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» por Sonia Gonorazky
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Obra: LA ESPUMA .

Elenco: Paula Neri, Pablo Sciolini
Direcciòn: Ana Laura Suarez Cassino
Realización de objetos: Jorge Vallerga
Luces: Victor Carreira
Sonido: Norberto Moreno
Sala: Espacio Eclectico - H. Primo 730
En el texto hablado de esta obra pude encontrar al menos dos niveles o “capas” diferentes: las palabras que intercambian entre ellos los dos personajes cuando conversan, en un tiempo real dramático, y los comentarios explicativos que escapan al nivel del diálogo y rompen la línea comunicacional anterior. A su vez aquí se distinguen por un lado las frases explicativas de las acciones y la relación entre Segundo y Santina, que parecen convertir al texto espectacular en un relato escenificado más que en los acontecimientos propiamente dichos (generando la impresión de que los mismos personajes representan para el público una historia ya vivida por ellos), y por otro lado aquellas que corresponden habitualmente a las didascalias (por ejemplo, indicaciones referidas a los movimientos de los actores en el escenario, o a las actitudes que deben asumir en ciertos momentos), normalmente reservadas para el director y los actores, pero que en este caso los autores de La Espuma ofrecen al público. Esta forma general de hacer explícita la teatralidad es un recurso que no por repetido pierde su eficacia.

Claro está que el texto escrito, con sus diálogos y didascalias, es sólo una parte de toda la maquinaria teatral, y no necesariamente la más importante (aunque en este punto suelen haber opiniones controversiales). La interpretación que del mismo hace la Directora y la performance de los Actores son los ingredientes que hacen que la obra teatral cobre vida. En esta puesta en escena todos estos elementos se combinan equilibradamente, y el resultado es sumamente interesante.

La escenografía es mínima, y en algunos aspectos llega a ser minimalista (cuando un elemento de la misma representa a una totalidad o conjunto que se asocia directamente con este elemento). Considero que esta economía de recursos visuales sirve para acentuar el status íntimo, personal de lo que ocurre en escena y para advertir a las y los espectadores sobre un universo de acontecimientos emotivos que estructuran la dramaturgia y están por encima de lo que se percibe inmediatamente. Sirva como ejemplo de este ejercicio de imaginación que se propone al público el perchero prácticamente desnudo, pero que supuestamente sostiene una jaula con un pajarito, y en torno al cual, en un fugaz momento, se ilustra la relación de autoridad y dependencia en la pareja de los personajes. Otro ejemplo: la cortina que delimita por la izquierda y en diagonal el pequeñísimo escenario, separando también los espacios compartidos (visibles) de los privados e íntimos.

La disposición de las gradas para el público, muy cerca del espacio en que se produce la actuación, es también intimista y opresiva y acentúa el convivio o interacción entre artistas y espectadores.

En cuanto a la narrativa propiamente dicha, no me parece necesario comentar el argumento, que es fácilmente inteligible a partir de la misma representación. “La espuma” del título es mencionada en dos momentos: por Santina a mitad de la obra , donde marca un punto de inflexión del relato, y por Segundo al final. En ambos casos, la imagen de la espuma evocada por los personajes es un elemento pletórico de significados al mismo tiempo lúdicos y terribles. Me aventuro a considerarla como una intrusión simbolista –es decir, un elemento que pone en evidencia que existe un mundo otro, distinto al que se nos muestra inmediatamente a los sentidos, y que es el que da un verdadero y profundo sentido a la existencia humana- dentro de la dramaturgia, que funcionaría de la misma manera que, para dar un ejemplo clásico, el sonido de la cuerda que se rompe en El Jardín de los Cerezos, de Chejov.

Hace unos días escuché decir a Jorge Dubatti, un querido y respetado maestro para quienes nos apasionamos por el teatro, que una de las tendencias de la dramaturgia contemporánea se orienta hacia la desantropomorfización de las narrativas teatrales, paralelamente con el borramiento de los límites precisos entre distintas disciplinas artísticas (como por ejemplo teatro, danza, perfomance, artes visuales, etc.) y la utilización de tecnologías sofisticadas. Nada de esto se manifiesta en “La Espuma”, que es una obra profundamente humana e innegablemente teatral, que tal vez no produzca un impacto visual, sin que esto vaya en desmedro de su emotividad y su esencia poética. Esta capacidad de nuestros jóvenes teatristas (autores, directores, actores, técnicos) de generar hechos artísticos contra las corrientes dominantes, se denomina “resiliencia”.

Sea como sea, la belleza de la espuma (la espuma del mar o la producida con jabón, o cualquier otra) y su inquietante dinámica nos remiten a un mundo efímero y superficial pero que necesariamente surge de la íntima agitación del fluido que ella corona. En particular, en “La Espuma”, el fluido que se agita es nada menos que la propia vida.
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