La Escenografía
de Guillermo de la Torre, una hermosa publicación
del Fondo
Nacional de las Artes, condensa cuatro décadas
de la actividad del artista que comenzó en la
escena independiente, en los recordados Teatro Estudio,
Fray Mocho, IFT, Nuevo Teatro, La Farsa, entre otros,
su notable labor escenográfica.
En su Estudio, luminoso, abierto a la Avenida de Mayo,
con aroma a café en los pocillos, Guillermo de
la Torre nos habla de su pasión, el teatro.
Lo acompañamos en su recorrido, aceptando íntimamente
la dificultad de transmitir en unas páginas,
el pasaje que lo llevó del Teatro Colón
al sainete, de la ópera a las comedias musicales,
del drama al ballet y al cine.
Deseada, de Max Aub, autor español exiliado en
México, señala su comienzo, en 1950, en
el Teatro Estudio, fundado por Roberto Pérez
Castro; allí diseñó la escenografía
y el vestuario de su primera puesta en escena.
–Mi inicio –recuerda– es tocante a
mi relación con mi ideal; mi familia era teatralera,
casi todos vinculados a la lírica. Mi abuela
materna era concertista de guitarra, y las dos hermanas
fueron cantantes, La Racine, famosísima, se casó
con el Director del Liceo de Barcelona, el maestro Rafael
Saravia, y mi otra tía, María Benítez,
fue cantante lírica especializada en el Género
Chico de la Zarzuela. Luego de recorrer España,
con mi padre viaja a los Estados Unidos, y después
de una gira por América llegaron a la Argentina;
ella hizo su debut en el Teatro Maravillas, trabajó
en el Victoria y en el Teatro Avenida, con notable éxito.
Mi padre había estudiado dirección orquestal,
perdió a su padre, don Miguel de la Torre, maestro
de equitación y dueño en Málaga
de caballos árabes y andaluces, a los catorce
años; en Buenos Aires formó su familia,
esa es una de las razones, diría, por la cual
desde el génesis estoy vinculado al teatro, he
tenido la suerte de vivir en un mundo que tanto tenía
que ver con el teatro, esa pasión se fue desarrollando.
–¿A qué edad se manifestó
su vocación por el dibujo?
Yo tenía un gran amor por la actuación
y una profunda inclinación hacia el dibujo, la
pintura y el diseño. En las esquinas de los Bancos
había una especie de vidrieras, eran como miniaturas,
me las regalaba un amigo de mi padre, allí construía
teatro de títeres y teatro en miniatura, era
muy chico .Comencé haciendo decorados a los ocho...
nueve años... fue una vocación muy natural,
muy sentida, soy profesor de toda la vida, tengo una
gran cantidad de discípulos, y he notado que
en el transcurso del tiempo surgen inseguridades, dudas,
como es natural en los chicos que estudian medicina
o arquitectura, por ejemplo. Para mí, el teatro
es mi pasión de toda la vida.
–¿Hubo algún hecho que gravitó
especialmente en sus inicios?
–Egresé como Profesor Superior de Escenografía
de la Escuela Superior de Bellas Artes, Ernesto de la
Cárcova, fui becado por la Fundación Fullbright,
estudié en la Universidad de Nueva York, en Londres,
tuve becas en Francia, en España, todo eso me
ayudó mucho, Pero, particularmente, ese destino
que me tocó de una manera fortuita, maravillosa,
fue Saulo Benavente, un poco mi padre, mi hermano, mi
Maestro, mi todo. Saulo me eligió, por decirlo
así, yo comencé como ayudante, como pinche,
él era muy viajero, muy nómada, y cuando
se iba me dejaba un listado enorme de puestas, de luces,
de armados. Durante muchos años, toda su vida,
fui un modesto colaborador suyo, hasta que fui despuntando
por mis propios medios, y bajo su égida y orientación.
Comencé en el teatro independiente, trabajé
en distintas salas, la lista sería interminable,
serruchaba, pintaba, diseñaba, colaboraba. Esa
etapa del teatro independiente era muy hermosa, había
una apertura para la gente joven, nos entregábamos
a la participación, a la colaboración,
éramos bienvenidos en todos los grupos de teatro.
