–¿Leonor,
¿qué te impulsó a Becket?
–Hablemos de los años ‘90, casi fin
de siglo; me vi dirigiendo, como muchos actores, en
algún momento. Lo pensé, y después
descarté la idea, evidentemente, no estaba en
mi intención hacerlo con tuerza, con claridad.
Cuando releí Esperando a Godot, sentí
que a esta altura de mi vida ese texto adquiría
una fuerza impresionante, yo no había visto ninguna
versión ni aquí ni afuera, y se me ocurrió
actuarlo, era el lugar en el que yo sabía hacer
teatro.
–¿Después de esa sacudida interior,
cuáles fueron tus pasos?
–Busqué los derechos y me enteré
que los tenía un director, en 1992 me encontraba
en el Teatro de las Europas, haciendo Tirano Banderas,
la obra de Valle Inclán que dirigió Luis
Pasqual, y en ese tiempo los derechos los compro otro
director, que tampoco la estrenó. Mientras actuaba
en El patio de atrás, (Gorostiza), me informan
que "falta un mes para que venzan los derechos,
y si la persona que los tiene no los renueva, son suyos".
EI patio de atrás funcionó muy bien durante
dos años, y un poco por eso y otro poco no sé
porqué, empecé a dirigir la obra.
–Estabas predestinada... ¿Qué sentiste
en ese lugar distinto?
–Ese rol diferente, muy lindo, me enseñó
muchas cosas, me di cuenta que para mí el teatro
siempre fue una totalidad, desde que empecé,
entendí que los personajes que me asignaban eran
una consecuencia o un engranaje de un mundo creado por
el autor, en el texto.
–¿Esa actitud, alguna vez te enfrentó
con el director?
–Siempre me atrajo estudiar la obra en su conjunto,
no me pertenecía hacerlo desde el rol de actriz,
pero sentía un gusto particular por esa totalidad,
no me gustan las cosas fraccionadas, tuve y tengo una
actitud reflexiva con la tarea, no me refiero a tratados
ni a tesis, simplemente era pensar sobre lo que veía
en el escenario. Para alegría o para desgracia
del director, yo opinaba sobre todas las cosas, me parece
interesante que los actores opinen, son los que ponen
el cuerpo, son el medio con el cual ese material escrito
empieza a tener vida, el actor, de pronto, sabe muchas
más cosas que el director, precisamente por eso.
–¿Cómo concebís el hecho
teatral?
–El teatro es un lugar en el cual el texto es
el motivo, un disparador, un encuentro, primero de un
grupo de gente, en un tiempo y un espacio dirigido por
el coordinador, por un director al cual el material
le ha despertado determinados sueños o sensaciones;
en ese amasijo de sueños del director y de cada
uno de los actores, de todos los que componen el espectáculo,
el hecho se concreta, realmente, con el amasijo de los
sueños que le disparan al espectador, eso es
el teatro para mí.
–¿Sin el texto, ocurre lo mismo?
–En el teatro no necesariamente tiene que estar
la literatura teatral. La Comedia del Arte, en un principio,
iba al pueblo, se enteraba de los problemas de la comunidad,
y de inmediato improvisaba con una línea escrita,
situaciones que tenían que ver con ese material.
–Algo así como un ayuda memoria...
–Exactamente; en nuestro teatro estaba el apuntador,
y eso no era quitarle mérito al autor, que tiene
un valor en sí mismo. Fijate lo que me ocurrió
a mí, al leer nuevamente Esperando a Godot, me
pasaron muchas cosas.
–¿Qué te llevó a esa obra?
–No sé, no me parece interesante tener
tanta claridad como para decir, yo quiero esto... quiero
lo otro... dejé que ocurrieran las cosas que
me provocaban esa energía que tiene la obra.
Una tarde me dije, voy a releer Esperando a Godot, hace
mucho que no leo a Becket. Hay momentos, hay edades,
lo que me apasiona de la obra es verme reflejada en
esas circunstancias que él plantea, con estos
seres que tienen, como nosotros, dos coordenadas; una,
concreta, es el cuerpo físico, lleno de necesidades,
de afecto, de hambre, de un trabajo, de una identidad;
la otra coordenada es cósmica, así la
leí yo.
