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NEntrevistas de teatro
por Teresa Naios Najchaus »n
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Entrevista a Agustín Alezzo
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En su Estudio, impregnado de un silencio sólo posible en enero, conversé con Agustín Alezzo.
Sabía de sus Premios, ACE, María Guerrero, Estrella de Mar, síntesis de una trayectoria que suma cuatro décadas de su constante labor escénica.
Sabía de algunos hechos que lo construyeron teatral, y de otros que él ayudó a construir, en esa dialéctica vital que comenzó en 1955, en esos espacios hitos de la escena independiente.
Sabía de su creación de Grupo de Repertorio, de la valoración de los alumnos por su Maestro, de su respetuosa modalidad a la hora de acordar encuentros que contemplan el afecto, en la entrevista.
No sabía que a la edad en que los niños fijan su estatura en el jardín de infantes, Agustin Alezzo comenzó su placer de espectador, en el teatro.
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–¿Necesitaba que le expliquen la trama?
–No, no necesitaba nada, los chicos no necesitan nada.

–¿Disfrutaba?
–Totalmente.

–¿Se disfrazaba, interpretaba?
–No, mi intención era dedicarme a escribir, recién en la adolescencia pensé en actuar, empezó a surgir poco a poco, a partir de haberme asociado a la Cinemateca, de empezar a ver ciclos de cine, de ver una revisión de los años 1919 al ‘30. Cuando terminé el bachillerato, a los diecisiete años, en mi casa me preguntaron que carrera quería hacer; actor, dije; el pedido de una carrera me llevó a estudiar Derecho, lo hice tres años, paralelamente ingresé a Nuevo Teatro, ahí empecé a trabajar con Alejandra Boero, Pedro Asquini, allí lo conocí a Gandolfo (Carlos), a Fernándes, juntos formamos el Teatro Juan Cristóbal, después nos anexamos a La Máscara, conocí a Hedy Crilla, comenzamos otra búsqueda, con ella indagamos en el Método de Stanislavsky.

–¿De su experiencia actoral, qué recuerda?
–Desde 1955 y hasta el ‘72 trabajé como actor, recuerdo dos personajes que me encantaron, Jerry, de El cuento del zoo, de Albee, y Tom, de El Zoo de Cristal, de Tennesse Williams. Los hice en Lima, allí viví en los años ‘64-'65.

–¿Qué lo decidió a dirigir teatro?
–Hedy Crilla y Augusto Fernándes insistían para que yo hiciera una experiencia de dirección, me decidí, solo para probar, no estaba en mis cálculos dirigir ni dar clases, las cosas se presentaron así, me sigue apasionando, pero no era una propuesta que yo me había hecho.

–¿El Método que lo formó a usted, sigue vigente en sus clases?
–Yo creo que las bases esenciales del Método servirán para toda la vida, la forma de llegar y lograr las cosas se van modificando; el mismo Stanislavsky fue cambiando su metodología, no sus finalidades, en el desarrollo de la tarea; lo más importante en el trabajo de un director, de un maestro, es tener en cuenta a la persona que uno tiene enfrente y percibir qué necesita en ese momento, en esa situación, y encontrar el camino que lo ayude a encontrar lo que busca, el éxito o el fracaso dependen del encuentro o no de ese camino apropiado para esa persona o grupo de personas.

–¿Se reconoce maestro?
–Cuando uno llega a cierta edad lo llaman maestro.

–Pero no a todos...
–Pienso que he crecido, una gran maestra fue la Crilla, de cualquier manera he colaborado en la formación de mucha gente, y a través de muchos años.

–¿Qué les enseña a sus alumnos?
–A conocerse a sí mismos, a través del trabajo, a enfrentarse con ellos en situaciones que los descubran, a poder imaginarse en actitudes que no han vivido y que quizás nunca en la vida les toque vivir. El trabajo del actor es hacerse cargo de otra persona, prestándole su cuerpo, su voz, sus emociones.

–¿De sus puestas, cuáles lo conmovieron?
–Tengo recuerdos entrañables de la primera puesta, La mentira, de Sarraute, Ejecución de John Herbert, son dos espectáculos que amé y me siguen gustando enormemente, voy por las cincuenta obras montadas, me gustan Sólo 80, Butley, Despertar de primavera, Paternoster, Cartas de Amor en Papel Azul, Soledad, Romance de lobos... yo trato, en lo posible, de tener elencos con buenos actores y buenas personas, en Ricardo III, mi última puesta, había treinta y dos actores, y nunca hubo un problema entre ellos, nunca se levantó el tono, todos lloraban en la última función.

