A
las tres de la tarde de un sábado lluvioso que
desmiente en Buenos Aires el calendario primaveral de
septiembre, Magali Muguercia me recibe, "valija en
mano", a punto de viajar a Chile.
Ensayista, investigadora, Magali nos acerca a su país,
Cuba, a su Revolución, a su mirada antropológica
sobre el teatro.
-¿Qué
podría ser interesante para ti..? ¿De qué
podría hablar...?
Necesito olvidar que me están entrevistando, es
una característica mía, quizá porque
soy escritora, aunque también soy de la palabra
oral, en tanto profesora y conferencista.
-Despreocupada
del grabador, Magali Muguercia comienza por su edad, que
desmienten sus rasgos armoniosos.
-Tengo cincuenta y cinco años, y desde los diez
y seis trabajo profesionalmente en el teatro, me acerqué
por una vocación artística muy fuerte hacia
el mundo estético, pero como estábamos viviendo
la epopeya revolucionaria, el teatro era profundamente
político, y al decir la palabra política,
digo arte. Mi vida es una combinación íntima
e indisoluble con el teatro y con mi país, está
en mí, lo disfruto y lo venero; el teatro, por
sí mismo, es un arte político, en la medida
en que se establece una relación viva con el espectador.
-Cuba,
Revolución y Teatro se entretejen en Magali Muguercia,
Doctora en Ciencias del Arte, Miembro del Consejo de Dirección
de la Escuela Internacional de Teatro de América
Latina y el Caribe.
-A mi se me dio todo junto, empecé a vivir apresuradamente,
con el triunfo de la Revolución me incorporé
al teatro, hablo del año mil novecientos sesenta
y cuatro, en Cuba todos hicimos un solo frente, asumí
en mi adolescencia las tareas de la juventud, el teatro
está vinculado al centro mismo de mi identidad.
En mi país hubo una clara movilización para
cambiar el mundo, para que fuera mejor, para que las personas
puedan ser más personas. El ser humano crea, y
no solo obras de arte.
-¿Antes
de la Revolución, de qué manera se expresaba
el teatro?
-De todas las artes, el teatro es el que recibió
un impacto mayor con el triunfo de la Revolución,
su creatividad fue enorme, el Estado le dio status profesional,
antes abonado por un teatro de resistencia, muy rico y
variado, que se representaba rara vez, porque no era rentable;
había grandes dramaturgos que hasta hoy son la
historia del teatro cubano.
-¿Si
tuvieses que definir un hecho importante en tu formación,
por cual optarías?
-La Casa del Teatro fue creada por Juan Larco, un teatrista
peruano que llegó a Cuba, como muchos otros intelectuales
latinoamericanos, en los primeros años de la Revolución.
Era una persona con una experiencia muy intensa en el
Berliner Ensamble, leía a Brecht en alemán,
auspició los primeros talleres sobre las técnicas
brechtianas, a su lado me inicié en la crítica
teatral. Yo estaba viendo mucho buen Brecht en escena
-empecé con El buen alma de Se-Chuan- no sólo
leyendo en un ciclo que duró varios años,
dirigido por grandes directores cubanos y extranjeros.
El teatro cubano hablaba de la vida tan dinámica
de aquellos años, era extremadamente sensible a
lo que le estaba pasando a un pueblo entero. Brecht me
enseñó para siempre que cosa es la forma
en el arte, después de ese ciclo entré al
teatro con conciencia de estar haciendo una opción
de vida.
-¿Qué
otras manifestaciones significativas prevalecen en tu
recuerdo?
-A Osvaldo Dragún le cabe el haber formado a dramaturgos
de la primera generación de la Revolución
cubana; José Manuel Brene, un marinero sin experiencia
en ninguna academia, es el autor de Santa Camila de la
Habana Vieja, una obra emblemática de estilo sainetero,
escrita en el seminario que dictó Dragún.
Brene era un hombre sencillo, un gran artista y lo siguió
siendo toda su vida.
-¿Cuándo
se originaron las Escuelas de Teatro?
-En 1961 el Estado creó las Escuelas de Arte, y
en 1977 fue creado el Instituto Superior de Arte; en la
Facultad de Artes Escénicas funciona la carrera
de Teatrología, dirigida a formar investigadores
y críticos. El Ministro de Cultura era Armando
Hart, él le dio libertad a cada manifestación
artística para que armaran las carreras y los contenidos
según los especialistas que estaban previamente.
-¿Cuál
es hoy tu visión del teatro?
-A fines del 70 viví en la Unión Soviética,
ahí, sí, conocí en profundidad el
Método de Stanislavsky, allí hice mi Doctorado
sobre la Historia del Teatro Cubano antes de la Revolución;
fue una modalidad itinerante, trabajaba en La Habana,
viajaba a Moscú y allí descubrí otra
zona, la que podría llamarse la orientación
antropológica del teatro. Mi encuentro inicial
con Eugenio Barba fue en Polonia, él y el Odin
Teatret me acogieron y abrieron la puerta a un hecho estético,
a un acto de la vida. El acto teatral es en primer lugar
un hecho de relación vivo.