–La noche está cargada de misterio, de
presagios, Vladimiro y Estragón esperan ese momento.
–Becket lo plantea, sus personajes no están
esperando cualquier cosa, sino la noche; por supuesto,
se le puede dar el sentido que uno quiera, los personajes
levantan la cabeza y miran la noche, eso que nos pasa
cuando vamos a las montañas, al mar, a algo que
nos empequeñece y nos hace perder esa coordenada
cósmica, tan misteriosa, tan desconocida.
–¿Qué valor le asignas a las palabras
en tu proceso creativo?
–La palabra que usa el autor para mí es
una condensación, una forma de energía,
me ocurrió con la poesía, cuando armé
un espectáculo en el que contaba con poemas de
Alfonsina Storni aspectos de su vida. El poeta condensa,
sintetiza, y como dice Borges, tal vez la poesía
nos hace recordar lo olvidado. Yo tenía dificultades,
no sabía, como los actores mayores, Alfredo (Alcon),
Inda (Ledesma), María Rosa (Gallo), lo que ellos
hacen de un modo extraordinario, saben de la musicalidad
de la palabra. Yo sufría, me sentía mal,
y de pronto mientras decía un poema de Alfonsina,
justamente el que le escribió a su hijo Alejandro,
deseándole lo mejor cuando ella ya había
decidido suicidarse, empezó a salir algo de mi
cuerpo, de mi voz, empezó a salir todo... todo...
todo... algo que ya había experimentado, pero
no con tanta fuerza..
–Es que la palabra provoca resonancias internas.
–Totalmente, los buenos actores lo saben, en un
curso que hice con Hedy Crilla investigamos en qué
parte del cuerpo resonaba la palabra, en cada uno; ese
trabajo me interesó muchísimo, por las
cosas que descubrí. Cuando uno permite que la
palabra entre, trabaje, que haga, que sea un medio,
es maravilloso. Una parte tuya dice, que raro, de donde
viene, viene de esas cosas que somos los actores, esa
especie de transgresores, de un inconsciente colectivo,
de una energía.
–Leonor, respecto a Godot, ¿esperabas ese
reconocimiento a tu trabajo?
–En ese sentido, "mi yo" está
masajeadito, he recibido muchos premios en la tarea
actoral, pero en la dirección no me lo creo,
lo gozo, me encanta, está bien, eso no quiere
decir que me suba a un pedestal ni que me sienta obligada
a hacer la próxima puesta de tal o cual manera.
–¿Lo que decís, tiene que ver con
eso de poder escucharse?
–Exacto, es no responder a lo que se supone se
debe hacer en una carrera. Cuando dije que iba a dirigir
Esperando a Godot, la cara de terror de los demás
me hacía pensar que me metía en una cosa
muy gorda.
–¿Económicamente, cómo fue
encarada la puesta de Becket?
–Esperando a Godot fue organizado en cooperativa,
cuando Patricio (Contreras) se sumó al proyecto
pedimos un préstamo al Fondo Nacional de las
Artes, que estamos pagando todavía. Yo no veía
la obra en un espacio convencional, La Trastienda, un
lugar de música, distinto, nos permitió
concretar la propuesta, cobraba un porcentaje de las
entradas, sin alquiler.
–Hablemos de tus inicios, cómo fueron.
–Pertenezco a una generación en la cual
la ciencia tenía, supuestamente, todas las respuestas.
No sé porque, fui a estudiar biología
y allí me avisaron de un grupo de gente que se
reunía a hacer teatro. Yo no pensaba en ser actriz,
pero asistía a esas reuniones porque allí
se hablaba de cosas que me interesaban. Mi familia era
humilde, sin experiencia en el teatro; yo fui a estudiar
con Juan Carlos Gené, lo hice durante cuatro
años, si la situación me provocaba y yo
superaba el miedo, la timidez, era fantástico.
