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NEntrevistas de teatro
por Teresa Naios Najchaus »n
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Leonor Manso
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El cabello cobrizo, corto, el tono suave, la mirada brillante (externa-interna), las botas claras desmintiéndole a la lluvia el poder embarrador de esa tarde.
Nos encontramos con Leonor Manso a la hora en que el café se repite, necesariamente.

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–¿Leonor, ¿qué te impulsó a Becket?
–Hablemos de los años ‘90, casi fin de siglo; me vi dirigiendo, como muchos actores, en algún momento. Lo pensé, y después descarté la idea, evidentemente, no estaba en mi intención hacerlo con tuerza, con claridad. Cuando releí Esperando a Godot, sentí que a esta altura de mi vida ese texto adquiría una fuerza impresionante, yo no había visto ninguna versión ni aquí ni afuera, y se me ocurrió actuarlo, era el lugar en el que yo sabía hacer teatro.

–¿Después de esa sacudida interior, cuáles fueron tus pasos?

–Busqué los derechos y me enteré que los tenía un director, en 1992 me encontraba en el Teatro de las Europas, haciendo Tirano Banderas, la obra de Valle Inclán que dirigió Luis Pasqual, y en ese tiempo los derechos los compro otro director, que tampoco la estrenó. Mientras actuaba en El patio de atrás, (Gorostiza), me informan que "falta un mes para que venzan los derechos, y si la persona que los tiene no los renueva, son suyos". EI patio de atrás funcionó muy bien durante dos años, y un poco por eso y otro poco no sé porqué, empecé a dirigir la obra.

–Estabas predestinada... ¿Qué sentiste en ese lugar distinto?

–Ese rol diferente, muy lindo, me enseñó muchas cosas, me di cuenta que para mí el teatro siempre fue una totalidad, desde que empecé, entendí que los personajes que me asignaban eran una consecuencia o un engranaje de un mundo creado por el autor, en el texto.

–¿Esa actitud, alguna vez te enfrentó con el director?

–Siempre me atrajo estudiar la obra en su conjunto, no me pertenecía hacerlo desde el rol de actriz, pero sentía un gusto particular por esa totalidad, no me gustan las cosas fraccionadas, tuve y tengo una actitud reflexiva con la tarea, no me refiero a tratados ni a tesis, simplemente era pensar sobre lo que veía en el escenario. Para alegría o para desgracia del director, yo opinaba sobre todas las cosas, me parece interesante que los actores opinen, son los que ponen el cuerpo, son el medio con el cual ese material escrito empieza a tener vida, el actor, de pronto, sabe muchas más cosas que el director, precisamente por eso.

–¿Cómo concebís el hecho teatral?

–El teatro es un lugar en el cual el texto es el motivo, un disparador, un encuentro, primero de un grupo de gente, en un tiempo y un espacio dirigido por el coordinador, por un director al cual el material le ha despertado determinados sueños o sensaciones; en ese amasijo de sueños del director y de cada uno de los actores, de todos los que componen el espectáculo, el hecho se concreta, realmente, con el amasijo de los sueños que le disparan al espectador, eso es el teatro para mí.

–¿Sin el texto, ocurre lo mismo?

–En el teatro no necesariamente tiene que estar la literatura teatral. La Comedia del Arte, en un principio, iba al pueblo, se enteraba de los problemas de la comunidad, y de inmediato improvisaba con una línea escrita, situaciones que tenían que ver con ese material.

–Algo así como un ayuda memoria...

–Exactamente; en nuestro teatro estaba el apuntador, y eso no era quitarle mérito al autor, que tiene un valor en sí mismo. Fijate lo que me ocurrió a mí, al leer nuevamente Esperando a Godot, me pasaron muchas cosas.

–¿Qué te llevó a esa obra?

