“Slaughter” muestra una intensa jornada
en la vida de un grupo de jóvenes que parecen
vivir al borde de la marginalidad, poniendo énfasis
en la violencia física y simbólica
que la sociedad ejerce sobre ellos y en el alto
grado en que esta violencia los destruye como
individuos, envenenándolos, y luego se
refleja hacia otros, en una suerte de reacción
en cadena ingobernable.
El
autor, Sergio Blanco, expresa que su texto “pretende
hablar de la violencia inherente a nuestros sistemas
liberales, en donde la única evidencia
es el destrozo permanente que perpetúa
el hombre sobre el hombre". Sus personajes
“sólo son capaces de hacer el mal”
y por eso “se destruyen los unos a los otros
permanentemente.”
El sostén ideológico del conflicto
parte de la idea de que las conductas individuales
expresan la violencia propia de la sociedad moderna,
que los personajes reproducen como meros “ejecutores”,
lo que los exime de la culpabilidad de sus acciones
(es decir, de la responsabilidad por el daño
que ocasionan). Se comparta o no esta postura,
creo que es esencial para entender la alienación
de los personajes, así como su enorme sufrimiento
y su aparente falta de objetivos claros.
En cuanto a las características de la puesta
y las actuaciones, mi impresión es que
la “monstruosidad” que el autor otorga
a sus personajes no llega a su grado máximo
de expresión y que esta pequeña
cuota faltante se traslada –complejizando
la trama- hacia un mundo en el que impera el desconcierto
y la desolación: Las causas del malestar
no cambian, pero sus efectos llegan a cubrir un
abanico más amplio. El director introduce
algunas modificaciones respecto a las didascalias
del autor, que pueden interpretarse como interesantes
formas de resignificación del texto (me
refiero aquí tanto al texto principal –el
que dicen los actores- como al secundario).
Algo de esto aparece también en la ilustración
del programa de mano, en la que los personajes
aparecen como calcados de una fotografía
usando papel carbónico, produciendo una
especie de desprolija borrosidad en los contornos,
que bien puede trasladarse a la psiquis de los
personajes. Este efecto queda subrayado en la
escena por el desdoblamiento “material”
de uno de ellos en dos actores que alternan entre
un primer y segundo plano, a la manera de una
sombra que por momentos toma consistencia material
y avanza sobre el propio ser, revelando una imagen
más nítida del sujeto cuya silueta
reproduce.
Los actores reflejan la tendenciosa exacerbación
del carácter de cada personaje, sin brindar
al espectador un instante de reposo. Toda la acción
transcurre, como ya indiqué al principio,
a lo largo de tres momentos cruciales del mismo
día: mañana, tarde y noche. Algunos
acontecimientos se repiten con los personajes
intercambiados, lo que bien puede tomarse como
una forma de acentuar la negación de las
personalidades.
En cuanto a la organización topográfica
del espectáculo, una singularidad sugestivamente
bien aprovechada es la ampliación del espacio
escénico, que se filtra por un costado
hasta rozar las primeras filas de asientos de
la sala, lo que puede causar en los espectadores
una ambigua pero impactante sensación de
involucramiento y distanciamiento.
Slaughter, escrita en el 2001 y estrenada a nivel
mundial en Buenos Aires el pasado mes de mayo,
es un espectáculo duro. Puede parecer que
la alusión a la Guerra del Golfo y sus
consecuencias sobre la sociedad norteamericana
suenan en el 2005 como datos de archivo, superadas
por otros horrores más recientes. Esto
no quita potencia a la crítica que el texto
propone y que el director –que no introduce
modificaciones en este aspecto- refrenda. Por
momentos, puede parecer que la obra se dilata
demasiado, con reiteraciones que ciertamente cumplen
una función en el conjunto de la acción
teatral exigiendo al espectador no permanecer
impasible... este es, de algún modo, el
objetivo del teatro que, desde el primer momento
de la escritura, se define como político. |