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» por Sonia Gonorazky
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Obra: EL LOBO .

Interpretación: Pablo Rotemberg
Vestuario: Paola Delgado
Escenografía: Mirella Hoijman
Iluminación: Fernando Berreta
Realización de escenografia: Ariel Vaccaro
Dirección: Pablo Rotemberg
Sala: El Camarin De Las Musas
No bien ingresé a la sala del teatro, el escenario para El Lobo me recordó un espectáculo anterior del que también formaba parte Rotemberg y que vi en la misma sala: El Escondido. Aunque los dos proyectos son bien distintos, hay algunos elementos que sugieren un “estilo” común a ambos; sin embargo no sería apropiado sacar conclusiones o generalizaciones sin conocer a fondo toda la trayectoria artística del bailarín-director, lo que no quita valor a estas impresiones parciales. Lo mismo podría ocurrirle a cualquier espectador; en efecto, la información previa sobre una obra de arte o sobre un artista que posee el público condiciona sensiblemente la forma de recepción individual del espectáculo. Este saber previo –que los estudiosos de la semiología teatral denominan “texto estrella”- es uno de los varios elementos que confluyen en las infinitas interpretaciones posibles del sentido artístico y poético de una obra de teatro o de danza.

Lo impactante de la escenografía se sustenta para mí en una serie de factores. Por un lado, el “mobiliario” que sugiere un cuarto de baño (inodoro, bidet, lavabo) que constituye un lugar prácticamente “obsceno” del espacio doméstico en el cual claramente no está prevista la posibilidad de circulación. Hace poco escuché a Jorge Dubatti –un gran conocedor y analista del teatro- comentar la diferencia estética e ideológica entre lo que podría llamarse el “teatro de living” es decir espectáculos que se desarrollan en el ambiente más mostrable de una casa, el más producido para las visitas, y el “teatro de cocina” que muestra un universo menos decoroso, la desprolijidad doméstica propia de los trabajos de producción que allí tienen lugar; en este sentido, un baño sería tal vez la quintaesencia del espacio íntimo, privado, que se oculta decorosamente a los extraños.

Por otro lado, no hay paredes que delimiten este lugar que se instala como un islote muy pequeño dentro de un espacio escénico más amplio. Con la excepción del fondo, donde un desvencijado piano vertical funciona como frontera poco convencional, ya que es un límite visual y material que el artista atraviesa y explota continuamente (por contraste, nunca o casi nunca se violan los límites invisibles de las paredes laterales).

El decorado se completa con un pasacasette que funciona en forma arbitraria, como si estuviera habitado por un espíritu o fuerza fantasmal, posiblemente una réplica del estado anímico del personaje.

En efecto, la gacetilla de prensa ofrece la siguiente sinopsis: “El Lobo es una obra sobre un personaje que no sale: pasa el tiempo encerrado en un espacio reducido [...]. Un desengaño amoroso lo ha dejado desconcertado y no puede más que deambular entre las cosas. En El Lobo asistimos al rito íntimo de un personaje abandonado que puede hacer hasta lo más absurdo en su profunda soledad.”

Pablo Rotemberg demuestra destreza no sólo corporal (lo que es propio de un bailarín), sino que también sorprende su humorismo producido desde lo físico, lo situacional y lo gestual, así como la investigación de las posibilidades expresivas de un espacio escenográfico reducidísimo y lleno de elementos que obstaculizan el movimiento.

Al comenzar la función, El Lobo aparece en escena con dificultad, aplastado por un peso insoportable e invisible que apenas le permite moverse sin terminar de incorporarse. Durante los primeros minutos la coreografía resulta algo abstracta y lentamente va evolucionando hacia una narración visual de situaciones cotidianas en la vida de un hombre solitario. Su desgarramiento puede ser de origen amoroso como indica la gacetilla, pero también puede responder a otros factores (aquí se pone en juego la propia experiencia emocional del espectador). Según mi juicio, la rutina de El Lobo, confinado en su exótico baño, no es otra que la de una persona más acostumbrada a la soledad que a la compañía, al encierro que al aire libre, lo que potencia el diálogo interno, mediatizado por los objetos que lo rodean.

La confusión del personaje se refleja en la accidentada interacción con los objetos que lo rodean y que a menudo parecen convertirse en encarnizados enemigos que a su modo muestran un mundo externo que se vuelve en contra del protagonista pero que no lograrán amedrentarlo.

No se puede asegurar que El Lobo (me refiero al personaje) pretenda otra cosa que sobrevivirse a sí mismo, pasar el tiempo cuya duración se multiplica por la soledad y la introspección. Pero de cualquier modo, su intensa búsqueda, que fracasa continuamente al mejor estilo beckettiano, se manifiesta en las numerosas actividades diferentes que desarrolla sin pausa, marcadas siempre por la compulsión y a veces por lo absurdo, elementos que multiplican el efecto cómico. Un ejemplo notable de esto es la escena en que al mismo tiempo que se desviste, Rotemberg toca en el piano una pieza que –no casualmente- repite tal vez una decena de veces, en distintas tonalidades, los mismos compases.

Nada de esto ridiculiza al personaje o a las situaciones a las que debe enfrentarse; mas bien se genera una empatía entre el artista y los espectadores que seguramente ríen con El Lobo, sin reírse o burlarse de él. Todos los detalles, acciones y elementos a los se que recurre multiplican poéticamente y con gracia el estado de ánimo de un joven que, como no podía ser de otra manera, expresa su mayor melancolía aullando, desnudo, a una luna imaginaria.
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