»
Agregar a Favoritos
GUIA DE ARTISTAS
» Literatura
» Artes Plásticas
» Música
» Danza
» Teatro
» Cine
» Fotografía
» Arquitectura
SECCIONES
» Agenda Cultural
» Direccionario
» Publicaciones
» Concursos
» Página Abierta
COLUMNISTAS
» Buenos Aires
» Desde Argentina
» Desde el Mundo
» Entrevistas
GALERIA ON LINE
» Artistas de El Muro
» Obras en Venta
TANGO | Nuevo
EVENTOS
BENEFICIOS
MEMORIA URBANA
SERVICIOS
PUENTE CULTURAL
.
CONTACTENOS
» Info
» Publicidad
» Gacetillas
» Ventas
» Expo
» Webmaster
NEntrevistas de teatro
por Teresa Naios Najchaus »n
« VER INDICE DE ENTREVISTAS
Onofre Lovero
m
En la Asociación Argentina de Actores, Onofre Lovero, Secretario de Prensa, nos dice con su actividad permanente de su adhesión con el organismo que presidió en los años 1984-1988, período coincidente con el advenimiento de la democracia.
Referente insoslayable del Teatro y la Cultura de Argentina, hacedor de utopías que se concretan y se renuevan con su impulso, Lovero me recuerda, sin decirlo, que él fundó con los integrantes del elenco, el Teatro de los Independientes, y que allí estrenó 14 de Julio, obra de Romain Rolland, hito en la memoria que marcó la década de 1950.

-Yo creía que a esta altura de mi vida había cumplido con mis compromisos gremiales, pero la actual conducción de Actores surgió de un hecho muy especial, había que asumir la responsabilidad legal de una entidad que estaba en pésimas condiciones financieras, además, sus dirigentes habían dejado de lado la lucha por las reivindicaciones gremiales. Los antiguos dirigentes fuimos apelados para completar una lista en las elecciones del '97, se nos planteó una cuestión ética, no podíamos dejar sin respuesta a quienes con la mejor buena voluntad iban a asumir los cargos principales de la institución. Pepe Novoa es el Presidente, Rubén Stella, el Secretario General, y yo quedé al frente de este Secretariado que se ha convertido en un unipersonal -la segunda vocal renunció y yo quedé solo- aunque con algunos buenos colaboradores.

-¿Cómo te las ingenias para cumplir con tu actividad institucional y con el teatro?
-En este momento no tengo el compromiso de actuar todas las noches, estoy empezando a preparar con la dirección de Manuel Iedvabni y la colaboración de un excelente pianista, Gustavo Codina, un Collage Brecht, vamos a intercalar textos de humor con canciones y parábolas, el estreno va a ser en febrero.

-Hace mucho tiempo que no dirigís, ¿por qué?
-He resuelto terminar pintándome la cara, no quiero mas lidiar con la dirección, lo he hecho durante dieciséis años en el Teatro de los Independientes y también en el Teatro Popular de la Ciudad, quiero desenvolverme como actor, es mi primera vocación y la fui postergando, a pesar de que a veces cometí la imprudencia de dirigir y actuar.

-Caruso fue un personaje a tu medida, cuántas satisfacciones te debe haber brindado.
-Muchas... muchas... ahí me sentí como ingresando realmente en el personaje, tiene que ver con mi formación más infantil, me he criado escuchando ópera, y muchísimo a Caruso, por mi padre y mi tío y padrino Juan Dacunto, hermano de mi mamá, él había sido un ferviente admirador de la ópera, sobre todo italiana. Cuando Alejandro Zameg me propuso hacer Caruso me pareció abordar el "sueño del pibe"; además conté con un compañero de primer orden, Rodolfo Roca, excelente actor; nos sentimos consustanciados con la esencia misma de la obra, lo hacíamos con una entrega total. Como vos me preguntás específicamente sobre Caruso, tengo que decir que fue una especie de simbiosis Caruso-Lovero.

-¿El público, cómo recibió esa propuesta?
-La gente más insólita me ha parado en la calle por ese personaje; yo lo asumí como una "propiedad", como algo que realmente me pertenecía. Lo vieron los "fans" de la ópera y también personas que no tenían nada que ver con la ópera, me sentí muy a gusto, muy en mi salsa.