–¿Qué cosas lo enojan? ¿Cuándo un actor no responde a sus sugerencias, cómo reacciona?
–Me enoja mucho la falta de respeto, la injusticia, son dos cosas que no tolero. En clase o en un ensayo, si algo mc enoja, lo corto rápido, le pongo punto final, no doy muchas vueltas. En cambio, nunca me enojo con un actor porque tiene dificultades, mi trabajo consiste en colaborar con él, no estoy enfrente del otro, sino al lado, su dificultad es mi dificultad, me enoja la impuntualidad, la disciplina me parece esencial en el trabajo.

–¿Siente deseos de volver a actuar?
–No, es una etapa concluida, me fui alejando tanto de esa tarea que actualmente me parece que la hizo otro. Tengo la fantasía de que podría dejar de dirigir y hacer otra tarea dentro del teatro, o dedicarme exclusivamente a la docencia. He comprendido hace mucho tiempo que una cosa es lo que un hombre hace, y otra, es la vida de un hombre; me importa vivir mi vida. Y en mi vida he trabajado como actor, he escrito alguna obra, he hecho alguna escenografía... Hay gente que piensa que si no hace tal cosa, muere, y es posible, pero no es mi caso.

–¿En qué lugar ubica sus logros profesionales?
–He tenido algunos logros, pero no me enorgullezco demasiado de ellos, he trabajado mucho, todos los días, con verdadero placer, es más, con honestidad, de eso me enorgullezco. A veces logro cosas, a veces no, es parte del juego, no pongo mi orgullo en eso.

–¿En ese interjuego logros-no logros, cómo se inserta Ricardo III?
–Ricardo III fue para mí una experiencia enriquecedora, he contado con un elenco maravilloso, artístico y humanamente, con muy buenos colaboradores en todos los rubros, con un teatro que había creado las mejores condiciones para que el trabajo se pudiera hacer. Los críticos no aceptaron el espectáculo, la verdad, no me afecta, muchas veces me han pegado palos.

–¿Es así? ¿No sufrió?
–Por las críticas...? No, soy una persona que tiene poco contacto con el medio artístico, vivo en un mundo dedicado a mi trabajo, a mi círculo familiar, a mis amigos, es un círculo pequeño, de muchos años. Por suerte, tengo amigos, colegas, entre los directores de teatro: Bonet, Petraglia, Fernándes, Alcón, Agustoni, Gandolfo, Beatriz Matar, y dos o tres días antes de estrenar los invito para que me den una opinión; no soy competitivo, me alegran sus éxitos. Como dijo Mao Tse Tung, hay que dejar que todas las flores florezcan a la vez, que sedimente su perfume, eso me marcó, lo atractivo en el arte es esa singularidad; la crítica, francamente, no me hace feliz ni infeliz.

–Pero lo hace reflexionar...
–Me hace reflexionar la gente que verdaderamente conoce el trabajo, la Crilla tenía una opinión precisa, equilibrada, hay colegas que opinan y dicen cosas concretas, la crítica de los monólogos de Ricardo III frente al público denota un desconocimiento grave, que no puedo tener en cuenta. A la falta de conocimiento se suma la excesiva arrogancia, hay críticos que no tienen humildad, no se acercan con una actitud de saber, de conocer, de adentrarse en la tarea, se hacen una idea de la puesta y les cuesta aceptar que alguien pensó otra cosa, creo que eso ocurrió con Ricardo III.

–¿Cuál es su propuesta para 1998?
–Poner en escena El jardín de los cerezos (*), Chejov es el autor que yo más amo, lo he leído durante toda mi vida, me conmueve hondamente la visión que él tiene sobre los seres humanos, sobre la existencia, es algo que yo comprendo y comparto. Chejov es un autor difícil, dirigir una obra suya es un desafío querido, que he deseado siempre. Estoy muy agradecido por esta posibilidad, después de cuarenta y dos años de trabajo es la primera vez que un director de teatro me preguntó que quería hacer. Ernesto Shaw me ofreció esta posibilidad, nunca nadie lo había hecho.

