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Envuelta
en un chal rojo, cubierta la cabeza con un gorro
del mismo tono, enguantadas las manos, así acudió
Ana María Casó a la entrevista; la calidez de la
actriz bloqueaba el "un grado bajo cero",
de ese día.
-Ana María, de tu trayectoria teatral ¿qué recuerdos
rescatás?
-No es fácil hablar de uno desde los recuerdos,
pero voy a tratar de redondear que es lo que significa
y que es lo que ha significado para mí el teatro.
En principio, es la alegría de poder seguir haciendo
teatro, de seguir resistiendo, en este mundo tan
canibalizado, tan desposeído como el que estamos
viviendo. Siento que la labor del actor tiene que
ver con un tema social, nosotros, de alguna manera,
comunicamos a través del teatro, somos los que rescatamos
la memoria de los pueblos, lo dijo García Lorca
y yo estoy totalmente de acuerdo con sus palabras.
-¿Tus inicios, cuándo y dónde fueron?
-A comienzos de julio, un mes que marcó cosas en
mi vida, empecé en el Teatro de los Independientes;
mi primer maestro y director fue Onofre Lovero,
dos años después, también en julio, partí al Uruguay
por quince días y permanecí una década; en julio
cumplí cuarenta y cinco años de una labor teatral
que comencé en la escena independiente, en julio,
ya ves, estamos conversando sobre estas cosas.
-¿Podrías
resumir tu actividad de esos años "uruguayos"?
-Siempre como actriz, trabajé en distintos grupos:
en La Máscara, en el Teatro Circular de Montevideo,
en el Odeón, con Alfredo de la Peña, en el Teatro
de la Ciudad, dirigido por Antonio Larreta; realicé
proyectos autogestionados, con distintos autores
uruguayos, actué en la compañía de Olinda Bozán,
fue un deslumbramiento conocer a esa mujer que
forma parte de la historia del teatro argentino.
-¿Qué te impactó, qué te sedujo?
-Me impactaron su calidez, su sencillez, yo tenía
muchos prejuicios, era la época de la antinomia
comercial- independiente, una barrera que por
suerte ahora no existe de ese modo. En su compañía
actué en una obra de Sixto Pondal Ríos y Olivari,
allí debuté cuando se enfermó una actriz, fue
en Los maridos engañan de siete a nueva, de Abel
Santa Cruz.
-Pasado el tiempo, ¿qué privilegias de aquel encuentro
con Olinda Bozán?
-Era una mujer muy respetuosa en el escenario,
yo temblaba el día que la fui a ver por priemera
vez, recuerdo sus palabras "mirá, nena, ya
me dijeron que venís del teatro serio", remarcó
con ironía, "creerás que yo soy de las que
agregan palabras, que morcilleo, no acostumbro
hacer nada si no lo pacto con el compañero, y
como vos vas a hacer un reemplazo no te voy a
hacer absolutamente nada ni agregar nada, hasta
que no te vea bien segura sobre el escenario".
Y así fue...
-Nos contás aspectos pocos conocidos de una actriz
que se enmarca en un período brillante del cine
argentino.
-Olinda Bozán reunía al elenco antes de la función,
repartía caramelos, nos daba un beso, les deseaba
a todos mucha suerte. Luego miraba por un agujerito
del telón, a veces decía ...mmmm... hoy el público
viene duro, y era verdad, el público no se reía.
Y continuaba, voy a tener que agregar mis famosos
zapateados y el juego del collar, que trató de
eseñarnos, era la rotación del cuello a lo hindú,
lo hacía de chiquita en el circo, además era trapecista.
-Sabemos de la importancia de Pablo Podestá
en su vida afectiva.
-Olinda Bozán fue su mujer a los trece años, ella
contaba que fue el gran amor de su vida, un amor
difícil, que duró poco tiempo, él era muy mayor
en esa época, y estaba enfermo; ella lo admiraba.
