–¿Necesitaba
que le expliquen la trama?
–No, no necesitaba nada, los chicos no necesitan
nada.
–¿Disfrutaba?
–Totalmente.
–¿Se disfrazaba, interpretaba?
–No, mi intención era dedicarme a escribir,
recién en la adolescencia pensé en actuar,
empezó a surgir poco a poco, a partir de haberme
asociado a la Cinemateca, de empezar a ver ciclos de
cine, de ver una revisión de los años
1919 al ‘30. Cuando terminé el bachillerato,
a los diecisiete años, en mi casa me preguntaron
que carrera quería hacer; actor, dije; el pedido
de una carrera me llevó a estudiar Derecho, lo
hice tres años, paralelamente ingresé
a Nuevo Teatro, ahí empecé a trabajar
con Alejandra Boero, Pedro Asquini, allí lo conocí
a Gandolfo (Carlos), a Fernándes, juntos formamos
el Teatro Juan Cristóbal, después nos
anexamos a La Máscara, conocí a Hedy Crilla,
comenzamos otra búsqueda, con ella indagamos
en el Método de Stanislavsky.
–¿De su experiencia actoral, qué
recuerda?
–Desde 1955 y hasta el ‘72 trabajé
como actor, recuerdo dos personajes que me encantaron,
Jerry, de El cuento del zoo, de Albee, y Tom, de El
Zoo de Cristal, de Tennesse Williams. Los hice en Lima,
allí viví en los años ‘64-'65.
–¿Qué lo decidió
a dirigir teatro?
–Hedy Crilla y Augusto Fernándes insistían
para que yo hiciera una experiencia de dirección,
me decidí, solo para probar, no estaba en mis
cálculos dirigir ni dar clases, las cosas se
presentaron así, me sigue apasionando, pero no
era una propuesta que yo me había hecho.
–¿El Método que lo formó
a usted, sigue vigente en sus clases?
–Yo creo que las bases esenciales del Método
servirán para toda la vida, la forma de llegar
y lograr las cosas se van modificando; el mismo Stanislavsky
fue cambiando su metodología, no sus finalidades,
en el desarrollo de la tarea; lo más importante
en el trabajo de un director, de un maestro, es tener
en cuenta a la persona que uno tiene enfrente y percibir
qué necesita en ese momento, en esa situación,
y encontrar el camino que lo ayude a encontrar lo que
busca, el éxito o el fracaso dependen del encuentro
o no de ese camino apropiado para esa persona o grupo
de personas.
–¿Se reconoce maestro?
–Cuando uno llega a cierta edad lo llaman maestro.
–Pero no a todos...
–Pienso que he crecido, una gran maestra fue la
Crilla, de cualquier manera he colaborado en la formación
de mucha gente, y a través de muchos años.
–¿Qué les enseña
a sus alumnos?
–A conocerse a sí mismos, a través
del trabajo, a enfrentarse con ellos en situaciones
que los descubran, a poder imaginarse en actitudes que
no han vivido y que quizás nunca en la vida les
toque vivir. El trabajo del actor es hacerse cargo de
otra persona, prestándole su cuerpo, su voz,
sus emociones.
–¿De sus puestas, cuáles
lo conmovieron?
–Tengo recuerdos entrañables de la primera
puesta, La mentira, de Sarraute, Ejecución de
John Herbert, son dos espectáculos que amé
y me siguen gustando enormemente, voy por las cincuenta
obras montadas, me gustan Sólo 80, Butley, Despertar
de primavera, Paternoster, Cartas de Amor en Papel Azul,
Soledad, Romance de lobos... yo trato, en lo posible,
de tener elencos con buenos actores y buenas personas,
en Ricardo III, mi última puesta, había
treinta y dos actores, y nunca hubo un problema entre
ellos, nunca se levantó el tono, todos lloraban
en la última función.
–¿Qué cosas lo enojan? ¿Cuándo
un actor no responde a sus sugerencias, cómo
reacciona?