–No sé, no me parece interesante tener tanta claridad como para decir, yo quiero esto... quiero lo otro... dejé que ocurrieran las cosas que me provocaban esa energía que tiene la obra. Una tarde me dije, voy a releer Esperando a Godot, hace mucho que no leo a Becket. Hay momentos, hay edades, lo que me apasiona de la obra es verme reflejada en esas circunstancias que él plantea, con estos seres que tienen, como nosotros, dos coordenadas; una, concreta, es el cuerpo físico, lleno de necesidades, de afecto, de hambre, de un trabajo, de una identidad; la otra coordenada es cósmica, así la leí yo.

–La noche está cargada de misterio, de presagios, Vladimiro y Estragón esperan ese momento.

–Becket lo plantea, sus personajes no están esperando cualquier cosa, sino la noche; por supuesto, se le puede dar el sentido que uno quiera, los personajes levantan la cabeza y miran la noche, eso que nos pasa cuando vamos a las montañas, al mar, a algo que nos empequeñece y nos hace perder esa coordenada cósmica, tan misteriosa, tan desconocida.

–¿Qué valor le asignas a las palabras en tu proceso creativo?

–La palabra que usa el autor para mí es una condensación, una forma de energía, me ocurrió con la poesía, cuando armé un espectáculo en el que contaba con poemas de Alfonsina Storni aspectos de su vida. El poeta condensa, sintetiza, y como dice Borges, tal vez la poesía nos hace recordar lo olvidado. Yo tenía dificultades, no sabía, como los actores mayores, Alfredo (Alcon), Inda (Ledesma), María Rosa (Gallo), lo que ellos hacen de un modo extraordinario, saben de la musicalidad de la palabra. Yo sufría, me sentía mal, y de pronto mientras decía un poema de Alfonsina, justamente el que le escribió a su hijo Alejandro, deseándole lo mejor cuando ella ya había decidido suicidarse, empezó a salir algo de mi cuerpo, de mi voz, empezó a salir todo... todo... todo... algo que ya había experimentado, pero no con tanta fuerza..

–Es que la palabra provoca resonancias internas.

–Totalmente, los buenos actores lo saben, en un curso que hice con Hedy Crilla investigamos en qué parte del cuerpo resonaba la palabra, en cada uno; ese trabajo me interesó muchísimo, por las cosas que descubrí. Cuando uno permite que la palabra entre, trabaje, que haga, que sea un medio, es maravilloso. Una parte tuya dice, que raro, de donde viene, viene de esas cosas que somos los actores, esa especie de transgresores, de un inconsciente colectivo, de una energía.

–Leonor, respecto a Godot, ¿esperabas ese reconocimiento a tu trabajo?

–En ese sentido, "mi yo" está masajeadito, he recibido muchos premios en la tarea actoral, pero en la dirección no me lo creo, lo gozo, me encanta, está bien, eso no quiere decir que me suba a un pedestal ni que me sienta obligada a hacer la próxima puesta de tal o cual manera.

–¿Lo que decís, tiene que ver con eso de poder escucharse?

–Exacto, es no responder a lo que se supone se debe hacer en una carrera. Cuando dije que iba a dirigir Esperando a Godot, la cara de terror de los demás me hacía pensar que me metía en una cosa muy gorda.

–¿Económicamente, cómo fue encarada la puesta de Becket?

–Esperando a Godot fue organizado en cooperativa, cuando Patricio (Contreras) se sumó al proyecto pedimos un préstamo al Fondo Nacional de las Artes, que estamos pagando todavía. Yo no veía la obra en un espacio convencional, La Trastienda, un lugar de música, distinto, nos permitió concretar la propuesta, cobraba un porcentaje de las entradas, sin alquiler.

–Hablemos de tus inicios, cómo fueron.

