 |
Cuenta,
Germán Cáceres, en su haber literario, con diecinueve
libros publicados, varios premios y menciones, y
una permanente colaboración en distintos medios:
señalamos El Grillo, Proa, Ser en la Cultura, Lea,
Witty World (Estados Unidos).
Novela y cuentos infantiles, relatos policiales,
ensayos sobre la historieta -Charlando con Súperman
(1988); Oesterheld (1992); Así se lee historieta
(1994); El dibujo de aventuras (1996)-, especialidad
por la que fue invitado a los festivales internacionales
de Budapest, Skopje y St. Just la Martel, conforman
un recorrido al que le sumamos su labor de dramaturgo.
Vamos a Manhattan, Faja de
Honor de la SADE (1999); Suicidios en la cuarta
dimensión, publicados por Ediciones del Valle, y
El postre y La travesía, de próxima edición, nos
remite a la pregunta inicial, obviamente, al teatro.
Esto es algo nuevo para mi, hasta el 97 ver
una obra teatral me interesaba lo mismo que una
ópera, escuchar un concierto o asistir a una función
teatral, vaya a saber por qué se me ocurrió experimentar
con el teatro.
-¿Recibiste
en tu infancia el primer estímulo teatral?
-Algunas veces fui al teatro con mis padres,
y ahora que me lo preguntás, recuerdo que en mi
casa había veneración por el teatro, una de mis
hermanas, mayor que yo, se había comprado una colección
de doce tomos, figuraban Anouilh, Sartre, Ugo Betti,
Albert Camus, ONeill... en ese momento a mí
me interesaban las películas de aventuras, a esos
libros los vi como el pozo de la sabiduría.
Fui un devorador de cine, y eso me desplazó de muchas
cosas, integré la Comisión Directiva del Cine Club
Núcleo, llegué a ver hasta doce películas por semana.
Abandoné la crítica (de cine) cuando se me dio por
escribir cuentos, de allí pasé a la novela, al ensayo,
al teatro. A partir de ese descubrimiento
empecé a cambiar de hábitos, asistí a un curso de
dramaturgia con Ricardo Monti, algo que considero
valioso para mí.
Los protagonistas de tus obras son jóvenes
actores que intentan la realización de un proyecto
artístico: En tu caso, ser premiado, ¿te acerca
al deseado estreno de todo autor?
-Yo nunca estuve inserto en el teatro, en cambio,
en el ambiente literario, tengo muchos amigos, cuento
con ellos en la presentación de mis libros. No frecuenté
talleres de teatro ni me relacioné con grupos, conozco
a poca gente, Leonor Manso y Patricio Contreras
son dos amigos entrañables.
-¿Qué sentiste al ser distinguido en un
género "nuevo" para vos?
-Me dije, si antes hice una obra por hacer (Vamos
a Manhattan) voy a intentar con otro texto, a partir
de ahí me reuní con Néstor Sabattini, un autor reconocido
que me aconsejó seguir dramaturgia con Ricardo Monti,
me resultó interesantísimo, me hizo ver muchas cosas.
Por ejemplo, como ver la escena, como rastrear los
personajes, como cuidar que los diálogos sean dichos,
son pequeñas grandes cosas que a veces se escapan.
-¿Escribir teatro, te volvió un espectador
distinto?
-Y... sí... claro... ahora soy un espectador avaro,
uso la palabra avaro porque uno saca elementos,
aprende, ve que recursos se emplearon, que ideas
tuvo el autor, el por qué de una puesta, como entran
y salen los personajes. Me gusta mucho leer teatro,
es apasionante, yo leo más teatro del que veo. El
teatro tiene dos aspectos, el texto es literatura,
la representación, un espacio de arte combinado,
están el director, los actores, el escenógrafo.
-¿De tus primeras lecturas, qué recuerdos
guardás?
-A mí me marcó la historieta, la devoraba... Intervalo,
Patoruzú, Patoruzito, Misterix... tenía un amiguito
al que el padre le compraba todas las revistas;
también leía muchos libros de aventuras, Salgari,
Verne, le descubrí valores a este tipo de literatura,
esos libros me hicieron sentir el placer mágico
de la lectura, algo que nunca lo volví a igualar;
ese transportarme a otros mundos me lo dio la novela
de aventuras, la historieta fue el punto de partida
-¿Esa pasión incidió en tu literatura?
-En 1995 escribí Soñar el paraíso, un libro de aventuras
para los jóvenes, tuvo mucha repercusión, se vendió
como un libro de texto, después escribí Traficantes
de la selva (1999), ambas publicadas por Alfaguara;
Lluvia de cadáveres, el más reciente, es mi próxima
publicación.
-Recordamos, de su literatura infantil,
Cuentos para mocosos y purretes (1974), sin olvidar
su fervor por el cine.
-El director que me golpeó, que golpeó a mi generación,
fue Bergman, uno de los grandes directores del siglo
XX. Vi todas sus películas, se lo menciona también
como uno de los más importantes directores de teatro.
El neorrealismo italiano fue muy fuerte, con Rosellini,
De Sica, Antonioni. En cuanto al cine argentino,
pienso que los cineastas están librando una batalla
heroica, hacen cosas muy dignas, dado el ambiente
difícil, de capitalismo salvaje.
-El escritor argentino no permanece ajeno
a las vicisitudes económicas que padece el país.
¿Qué función cumple la SADE en su defensa?
-Entiendo que la Sociedad Argentina de Escritores
representa a nuestros escritores, yo soy socio y
pienso seguir siéndolo; pueden haber Comisiones
buenas o regulares, en un país con una constante
crisis económica, con una valoración de lo light,
la SADE, como la cultura, tiene un lugar de pelea.
-Y bien, retornemos al teatro, tu última
"conquista" literaria.
-Hay un movimiento de renovación, el teatro
se está completando con la ópera -hice un pequeño
curso de introducción a la ópera con Sanguineti
y Gregorich, con Juan Carlos Monteiro, y cursé con
Rapallo, un ciclo sobre Cine y Ópera-. La ópera
se metió en el cine, el cine en la ópera, en los
Estados Unidos hay una filmografía operística de
primer nivel.
Me gusta escribir teatro, es un bichito que me picó,
siento el placer de hacerlo, vamos a ver cómo siguen
mis pasos.
En este encuentro informal, café por medio,
estuvieron "presentes" los personajes
que le hicieron prometer a German Cáceres, en su
infancia, su deseo de ser escritor de historietas.
¿Acaso el teatro no es el escenario propicio para
un vuelo a cielo abierto, sin exclusiones?
COMENTARIO DEL LIBRO "EL
POSTRE" DE GERMAN CACERES |
|