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por Jorge Grinberg
Obra: MIL AÑOS DE PAZ (Tragedia romántica)
Autor: Roberto Perinelli.
Dirección: Laura Yusem.
Elenco: José María López, Marte Degracia, Nuria Córdoba y Gabriel Maresca. Dirección: Laura Yusem
Escenografía y vestuario: Marianela Gómez.
Música original: Patricia González.
Diseño de luces: Gabriel Caputo.
Asistencia de dirección: Romina Chepe.
Sala: Teatro del Pueblo
Funciones: viernes y sábados a las 21
Localidades: $ 10.- Est. Y Jub.: $ 5.-
Prensa: Walter Duche – Alejandro Zárate.
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En algún lugar indefinido de la Europa del siglo XIX, un Conde, cuyo despótico autoritarismo, lo ha erigido como dueño y amo absoluto de su zona de influencia, lleva a su hijo al prostíbulo del lugar, con el objeto de concretar su iniciación sexual y asegurarse de que ésta realmente ocurra.

El Conde, aunque es un viejo conocido del sitio, provoca gran revuelo con su presencia a la Madame y sus discípulas. Es que fuera del burdel, soplaban aires de conspiración para asesinarlo, pero pronto se verá, que también dentro del mismo. El hijo, asume dos personalidades. Una frente al padre, sumisa, casi la de un débil mental. Otra, cuando éste se distrae, emprendedora, resuelta, firme. Es que tiene el confesado propósito de conspirar, para erradicar el

sistema opresivo e injusto instalado por su padre, quien sostiene la peregrina idea de que eliminando opositores obtendrá mil años de paz. Sin embargo, por detrás de esa aparente sed de justicia que guía al joven, se deja entrever la lucha personal de quien, sometido por una personalidad paterna aplastante, trata de emerger con vida y estilo propios.

La Madame, desafía la autoridad del Conde, cuando se le atreve poniendo en duda algunos de sus argumentos, recordándonos que cuando el poder se muestra en calzoncillos, siempre cede parte de su fuerza.

Se ha hecho un interesante trabajo escenográfico, dividiendo el espacio representativo en dos, por medio de un cortinado que lo atraviesa diagonalmente. Los espectadores rodean este espacio, y no ven lo mismo los que están de un lado que los que están del otro. La iluminación, crea clima. El vestuario es convincente, cuidado.

La actuación, es en mi concepto, un punto algo flojo de esta puesta. Aunque no me parece que por responsabilidad de los actores. Es, más bien, el tipo de trabajo que se eligió hacer desde la dirección, el que da la tónica. Los cuatro personajes, están en un registro alto, casi exagerado, que se hace monótono, ya que cada personaje –con excepción del hijo en sus cambios de personalidad- no registra prácticamente variaciones de tonos, de matices a lo largo de la puesta, restándole así contundencia dramática al texto. El personaje de Pepita -por dar un ejemplo- comienza hablando y riendo al unísono y no cambia de actitud durante todo el tiempo en el que la trama se lo permite, que es bastante, y que también podría haberse resuelto con la alternancia de otras variantes, en beneficio –entre otras cosas- del no abuso del recurso.

BUENA

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