En
el texto hablado de esta obra pude encontrar al
menos dos niveles o “capas” diferentes:
las palabras que intercambian entre ellos los
dos personajes cuando conversan, en un tiempo
real dramático, y los comentarios explicativos
que escapan al nivel del diálogo y rompen
la línea comunicacional anterior. A su
vez aquí se distinguen por un lado las
frases explicativas de las acciones y la relación
entre Segundo y Santina, que parecen convertir
al texto espectacular en un relato escenificado
más que en los acontecimientos propiamente
dichos (generando la impresión de que los
mismos personajes representan para el público
una historia ya vivida por ellos), y por otro
lado aquellas que corresponden habitualmente a
las didascalias (por ejemplo, indicaciones referidas
a los movimientos de los actores en el escenario,
o a las actitudes que deben asumir en ciertos
momentos), normalmente reservadas para el director
y los actores, pero que en este caso los autores
de La Espuma ofrecen al público. Esta forma
general de hacer explícita la teatralidad
es un recurso que no por repetido pierde su eficacia.
Claro está que el texto escrito, con sus
diálogos y didascalias, es sólo
una parte de toda la maquinaria teatral, y no
necesariamente la más importante (aunque
en este punto suelen haber opiniones controversiales).
La interpretación que del mismo hace la
Directora y la performance de los Actores son
los ingredientes que hacen que la obra teatral
cobre vida. En esta puesta en escena todos estos
elementos se combinan equilibradamente, y el resultado
es sumamente interesante.
La escenografía es mínima, y en
algunos aspectos llega a ser minimalista (cuando
un elemento de la misma representa a una totalidad
o conjunto que se asocia directamente con este
elemento). Considero que esta economía
de recursos visuales sirve para acentuar el status
íntimo, personal de lo que ocurre en escena
y para advertir a las y los espectadores sobre
un universo de acontecimientos emotivos que estructuran
la dramaturgia y están por encima de lo
que se percibe inmediatamente. Sirva como ejemplo
de este ejercicio de imaginación que se
propone al público el perchero prácticamente
desnudo, pero que supuestamente sostiene una jaula
con un pajarito, y en torno al cual, en un fugaz
momento, se ilustra la relación de autoridad
y dependencia en la pareja de los personajes.
Otro ejemplo: la cortina que delimita por la izquierda
y en diagonal el pequeñísimo escenario,
separando también los espacios compartidos
(visibles) de los privados e íntimos.
La disposición de las gradas para el público,
muy cerca del espacio en que se produce la actuación,
es también intimista y opresiva y acentúa
el convivio o interacción entre artistas
y espectadores.
En cuanto a la narrativa propiamente dicha, no
me parece necesario comentar el argumento, que
es fácilmente inteligible a partir de la
misma representación. “La espuma”
del título es mencionada en dos momentos:
por Santina a mitad de la obra , donde marca un
punto de inflexión del relato, y por Segundo
al final. En ambos casos, la imagen de la espuma
evocada por los personajes es un elemento pletórico
de significados al mismo tiempo lúdicos
y terribles. Me aventuro a considerarla como una
intrusión simbolista –es decir, un
elemento que pone en evidencia que existe un mundo
otro, distinto al que se nos muestra inmediatamente
a los sentidos, y que es el que da un verdadero
y profundo sentido a la existencia humana- dentro
de la dramaturgia, que funcionaría de la
misma manera que, para dar un ejemplo clásico,
el sonido de la cuerda que se rompe en El Jardín
de los Cerezos, de Chejov.
Hace unos días escuché decir a Jorge
Dubatti, un querido y respetado maestro para quienes
nos apasionamos por el teatro, que una de las
tendencias de la dramaturgia contemporánea
se orienta hacia la desantropomorfización
de las narrativas teatrales, paralelamente con
el borramiento de los límites precisos
entre distintas disciplinas artísticas
(como por ejemplo teatro, danza, perfomance, artes
visuales, etc.) y la utilización de tecnologías
sofisticadas. Nada de esto se manifiesta en “La
Espuma”, que es una obra profundamente humana
e innegablemente teatral, que tal vez no produzca
un impacto visual, sin que esto vaya en desmedro
de su emotividad y su esencia poética.
Esta capacidad de nuestros jóvenes teatristas
(autores, directores, actores, técnicos)
de generar hechos artísticos contra las
corrientes dominantes, se denomina “resiliencia”.
Sea como sea, la belleza de la espuma (la espuma
del mar o la producida con jabón, o cualquier
otra) y su inquietante dinámica nos remiten
a un mundo efímero y superficial pero que
necesariamente surge de la íntima agitación
del fluido que ella corona. En particular, en
“La Espuma”, el fluido que se agita
es nada menos que la propia vida. |