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» por Sonia Gonorazky
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Obra: DE PROFESIÓN MATERNAL BUENA

Actuan:
Karina Dipierro, Romina Incarbone, Sandra Saudan
Diseño: Mariana Herrera
Fotografía: Claudio Coria
Asistencia general: Tatiana González Saudan
Dirección: Iván Moschner
Sala: La Tertulia, Gallo 826
El texto de Griselda Gambaro –que una de las actrices tuvo el amabilísimo gesto de hacerme llegar- es denso y terrible. Sus personajes son tres mujeres adultas y de ninguna de ellas podría decirse que su biografía es “común y corriente”, detalle que, sin embargo, no las convierte en seres extraordinarios, sino en criaturas llenas de dolor que les cuesta contener. Las unen (y también las alejan) vínculos de afecto al mismo tiempo estables y poco sólidos. La gacetilla anticipa que “De Profesión Maternal” trata de una madre, una hija, un abandono, y del territorio infinito que las separa que nadie conoce, que nadie ha transitado y en el que ellas intentarán trazar un camino.

Mi interpretación de la puesta se detiene principalmente en la rigidez afectiva y motora de las dos protagonistas, Matilde y Leticia, y en la moderada dulzura de Eugenia. Matilde es una mujer seca de sentimientos e inexpresiva, parece movida por la racionalidad y el cálculo y resulta sumamente egoísta, a quien repentinamente asalta el temor a la vejez en soledad. Expresar la complejidad de estos sentimientos, cargados de culpa y autocompasión así como de un incipiente humanismo (que no está en el texto), es un trabajo difícil que recae sobre la actriz, quien logra mostrar perfectamente los aspectos odiosos de la personalidad de su personaje, pero es menos convincente en lo reflexivo y lo sentimental. La actriz que la interpreta me confirma que ésta fue, justamente, la intención que tuvieron en mente.

El personaje de Leticia resulta a mi juicio teñido de una excesiva artificialidad que no desentona con la opción estética-poética que propone este grupo. Ella vive paralizada por el rencor y el odio, aunque reconoce que “el rencor cansa” y por eso su odio vacila continuamente.

El director respeta el texto de Gambaro así como sus escuetas indicaciones sobre la puesta en escena. Este marco sumamente austero propuesto por la autora parece enfatizar intencionadamente la falta de expresividad y de sentimentalismo de los personajes, el “territorio vacío” ya mencionado, y que parafrasea a una dura frase de Matilde. Dejando volar la imaginación, me pregunto qué hubiera ocurrido si las actrices hubieran acentuado la gestualidad o los pocos desplazamientos en el escenario, que me parecieron demasiado mecanizados. Me contesto que en ese caso el trabajo teatral se desplazaría hacia una región diferente, más cercana al análisis sociológico y contextual de la situación que desencadena el conflicto y que por lo tanto se alejaría del universo de los sentimientos (al mismo tiempo atípicos y estereotipados) que vinculan a estas mujeres y del difícil intento de tender un camino en medio de ese desierto, aspectos que, intuyo son los que el director y las actrices quisieron plasmar.
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