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» por Sonia Gonorazky
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Obra: SLAUGHTER BUENA

Autoría:
Sergio Blanco
Dramaturgia:
Juan Carlos Fontana
Actuan:
Mariana Ciolfi, Gustavo Comini, Santiago Ojea Quintana, Cruz Zaikoski
Vestuario:
Alberto Fortunato, Leda Pingas
Escenografía:
Alberto Fortunato, Leda Pingas
Iluminación:
Leda Pingas
Musicalización:
Gustavo Valdivia
Dirección:
Juan Carlos Fontana
Sala:
Korinthio Teatro, Junín 380
“Slaughter” muestra una intensa jornada en la vida de un grupo de jóvenes que parecen vivir al borde de la marginalidad, poniendo énfasis en la violencia física y simbólica que la sociedad ejerce sobre ellos y en el alto grado en que esta violencia los destruye como individuos, envenenándolos, y luego se refleja hacia otros, en una suerte de reacción en cadena ingobernable.

El autor, Sergio Blanco, expresa que su texto “pretende hablar de la violencia inherente a nuestros sistemas liberales, en donde la única evidencia es el destrozo permanente que perpetúa el hombre sobre el hombre". Sus personajes “sólo son capaces de hacer el mal” y por eso “se destruyen los unos a los otros permanentemente.”

El sostén ideológico del conflicto parte de la idea de que las conductas individuales expresan la violencia propia de la sociedad moderna, que los personajes reproducen como meros “ejecutores”, lo que los exime de la culpabilidad de sus acciones (es decir, de la responsabilidad por el daño que ocasionan). Se comparta o no esta postura, creo que es esencial para entender la alienación de los personajes, así como su enorme sufrimiento y su aparente falta de objetivos claros.

En cuanto a las características de la puesta y las actuaciones, mi impresión es que la “monstruosidad” que el autor otorga a sus personajes no llega a su grado máximo de expresión y que esta pequeña cuota faltante se traslada –complejizando la trama- hacia un mundo en el que impera el desconcierto y la desolación: Las causas del malestar no cambian, pero sus efectos llegan a cubrir un abanico más amplio. El director introduce algunas modificaciones respecto a las didascalias del autor, que pueden interpretarse como interesantes formas de resignificación del texto (me refiero aquí tanto al texto principal –el que dicen los actores- como al secundario).

Algo de esto aparece también en la ilustración del programa de mano, en la que los personajes aparecen como calcados de una fotografía usando papel carbónico, produciendo una especie de desprolija borrosidad en los contornos, que bien puede trasladarse a la psiquis de los personajes. Este efecto queda subrayado en la escena por el desdoblamiento “material” de uno de ellos en dos actores que alternan entre un primer y segundo plano, a la manera de una sombra que por momentos toma consistencia material y avanza sobre el propio ser, revelando una imagen más nítida del sujeto cuya silueta reproduce.

Los actores reflejan la tendenciosa exacerbación del carácter de cada personaje, sin brindar al espectador un instante de reposo. Toda la acción transcurre, como ya indiqué al principio, a lo largo de tres momentos cruciales del mismo día: mañana, tarde y noche. Algunos acontecimientos se repiten con los personajes intercambiados, lo que bien puede tomarse como una forma de acentuar la negación de las personalidades.

En cuanto a la organización topográfica del espectáculo, una singularidad sugestivamente bien aprovechada es la ampliación del espacio escénico, que se filtra por un costado hasta rozar las primeras filas de asientos de la sala, lo que puede causar en los espectadores una ambigua pero impactante sensación de involucramiento y distanciamiento.

Slaughter, escrita en el 2001 y estrenada a nivel mundial en Buenos Aires el pasado mes de mayo, es un espectáculo duro. Puede parecer que la alusión a la Guerra del Golfo y sus consecuencias sobre la sociedad norteamericana suenan en el 2005 como datos de archivo, superadas por otros horrores más recientes. Esto no quita potencia a la crítica que el texto propone y que el director –que no introduce modificaciones en este aspecto- refrenda. Por momentos, puede parecer que la obra se dilata demasiado, con reiteraciones que ciertamente cumplen una función en el conjunto de la acción teatral exigiendo al espectador no permanecer impasible... este es, de algún modo, el objetivo del teatro que, desde el primer momento de la escritura, se define como político.
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