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de la muerte a la cual desafía, jurando encontrar la
forma de burlarla. De excelente posición económica,
deja casa, novia, familia y amigos, para ir a hacer su doctorado
en Ingolstadt, donde vive un famoso profesor que ha hecho
experimentos para crear vida y en quien Víctor deposita
todas sus expectativas. Lo ve como la persona idónea
para orientarlo en las investigaciones tendientes a conseguir
su objetivo. La mayor aventura de su vida, que culmina en
el éxito, es al mismo tiempo, su peor derrota.
Con la unión de pedazos de cadáveres que extrae
del cementerio, crea un nuevo ser. Le transplanta el cerebro
del profesor, a quien había matado en un altercado
de lucha, justamente durante una acalorada discusión
que tuvieron ante el desacuerdo sobre dar o no vida al engendro,
cuestión a la que el catedrático se oponía
enfáticamente.
El ente, aunque con el cerebro del profesor, era de memoria
casi virgen, no recordaba su vida anterior, pero sabía
hablar y hasta pudo llegar a leer. Tenía la fuerza
de una bestia. Víctor, al ver con vida lo que había
creado, se asusta y lo rechaza. Le tira su abrigo encima intentando
taparlo para no verlo, horrorizado ante su creación.
El monstruo, desorientado, se escapa. En el bolsillo del abrigo
está el Diario de Víctor, donde describe con
detalle todo su periplo desde el día en que salió
de la casa y que terminó en la creación de Frankenstein,
quien finalmente lo lee y se entera de todo. El ser, siente
que Víctor es su padre, que lo rechazó y así
furioso, inicia un camino de venganza. Va en busca de su progenitor,
sembrando muerte y destrucción a su paso y arruinará
finalmente la vida de la familia de Víctor, quien terminará
en el suicidio.
Esta trama, se adelanta en casi dos siglos a la era de los
transplantes y la manipulación genética, y tiene
posición tomada ante la controversia que genera esta
última ante la posibilidad –hoy real- de crear
seres fuera del orden natural: “Detente ahora!!! ¿Hasta
dónde has llegado, hasta dónde te atreverás?”
-le recrimina con énfasis el inefable coro a Víctor.
También invita a reflexionar sobre otra cuestión
que en estos tiempos signados por el síndrome del Pensamiento
Único, toma relevancia, como es el de la no-aceptación
de la diferencia.
Por último, no sería desatinado meditar acerca
de si el personaje del monstruo, una vez que ha sido creado,
no sería merecedor de alguna indulgencia de nuestra
parte, ya que en el fondo, no es más que un niño
asustado que lucha por su derecho a amar y a ser amado. Y
los atropellos que cometió –al margen de ser
inadmisibles- cualquier otro niño que mágicamente
obtuviera la fuerza de una bestia, hubiera sido susceptible
de realizar con similar encono ante parecidos estímulos.
Esta superproducción, pone en escena a 38 actores-cantantes-bailarines,
haciendo gala de un impresionante despliegue de recursos,
tanto materiales, como técnicos y artísticos,
incluyendo una excelente orquesta en vivo.
El vestuario, perfectamente ambientado para la época,
está cuidado hasta el último detalle, con un
buen gusto que no es frecuente de ver en nuestros escenarios.
La escenografía de Valeria Ambrosio y Carlos Repetto
es un lujo de precisión, de técnica, de belleza
estética, de funcionalidad, de multiplicación
y aprovechamiento de los espacios.
Las actuaciones son muy buenas, en especial la de Sebastián
Holz, y Pablo Toyos aunque -para ser justos- todo el elenco
está en un gran nivel.
La dirección ha hecho un trabajo minucioso, coordinando
cada detalle y ha obtenido lo mejor de cada uno de los integrantes
de esta gran apuesta que es “Frankenstein” 2003.
EXCELENTE
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