Los grandes artistas, los más grandes dramaturgos,
en su mayoría, surgieron en esa época;
los escenógrafos, mis compañeros y colegas
de estudio y de trabajo, Federico Padilla, Pablo Antón,
Ponchi Morpurgo, Claudio Segovia... Sería larguísima
la lista de los talentos que surgieron en esa época
a la que podríamos llamar un semillero para el
cambio conceptual, filosófico, social, artístico,
en la Argentina. Esa experiencia del teatro independiente
en Buenos Aires fue tomada en el país y en América,
todos los países limítrofes tomaban ese
modelo.
–¿En Teatro Abierto, prevaleció
ese criterio humano, ético, de la escena independiente?
–Teatro Abierto es una especie de paráfrasis
o síntesis o remembranza, es como un homenaje,
justamente. En un momento tan difícil del país,
fue como retomar ese pensamiento, esa libertad, esa
sensación de creatividad, tan maravillosa, que
fue el teatro independiente. Teatro Abierto también
fue una inquietud, un conglomerado de posiciones filosóficas,
artísticas, que le dio un brillo extraordinario.
–¿Recuerda otras experiencias que lo hayan
conmovido con un planteo renovador del teatro?
–También, gracias siempre a la mano de
Saulo Benavente, el otro capítulo para mí
importante es Gente de Teatro Asociada, que dirigía
don Orestes Caviglia, yo formé parte de ese grupo.
Había figuras descollantes, Ernesto Bianco, Milagros
de la Vega, Inda Ledesma, fue una experiencia profunda,
no tiene que ver con el teatro independiente, pero era
como la conformación de un núcleo de gente
que tra bajaba
con un nivel de excelencia artística y teatral
sin miramientos, todos vivíamos de una manera
bastante austera, pero el haber hecho Querido mentiroso,
Hombre y Superhombre, La dama boba, el haber contado
con la participación de Margarita Xirgu, con
grandes personalidades invitadas, entre los que se encontraban
autores argentinos y extranjeros, originó una
etapa espectacular, de un nivel pocas veces alcanzado
en nuestro país. Se fue terminando lentamente,
no era tan sencillo poder subsistir, era un grupo grande,
surgían distintas opiniones, algunos tenían
la idea de mantener ese grupo, pero otros, por distintos
motivos, fueron cambiando, no teníamos subvención
del gobierno, a veces, un apoyo del Fondo Nacional de
las Artes, todo se había hecho a pulmón,
como se dice en criollo, lo importante es haberlo hecho,
fue un ciclo representativo, brillante.
–¿Hoy, cuáles son sus proyectos
inmediatos?
–He hecho óperas y operetas, ballet y zarzuelas
en el Teatro Colón, en el Teatro Argentino, en
el San Martín, con grandes cantantes y grandes
bailarines, en estrenos mundiales Todavía es
una etapa muy importante en mi carrera, sigo estrenando
obras, una o dos por año. Próximamente,
voy a estrenar en el Colón El rapto en el serrallo,
de Mozart; en preparación, tengo el estreno de
una obra tan significativa como El puente, la primera
de Carlos Gorostiza. Después de cincuenta años
se va a representar en el Teatro Cervantes, con un elenco
interesantísimo, la inquietud del equipo es hacer
una recreación, y no una puesta arqueológica,
esperamos lograrlo.
–¿Presentó, alguna vez, una propuesta
en la que le hubiese interesado participar como escenógrafo?
–Jamás lo propondría, cuando me
convocan es por contrato o por invitación, a
veces parte de la dirección del teatro y otras,
del director o regisseur cuando les interesa trabajar
con determinado escenógrafo. Yo soy tremendamente
orgulloso, espero siempre tener la virtud de que me
convoquen, tampoco he tenido nunca una actuación
basada en la política. Para mí es una
virtud, un orgullo, no haber tratado de insertarme en
un núcleo de trabajo, en una institución
teatral, a través de una componenda política,
nunca me he valido de artificios.
–¿Por algún motivo, se negó
a un proyecto cuando lo convocaron?
–Es muy curioso y paradójico, porque las
experiencias más interesantes siempre han sido
de teatros a los que podríamos denominar, teatros
pobres. He trabajado con teatros pobres, medianos, más
ricos, y es el día de hoy que vienen grupos de
gente joven, que no conozco, y me dicen que quieren
trabajar conmigo, saben que no tienen disponibilidad
económica, y yo les digo que me interesa conocer
el proyecto, la obra, la gente; esto también
se lo debo a mi maestro Saulo Benavente.
–Mientras usted hablaba se me cruzó la
imagen de Saulo con el overol. ¿De la Torre,
es igual?