-Cuando te dicen que sos querido, apreciado, ¿qué sentís?
-Me conmueve la respuesta de la gente, porque en definitiva la misión del actor es transmitir emoción, mensajes, amor, me dijeron lo que vos me dijiste, que yo era Caruso. El teatro recién se realiza cuando el actor lo oferta al público, no existe antes; uno aprende, estudia, ensaya, prueba, pero el hecho teatral se gesta con el espectador. El mismo texto no se repite nunca, muchas veces no cambia jamás; en esta relación-gestación de la que hablo, el que cambia es el público.

-¿A qué edad necesitaste actuar?
-Empecé desde muy chico, fue una vocación infantil, para desesperación de mamá, no había sábana ni colcha a mi alcance de la que no me apropiara y la usara como telón; a veces le complicaba la vida a mi hermanita, digo mi hermanita porque tiene cinco años menos que yo.

-¿Cómo te formaste?
-Sentía admiración por los grandes actores, fundamentalmente los franceses, a algunos los conocí a través del cine de la pre-guerra, y a otros, en el escenario en Buenos Aires. Íbamos con Rubén Pesce a ver dos o tres veces por semana películas francesas y llegamos a aprender los diálogos de memoria de La gran ilusión, El fin del día, La kermese heroica.

-¿Tu hermana se dedicó al teatro?
-No, para nada, una imposición de mamá fue hacerla estudiar piano, ella es la negación del oído, incapaz de tararear algunos compases de La Cumparsita, y sin embargo se recibió de profesora de piano.
La risa fue estridente, la cercanía de nuestras casas en el mismo barrio, la imponente Señorita Margarita, en realidad señora, nos conectó con la inolvidable Escuela de la calle Cucha Cucha.
-Margarita fue la maestra de Eda, mi hermana, yo fui alumno de piano de su hermana, que falleció inesperadamente, quedé con un trauma terrible, nada de música y piano durante muchos años, me había enamorado de esa mujer joven, muy hermosa. Yo ingresé a segundo grado en la escuela de la Señora Margarita, daba todas las clases en un aula común, golpeaba a los alumnos con el puntero y al día siguiente le tenías que traer la plata para que compre otro. (Risas). Yo fui un privilegiado, en sexto grado me entregó una medalla de oro, dijo que había sido un alumno ejemplar, entre tantos burros...

-¿Naciste en La Paternal?
-Llegué a La Paternal a los ocho años, yo nací en Villa Crespo, en la misma cuadra en la que el maestro Antonio Ediche tenía su atelier, era una casa de altos, en la calle Loyola, entre Serrano y Gurruchaga, había un cuadro del arroyo Maldonado sin entubar. Me acuerdo del puente de madera a la altura de Loyola porque una muchacha que la ayudaba a mamá en los quehaceres domésticos, Manuela, que me adoraba y la adoraba, me llevaba a los paseos que me conmovían; ver pasar el tren y acercarme al arroyo. Mamá decía que yo no me podía acordar del Maldonado sin entubar porque debía tener dos o tres años. Mucho tiempo después, en el Teatro San Martín, entre libros que estaban a la venta, editados por la Municipalidad, encontré la Historia del Arroyo Maldonado, lo primero que vi fueron las ilustraciones, había una foto que yo tenía registrada, no en la retina, sino en el alma. Decía, Puente de madera sobre el arroyo Maldonado, no vi la función, corriendo fui a verla a mamá que vivía con mi hermana en Vicente López. Triunfador, le mostré la foto, y ella me dijo: "no te podés acordar, porque eras muy chico".
(Lágrimas y risas se mezclan en la voz de Lovero)

-¿De La Paternal a qué edad te mudaste?
-Me casé y viví en la misma casa de mis viejos, en el primer departamento de la calle Sapaleri Nº 2251, hoy Manuel Rodríguez, me fui a los veintiocho años, mudarme varias veces fue una necesidad, tuve unos cuantos casamientos, conviví con unas cuantas compañeras, entonces armaba casas y después me mudaba. Viví en muchos lugares, también viví solo, y nunca aprendí a hacerme un café, nunca.

-¿Qué tipo de relación mantuviste con tus padres?
-Con mamá muy buena, con papá menos espontánea, pero unos días antes de morir me dijo: "vos a tus tíos Atilio, Juan, Pedro, siempre los besás y a mí no me besás nunca"; mi viejo no solamente me quería, me admiraba. Se me mueven tantas cosas...