-¿Cómo
expresás en Cuba, tu criterio antropológico
del teatro?
-Para mi sorpresa, a mi regreso a La Habana me pidieron
que me hiciera cargo del Departamento de Teatro Latinoamericano
de la Casa de las Américas, y de la Revista Conjunto,
había muerto su director, Manuel Galich, y alguien
que me quería bien sugirió mi nombre. Traté
de conocer todo lo que pudiera por vía del estudio,
he escrito mucho sobre América Latina y su teatro,
y aunque políticamente hablando aquella era otra
realidad, se manifestaba el compromiso del teatro con
la vida, el coraje para vivir y tratar de modificar algo,
expresado a través de estéticas muy diversas;
aprendí a respetar la talla de los maestros latinoamericanos.
En 1955 hicimos un taller con adultos que no tenía
nada que ver con el teatro, fue en la Institución
Luther King.
-¿La
actividad prosigue?
-Allí se siguen haciendo talleres sobre el sentido
de la participación en el plano social, se puede
promover una mayor actitud dialogante, una apertura con
más democracia en el marco de la sociedad cubana.
No es una acción opositora, sino complementaria,
estos talleres provienen de la tradición de la
educación popular de Paulo Freire, es una institución
cristiana, no gubernamental, peculiar en el contexto cubano,
articulada con el mundo oficial de Cuba.
-¿Siendo
un organismo no teatral en su estética, cuál
fue tu tarea?
-Fui invitada como teatróloga una semana, y me
quedé dos años, trabajé con el equipo
de Educación Popular, la práctica vivida
producía rituales, actuaciones. El camino que me
he dado en los últimos años fue vincularme
con todo lo que no es solamente el teatro como arte, ni
estar arriba del escenario. Los seres humanos cuando nos
movemos y hacemos cosas para sobrevivir, para adaptarnos
o para inventar, somos siempre actores, representadores,
no en el sentido del fingimiento, sino en su rol participativo.
-Hace
días que estás en Buenos Aires y a horas
de tu viaje a Chile, surge la pregunta sobre tu "lugar"
en Cuba.
-Yo soy una viajera dentro y fuera de Cuba, no me
bajo de un avión a partir de la crisis que en los
años noventa sufrió la sociedad cubana;
para ganarme la vida voy de un lugar a otro, antes viajaba
profesionalmente, como funcionaria, ahora lo hago como
free lance, no pertenezco a ninguna institución,
no tengo ningún empleador cubano, y eso es muy
estimulante desde el punto de vista de mi realización
personal. Desde hace un año y medio vivo ocho meses
en Santiago de Chile y cuatro en La Habana, por razones
múltiples, entre ellas la económica. Además
tengo un hijo de treinta y tres años, que desde
hace siete vive en Chile, al que no lo dejan regresar
a Cuba.
-Sin
abrir preguntas Magali prosigue:
-Mi cuerpo fue dividido brutalmente por un pensamiento
dogmático, no es la realidad cubana, pero sí
una parte, él quiso prorrogar su estancia de una
maestría, y no se lo permitieron; se enamoró
de una chilena, se casó con ella y un día
le informaron que era un exiliado político. Es
ingeniero en computación, mi hija, economista,
vive en La Habana.
-¿Esta
situación, restringe tus viajes?
-No hay nada contra mí en lo personal, es una política
general tener permiso para vivir fuera de Cuba, a algunos
se les da, a otros no. Como intelectual y como artista
tengo la enorme suerte de circular libremente. Hay un
Ministro de Cultura extraordinario, Abel Prieto, y una
intelectualidad cubana que sabe que hay que proteger el
alma de nuestro país, que es la cultura. Soy profundamente
cubana, trato de devolverle a mi país todo lo que
modestamente produzco. Escribo, en primer lugar, para
mi pueblo, para mi gente.
-Magalí
Muguercia, profesora del Teatro Latinoamericano en la
Pontificia Universidad Católica y en la Universidad
Finis Terrae, Asesora en la División de Cultura
del Ministerio de Educación de Chile, nos dice:
-Le agradezco a Santiago de Chile mi proceso como
pedagoga.
-¿Figura
en tus planes la dirección escénica?
-No me veo dirigiendo, no me veo en el mundo del teatro
como arte, trato de ser coherente con lo que expongo,
reacciono contra los millones de Congresos en los que
he participado, me parece terrible... terrible... terrible...
que los especialistas de teatro sean tan impersonales
y aburridos cuando están tratando de transmitir
sus reflexiones.
-Magalí,
¿cómo te ubicás políticamente?
-Mi concepto de política se ha ido modificando,
no soy presidente de ningún país ni milito
en ningún partido, no tengo ni voz ni voto en ningún
lado, formalmente hablando. Yo estoy convencida que hago
política cada vez que camino tres pasos, la única
esperanza que yo veo es que nos atrevamos a decir nuestra
humilde palabra, a hacer nuestro hecho personal, modestamente. |