| El
trabajo de cronista de teatro tiene satisfacciones y frustraciones,
como todos los trabajos. Las mismas están ligadas fundamentalmente
a resultados ajenos que inciden en nuestras fibras sensibles.
Porque, ir a ver una obra teatral para mí (que soy
actor en actividad) significa abrir todos mis sentidos desde
el momento en que me siento en mi lugar en la sala, para recibir
aquello que los anfitriones tengan para dar. En esta ocasión
tengo que decir que el Grupo Inexpugnables, me ha franqueado
todos los accesos al mágico hecho de sentir. Digo mágico,
porque sentir para un actor tiene dos etapas simultáneas:
vibrar internamente y transmitir esa vibración, para
que sea recibida por el espectador. Entonces afirmo, no se
guardaron nada.
Huevo de Tero, es una obra ciudadana, como la música
de Piazzola. Porque tiene el ritmo de Buenos Aires. Porque
habla de valores que pueden comprenderse en cualquier barrio
porteño. Puedo decir que habla de la amistad entre
dos hombres que se complementan en sus diferencias. El laucha
tiene una historia como muchos otros hombres y mujeres, criados
en la cultura del trabajo, ex-laburante de una fábrica
( especie en vías de extinción ) con arraigados
códigos de solidaridad hacia sus compañeros
de tareas, y una formación asentada básicamente
en los afectos familiares, y sobretodo en la defensa casi
ciega de la "virtud" de la hermana. Hoy se las rebusca
vendiendo relojes berretas para bancar la pieza de la pensión
que comparte con su amigo, el yoru. Este amigo, a pesar del
apodo, puede definirse como un típico porteño
vividor que sueña con dar el gran salto hacia la fama
componiendo el gran éxito musical que lo saque del
anonimato y la malaria, con lo que también se salvaría
su compañero de pieza. Mientras tanto, con la excusa
de la creación, la inspiración y las musas esquivas,
no mueve un dedo como no sea para acariciar su guitarra.
También se podría decir que Huevo de Tero, es
una historia de amor y de revelaciones que traen al presente,
de la mano de Dorita ( hermana de el laucha ) un pasado familiar,
que no es precisamente como su hermano la recuerda. Esto,
y su relación con el yoru, descubierta por el laucha
dan un giro dramático a la obra, que en ningún
momento baja el ritmo, ni pierde el interés que genera
desde el comienzo.
La puesta en escena es muy inteligente, en la que no sobra
si falta ninguna situación para que la historia sea
entendida y creida, no sobran ni faltan acciones para apoyar
el trabajo de los protagonistas.
Hace rato que no disfruto de actuaciones como las que he visto
en Huevo de Tero, cada gesto, cada palabra, cada silencio
es el que necesita el clima dramático de la obra. Se
nota el trabajo realizado por el director y los actores. Notables
las performances de Luis Mazzeo, Juan Bonaudi e Ingrid Liberman.
El teatro tiene futuro, cuando se asienta en empedernidos
soñadores que luchan por concretarlos. Como actor he
recibido una inyección de vitalidad y como espectador
disfruté con la entrega de este grupo.
EXCELENTE |