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Un
encuentro familiar de tres hermanos con sus respectivas
esposas, para hablar de un negocio en común, y
que tuvo que ser cerrado ante su fracaso económico,
es el marco en que se desarrolla esta obra. Esta reunión,
actúa como un disparador que permite desenterrar
viejos conflictos, que por años estaban encubiertos.
Las relaciones entre hermanos, y las de éstos con
sus parejas, muestran vínculos vacíos, sentimientos
contaminados y contradictorios. Cada uno, con su lado
oscuro a cuestas, tiene su momento fuerte, su oportunidad
de exhibir la desazón, el desencuentro, el profundo
hastío en que se encuentran sus vidas.
Cuando
Rainer habla, cae con frecuencia en sus frases hechas.
Ulrica, su mujer, corea con él al unísono
y en el mismo tono, dando cuenta de las miles de veces
que ha escuchado lo mismo. Bettina,
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la mujer de Roger, cuando se siente sobrepasada por la situación,
repite su gran descubrimiento: “un libro de recetas
no es otra cosa que un proyecto realizable”. Roger,
enfermo terminal y el más joven de los hermanos, golpea
contra las paredes. Ulrica, coquetea con Roger. Los personajes,
por turnos salen y vuelven. Realizan misteriosas recorridas
por el edificio y quedan latentes amenazas de abandonos, de
infidelidades, que angustian especialmente a Iván,
el mayor de los hermanos. La trama se construye sobre picos
de tensión, que al disminuir, dan lugar a una mayor
que la anterior, hasta el trágico desenlace final.
Y los caballos, todo el tiempo caballos, símbolo –entre
otras cosas- de los deseos exaltados , de los instintos, y
de la guerra (Juan Eduardo Cirlot), se entremezclan irremediablemente
en la historia personal de cada una de estas mujeres.
Lucera, la mujer de Iván, ese personaje que tan bien
realiza la actriz Jimena Anganuzzi, lleva la carga de una
historia personal irresuelta: no conoce su origen, ya que
perdió de muy chica a su familia, y nunca terminó
de comprender quién es realmente, conflicto que se
acentuó a partir de su reciente embarazo, lo cual la
precipita la tragedia. Y dice un par de cosas, que a la luz
de cómo se va perfilando el mundo con esta primera
guerra del siglo XXI, resultan premonitorias, y se re-significan
dramáticamente: “Hay un nuevo tipo de violencia
en el aire” , para luego agregar: “Yo no soy el
tipo de persona que haría esto... y sin embargo lo
hice”. Angustiante advertencia: cualquier cosa, podría
suceder.
Hay
cantidad de situaciones en este espectáculo, que son
de agresión, de violencia. Sin embargo, en muchos pasajes,
las reacciones de cierta pasividad de los personajes, no se
corresponden con el estímulo, descolocando al espectador,
cosa que maneja muy bien Veronese. Sorprende, y -en definitiva-
con este manejo a contramano de la norma, consigue potenciar
lo expresivo hasta límites impensados. Aunque sospecho,
que salirse de la norma y lograr estos resultados, no es para
cualquiera.
El
elenco hace un trabajo magnífico, y el director, que
sabe muy bien lo que quiere, lo lleva a su máxima posibilidad.
“Mujeres
soñaron caballos”, es una inteligente puesta,
una brillante síntesis, que refleja el momento por
el que están pasando las relaciones humanas.
MUY
BUENA |