Fui muy buena alumna, pero otra cosa era ser actriz,
construí mi primer personaje en una obra en la
que la autora no acotaba nada, mi cabeza no sabía
que hacer, luego apareció la intuición,
empecé a hacer cosas que conscientemente no las
sabía, surgían imágenes poéticas,
comprobé que hay métodos que pueden ayudar
y es bueno saberlo; pero yo, Leonor, sentí que
la intuición me llevaba, viví esa experiencia
con una culpa terrible, peleando muchísimo conmigo.
–¿Podrías señalar que implicancias
sociales, comunitarias, tiene el teatro callejero?
Cuando el teatro se instaló en los teatros, especialmente
en el Centro, había un público que cultural
y económicamente los llenaba. Creo que ahora
tenemos que encontrar como encontrarnos con la gente,
el teatro, desde su origen, fue una expresión
popular. El teatro no es lo mismo que la murga, que
el circo, a mí me encantan, pero eso no es el
teatro. Hay compañeros en nuestra actividad que
lo viven como una “culpa clasista", entonces
dicen, hagamos una "fiestita" del teatro,
llamemos a la murga, al circo, esto lo pienso sola,
por las cosas que nos pasaron, que nos pasan, no hay
un espacio ni la tranquilidad para dialogar con la gente
de teatro, de la cultura, sobre la particularidad de
estas disciplinas, y de las otras expresiones, como
la televisión y el cine.
–¿Por qué no articular en el teatro
esas diferencias?
–Cuando se encuentre lo específico, la
identidad, se podrán tomar aspectos de otras
disciplinas, es importante saber qué es lo específico,
qué es lo distinto, qué es lo que hace
que el teatro se mantenga durante siglos.
–El tema de la identidad también te preocupa
en relación al país, sabemos de tu compromiso
con las Madres.
–Todos sabemos que la historia de esos años
fue terrible, atroz, que aunque uno no hubiese tenido
una actitud partidista, estaba involucrado en un proyecto
de cambio del mundo, y creíamos que lo cambiábamos
ya. Desde el teatro, era una avidez de conocimiento,
de aprendizaje, de ir golpeando paredes, límites.
Después pasó lo que pasó, no hay
palabras para decirlo, es algo que sigue debajo de la
alfombra, y si bien algunas personas han vivido esa
tragedia en carne propia, lo ocurrido nos afecta a todos;
es como un antes y un después en nuestro país.
Dirigí con Villanueva Cosse una especie de espectáculo
sobre las Abuelas y la identidad, nos reunimos con los
nietos recuperados, las actrices mayores hacían
de Abuelas y muchos actores jóvenes, de nietos.
No sabés la conmoción que sufrieron por
poner el cuerpo en ese tema. Yo nunca me sentí
culpable, pero siento responsabilidad, no del pasado,
si no del presente. Yo llevaba a mi hijo cuando era
bebé, al Parque Lezama, no sabía que enfrente
estaba el Atlético. Hay un compromiso, igual
que en el tema de las Malvinas, más allá
de los gobiernos de turno.
–¿Leonor, qué te produce tu rol
maternal?
–Es una experiencia muy rica, de mucha alegría,
a veces, de dolor, de tantas cosas. Soy madre de dos
hijos, Lucas, de veinticuatro años, Paloma, de
quince. La maternidad fue en mí una necesidad,
no me imagino sin mis hijos, estoy haciendo con ellos
un aprendizaje muy grande, son seres con sus particularidades,
con su mundo propio, y van armando su destino. Es hermoso
ver la riqueza que tenemos los seres humanos, y de pronto,
darnos cuenta que no la sabemos gozar, tal vez por perder
esa coordenada cósmica de la que te hablé
antes, no se trata de lo religioso, yo no lo soy.
–¿De qué modo teatral te imaginas
el Siglo XXI?
–El teatro es una actividad creativa, se puede
hacer en cualquier lado porque es artesanal, no hay
industria de por medio.
Entrevista extraída del libro de Teresa Naios
Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino de
hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección
Homenaje al Teatro Argentino, Bs. As., 1999. |