-Ana María, ¿tu vocación teatral fue estimulada
en tu infancia?
-Más bien fue rechazada, mi madre no quería que
yo estudiara danza ni teatro, mi familia me había
preparado para ser una futura ama de casa; me
recibí de Profesora Superior de Corte Confección
y Diseño, conseguí trabajo en un taller, y me
dije, voy a empezar a estudiar teatro; eso provocó
un escándalo con mi madre, un médico aseguró que
yo estaba totalmente loca, y otro dijo, déjenla,
ella trabaja, se autoabastece,... La oposición
de mi madre se contradecía con la realidad, en
mi casa el arte siempre estuvo presente, mi papá
fue socio fundador del Teatro del Pueblo, en la
década del treinta, íbamos mucho al teatro, al
cine. Mi mamá tocaba el piano, una asignatura
pendiente que no pude realizar porque en lugar
de ejecutar las escalas, las teatralizaba. En
las reuniones familiares algunos tocaban el piano,
otros la guitarra y el peine, era algo común,
se hacía con un papel de seda en los labios. Tengo
tres hermanas mayores que yo, una es profesora
de música y ha cantado en coros, otra es guitarrista,
pero ninguna se dedicó a esas profesiones. La
única que rompió con todos los mandatos fui yo.
-¿Tu
"primera vez" en el escenario, cómo
fue?
-A los diecisiete años fui a la escuela de los
Independientes, y a los tres meses actuaba en
Milagro en Hollywood, una versión de la obra de
Orson Wells. Allí trabajé en la primera versión
en la Argentina de La ópera de dos centavos, de
Bertltd Brecht, un éxito total en una época en
la que los teatros independientes no se manejaban
por los éxitos. A los dos años me fui, mi primer
trabajo profesional lo realicé con Francisco Petrone
en el Teatro Arena, una carpa levantada en pleno
Once. Allí estrenamos Una libra de carne, de Agustín
Cuzzani, después partí con una compañía de revistas
en la que actuaba Xenia Monti. Yo bailaba, estudiaba
danza moderna con Lía Labarone, fue un momento
de crisis, me preguntaba si quería ser actriz
o bailarina.
-Evidentemente, elegiste continuar en
el teatro. ¿Hay obras o personajes que hubieses
preferido "abandonar" en el camino?
-Muy pocas veces, en teatro, hice cosas que no
me gustaron, cada obra me interesaba por algún
motivo, para mí fue un gran descubrimiento La
ópera de dos centavos, fue hermoso actuar en El
jardín de los cerezos, de Chejov, fue fantástico
trabajar en Una visita inoportuna, de Copi, autor
al que admiro; la pasé muy bien en Jardín de otoño,
de Diana Raznovich, en el unipersonal Solas en
la madriguera, de Cristina Escofet, con ella estamos
preparando Fridas, vamos a hablar de la transgresión
de la mujer, de su recorrido, de la búsqueda de
un camino mejor.
-¿Cuál sería para vos ese camino?
-Yo creo que ese camino requiere encontrar una
mirada propia, no copiar el modelo patriarcal,
eso se ve, lamentablemente, en las políticas,
primero apoyadas por las mujeres y luego acopladas
al modelo patriarcal ya mencionado. Habría que
pensar en la educación sexual de la mujer, en
las mujeres jefas de familia.
-¿Te referís a una educación desde la
infancia?
-Desde la infancia, desde la escuela, es lamentable
ver la cantidad de niños que hay en la calle,
me parece indecente lo que gastan en publicidad
los partidos políticos, en contraposición con
el desampara de los más necesitados.
-Hemos conversado sobre diversos temas...
¿Qué pasa con tu labor televisiva?