–Pertenezco a una generación en la cual la ciencia tenía, supuestamente, todas las respuestas. No sé porque, fui a estudiar biología y allí me avisaron de un grupo de gente que se reunía a hacer teatro. Yo no pensaba en ser actriz, pero asistía a esas reuniones porque allí se hablaba de cosas que me interesaban. Mi familia era humilde, sin experiencia en el teatro; yo fui a estudiar con Juan Carlos Gené, lo hice durante cuatro años, si la situación me provocaba y yo superaba el miedo, la timidez, era fantástico. Fui muy buena alumna, pero otra cosa era ser actriz, construí mi primer personaje en una obra en la que la autora no acotaba nada, mi cabeza no sabía que hacer, luego apareció la intuición, empecé a hacer cosas que conscientemente no las sabía, surgían imágenes poéticas, comprobé que hay métodos que pueden ayudar y es bueno saberlo; pero yo, Leonor, sentí que la intuición me llevaba, viví esa experiencia con una culpa terrible, peleando muchísimo conmigo.

–¿Podrías señalar que implicancias sociales, comunitarias, tiene el teatro callejero?

Cuando el teatro se instaló en los teatros, especialmente en el Centro, había un público que cultural y económicamente los llenaba. Creo que ahora tenemos que encontrar como encontrarnos con la gente, el teatro, desde su origen, fue una expresión popular. El teatro no es lo mismo que la murga, que el circo, a mí me encantan, pero eso no es el teatro. Hay compañeros en nuestra actividad que lo viven como una “culpa clasista", entonces dicen, hagamos una "fiestita" del teatro, llamemos a la murga, al circo, esto lo pienso sola, por las cosas que nos pasaron, que nos pasan, no hay un espacio ni la tranquilidad para dialogar con la gente de teatro, de la cultura, sobre la particularidad de estas disciplinas, y de las otras expresiones, como la televisión y el cine.

–¿Por qué no articular en el teatro esas diferencias?

–Cuando se encuentre lo específico, la identidad, se podrán tomar aspectos de otras disciplinas, es importante saber qué es lo específico, qué es lo distinto, qué es lo que hace que el teatro se mantenga durante siglos.

–El tema de la identidad también te preocupa en relación al país, sabemos de tu compromiso con las Madres.

–Todos sabemos que la historia de esos años fue terrible, atroz, que aunque uno no hubiese tenido una actitud partidista, estaba involucrado en un proyecto de cambio del mundo, y creíamos que lo cambiábamos ya. Desde el teatro, era una avidez de conocimiento, de aprendizaje, de ir golpeando paredes, límites. Después pasó lo que pasó, no hay palabras para decirlo, es algo que sigue debajo de la alfombra, y si bien algunas personas han vivido esa tragedia en carne propia, lo ocurrido nos afecta a todos; es como un antes y un después en nuestro país. Dirigí con Villanueva Cosse una especie de espectáculo sobre las Abuelas y la identidad, nos reunimos con los nietos recuperados, las actrices mayores hacían de Abuelas y muchos actores jóvenes, de nietos. No sabés la conmoción que sufrieron por poner el cuerpo en ese tema. Yo nunca me sentí culpable, pero siento responsabilidad, no del pasado, si no del presente. Yo llevaba a mi hijo cuando era bebé, al Parque Lezama, no sabía que enfrente estaba el Atlético. Hay un compromiso, igual que en el tema de las Malvinas, más allá de los gobiernos de turno.

–¿Leonor, qué te produce tu rol maternal?

–Es una experiencia muy rica, de mucha alegría, a veces, de dolor, de tantas cosas. Soy madre de dos hijos, Lucas, de veinticuatro años, Paloma, de quince. La maternidad fue en mí una necesidad, no me imagino sin mis hijos, estoy haciendo con ellos un aprendizaje muy grande, son seres con sus particularidades, con su mundo propio, y van armando su destino. Es hermoso ver la riqueza que tenemos los seres humanos, y de pronto, darnos cuenta que no la sabemos gozar, tal vez por perder esa coordenada cósmica de la que te hablé antes, no se trata de lo religioso, yo no lo soy.

–¿De qué modo teatral te imaginas el Siglo XXI?

–El teatro es una actividad creativa, se puede hacer en cualquier lado porque es artesanal, no hay industria de por medio.

Entrevista extraída del libro de Teresa Naios Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino de hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección Homenaje al Teatro Argentino, Bs. As., 1999.

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