–Me enoja mucho la falta de respeto, la injusticia,
son dos cosas que no tolero. En clase o en un ensayo,
si algo mc enoja, lo corto rápido, le pongo punto
final, no doy muchas vueltas. En cambio, nunca me enojo
con un actor porque tiene dificultades, mi trabajo consiste
en colaborar con él, no estoy enfrente del otro,
sino al lado, su dificultad es mi dificultad, me enoja
la impuntualidad, la disciplina me parece esencial en
el trabajo.
–¿Siente deseos de volver a actuar?
–No, es una etapa concluida, me fui alejando tanto
de esa tarea que actualmente me parece que la hizo otro.
Tengo la fantasía de que podría dejar
de dirigir y hacer otra tarea dentro del teatro, o dedicarme
exclusivamente a la docencia. He comprendido hace mucho
tiempo que una cosa es lo que un hombre hace, y otra,
es la vida de un hombre; me importa vivir mi vida. Y
en mi vida he trabajado como actor, he escrito alguna
obra, he hecho alguna escenografía... Hay gente
que piensa que si no hace tal cosa, muere, y es posible,
pero no es mi caso.
–¿En qué lugar ubica sus
logros profesionales?
–He tenido algunos logros, pero no me enorgullezco
demasiado de ellos, he trabajado mucho, todos los días,
con verdadero placer, es más, con honestidad,
de eso me enorgullezco. A veces logro cosas, a veces
no, es parte del juego, no pongo mi orgullo en eso.
–¿En ese interjuego logros-no logros,
cómo se inserta Ricardo III?
–Ricardo III fue para mí una experiencia
enriquecedora, he contado con un elenco maravilloso,
artístico y humanamente, con muy buenos colaboradores
en todos los rubros, con un teatro que había
creado las mejores condiciones para que el trabajo se
pudiera hacer. Los críticos no aceptaron el espectáculo,
la verdad, no me afecta, muchas veces me han pegado
palos.
–¿Es así? ¿No sufrió?
–Por las críticas...? No, soy una persona
que tiene poco contacto con el medio artístico,
vivo en un mundo dedicado a mi trabajo, a mi círculo
familiar, a mis amigos, es un círculo pequeño,
de muchos años. Por suerte, tengo amigos, colegas,
entre los directores de teatro: Bonet, Petraglia, Fernándes,
Alcón, Agustoni, Gandolfo, Beatriz Matar, y dos
o tres días antes de estrenar los invito para
que me den una opinión; no soy competitivo, me
alegran sus éxitos. Como dijo Mao Tse Tung, hay
que dejar que todas las flores florezcan a la vez, que
sedimente su perfume, eso me marcó, lo atractivo
en el arte es esa singularidad; la crítica, francamente,
no me hace feliz ni infeliz.
–Pero lo hace reflexionar...
–Me hace reflexionar la gente que verdaderamente
conoce el trabajo, la Crilla tenía una opinión
precisa, equilibrada, hay colegas que opinan y dicen
cosas concretas, la crítica de los monólogos
de Ricardo III frente al público denota un desconocimiento
grave, que no puedo tener en cuenta. A la falta de conocimiento
se suma la excesiva arrogancia, hay críticos
que no tienen humildad, no se acercan con una actitud
de saber, de conocer, de adentrarse en la tarea, se
hacen una idea de la puesta y les cuesta aceptar que
alguien pensó otra cosa, creo que eso ocurrió
con Ricardo III.
–¿Cuál es su propuesta para
1998?
–Poner en escena El jardín de los cerezos
(*), Chejov es el autor que yo más amo, lo he
leído durante toda mi vida, me conmueve hondamente
la visión que él tiene sobre los seres
humanos, sobre la existencia, es algo que yo comprendo
y comparto. Chejov es un autor difícil, dirigir
una obra suya es un desafío querido, que he deseado
siempre. Estoy muy agradecido por esta posibilidad,
después de cuarenta y dos años de trabajo
es la primera vez que un director de teatro me preguntó
que quería hacer. Ernesto Shaw me ofreció
esta posibilidad, nunca nadie lo había hecho.
–Alezzo, hablemos de su rol docente, de
su función de formador de actores.
