando una suerte de collage en el que los colores y las texturas no pierden su individualidad pero se integran plásticamente en la totalidad del cuadro.

Además de ofrecer una mirada sobre los mecanismos en los que se sustenta el poder que no ha perdido actualidad, así como sobre los efectos nocivos que puede tener sobre cualquier estructura social consolidada la aparición de elementos desconocidos, “Yvonne...” es un espectáculo divertido y visualmente sorprendente que puede iluminar estos domingos otoñales de Buenos Aires, tempranamente grises.
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