–Alezzo, hablemos de su rol docente, de su función de formador de actores.
–Lo que más me importa, lo que más me gusta hacer, es colaborar en la formación del actor; es muy interesante, en la docencia, ver como una persona, sin conocer nada del oficio, va empezando a desarrollarse, a crecer, es un proceso notable, no solo artístico. Cuando una persona va tomando contacto con el trabajo, va descubriendo sus potencialidades en todos los aspectos, y eso influye, aunque no lo pretenda, en su vida privada. Es fabuloso ver ese proceso que se da cuando están saliendo de la adolescencia, es una época muy tierna. En las artes, tanto en la música como en la danza y en la actuación, es importante comenzar desde muy temprano, es una tarea que lleva toda la vida.

–¿Le cabe al autor joven, un rol renovador en la dramaturgia argentina?
–Hay muchos autores nuevos y eso es muy alentador, porque un teatro nacional se crea a partir de los autores, he tratado a muchos de ellos, he leído sus obras, tienen muy buenas ideas, pero advierto dos problemas; primero, todos quieren ser originales, y me parece que la originalidad no es algo que se busca, la prueba está en que la mayoría de las cosas que se presentan de ese modo se conocen desde hace muchos años. Se es original cuando se llega a ser uno mismo, porque cada persona es irrepetible; la búsqueda a ultranza de la originalidad deja de lado, muchas veces, el pensamiento profundo. El otro punto es que a la mayoría de ellos no les preocupa la construcción, la estructura dramática, toda obra, en el arte, está basada en el conocimiento de la estructura, todos podemos tener una buena idea, el problema es como se concreta.

–Usted fue un temprano espectador teatral de obras consideradas para adultos. ¿Cómo evalúa el teatro para niños?
–No entiendo porque hay que hacer teatro para niños, no hay pintura para los niños, sino pintura, y si se quiere introducir a un chico en la pintura, uno le muestra a los creadores de todos los tiempos. Me inspira respeto lo que hizo Ariel Bufano, me gusta lo que hace Hugo Midón, las adaptaciones excelentes de Claudio Hochman, el teatro infantil, en general, no está encarado con la madurez, con la visión, de estas personas.

–A fines del milenio, ¿cómo ve la realidad socio-politica argentina?
–Al país lo veo mal, vivimos etapas terribles, pero en este último tiempo el país fue entregado, endeudado, estamos llegando a una situación de injusticia social que nos hermana con los países de América Latina. Buenos Aires se caracterizaba por su nivel cultural, educativo, hoy basta ver la falta de preocupación por la salud y la educación. Sin posibilidad de conocimiento no hay crecimiento; confío en las reservas espirituales, humanas, en los seres que todavía luchan, si bajáramos los brazos, si pensáramos que todo está perdido, no tendría sentido nada.

–Usted compartió el Premio ACE con Augusto Fernándes, y su desconcierto no pasó desapercibido. ¿No lo esperaba?
–Me sorprendió, cuando entré a la sala le dije a Fernándes que se lo iban a dar a él, había hecho un trabajo estupendo y se lo merecía.

–Dicen que Agustín Alezzo es un "gran tipo". ¿Lo sabía?
–Puedo tener muchos defectos, pero desconozco la envidia, no la siento, nunca he vivido para la vidriera, nunca me ha preocupado lo que se piensa de mí, si, lo que yo pienso de mí mismo.

–Quisiera preguntarle...
–Pregunte lo que usted quiera.

–Sobre el amor, qué piensa, si ahora ama.
–Creo en el amor, creo que es una fuente de energía extraordinaria, que ayuda a las personas, al crecimiento y descubrimiento de uno mismo. Pero en esta etapa de mi vida no estoy pensando en enamorarme o en desenamorarme, sino en colaborar, en cuidar a los seres que amo.

–Alezzo, le agradezco este encuentro a horas de su viaje a Cuba.
–Hace muchos años que tengo deseos de hacerlo, voy con un matrimonio amigo que conoce el país, quiero ver los lugares que yo solo, tal vez no descubriría.


(*)El jardín de los cerezos se estrenó en junio de 1998, en el Teatro General San Martín.


Entrevista extraída del libro de Teresa Naios Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino de hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección Homenaje al Teatro Argentino, Bs. As., 1999.

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