-¿Tu padre aceptaba que fueses actor, o deseaba otra profesión para su hijo?
-Mi padre era constructor, para él yo tenía que haber sido ingeniero y compartir con él, el cartel en las obras. Fue un golpe que yo estudiara arquitectura, y cuando abandoné la carrera y le dije que no iba a hacer otra cosa que teatro, liquidó su empresa. Sin embargo cuando yo estaba construyendo Los Independientes, y no sabíamos más de dónde sacar dinero, ellos hipotecaron la casa. Papá murió mucho antes que mamá.

-Onofre, ¿sos demostrativo en el afecto familiar?
-Me cuesta exponer el afecto, me cuesta muchísimo, me costó siempre, es como si tuviera pudor de mis afectos, que son entrañables, profundos.

-¿Y como padre cómo sos?
-Tengo dos hijas con una diferencia de cuarenta y un años, Mónica próxima a cumplir cuarenta y nueve años, y María que en agosto va a cumplir ocho, con ellas tengo cosas muy sueltas, muy juguetonas, sobre todo con la más chiquita porque se dieron otras circunstancias, con Mónica me salteé su infancia, a María tuve que atenderla, cambiarle los pañales, darle el biberón, aprendí a cocinar, mi mujer trabajaba y trabaja, se iba muy temprano y volvía a las cuatro.

-Fuiste dos veces padre primerizo. ¿Cómo funciona el núcleo familiar?
-Magnífico, mantengo una buena relación con la mamá de mi hija Mónica, tengo dos nietos, un varón de diez años y una nena de siete, tiene veinte días más que María. Cuando los tres chicos se juntan es una gloria, una gloria... Cuando paseamos me vuelven loco, pero que gusto enorme...

-¿Se vislumbran las sábanas como telones?
-No sé, pero me van a ver; María es casi una adicta a las representaciones, trabajó circunstancialmente en varias películas, en Las alas rotas "fue" la hija de Amelia Bence, actuó en Las dos Carátulas, el programa que dirige Nora Mas en Radio Nacional, hace danza con María Fux y con Marisa Ferri, la sobrina de Olga (Ferri). María tiene un oído musical envidiable, no sé qué va a pasar con ella, pero no me llamaría la atención que se volcara al teatro, sabía de memoria algunos monólogos de Caruso y los decía con la entonación italiana que yo le daba.

-Transmitís serenidad, paz interior... Son cosas fuertes y hermosas las que estás viviendo.
-Sí, es cierto.

-Onofre, ¿la televisión te interesa como actor?
-Hace muchos años viví de la televisión, en el '97 hice dos capítulos de Archivo negro porque me llamaron, mi idea es que si me necesitan me van a convocar, como ocurrió en cine, hice un personaje muy corto pero muy lindo en El juguete rabioso. Prácticamente, desde 1984 vivo del oficio, hasta ese año estuve durante dieciséis años en la Editorial Abril, allí hice lo que se llama una gran carrera, a pesar de mí mismo.

-¿En la editorial qué función cumplías?
-Entré a Abril el cinco de enero de 1949, recuerdo la fecha porque mi mujer estaba embarazada de Mónica, cuando vi el suelo de cuatrocientos y pico de pesos me pareció tocar el cielo con las manos, estaba realmente en la miseria. Yo había fundado Opus, una revista musical muy linda, que se vendía en las casas de música y tenía un solo aviso, el de esa casa; no conté con la colaboración imprescindible que necesitaba, no me fue bien, pero no pasó nada. En Abril empecé como "pinche" y terminé siendo Director de Coordinación.

-¿Cómo llegaste a la Editorial?
-José Armagno Cosentino, queridísimo amigo que falleció hace poco, me dijo que en esa editorial nueva que fundaron los italianos había un compañero del Partido Socialista, Carlos Lesca, él le habló a César Civita, el dueño de Abril, en esa época él tomaba al personal, y al día siguiente de la entrevista me llamó.

-¿Por qué te fuiste de un trabajo en el que te encontrabas cómodo?
-Cuando Carlitos, el hijo de César Civita, que al principio estuvo en el taller, volvió a la editorial, le resultaba insoportable tener dos padres, yo lo había formado a él. En ese momento formidable de sueldo, me cambiaron a la Secretaría, me dieron un escritorio hermosísimo y durante mucho tiempo, ninguna participación en nada. Yo me quería ir, mis compañeros insistían, "no le podés regalar dieciséis años de tu vida a una empresa comercial", y eso me costó una hepatitis. Mi padre decía que no había que hacerle "castigosangre" a la sangre, y yo me había hecho mucha mala sangre. Escuchá una anécdota, creo que pasé la cúspide, el punto más alto de la hepatitis, levantado.

