La
gacetilla de prensa anticipa “Siete personas
con capacidades diferentes hacen sus rutinas,
cantan y bailan, y por sobre todo sobreviven.”
“Este material se basa en la captura de
lanzamientos viscerales, en la hilvanación
de momentos que llevan hacia el caos constante.”
Me ocurrió, tal vez
casi por casualidad, que un buen rato antes de
la función me crucé en la calle
con unos extraños personajes: un grupo
que arrastraba a un hombre en una silla de ruedas.
Uno de ellos llevaba un casco de ciclista. Yo
había leído la breve información
de la gacetilla y me resultó inevitable
pensar que se trataba de los actores de Felis.
Mi acompañante, que no estaba prevenida,
me comentó algo sobre “los límites
difusos entre la realidad y la ficción”.
Aunque la anécdota puede parecer inútil,
esos contornos con los que juega permanentemente
la teatralidad son una referencia ineludible aquí,
como en tantos otros espectáculos del off
porteño.
Felis derrocha violencia, tanto entre los actores
como hacia el público, pero también
compulsión y energía. Los personajes
explotan aquello que los hace diferentes de la
mayoría de los eventuales espectadores.
De este modo, la identificación del público
con los personajes, si se produce, sólo
puede ser parcial y fragmentada, lo que a su vez
ocasionará bien una ruptura en el orden
de la comunicación, o bien una multiplicación
(similar al que produce una lupa) del gesto, del
movimiento, de la emoción humanos y de
todas sus potencialidades expresivas. Las palabras
del director Marcelo Savignone ilustran este punto:
“Utilizar la discapacidad como metáfora
poética nos permite indagar en sus formas
de expresión, en su movimiento discontinuo
y deforme. De esta manera llegamos a un discurso
desprovisto de literalidad, pero cargado de opinión”,
es decir, con una clara postura frente a la situación
propuesta.
Al comienzo de la función algunos actores
anuncian la presencia de sus familiares entre
el público, y esta suposición actúa
como una estrategia que anticipa indirectamente
su ineludible involucramiento, la continua interpelación
a los espectadores a través de la mirada
y el gesto de los actores; es decir, la intención
de hacer partícipes de lo que sucede en
la escena a quienes, supuestamente, ocupan un
rol pasivo en este proceso.
El director también indica en el texto
del programa de mano que “el teatro que
propone Felis se basa en las imágenes y
su yuxtaposición, en la complejidad de
un pensamiento no lineal”, generando –según
mi apreciación- un teatro eminentemente
visual donde la constante que cohesiona las diferentes
situaciones es la persistencia del deseo de relacionarse
con los demás a pesar de las particularidades
individuales.
La técnica utilizada es la del grotesco.
Siguiendo el ejemplo de un conocido crítico
teatral de un prestigioso diario, aderezo mi comentario
con unas pocas citas del Diccionario del Teatro
de Patrice Pavis. Allí se indica, para
el término Grotesco que “aplicado
al teatro –dramaturgia y presentación
escénica-, lo grotesco conserva su esencial
función de principio de deformación,
con el suplemento de un enorme sentido de lo concreto
y del detalle realista” y también
–lo que puede aportar un dato más
interesante respecto a Felis-: “En la irrisión
grotesca, no nos reímos de algo de forma
distante, sino con aquello que nos hace reír.”
Pavis a su vez, se cita a Baudelaire: “La
risa provocada por lo grotesco tiene en sí
misma algo profundo, axiomático y primitivo,
que se acerca mucho más a la vida inocente
y a la alegría absoluta que la risa provocada
por la comicidad de las costumbres”.
Queda en cada uno de los espectadores, analizar
si el trabajo de Savignone se ajusta o no a estas
ideas y extraer sus propias conclusiones. |