–Yo no uso overol, pero es así, todavía
surgen teatritos, grupos, gente valiosa, si, el proyecto
me interesa, si la obra me satisface, si nos ponemos
de acuerdo, les digo, no se hagan problemas, lo demás
lo vamos a arreglar de alguna manera.
–¿Participa con el director en los ensayos
de mesa?
–En realidad, no hay una forma determinada; naturalmente,
se parte de la lectura de la obra, y después,
de la participación del conjunto del equipo y
de los actores. Eso me gusta, pero es una utopía,
a veces, trabajar en equipo. Hay directores que tienen
el afán de querer prevalecer en todo, a veces
con talento, y otras, no tanto; hay directores muy honestos,
pero no tienen una visión muy plástica,
escenográfica, digamos, y le dejan librado al
escenógrafo la creación del espacio. En
estos casos, yo hago una propuesta, dialogamos con dos
o tres personas, y de ahí partimos como para
encontrar una formulación coherente con la obra,
con el director, con el elenco, con el presupuesto,
son muchas las cosas que implican una producción,
lo más difícil es ser elocuente con una
síntesis. En El conventillo de la paloma, una
obra que tuvo mucho éxito en el Teatro Cervantes,
no podíamos hacer un conventillo abstracto, estaba
la habitación del gallego y del tano y del turco,
y las puertas y las ventanas y las glicinas y las piletas
y los baldes y los portones y la ropa tendida, eso creaba
un clima importante para el actor, el director, el público.
Era también un trabajo de investigación,
me parece importante poder encontrar el lenguaje, sobre
todo de nuestro teatro.
–¿Le interesa trabajar en una dramaturgia
nacional?
–Soy un amante profundo de nuestro teatro, de
los autores argentinos, hay muy buenos dramaturgos,
muy buenos creadores, actores maravillosos, vivo viajando,
acabo de llegar de Nueva York, hay comedias musicales
muy importantes, gastan millones de dólares,
y le aseguro que el actor argentino no tiene nada que
envidiar, son de una calidad superior, son fantásticos.
–Usted se desempeña como Profesor en distintos
organismos, ¿qué le atrae de la docencia?
–Fuera del hecho teatral, para mí lo fundamental
es la docencia, aquí también estuvo Saulo,
él me llevó al Conservatorio Nacional,
soy Profesor en la Escuela Superior Ernesto de la Cárcova,
fui profesor en la Biblioteca Nacional, a pedido de
Jorge Luis Borges y José Eduardo Clemente, fui
Profesor de Historia del Arte. La educación,
la enseñanza, es un don muy particular, hay que
tener una adecuación a la sensibilidad, hay que
sentirse cómodo. Tengo infinidad de alumnos en
mi Estudio, los tengo que echar, están dos...
tres... cuatro años... La escenografía
es una carrera rica, se complementa con la escenotécnica,
con el maquillaje, con la iluminación, con el
vestuario, con el color, con el análisis del
texto, con la investigación histórica,
con la arquitectura, es una carrera fascinante.
–¿Qué es lo fundamental, para iniciar
el camino?
–Hay que tener vocación, amor por esa carrera,
en esencia ardua, como todas las carreras vinculadas
al arte, y en particular, el teatro, especialmente en
nuestro país, con tan poco apoyo a la cultura.
Pensar que hay gente joven tan talentosa, que ama el
teatro y a la que le cuesta tanto ingresar a ese mundo.
Si hay un verdadero amor, un verdadero ahinco, una atracción
fuerte por la carrera, se llega, es como el amor, cuando
uno ama algo, a alguien, llega. El teatro es mi vida,
en mi familia están celosos, voy de un teatro
a otro, mis amigos son de teatro, allí encuentro
a la gente más hermosa, más ingenua, más
sensible, y también, la más sufrida, porque
si bien da muchísimas satisfacciones, es una
carrera en la que se sufre bastante; en la balanza compensa,
si uno tiene amor por el teatro y el empeño de
incentivar su propio sentimiento en la carrera.
–¿Escenográficamente, la televisión
le atrae?
–En mi época de estudiante Saulo me decía,
te prohibo que entres a trabajar en la televisión,
porque eso a un artista lo deforma, especialmente al
escenógrafo; hay un factor comercial, la escenografía
no es muy creativa, siempre es un trasto o un tapón,
un día lo pintan de verde, otro día lo
empapelan, no hay un incentivo de creatividad importante,
y eso hace de un artista, de un escenógrafo,
un sedentario. Se van repitiendo las cosas.
