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En
un ejercicio militar, se prueba un nuevo modelo de granada,
cuyo poder destructivo -sin antecedentes en artefactos
similares- la convierte en el arma del momento. A pesar
de su confiable origen suizo y refinado diseño,
que le valen el apodo de “el relojito”, Aníbal
Gutierrez (Juan Gil Navarro), el más raso de los
soldados, sufre un accidente a raíz de una falla
técnica, en el momento justo en el que se disponía
a arrojar la granada: Se le rompe el mecanismo que impide
la detonación antes de tiempo. Milagrosamente,
su pulgar derecho, queda presionando el último
resorte que contiene la explosión. Si lo suelta,
o incluso si afloja la presión de su dedo, el ingenio
explotará, matándolo a él y a cuanto
ser vivo se encuentre -en el momento del estallido- a
una distancia de hasta 30 metros a la redonda, o más.
“La Granada”, junto con “La batalla”,
son las únicas obras de teatro que escribió
Rodolfo Walsh, destacado periodista de investigación
(Operación Masacre – 1957), también
autor de |
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| cuentos
policiales, quien murió a manos de la dictadura en
1977. Si bien su incursión en teatro, fue muy breve,
apenas dos obras, su lucidez, su profundidad, su profesionalismo,
están tan presentes aquí como en el resto de
sus trabajos.
Evidentemente, el tema militar, era una preocupación
central de Rodolfo Walsh. Es que una persona, y con más
razón un periodista es –entre otras cosas- un
producto de su tiempo. Y en 1965, cuando por primera vez fue
estrenada esta obra, lo militar estaba en el primer plano
de la vida cotidiana en todo el mundo. En el hemisferio norte,
porque era el apogeo de la guerra fría, Vietnam incluido.
Aquí, en América Latina, en parte como fenómeno
subyacente, en parte por la idiosincrasia de quienes detentaban
el poder económico, los gobiernos democráticos
eran sistemáticamente interrumpidos por los golpes
militares. Probablemente en la actualidad, el autor hubiera
tenido en la mira a otra corporación: la política.
En “La Granada”, Rodolfo Walsh, satiriza sobre
la mentalidad militar, e intenta reflejar lo acotado del alcance
de su cosmovisión. Su texto, está lleno de ingenio
y de humor inteligente, que coloca en labios de todos sus
personajes. Aunque es en el del inefable Fuselli (Patricio
Contreras), en donde Walsh expresa sus propias ideas, exponiendo
su parte más perspicaz, su pensamiento, sus dudas existenciales,
sus contradicciones. Todos llevamos dentro una granada a punto
de explotar, parece decirnos, y sólo el día
en que nos demos cuenta, sabremos quiénes somos realmente.
Y abunda en mordaces reflexiones: ...“No ve la belleza
de las cosas que matan...” le dice Fuselli al soldado.
Y lo ilustra acerca de los extraños entreveros del
destino: “...ignoraba que esa bala que lo va a matar,
ya está hecha...y que la cornisa que se le va a caer
encima, empezó a aflojarse hace años...y sólo
espera a que Ud. pase por debajo...” y de las más
impensadas proyecciones de un conflicto bélico en el
tiempo: ...”nunca se sabe cuando termina una guerra...la
última víctima de las guerras de Napoleón,
aún no ha nacido...”
“La Granada”, es también una parábola
sobre el poder, sobre la posibilidad de ser, a la sombra de
un sistema opresivo, que intenta adentrarse hasta en los más
íntimos rincones de la conciencia de cada persona,
para manejarla a su antojo.
Como hecho teatral, esta es una obra que pone el acento en
la palabra. Hay mucho texto y casi todos los personajes lo
tienen en forma abundante.
La dirección de Carlos Alvarenga, resuelve los tiempos
de modo que el ritmo, el dinamismo, no se pierdan, pese a
lo extenso de algunos monólogos, consiguiendo mantener
el interés del público, de principio a fin.
Excelentes las actuaciones de Juan Gil Navarro (soldado Aníbal
Gutierrez) y de Patricio Contreras (Fuselli). El resto del
elenco, también con buenas actuaciones, a excepción,
a mi juicio de Nestor Ducó (Coronel Terry), quien compone
un personaje un poco diluido.
Muy buenos los efectos de sonido y la música. Magnífica
la iluminación. El vestuario, impecable hasta el último
detalle.
La escenografía de Guillermo de la Torre, estupenda,
cobra mucha importancia por la creatividad y recursos técnicos
que despliega, incluido un tanque de guerra a escala real.
Se torna en parte activa y necesaria de esta puesta, cuestión
que merece destacarse, en un momento en donde la tendencia
-en especial en el circuito off, aunque no de forma exclusiva-
es relegar lo escenográfico a un segundo plano, e incluso,
en muchos casos, a que ni siquiera se lo tome en cuenta como
parte del espectáculo.
EXCELENTE
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