Dice
Mauricio Kartun, en Itinerario del autor dramático,
que "después de tantos años de maestro
dramaturgo no me imagino escribiendo sin enseñar,
así como siempre he sabido que nunca podría
enseñar seriamente sin escribir", concepto
que dinamiza el aprendizaje.
En la transmisión "sin la rigidez de la
preceptiva", algo así como permitirle a
cada uno "el uso de los utensilios con un orden
cualquiera y según la manufactura lo requiera",
radica el criterio esencial de Kartun, dramaturgo, director,
maestro de dramaturgia, ensayista.
–¿Cuándo
nacieron tus ganas de escribir, en qué momento?
–La
anécdota la he contado otras veces, escribo desde
mi adolescencia, siempre me vi como un narrador, para
mi la literatura fue, en algún momento de mi
vida, una tabla de salvación, un rumbo. Yo fui
uno de esos alumnos terribles del secundario, me echaron
de cantidad de colegios, repetí muchos años,
y en todos, las
características eran las mismas; había
tres o cuatro materias que me seducían muchísimo
y en las cuales me destacaba; lo que hoy se Ilama lengua
y en aquel momento, castellano, en historia y literatura;
en otras materias no tenía posibilidad de acceso,
matemáticas, por ejemplo.
–¿Pudiste
revertir aquella situación?
–Confieso sin vergüenza que hasta el día
de hoy no pude aprender a dividir, no conozco el procedimiento
matemático por el cual una cifra puede ser dividida
por otra. Siempre ha estado más allá de
mi capacidad y de mis interés. Simultáneamente,
desde el primer año del colegio secundario, yo
escribía cuentos, relatos, poesía. Después
de haber repetido varios años, en un colegio
de San Martín, yo vivía por allí,
un profesor de italiano, materia en la cual no me destacaba,
por cierto, al ver que en sus clases yo leía,
me propuso un pacto. "Kartun, si para usted es
importante, hágalo”; el pacto era, yo lo
dejo leer, usted no fastidie en clase. Empecé
a aprovechar esa hora para escribìr, cosa que
me gustaba.
–¿Tanto te apasionaba la lectura?
–Siempre fui un lector enfermizo, siempre necesité
leer varias horas al día tengo cincuenta y un
años y desde los ocho años hasta ahora
la lectura es una actividad dominante, yo Ilevaba libros
de literatura contemporánea, antes de los veinte
años había leído a Cortázar,
a Puig, a Castillo, a Piglia, era a principios del `60.
–¿Cómo siguió tu
escritura en la clase de italiano?
–Escribí un cuento, me presenté
en una editorial, Hoy en el Arte, publicaba mucho en
ese entonces, y en un concurso de cuentos cortos gané
el Primer Premio; era mi primer cuento, concursé
con cuentistas con cierta trayectoria, el Premio consistía
en una plaqueta y la publicación del trabajo.
Fue decisivo, en medio de esa desorientación
–a los diez y ocho años estaba en cuarto
año– de cierta complejidad por la muerte
de mi padre, de confusión, porque tenía
que hacerme cargo del negocio familiar, ese premio me
señaló el camino. Me dije, vos para esto
servís, con esto te podés ganar la vida.
–¿En esa etapa, a quienes recurriste
para tu formación?
–Empecé a formarme de manera autodidacta,
leí mucho, hice cursos, talleres, un maestro
me señaló que mi mayor dificultad eran
los diálogos, una zona a trabajar, me recomendó
escribir teatro, y lo tomé al pie de la letra.
En Nuevo Teatro, en ese período en el que se
llamó Sala Apolo, hoy Lorange, hice un curso
con Pedro D' Alessandro, fue mi primer maestro, él
se había formado en los Estados Unidos con Lajos
Segli. El proceso, de ahí en más, es el
que solemos vivir los autores, para tener más
elementos, lo ideal es dirigir, y empecé a estudiar
dirección con Oscar Fessler; luego, la idea de
que para ser un buen director había que ser actor,
me derivó a estudiar con Augusto Boal, que había
venido de Brasil; terminé haciendo una formación
integral, en la cual el emergente fue siempre la escritura.
–¿Qué destino le diste a
ese aprendizaje?
–Dirigí algunas obras, actué
entre el `76 y el `79 en algunas películas populares
en ese momento, trabajé con Andrea del Boca,
con los Super Agentes, con Palito Ortega, y en películas
que dirigió Ayala (Fernando).
–¿La empresa familiar a la que
te referís, en qué consistía?
–Mi padre tenía puestos en el Mercado del
Abasto, nosotros fuimos, digo fuimos porque en mi infancia
y hasta los veinticinco años fui parte de ese
negocio, paperos muy conocidos en San Martín.
