 |
Llega
a la cita con minuciosa puntualidad. Animadamente,
lleva la conversación, mientras se desmaya
el día, casi invernal.
–No escribo, pinto, muchas horas al día.
No, no podría tener a alguien que lea y
escriba por mí, en esto soy tal vez, algo
fastidioso. Leo y releo y tacho y corrijo muchas
veces lo que escribo. No podría hacerlo
por medio de otra persona.
Plaza San Martín, noche ya.
–Si no hubiera escrito, me hubiera muerto
–afirma con la intensidad que lo caracteriza–
El descubrimiento de la literatura, me salvó
desde niño. Fui un niño triste,
un adolescente con enormes terrores e incomunicaciones.
La literatura fue mi escape –se distrae
de lo que hablábamos– Observe qué
belleza la de esos nubarrones rosados, emergiendo
tras la mole de los árboles.
El cielo de Buenos Aires es una clara amenaza
de tormenta..
Banco de madera de la plaza, columnas de alumbrado
con complicados arabescos, canteros con rosas.
Quiero descubrir una glorieta que complete el
entorno finisecular.
Seguidamente, afloran los recuerdos de una juventud
bohemia en París. Empero, lo fascinaban
el orden y la precisión de la ciencia.
Fue la elección de “una ciencia de
la luz”, según dice en “Abadón,
el Exterminador”.
–Buenas noches Don Ernesto. Buenas noches,
Sábato– La gente pasa a nuestro lado,
lo mira y lo saluda. Una pareja joven disminuye
el paso al reconocerlo, sin dejar de mirarlo,
tratando de alcanzar sus palabras. Están
ante Ernesto Sábato, uno de los grandes
escritores contemporáneos.
–¿Un sefardí en mi apellido?.
Quizás, no lo sé. Sí puedo
decirle que hubo sacerdotes católicos en
mi familia ¿Usted acaso me puede decir
si hubo sefardíes en sus antepasados?
Evidentemente, muy difícil de precisar.
Recuerda apellidos españoles donde puede
darse esta característica. Estamos de acuerdo
en que no nos molestaría en lo absoluto
si así fuera. Se ríe con franqueza
ante algunas anécdotas que me cuenta.
Buenos Aires vibra en un solo concierto de sonidos
nocturnos. Caminos. Nuevas muestras de conocimiento
y simpatía de la gente. Con actitud algo
desmañada, Sábato responde a los
saludos.
–Me agrada el hecho de que usted sea del
interior del país.
–¿Matilde? Es mi fuerza, mi sostén,
ella es” la mujer fuerte de la Biblia”...
Quizás sin Matilde, no existiría
mi obra.
Me despido del gran escritor. Morosamente. Es
el hombre angustiado por los otros, el escritor
testigo de su mundo y su época.
Queda en pie una invitación formal de conocer
su casa en Santos Lugares, a la tenaz Matilde,
su esposa, y a una larga conversación luego
de su cercano viaje a Europa. |