Desde
el título podemos sentirnos invitados a
una navegación imaginaria, a un deseo de
agua y de puertos que nunca se alcanzarán
más que en el mundo de las ensoñaciones.
La propuesta, es poéticamente tentadora...
La obra teatral se despliega tomando como punto
de partida el desencuentro. Se oye la lluvia,
insistente, la Hija llega a la casa, empapada,
y saluda a su Madre, parlotea en lo que parece
una conversación rutinaria, pero muy pronto
entendemos que el diálogo es imaginario.
Las dos mujeres se saben presentes, cercanas,
y se dirigen la palabra, pero jamás la
mirada, oyen el murmullo de la voz de la otra,
pero no atinan a responder: cada una arma su propio
monólogo, casi infinito, y cada discurso
se va alejando palabra a palabra de su destinataria.
Las dos mujeres habitan en una casa grande en
un pueblo pequeño y pequeñas son
también sus ambiciones pueblerinas. Se
tienen el cariño seco de las personas maduras
y poco expresivas. Se necesitan y se molestan
al mismo tiempo. La Madre espera a la muerte con
más ilusión que tristeza, y esto
es, a mi entender, uno de los mayores logros del
texto.
El final, marcado por el único instante
en que Madre e Hija se encuentran, es visualmente
potente y puede considerarse, en algún
sentido, abierto a variadas interpretaciones.
En cuanto a la estructura escénica, se
intentó generar un espacio “especular”,
en el que el público mismo se sienta enfrentado
a un espejo, aunque imaginario. La autora partió
de una idea bastante precisa acerca de esta organización
espacial, tomada como metáfora del vínculo
familiar y afectivo. Espejo que, al mismo tiempo,
no deja de ser una pared imposible de atravesar
en el mundo de la vigilia. |