Mi padre era consignatario de papas y cereales, el trabajo
era recibir mercadería de algunos productores
del interior y venderla en una plaza determinada.
–¿Cómo conciliabas tu trabajo
con el teatro?
–Durante años viví a contramano
con el resto del mundo, trabajaba en el mercado de dos
a diez de la mañana, dormía hasta las
cuatro de la tarde, y después comenzaba mi actividad
en el teatro.
–Kartun, ¿se puede enseñar
a escribir teatro?
–Si, se puede; naturalmente, cuando decimos enseñar
a escribir partimos de un supuesto, estamos enseñando
procedimientos a alguien qué tiene condiciones
para manejar ese procedimiento. También en algunos
casos se pueden mejorar las condiciones, el trabajo
de formación se hace, normalmente, con gente
que viene con cierta predisposición a la tarea.
Es el mismo caso del actor, el maestro de actores dice,
se puede enseñar a actuar, lo que uno necesita
es un físico predispuesto a esa formación,
en algunos casos las dificultades físicas también
se pueden mejorar.
–¿Ofrecés tus textos, o
te los piden?
–Mis textos nacen "casados", apenas
termino de escribirlos encuentran el destino, esto me
ha pasado últimamente, salvo un monólogo
publicado hace dos años, comprometido con Ulises
Dumont, con la dirección de Laura Yusem, es un
proyecto que se viene dilatando.
–¿Trabajás pensando en un
equipo?
–No pienso en un equipo, pero a veces por afinidad
con algunas personas hay cierta continuidad; con Dumont
trabajamos en Desde la lona, y en el San Martín
vamos a hacer Rápido, nocturno, aire de foxtrot,
dirigida por Laura Yusem. Me ha sucedido con Omar Grasso,
en El partener, y luego en Corrupción en el Palacio
de Justicia (Ugo Betti); con Jaime Kogan, en Pericones,
en Sacco y Vanzetti y luego en Aquellos gauchos judíos,
allí escribí las canciones.
–¿Le favorece a un autor ser estrenado
en una sala oficial?
–Hay una época en la que es importante
estrenar en una sala oficial, por la posibilidad de
llegar al medio desde un lugar reconocido, sólido,
de buena producción, de fácil convocatoria
al espectador; los teatros oficiales, desde ese punto
de vista, cumplen un rol de presentador. Cuando el autor
empieza a trabajar en el campo profesional, el interés
es menor, en principio, porque en lo económico
resulta un "negocio" muy acotado, las entradas
son baratas y las temporadas muy breves.
–¿En el caso contrario, cuáles
son los beneficios?
–Si la obra es exitosa el beneficio es el valor
de las entradas, las temporadas pueden durar años,
la retribución económica es notablemente
mayor; de lo contrario, el autor no se beneficia en
nada.
–¿De tus obras, cuál te
sigue emocionando?
–Siempre se quiere más al hijo más
chico, es el mimado. Después de veinticinco años
de carrera, recuerdo Chau Misterix, fue mi primera inserción
en el medio, y hasta hoy la más representada,
debe tener más de cien versiones, he perdido
la cuenta, actores peruanos me dijeron que en los años
`60 egresaron con esa obra. A decir verdad, si a cada
texto lo ligo a su momento, le encuentro una razón
emotiva. A mí me conmueven más los últimos
trabajos, la obra que tengo más cerca.
–¿Si es así, qué
pensás de Sacco y Vanzetti?
–Sacco y Vanzetti fue elaborada con materiales
documentales, por lo tanto mi trabajo ha sido más
técnico, yo he disfrutado mucho del éxito,
en el `96 se representó en los Estados Unidos,
y en 1997 en El Galpón, de Montevideo, con un
público extraordinario. Es una pieza que disfruto,
pero no pertenece a mi propio imaginario, reconozco
en Desde la lona, estrenada en Teatro Nuestro, mi imaginario
más profundo. En la Argentina de hoy esos personajes
me conmueven, son con los que me gustan transitar.
–¿Qué opinás sobre
el movimiento autoral argentino, y que pensás
de los tantísimos jóvenes que estudian
teatro?
–La característica más rotunda del
movimiento teatral de los últimos años
es la aparición de una camada numerosa de nuevos
autores, un fenómeno que no se producía
desde hace mucho tiempo. Desde el `60 no surgía
un grupo tan talentoso como el que en este momento se
está generando en Buenos Aires. No tengo la menor
duda que este fenómeno va a tener repercusión
en la próxima década, el teatro argentino
va a estar marcado por la nueva generación de
dramaturgos que ha vuelto a tomar la palabra con la
preocupación, con la seriedad y la pasión
que se había perdido a costa de otros géneros;
el teatro de imagen, la creación colectiva.
–¿Pensaste en abordar el teatro
callejero?