–Lo que más me importa, lo que más
me gusta hacer, es colaborar en la formación
del actor; es muy interesante, en la docencia, ver como
una persona, sin conocer nada del oficio, va empezando
a desarrollarse, a crecer, es un proceso notable, no
solo artístico. Cuando una persona va tomando
contacto con el trabajo, va descubriendo sus potencialidades
en todos los aspectos, y eso influye, aunque no lo pretenda,
en su vida privada. Es fabuloso ver ese proceso que
se da cuando están saliendo de la adolescencia,
es una época muy tierna. En las artes, tanto
en la música como en la danza y en la actuación,
es importante comenzar desde muy temprano, es una tarea
que lleva toda la vida.
–¿Le cabe al autor joven, un rol
renovador en la dramaturgia argentina?
–Hay muchos autores nuevos y eso es muy alentador,
porque un teatro nacional se crea a partir de los autores,
he tratado a muchos de ellos, he leído sus obras,
tienen muy buenas ideas, pero advierto dos problemas;
primero, todos quieren ser originales, y me parece que
la originalidad no es algo que se busca, la prueba está
en que la mayoría de las cosas que se presentan
de ese modo se conocen desde hace muchos años.
Se es original cuando se llega a ser uno mismo, porque
cada persona es irrepetible; la búsqueda a ultranza
de la originalidad deja de lado, muchas veces, el pensamiento
profundo. El otro punto es que a la mayoría de
ellos no les preocupa la construcción, la estructura
dramática, toda obra, en el arte, está
basada en el conocimiento de la estructura, todos podemos
tener una buena idea, el problema es como se concreta.
–Usted fue un temprano espectador teatral
de obras consideradas para adultos. ¿Cómo
evalúa el teatro para niños?
–No entiendo porque hay que hacer teatro para
niños, no hay pintura para los niños,
sino pintura, y si se quiere introducir a un chico en
la pintura, uno le muestra a los creadores de todos
los tiempos. Me inspira respeto lo que hizo Ariel Bufano,
me gusta lo que hace Hugo Midón, las adaptaciones
excelentes de Claudio Hochman, el teatro infantil, en
general, no está encarado con la madurez, con
la visión, de estas personas.
–A fines del milenio, ¿cómo
ve la realidad socio-politica argentina?
–Al país lo veo mal, vivimos etapas terribles,
pero en este último tiempo el país fue
entregado, endeudado, estamos llegando a una situación
de injusticia social que nos hermana con los países
de América Latina. Buenos Aires se caracterizaba
por su nivel cultural, educativo, hoy basta ver la falta
de preocupación por la salud y la educación.
Sin posibilidad de conocimiento no hay crecimiento;
confío en las reservas espirituales, humanas,
en los seres que todavía luchan, si bajáramos
los brazos, si pensáramos que todo está
perdido, no tendría sentido nada.
–Usted compartió el Premio ACE
con Augusto Fernándes, y su desconcierto no pasó
desapercibido. ¿No lo esperaba?
–Me sorprendió, cuando entré a la
sala le dije a Fernándes que se lo iban a dar
a él, había hecho un trabajo estupendo
y se lo merecía.
–Dicen que Agustín Alezzo es un
"gran tipo". ¿Lo sabía?
–Puedo tener muchos defectos, pero desconozco
la envidia, no la siento, nunca he vivido para la vidriera,
nunca me ha preocupado lo que se piensa de mí,
si, lo que yo pienso de mí mismo.
–Quisiera preguntarle...
–Pregunte lo que usted quiera.
–Sobre el amor, qué piensa, si
ahora ama.
–Creo en el amor, creo que es una fuente de energía
extraordinaria, que ayuda a las personas, al crecimiento
y descubrimiento de uno mismo. Pero en esta etapa de
mi vida no estoy pensando en enamorarme o en desenamorarme,
sino en colaborar, en cuidar a los seres que amo.
–Alezzo, le agradezco este encuentro a
horas de su viaje a Cuba.
–Hace muchos años que tengo deseos de hacerlo,
voy con un matrimonio amigo que conoce el país,
quiero ver los lugares que yo solo, tal vez no descubriría.
(*)El
jardín de los cerezos se estrenó en junio
de 1998, en el Teatro General San Martín.
Entrevista extraída del libro de Teresa
Naios Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino
de hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección
Homenaje al Teatro Argentino, Bs. As., 1999.
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