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» por Sonia Gonorazky
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Obra: FELIS .

Dramaturgia:
Marcelo Savignone
Actuan:
Luciano Bonanno, Paula Broner, Verónica Hassan, Víctor Malagrinó, Bernardo Sabbioni, Marcelo Savignone, Paulina Torres
Prensa:
Tehagolaprensa
Dirección:
Marcelo Savignone
Sala:
Belisario Club de Cultura
La gacetilla de prensa anticipa “Siete personas con capacidades diferentes hacen sus rutinas, cantan y bailan, y por sobre todo sobreviven.”
“Este material se basa en la captura de lanzamientos viscerales, en la hilvanación de momentos que llevan hacia el caos constante.”

Me ocurrió, tal vez casi por casualidad, que un buen rato antes de la función me crucé en la calle con unos extraños personajes: un grupo que arrastraba a un hombre en una silla de ruedas. Uno de ellos llevaba un casco de ciclista. Yo había leído la breve información de la gacetilla y me resultó inevitable pensar que se trataba de los actores de Felis. Mi acompañante, que no estaba prevenida, me comentó algo sobre “los límites difusos entre la realidad y la ficción”. Aunque la anécdota puede parecer inútil, esos contornos con los que juega permanentemente la teatralidad son una referencia ineludible aquí, como en tantos otros espectáculos del off porteño.

Felis derrocha violencia, tanto entre los actores como hacia el público, pero también compulsión y energía. Los personajes explotan aquello que los hace diferentes de la mayoría de los eventuales espectadores. De este modo, la identificación del público con los personajes, si se produce, sólo puede ser parcial y fragmentada, lo que a su vez ocasionará bien una ruptura en el orden de la comunicación, o bien una multiplicación (similar al que produce una lupa) del gesto, del movimiento, de la emoción humanos y de todas sus potencialidades expresivas. Las palabras del director Marcelo Savignone ilustran este punto: “Utilizar la discapacidad como metáfora poética nos permite indagar en sus formas de expresión, en su movimiento discontinuo y deforme. De esta manera llegamos a un discurso desprovisto de literalidad, pero cargado de opinión”, es decir, con una clara postura frente a la situación propuesta.

Al comienzo de la función algunos actores anuncian la presencia de sus familiares entre el público, y esta suposición actúa como una estrategia que anticipa indirectamente su ineludible involucramiento, la continua interpelación a los espectadores a través de la mirada y el gesto de los actores; es decir, la intención de hacer partícipes de lo que sucede en la escena a quienes, supuestamente, ocupan un rol pasivo en este proceso.
El director también indica en el texto del programa de mano que “el teatro que propone Felis se basa en las imágenes y su yuxtaposición, en la complejidad de un pensamiento no lineal”, generando –según mi apreciación- un teatro eminentemente visual donde la constante que cohesiona las diferentes situaciones es la persistencia del deseo de relacionarse con los demás a pesar de las particularidades individuales.

La técnica utilizada es la del grotesco. Siguiendo el ejemplo de un conocido crítico teatral de un prestigioso diario, aderezo mi comentario con unas pocas citas del Diccionario del Teatro de Patrice Pavis. Allí se indica, para el término Grotesco que “aplicado al teatro –dramaturgia y presentación escénica-, lo grotesco conserva su esencial función de principio de deformación, con el suplemento de un enorme sentido de lo concreto y del detalle realista” y también –lo que puede aportar un dato más interesante respecto a Felis-: “En la irrisión grotesca, no nos reímos de algo de forma distante, sino con aquello que nos hace reír.” Pavis a su vez, se cita a Baudelaire: “La risa provocada por lo grotesco tiene en sí misma algo profundo, axiomático y primitivo, que se acerca mucho más a la vida inocente y a la alegría absoluta que la risa provocada por la comicidad de las costumbres”. Queda en cada uno de los espectadores, analizar si el trabajo de Savignone se ajusta o no a estas ideas y extraer sus propias conclusiones.
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