En
un mundo donde el interés empresario, prima
por sobre cualquier otra consideración,
“El Método Grönholm”,
aborda la temática de cómo se selecciona
al personal jerárquico de una gran empresa
multinacional. Una más entre tantas, de
esas que han marcado no sólo el perfil
global que muestra hoy nuestro planeta, también
el rumbo hacia donde se dirige, en función
de su rentabilidad.
La obra, pletórica de ingeniosos diálogos
y situaciones que despiertan la hilaridad del
público, intenta desnudar los resortes
psicológicos que mueven a los empleados
cuya máxima aspiración es un día,
ser ejecutivos de empresa. Modernos mercenarios
sin armas de fuego, que esconden –más
que visten- sus cuerpos a menudo deformados por
la vida sedentaria y una dieta grasienta, adentro
del pretencioso, obligatorio y universal uniforme
de guerra de la especie: el traje con corbata.
Los cuatro aspirantes al puesto, tres hombres
y una mujer, participan en un juego de roles cambiantes,
donde cada uno debe demostrar porqué es
el mejor para el puesto solicitado. Así,
se tejen frágiles alianzas y se juegan
dudosos valores cuya solidez es cercana a la del
vapor, aunque algo menos.
El control de la situación, al igual que
el poder en la vida real, es ejercido desde el
anonimato. Del mismo modo se imparten las consignas
que deben acatar los participantes, quienes son
manejados cual títeres por fuertes e invisibles
hilos.
La conducta de los aspirantes, va dejando atrás
todos los límites, donde en camaleónica
competencia, cada uno adopta el color que cree
ver en la empresa, hasta el punto de desdibujar
en alguna medida, su propia identidad.
Daniel Veronese, gran director de actores, sabe
sacar lo mejor de cada uno de ellos, que hacen
un trabajo parejo y sólido, aunque es indudable
que Gabriel Goyti, en su papel del más
trepador entre los trepadores, sobresale del resto,
haciendo reír a la platea, al tiempo que
le va dejando una sensación de escalofrío
ante lo siniestro y reconocible de su personaje.
La puesta, sin grandes ni profundos diálogos,
se hace muy llevadera y deja su impronta en los
espectadores, más aún, cuando se
enteran de que el argumento, tiene su punto de
partida en la realidad de un sistema de selección
de personal, diseñado para una cadena de
supermercados de España.
La escenografía, pulcra, impersonal, de
colores neutros, con diversos rincones y vericuetos,
es la apropiada para las situaciones que se despliegan,
apoyando eficazmente la trama. |