No
bien ingresé a la sala del teatro, el escenario
para El Lobo me recordó un espectáculo
anterior del que también formaba parte
Rotemberg y que vi en la misma sala: El Escondido.
Aunque los dos proyectos son bien distintos, hay
algunos elementos que sugieren un “estilo”
común a ambos; sin embargo no sería
apropiado sacar conclusiones o generalizaciones
sin conocer a fondo toda la trayectoria artística
del bailarín-director, lo que no quita
valor a estas impresiones parciales. Lo mismo
podría ocurrirle a cualquier espectador;
en efecto, la información previa sobre
una obra de arte o sobre un artista que posee
el público condiciona sensiblemente la
forma de recepción individual del espectáculo.
Este saber previo –que los estudiosos de
la semiología teatral denominan “texto
estrella”- es uno de los varios elementos
que confluyen en las infinitas interpretaciones
posibles del sentido artístico y poético
de una obra de teatro o de danza.
Lo impactante de la escenografía se sustenta
para mí en una serie de factores. Por un
lado, el “mobiliario” que sugiere
un cuarto de baño (inodoro, bidet, lavabo)
que constituye un lugar prácticamente “obsceno”
del espacio doméstico en el cual claramente
no está prevista la posibilidad de circulación.
Hace poco escuché a Jorge Dubatti –un
gran conocedor y analista del teatro- comentar
la diferencia estética e ideológica
entre lo que podría llamarse el “teatro
de living” es decir espectáculos
que se desarrollan en el ambiente más mostrable
de una casa, el más producido para las
visitas, y el “teatro de cocina” que
muestra un universo menos decoroso, la desprolijidad
doméstica propia de los trabajos de producción
que allí tienen lugar; en este sentido,
un baño sería tal vez la quintaesencia
del espacio íntimo, privado, que se oculta
decorosamente a los extraños.
Por otro lado, no hay paredes que delimiten este
lugar que se instala como un islote muy pequeño
dentro de un espacio escénico más
amplio. Con la excepción del fondo, donde
un desvencijado piano vertical funciona como frontera
poco convencional, ya que es un límite
visual y material que el artista atraviesa y explota
continuamente (por contraste, nunca o casi nunca
se violan los límites invisibles de las
paredes laterales).
El decorado se completa con un pasacasette que
funciona en forma arbitraria, como si estuviera
habitado por un espíritu o fuerza fantasmal,
posiblemente una réplica del estado anímico
del personaje.
En efecto, la gacetilla de prensa ofrece la siguiente
sinopsis: “El Lobo es una obra sobre
un personaje que no sale: pasa el tiempo encerrado
en un espacio reducido [...]. Un desengaño
amoroso lo ha dejado desconcertado y no puede
más que deambular entre las cosas. En El
Lobo asistimos al rito íntimo de un personaje
abandonado que puede hacer hasta lo más
absurdo en su profunda soledad.”
Pablo Rotemberg demuestra destreza no sólo
corporal (lo que es propio de un bailarín),
sino que también sorprende su humorismo
producido desde lo físico, lo situacional
y lo gestual, así como la investigación
de las posibilidades expresivas de un espacio
escenográfico reducidísimo y lleno
de elementos que obstaculizan el movimiento.
Al comenzar la función, El Lobo aparece
en escena con dificultad, aplastado por un peso
insoportable e invisible que apenas le permite
moverse sin terminar de incorporarse. Durante
los primeros minutos la coreografía resulta
algo abstracta y lentamente va evolucionando hacia
una narración visual de situaciones cotidianas
en la vida de un hombre solitario. Su desgarramiento
puede ser de origen amoroso como indica la gacetilla,
pero también puede responder a otros factores
(aquí se pone en juego la propia experiencia
emocional del espectador). Según mi juicio,
la rutina de El Lobo, confinado en su exótico
baño, no es otra que la de una persona
más acostumbrada a la soledad que a la
compañía, al encierro que al aire
libre, lo que potencia el diálogo interno,
mediatizado por los objetos que lo rodean.
La confusión del personaje se refleja en
la accidentada interacción con los objetos
que lo rodean y que a menudo parecen convertirse
en encarnizados enemigos que a su modo muestran
un mundo externo que se vuelve en contra del protagonista
pero que no lograrán amedrentarlo.
No se puede asegurar que El Lobo (me refiero al
personaje) pretenda otra cosa que sobrevivirse
a sí mismo, pasar el tiempo cuya duración
se multiplica por la soledad y la introspección.
Pero de cualquier modo, su intensa búsqueda,
que fracasa continuamente al mejor estilo beckettiano,
se manifiesta en las numerosas actividades diferentes
que desarrolla sin pausa, marcadas siempre por
la compulsión y a veces por lo absurdo,
elementos que multiplican el efecto cómico.
Un ejemplo notable de esto es la escena en que
al mismo tiempo que se desviste, Rotemberg toca
en el piano una pieza que –no casualmente-
repite tal vez una decena de veces, en distintas
tonalidades, los mismos compases.
Nada de esto ridiculiza al personaje o a las situaciones
a las que debe enfrentarse; mas bien se genera
una empatía entre el artista y los espectadores
que seguramente ríen con El Lobo, sin reírse
o burlarse de él. Todos los detalles, acciones
y elementos a los se que recurre multiplican poéticamente
y con gracia el estado de ánimo de un joven
que, como no podía ser de otra manera,
expresa su mayor melancolía aullando, desnudo,
a una luna imaginaria. |