-La televisión es como una espinita que uno lleva
clavada en el corazón, te acepta o no te acepta,
el público me ha reconocido, aceptado, pero yo
creo que en los libros que hoy se escriben hay
pocas historias para mujeres de mi edad, tenemos
que conformarnos con ser abuelas, madres, tías
o "malas", es como si no tuviéramos
sexo ni apetencias, cuando se hacen programas
sobre y para la mujer, la mirada se distorsiona,
se generan estereotipos o más bien arquetipos,
también en el humor hay diferencias, no es lo
mismo el humor de Niní Marshall, una grande, que
el de Pepe Arias. Actualmente grabé algunos capítulos
en Primicias, esperemos que canal 7 tenga presupuesto
para hacer ficción, me parece que todavía sigue
siendo un Canal oficial, no estatal.
-¿Y sobre la crítica, qué podrías decirnos?
-Es un tema difícil, está en juego nuestro ego,
queremos nos traten bien; pienso que la crítica
debería cumplir con una información veraz, objetiva,
tendría que señalar lo bueno y lo malo de una
manera sucinta, en función del hecho artístico.
A mí la crítica, en general, me trató bien, guardo
todo, hasta el comentario poco favorable de Mario
Benedetti, en Uruguay, entonces crítico de La
Mañana. Conservo las notas de Angel Rama, de Gerardo
Fernández, un gran amigo, al que hemos perdido;
tengo un sentimiento particular por Potenza, por
Guibourg, maestros de críticos.
-¿Por qué se le adjudica al teatro, un
arte casi sin memoria visual, ser memoria viva
de la sociedad?
-Uno puede recordar a través del teatro los distintos
momentos socio- económicos y políticos de un país.
En el 2001 se van a cumplir veinte años de Teatro
Abierto, y no olvidamos que en los años 59-60
los actores lograron que las autoridades de ese
momento no vendieran el Teatro San Martín. Cuando
uno ve teatro por primera vez, el impacto queda
grabado en el cuerpo. Rescatar una obra de Laférrere,
de Florencio Sánchez, y en el futuro de nuestros
autores contemporáneos, nos va a hablar de una
época consustanciada con el país.
-Actriz, docente, militante del teatro,
con activa participación en Teatro Abierto y en
la Asociación de Actores.
Sintetizamos su actividad, en estas líneas.
-"Colaboré en Teatro Abierto en 1981, en
el 82 fui miembro de la primera comisión y en
el 83 participé como actriz", recuerda con
emoción. "En la Asociación de Actores me
he dedicado al trabajo gremial, en este momento
soy Secretaria de Prensa y Relaciones Públicas,
estuve en la Secretaría de Relaciones Internacionales,
en la Mutual de Cultura, he participado en el
Encuentro Mujeres y Teatro, en Congresos Iberoamericanos
de Teatro, organizados por GETEA, actué en festivales
internacionales, en mesas redondas. Con Cristina
Escofet estamos elaborando un taller sobre la
creatividad de la mujer, abierto a los hombres
que quieran venir.
-En todo momento las mujeres y los jóvenes
estuvieron en tus deseos de cambio.
-Viví, como docente, la transformación de un chico,
a partir del teatro. Era drogadicto, ligado a
ciertas "pandillitas" heavy, el teatro
le despertó la curiosidad por otras artes, estudió
fotografía, está en pareja con una compañera del
grupo, me llaman cada tanto, ese caso me sirvió
muchísimo. Yo quisiera apelar al sentido común,
no sólo de nuestros gobernantes, sino de la gente
que forma actores; habría que tratar de elevar
la auotestima de los jóvenes, posibilitar la curiosidad,
para no quedarse con lo que dicen los grandes
medios de comunicación. Hay una generación joven
que está trabajando en lugares alternativos, y
eso hay que apoyarlo.
-Y como si hiciese falta, la pregunta
se deslizó hacia la ética.
-La ética es una palabra tan bastardeada... Creo
que uno tiene que vivir de acuerdo a "su
aire", como dicen los españoles, pero respetando
al otro. La ética sería hacer lo que uno siente,
sin avasallar, sería olvidarse un poco de la viveza
criolla, esa es la ética para mí. |