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por Jorge Grinberg
Obra: TELARAÑAS
Autor: Eduardo Pavlovsky.
Dirección: Javier Palomino.
Elenco: Mónica Fuino, Hector Leza, Juan Ciuffo, Gerardo Colonniello, Martín Scarfi.
Escenografía y vestuario: Roxana Ciordia.
Asistencia de dirección: María Laura Caballero, Esteban Tabacznik.
Asistencia de luces y sonido: Guadalupe Molteni.
Sala: El Doble, Aráoz 727.
Funciones: Viernes 23 hs.
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La familia bajo sospecha, es el tema central de “Telarañas”. Sería en su seno donde se empezarían a tejer esas tramas de autoritarismo, de irracionalidad, de intolerancia, de injusticia, sobre las que edifica sus cimientos una sociedad con muchas características fascistas, como la que hoy predomina en el mundo “civilizado” y no al revés.

Los padres, tenemos sobre nuestros hijos un poder casi ilimitado, tanto para el bien como para el mal. Para ayudar a construirlos como personas acompañándolos en el desarrollo de su máxima potencialidad, o para destruirlos, deshumanizarlos. Sobre esta última posibilidad, se va erigiendo la trama de esta obra. Es una cruel parodia de la violencia que puede ejercerse sobre un hijo, desde ese tan especial lugar de poder que otorga el hecho de ser padres. Y exhibe con lúcida y sarcástica crudeza, aquellas actitudes incoherentes, esos mensajes cruzados, con los que tan frecuentemente se ataca a los hijos desde todas las direcciones posibles, eso sí, “con las mejores intenciones” sin lugar a dudas.

Y a treinta años de su estreno, la vigencia de su denuncia, es un hecho llamativo. Porque habiendo pasado tantos años y que su contenido le siga calzando tan bien a la sociedad, habla de una imposibilidad de cambio de la ésta, cuestión que re-significa a la obra.

Es que es notorio que desde más o menos la época de su primer estreno hasta aquí, desde todos los ámbitos del quehacer artístico y cultural, ha habido profusión de movimientos que han criticado –o cuando menos expuesto con sentido crítico- las partes más oscuras de la sociedad. Y nada cambió. Peor, casi todo aquello que era susceptible de transformarse para mejorar, no sólo no lo hizo, sino que se profundizó en su negatividad, dejando al mundo de hoy como un lugar aún más salvaje de lo que era.


Y la mayor parte de aquellos movimientos, tendencias, fuerzas, energías, como queramos llamarles, que denunciaban críticamente, fueron -en el mejor de los casos y como expresión de la máxima gloria que pudieron alcanzar- metabolizados, deglutidos por el marketing. Es una nueva dimensión que toma el análisis de “Telarañas” con el hecho de su reposición 2003. Y genera interrogantes:

¿No puede ser posible, que el hecho de poner en evidencia injusticias, aberraciones, inequidades, corrupciones, a través de los medios, del arte, o de cualquier forma más o menos masiva, actúa como un catalizador que neutraliza a las energías sociales que realmente podrían producir un cambio positivo hacia el bienestar general?

¿O que tal vez esos mismos contenidos puestos en evidencia, muevan en la gente resortes morbosos, que la lleven a una especie de admiración inconsciente por quienes abusan del poder y el dominio arbitrariamente, reforzándolo en lugar de disminuirlo?

¿No será que todo aquello que llamamos inhumano, como matar, torturar, hacer sufrir, ser egoístas, dejar que se mueran de hambre millones de seres mientras se gastan los recursos que podrían salvarlos –y muchísimo más- en armas para ir a la guerra, es en realidad lo sustancialmente humano y lo inhumano es la bondad, el altruismo, la solidaridad, y esa es la razón por la que abunda menos que lo anterior?

Volviendo a “Telarañas”, el hecho de que consigue disparar preguntas, pensamientos, no es poco para una obra de teatro.

Muy buenas actuaciones, manejo de tiempos, del ritmo. Se nota la mano de una excelente dirección. La escenografía con lo justito, pero buena. Bien la iluminación.

MUY BUENA

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