–¿La ética, que significa para usted?
–Con referencia a la ética, uno se encuentra
en la vida con cosas contradictorias, difíciles,
con gente que uno pensaba que actuaba de una manera
y actúa de otra que uno considera, a veces, no
ética. Pienso que el ser humano está lleno
de virtudes y de defectos, me ufano en tenerlos, es
importante que tengamos defectos. La ética es
un problema de principios, al margen de los aspectos
humanos vinculados a lo bueno y a lo malo, a los aciertos
y a los errores. No es fácil ponerse en el pedestal
y determinar, poniéndose en juez, qué
señor actuó bien o mal, he conocido gente
maravillosa y a veces las circunstancias terribles de
la vida lo han llevado a hacer tareas que nunca imaginaron
que iban a hacer, que nunca desearon hacer.
–¿Ese planteo, en un actor, pasaría
por aceptar actuaciones que no se corresponden a lo
que él pensaba?
–Digamos, para un actor, y para la vida, cada
ser humano tiene un postulado de vida, y a veces ha
llegado a hacer cosas que a uno mismo lo sorprenden.
Yo no quisiera hablar de la ética, enjuiciando.
–¿Usted se enjuició alguna vez?
–Muchas veces, es muy petulante decir lo contrario,
muchas veces he tratado de darme el placer de decir,
bueno, si he trabajado con Caviglia... con Bianco...
con Milagros de la Vega... de hacer a Brecht, a Bernard
Shaw, como que a uno eso lo ayuda, lo apoya, a veces
acierta, o desacierta, y uno con el correr de los años
se da cuenta que ha hecho cosas, en la hipótesis,
interesantes. Muchas veces uno se ha equivocado o no
hizo las cosas como lo hubiera deseado. Pero la vida
a uno le regala cosas que hay que saber agradecer. El
Fondo Nacional de las Artes editó un libro basado
en mi carrera, fue maravilloso y sorprendente, no se
si éticamente lo merezco, me critico haber hecho
lo que no he deseado hacer. Es un regalo, una edición
maravillosa con mis cuarenta y pico de años de
trabajo. Tuve que buscar el material, conseguir copias
sacadas de fotos y programas, fue una tarea ardua, de
dos años, más o menos. Soy más
que voluntarioso, más que empeñoso, soy
obsesivo.
–Un trabajador...
–Eso si, por sobre todas las cosas, he trabajado
toda mi vida, desde chico, no puedo estar sin desarrollar
una actividad, estoy dando clases, preparando un proyecto,
viajando, fui invitado a dar cursos, conferencias, nuestra
carrera es como un subir y bajar, de repente se juntan
dos o tres obras, y hasta cuatro, y pasa un tiempo y
se produce un descanso, natural, es lógico. Entonces
organizo mis archivos, mis proyectos, me gusta mucho
leer, diseñar, soy excesivamente ordenado, como
insoportable, no me pongo a trabajar si no tengo la
mesa limpia. Es una cuestión de educación,
mi madre nos decía, a mi hermano y a mí,
después del desayuno laven la taza, la secan,
la guardan, costumbre que mantengo, mi mamá estaba
muy ocupada, tenía una librería, mi papá
trabajaba.
–¿Su hermano también se sintió
"atrapado" por el teatro?
–No, mi hermano, siete años mayor que yo,
ya fallecido, era muy místico, de una personalidad
muy particular; se casó muy jovencito, le gustaba
mucho leer, tenía pasión por la filatelia,
su colección era fabulosa, en situaciones graves,
durante la guerra, vendían una estampilla y con
ese dinero vivían largo tiempo. Teníamos
una biblioteca, Domingo Faustino Sarmiento, organizada
por mi hermano, venían los compañeros
de la escuela o del barrio a pedir libros, hacíamos
una revista mensual, sencilla, eso también crea
una metodología de vida, de trabajo... no lo
sé...
–En esta época "globalizada",
¿qué destino le espera al país,
a su cultura?