-¿Cómo, no se notaba?
-No me había dado cuenta; en un interregno matrimonial, cuando yo vivía con mis viejos, en Flores, era el catorce de marzo del '64, día de mi cumpleaños, le dije a mi mamá, "¿sabés? me afeité la mitad de la cara y no tengo ganas de seguir". "Vos siempre el mismo loco... vení... vení..." Me había preparado una parva de medialunas, sentí el olor y las rechacé. Teresa no te podés imaginar con que esfuerzo terminé de afeitarme, ese día se había cumplido el aniversario de la muerte de Aurelio Ferretti, llegué al cementerio de Chacarita y el primero en verme fue el doctor Enrique Grande, "¿cómo viniste, si tenés ictericia?". Dije unas palabras con una dificultad terrible.

-Por distintas razones tus padres, tus hijos, tus nietos, estuvieron en esta charla. ¿Te agrada vivir en familia?
-Me gusta vivir en familia, pero por lo que te decía antes, al no ser más expresivo, soy un hombre de mucha lectura, de poco hablar en casa, debe ser difícil para quienes me rodean, aunque ahora María me mueve a una elocución más espontánea.
Hermosa, la melena clara, la mirada recorriendo el espacio que le otorgó a Onofre Lovero el Premio Mecenas, por su Contribución al Desarrollo de las Actividades Culturales; así vimos a María, esa noche festiva, del seis de mayo de 1998.

-Onofre, ¿hoy cumplís una función docente?
-Ahora no, yo hice docencia en Los Independientes, porque allí venía gente de toda procedencia, generalmente, sin preparación teatral previa; nos preocupábamos en darle una formación elemental para llevar adelante las necesidades del teatro, yo enseñé interpretación, ética. Mucha gente me recuerda de esa época, como maestro, ahora lo que hago son charlas, cuando me piden que hable sobre teatro, sobre mi experiencia, lo hago con mucho gusto. Hoy no me disciplinaría como pedagogo teatral, estoy en otra actitud, más filosófica, en eso que vos advertiste, con esa paz.

-Podríamos hablar de sabiduría.
-Es una palabra impactante, es un aprendizaje que uno va haciendo.

-Sos un referente imprescindible, ético.
-Mi comportamiento ha sido siempre fundamentalmente ético, he resignado situaciones cómodas, estimo que a esta altura de mi vida no puedo sino ser consecuente con mi ideología y mis principios. Mirá, me pasan cosas como estas; a los diecisiete años me afilié al Partido Socialista, era orador del partido, participé junto a Ghioldi, cuando se produjo la escisión y se constituyeron el Partido Democrático y el Argentino, es como si se hubieran separado papá y mamá. Yo comprendo que es una actitud romántica, pero nunca más quise incorporarme a ninguno de los sectores, soy amigo de todos, los quiero entrañablemente, mi ilusión es que el Partido Socialista logre unirse.

-¿Cuál sería tu sueño en este momento argentino?
-Recién te dije que soy un romántico, un utópico, ni la globalización ni la tecnificación ni los tecnócratas me apasionan, no es que me mantenga aislado de los adelantos de la cibernética, pero yo me propuse aprender a manejar una computadora, sigo manejando esta vieja máquina -señala- y tengo en mi casa una más vieja

-¿La Royal... ? (Risas).
-No, pero es contemporánea a la Royal, es una máquina checoslovaca y sigue funcionando magníficamente. Me gustaría transitar un país menos preocupado por el neo-liberalismo, por la bolsa, por las encuestas de opinión; sería muy feliz si los maestros estuvieran bien remunerados, si pudieran ser realmente formadores de los chicos, sería feliz si la gente con menos recursos pudiese ser atendida en un hospital con la idoneidad con que a mí me atienden en la Obra Social de Actores, que no tuviésemos que avergonzarnos frente a un jubilado. Es un privilegio, también, tener un Premio Municipal que me hace acreedor a una pensión vitalicia en dinero, no sé si me lo merezco, me cuesta aceptarme como alguien que ha hecho cosas importantes.