–Lo pensé, muchas veces tuve ganas de transitarlo,
yo soy un acopiador de proyectos, pero no me daría
el tiempo para generar todo lo que me gustaría
hacer; me interesa el teatro callejero sobre todo porque
una de mis cátedras, en la Universidad del Centro
de Tandil, es creación colectiva, yo trabajé
allí con alumnos de la carrera de actuación;
el proyecto está dando vueltas.
–Hablemos de tu función docente...
–La docencia me gusta y me resulta imprescindible,
tengo vicios marcados, la energía está
puesta en la docencia, de abril a noviembre, el trabajo
con los alumnos, la necesidad de leer teoría,
de desarrollarla, enseñarla y reflexionar sobre
ella es algo que a la hora de escribir me ayuda muchísimo,
las dos actividades son complementarias, imprescindibles
una a la otra.
–¿A qué textos teóricos
recurrís en tus clases?
–No leo manuales de dramaturgia, entre otras cosas,
porque la literatura al respecto está dominada
por la técnica norteamericana, no hay más
que ver la producción de textos para cine, para
la televisión, lo mismo pasa con el teatro. Para
enseñar dramaturgia y para aprender, no hay como
leer filosofía del arte, creatividad, trabajos
teóricos sobre cualquiera de las áreas
del teatro, trabajos en relación a la plástica,
yo utilizó el conocimiento de otras artes para
aplicarlas al teatro, la música, la plástica,
terminan formando parte de un cuerpo de enseñanza,
un corpus didáctico, el acceso a la dramaturgia
viene por la teoría y la técnica de otras
artes.
–¿Qué tipo de vínculo
establecés con tus alumnos?
–La relación, a veces, es paternalista,
creo que el vínculo de un maestro con sus discípulos
no termina con un curso, es una actitud, tal vez porque
yo sufrí en mi formación, trato que sea
una actividad solidaria. Nunca he podido verme en un
pedestal, me he sentido siempre acompañando el
proceso de la gente que se ha formado conmigo. Es un
lugar de mucho orgullo, en mi currículum figuran
los antecedentes de mis alumnos, el saber es energía,
no puede quedarse, la energía acumulada es dañina;
todo lo que se da vuelve por algún lado, me da
muchísima satisfacción en tanto pueda
volcarla a la formación de otros o lo que hace
a mi propia poética. Mi estética está
marcada a mis experiencias, a mis conocimientos, esa
formación pasada a la experiencia de los otros,
cobra un sentido trascendente.
–Sabemos de tu interés por la investigación
teatral, y quisiéramos conocer como encarás
este aspecto de tu trabajo.
–En los últimos años me he vuelto
fanático de la dramaturgia, en el sentido de
la dramaturgia como un fenómeno generador de
un discurso de lo escénico, en lo cinematográfico,
en lo televisivo. El fenómeno del texto escrito
va muchísimo más allá de ese discurso,
me interesa particularmente el proceso creador, un lugar
muy poco abordado, pocas veces esa crítica ha
trabajado en el fenómeno de la generación
de los signos que se emiten. En ese campo más
virgen es donde me gusta trabajar a mí, en el
análisis de los procesos, casi todos mis trabajos
teóricos están dirigidos a lo mismo, a
analizar el fenómeno de la creación del
signo del discurso dramático, es una zona muy
poco transitada y se lo ha intentado desde un lugar
preceptivo, no se ha encarado el otro fenómeno,
el conceptivo; cómo actúa el imaginario
frente a la obra de teatro, sobre cualquiera de las
dramaturgias o dificultades de su proceso en otras artes.
Es fácil ver como se ha escrito teatro, lo difícil
es entender cómo se ha llegado a esa pieza, que
se descartó, que se tomó, que pasó
dentro de la cabeza del dramaturgo. He presentado ponencias
en Congresos, he publicado, y desde hace un tiempo con
G.E.D.I.(Grupo de Estudios Dramáticos Iberoamericanos)
editamos nuestros trabajos.
–¿Cuál es tu visión
sobre el país, a dos años del Siglo XXI?
–El tema del teatro está ligado a lo económico,
y la crisis cultural no está desprendida de esa
realidad, no obstante, soy optimista, el teatrista argentino
siempre le ha encontrado la vuelta, la manera de expresión;
la ha encontrado durante la dictadura, cuando la represión
era política, la va a encontrar ahora, cuando
la represión es económica. Me parece que
la Ley del Teatro, la creación del Instituto
Nacional del Teatro, le da un status a la actividad
teatral independiente.
–¿Algo más?
–Si me queda algo estoy a tiempo de llamarte,
y te pido que tengas el grabador a mano.
Entrevista extraída del libro de Teresa
Naios Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino
de hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección
Homenaje al teatro argentino, Bs. As., 1999. |