–Estamos en un momento muy grave, no hay apoyo
suficiente para la cultura, los teatros pequeños
están desapareciendo, los productos de los teatros
comerciales vienen enlatados, empaquetados con escenografía
y vestuario, con la partitura musical y la puesta en
escena. Me parece de una enorme gravedad, en el país
hay grandes directores, notables escenógrafos,
figuristas, músicos, compositores. En el mundo
de la globalización se están destruyendo
nuestras tradiciones, nuestras propias valorizaciones,
reflexiono sobre este tema y me causa pavor, porque
el apoyo a la cultura es superflua, dual. Cultura es
un poco de todo, es la educación, estoy preocupado
por los alumnos que no ingresan debidamente a las Universidades,
la Argentina era uno de los países más
importantes del mundo en cuanto a la educación,
ni hablemos de toda América. Yo viví en
España, de chico, y no sólo estaban pendientes
de que lleguen los libros, esperaban las revistas, El
Hogar, Rosalinda, Maribel, Para Ti; éramos un
país fantástico y fuimos perdiendo y perdiendo,
este es un momento catastrófico.
–¿La Ley de Teatro, es un incentivo para
mejorar la situación de los teatros pequeños?
–La Ley es fantástica, a nivel nacional,
me parece interesante, pero de aquí a la practica
habrá que ver, ojalá resulte, va a servir
para el apoyo y el desarrollo de la cultura en general,
para los grupos chicos y los grupos provinciales. Viajo
permanentemente a las provincias, invitado a dar cursos,
charlas, me encanta, la gente tiene deseos, inquietudes.
Pero en el interior se hace todo a los ponchazos, es
muy difícil la formación de grupos de
teatro, sin maestros que puedan orientar. Maestros de
la vida, que puedan crear grupos de trabajo, todo lo
hacen un poco empíricamente, es un esfuerzo muy
grande, a veces los lineamientos son un poco confusos.
–¿Recuerda, de la Torre, alguna anécdota
que lo haya conmovido?
–Son tantas... demasiadas como para puntualizar
una, pienso que la experiencia de la vida es lo más
hermoso, lo más importante, lo que más
me ha impactado son todos esos seres que han ido desfilando
en mi vida, de los cuales aprendí y fueron tan
generosos conmigo. El otro aspecto que me impacta es
la actitud de la gente joven, me fascina, veo que no
tienen plata para viajar, no tienen para comer, no tienen
para estudiar, y tienen esa inquietud, esa fuerza, en
nuestro país se da muchísimo, hay cinco
mil o seis mil estudiantes de teatro, no sé que
malabarismos hacen para estudiar, eso me impacta, el
sacrificio de los jóvenes, y por otro lado, pienso
en la gratificación, si a uno le gusta mucho
lo que hace, lo que a uno le apasiona, lo que a uno
le da la esencia de vivir.
–Al inicio del Siglo XXI, ¿cómo
evalúa el Siglo que se va?
–Teníamos tantas ilusiones, uno imaginaba
que el ser humano iba a poder liberarse de muchas cosas,
que en un momento de su vida iba a disfrutar de lo que
ama; pintar, bailar, dibujar, pescar, y hemos llegado
a fin de siglo luchando por la subsistencia, hay pobreza
en todo el mundo, hemos llegado a un fin de siglo que
es contradictorio a todos los sueños y las ilusiones
que teníamos cuando éramos jóvenes,
uno vive censurándose, consultándose si
hemos avanzado o hemos retrocedido, desde el punto de
vista de la ciencia y de la técnica se avanzó.
Los artistas y los científicos son los que salvan
a la humanidad, están más allá
de los placeres triviales, de la corrupción.
–Y en lo personal, ¿qué deseos tiene?
–Tengo hijos y nietos, mi deseo es que el Siglo
XXI sea para ellos, para toda la gente joven, soy optimista
por naturaleza, pero eso no quiere decir que dejo de
ver ciertas cosas terribles que ocurren en la humanidad.
Mi deseo más ferviente es que el mundo pueda
lograr una belleza, que nosotros también hemos
soñado para ellos.
–¿Recibieron sus hijos su amor genético
por el teatro?
–Sólo en parte, uno es geólogo,
es papá de una nena de dos meses; el otro ha
hecho la carrera en el Instituto Nacional de Cinematografía,
y es papá de un varón de cinco años.
Y lo vimos a Guillermo de la Torre en su escenografía
hogareña, renovando la esperanza.
De su arte, ya se sabe.
Entrevista extraída del libro de Teresa Naios
Najchaus, Conversaciones con el teatro argentino de
hoy, Instituto Nacional del Teatro, Colección
Homenaje al Teatro Argentino, Bs. As., 1999.
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