-Los hechos demuestran lo contrario.
-Sí, cuando voy al Payró y veo que una placa del Consejo Deliberante destaca a ese lugar como uno de los lugares de Cultura de Buenos Aires, pienso, eso lo hice yo, lo sé... Nunca me he sustraído a ir al interior y hablar con la gente, fue muy emocionante lo que ocurrió en Murfi, al sur de Santa Fe, ciudad que yo desconocía hasta que me invitaron. El treinta de abril del '97 se hizo una fiesta del teatro independiente, viven allí cuatro mil habitantes, participaron en un acontecimiento teatral callejero bellísimo, que se concretó en la inauguración del Monumento del Teatro Independiente, en la plaza principal de esa localidad. Es importante que las personas puedan reunirse e intercambiar opiniones sobre el teatro y sobre las necesidades del lugar. En las provincias hay un movimiento teatral de primer orden, el único problema es que los actores no pueden trabajar profesionalmente, salvo en las grandes ciudades; Mendoza, Córdoba, Rosario; hay que destacar el nivel de los elencos, el teatro es un hecho mágico que se reproduce. En el prólogo de la Comedia del Arte; en un italiano macarrónico decía: "que le venga un cáncer a esta profesión y a quien fue su inventor, yo podía haber elegido otra profesión, pero cuando me junté con los actores creí que iba a tener una vida llena de gloria, que iba a comer muy bien, que iba a beber mejor, que me iba a alojar en los mejores hoteles; en cambio, todos los días estoy yendo de una parte a la otra, a veces por sierra, a veces por mar, y lo que es peor comiendo en fondas malolientas donde la comida es pésima y donde se duerme aún peor y se paga muchísimo". Cuando uno gasta un par de zapatos en el escenario no lo abandona jamás.

-¿Qué opinás, Onofre, sobre la dramaturgia argentina de los últimos años?
-Tenemos una pléyade de autores entre los que se cuentan Armando Discépolo, Eichelbaum, y otros grandes dramaturgos; y la generación intermedia, Gorostiza, Cossa, Somigliana, Halac, y mucha otra gente; y hay una generación más joven, inquietante, no sólo inquieta, con una óptica muy diferenciada, no solamente de aquellos autores clásicos, sino de los que acabo de nombrar. Hay un teatro sólido, nacido del teatro independiente; los jóvenes, además, producen sus propios espectáculos y muchas veces los dirigen, todo eso es muy positivo.

-¿A la palabra crisis, qué valor le asignas en el teatro?
-¿Qué quiere decir crisis? Yo creo que si se lo hubieran preguntado a Eurípides o Sófocles, ellos también hubiesen dicho que el teatro estaba en crisis, porque se renueva, porque se agita constantemente, siempre aparecen actrices y actores interesantes, autores con propuestas distintas. El teatro es un Ave Fénix, renace de sus cenizas, no tengo ninguna duda.

-¿Reconoces a las escuelas de teatro como un lugar formativo en el trabajo actoral?
-Me parecen importantes, la gente tiene que prepararse y las escuelas contribuyen a la formación; claro que el talento no lo otorga ninguna escuela, pero el teatro no se hace exclusivamente con el talento, también requiere del esfuerzo cotidiano, del trabajo diario.

-Onofre, ¿te considerás un hombre afortunado?
-Soy un hombre de mucha fortuna, porque he recibido una carga afectiva continua; de mis padres, de mi hermana, de mis parientes y no creas que es demagogia, hace poco se reunieron en casa de mi hermana unos treinta y cinco deudos, a muchos de ellos no los conocía, y me hablaron de un modo que me conmovió. He recibido el afecto de mis compañeras, mantengo con la madre de mi hija Mónica una vieja amistad, y con otras compañeras con las que conviví la relación es de profunda cordialidad, salvo con alguien que hace once años que no me saluda. Tengo un gran agradecimiento en mi vida, desde chico compartí el cariño de mis familiares, de mi tía Anita, que me dejaba mojar el pan mientras hacía el estofado.

-No cualquiera se animaba a mojar el pan mientras el estofado hervía sobre el fuego.
-Mi mamá no me dejaba, mi tía Anita era la hermana mayor de mi mamá, estaba casada con mi tío Onofrio, primo hermano de mi padre.

-Lovero te propongo un unipersonal con esta historia.
-Lo voy a tener en cuenta, muchas veces me lo ha dicho Francisco Javier, tenés que subir al escenario y contar.

-Absolutamente de acuerdo, no hay derecho a que te guardes lo que ya no te pertenece.
-Teresa querida, agradezco tu afecto, gracias por nuestra vieja amistad y por este aporte que me permitís hacer.

Entrevista extraída del libro de Teresa Naios Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino de hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección Homenaje al teatro argentino; Bs. As., 1999.
m
« VER INDICE DE ENTREVISTAS
m
Pagina de Inicio Escribanos Agregar a Favoritos