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Basada
en el clásico isabelino “Lástima que
sea una puta” , del dramaturgo inglés John
Ford, escrita hacia 1633, nos llega “Dios Perro”,
adaptación de la misma del novelista Ignacio Apolo.
El tema: el incesto, cuestión tabú en la
mayoría de las culturas de todos los tiempos.
Dos
hermanos, profundamente enamorados, luchan contra su entorno
para salvar su amor. La tragedia, se desata cuando Anabella
(Carolina Fal), queda embarazada de Giovanni (Luis Machín),
su hermano. Para proteger a su descendencia, decide casarse
con Soranzo (Pablo Cedrón), un insistente pretendiente,
y así ofrecerle a su hijo un marco socialmente
aceptado.
Anabella,
había hecho con su hermano un juramento de sangre,
por el cual se comprometía a que ningún
hombre que no fuera él, jamás |
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la tocaría. Aunque se casa con Soranzo, cumple con
el pacto a rajatabla, lo que provoca la ira e indignación
del mismo, quien a fuerza de indagar hasta el fin, termina
descubriendo la –para él- cruel realidad.
Son
interesantes las reflexiones que nos hace llegar Giovanni.
Como científico especializado en biología, pone
en duda algunas de las consecuencias nefastas, que no sólo
desde la religión, también desde la ciencia,
se han atribuido al incesto, reforzando su condición
de tabú. Son sugestivas así mismo sus disgresiones,
acerca de la domesticidad de los animales y de las personas,
de la condición de salvaje y de lo que no lo es.
Pero
aquí hay un problema, que es posible se origine en
el mismo texto de Ignacio Apolo, y que no atenúa, más
bien agrava, la puesta de Alejandra Ciurlanti: conviven en
esta obra, numerosos elementos del universo de principios
del siglo XXI, con formatos típicos del siglo XVII,
tanto en la forma de exponer lo religioso, como en el perfil
psicológico que muestran los personajes. Lo cual -en
principio- no estaría mal, siempre y cuando hubiera
habido previamente, una elaboración, un tratamiento,
que resulte en un amalgamiento de ambas épocas, o que
por el contrario, pretendiera mostrar un contraste entre ellas.
No se aprecia ni lo uno ni lo otro. Tampoco da la sensación,
de que hubiera existido la idea subyacente de hacer una historia
expresamente atemporal. De ser así, muchos factores
–que aquí no lo son- serían neutros.
Vemos
entonces, a Giovanni usando una moderna pistola, o recitando
un discurso en el que habla –con basamento científico
de rigurosa actualidad- de los genomas y de las leyes de la
herencia, mientras que el Padre (José Luis Di Zeo),
más allá de exhibir su costado masculino, razona
como un clérigo que está inserto en la Contrareforma,
o vemos a un marido, disponiendo de su esposa como si fuera
una esclava, o a un cordero -de cuerpo presente y colgado-
en un sangriento sacrificio, como si estuviéramos en
el 1600.
La
forma que se eligió para realizar este ensamble, nos
hace llegar una conjunción de dos momentos de la historia,
que resulta forzada, falta de naturalidad, unida con puntadas
de zurcido grueso, visible.
La
escenografía y el vestuario, en cambio, son susceptibles
de interpretarse con gran flexibilidad en el sentido temporal.
La
vestimenta, en todos los personajes, es original, impactante.
En
cuanto a la escenografía, se resuelven satisfactoriamente
los desafíos que implica una sala de las proporciones
de Villa Villa. Cohabitan varios espacios en el mismo recinto,
incluido el adentro-afuera. Los límites se originan
en su mayoría, en la virtualidad y desde la acción.
Es una escenografía elástica, lo cual la hace
funcional a las distintas alternativas de la trama, en todo
momento. La gran muralla de piedra que actúa como fondo,
reduce sugestivamente a la figura humana.
En
cuanto a las actuaciones, los cinco actores, están
en un registro exacerbado, sobreactuado, poco creíble,
artificioso.
Cuando
todos los actores de una obra, adolecen de idénticos
defectos, lo más probable es que el derrotero que los
llevó por ese camino, tenga más que ver con
la dirección de obra, que con ellos mismos.
No
falta, un ejercicio de intertextualidad. En este caso, es
la muerte de Ofelia (Hamlet), la que se apropia de la de Anabella.
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