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NEntrevistas a Escritores
por Martha Vargas »n
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“Matilde, la mujer fuerte de la biblia”:
encuentro en Buenos Aires con Ernesto Sábato.
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En ocasión de esta charla aún vivía Matilde. Sábato cumplía 80 años.
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Llega a la cita con minuciosa puntualidad. Animadamente, lleva la conversación, mientras se desmaya el día, casi invernal.

–No escribo, pinto, muchas horas al día. No, no podría tener a alguien que lea y escriba por mí, en esto soy tal vez, algo fastidioso. Leo y releo y tacho y corrijo muchas veces lo que escribo. No podría hacerlo por medio de otra persona.
Plaza San Martín, noche ya.

–Si no hubiera escrito, me hubiera muerto –afirma con la intensidad que lo caracteriza– El descubrimiento de la literatura, me salvó desde niño. Fui un niño triste, un adolescente con enormes terrores e incomunicaciones. La literatura fue mi escape –se distrae de lo que hablábamos– Observe qué belleza la de esos nubarrones rosados, emergiendo tras la mole de los árboles.
El cielo de Buenos Aires es una clara amenaza de tormenta..
Banco de madera de la plaza, columnas de alumbrado con complicados arabescos, canteros con rosas. Quiero descubrir una glorieta que complete el entorno finisecular.

Seguidamente, afloran los recuerdos de una juventud bohemia en París. Empero, lo fascinaban el orden y la precisión de la ciencia. Fue la elección de “una ciencia de la luz”, según dice en “Abadón, el Exterminador”.

–Buenas noches Don Ernesto. Buenas noches, Sábato– La gente pasa a nuestro lado, lo mira y lo saluda. Una pareja joven disminuye el paso al reconocerlo, sin dejar de mirarlo, tratando de alcanzar sus palabras. Están ante Ernesto Sábato, uno de los grandes escritores contemporáneos.

–¿Un sefardí en mi apellido?. Quizás, no lo sé. Sí puedo decirle que hubo sacerdotes católicos en mi familia ¿Usted acaso me puede decir si hubo sefardíes en sus antepasados?

Evidentemente, muy difícil de precisar. Recuerda apellidos españoles donde puede darse esta característica. Estamos de acuerdo en que no nos molestaría en lo absoluto si así fuera. Se ríe con franqueza ante algunas anécdotas que me cuenta.
Buenos Aires vibra en un solo concierto de sonidos nocturnos. Caminos. Nuevas muestras de conocimiento y simpatía de la gente. Con actitud algo desmañada, Sábato responde a los saludos.

–Me agrada el hecho de que usted sea del interior del país.
–¿Matilde? Es mi fuerza, mi sostén, ella es” la mujer fuerte de la Biblia”... Quizás sin Matilde, no existiría mi obra.

Me despido del gran escritor. Morosamente. Es el hombre angustiado por los otros, el escritor testigo de su mundo y su época.

Queda en pie una invitación formal de conocer su casa en Santos Lugares, a la tenaz Matilde, su esposa, y a una larga conversación luego de su cercano viaje a Europa.
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