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CUENTOS | Página 2
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EL REGRESO
Por Eduardo Frank


Leonardo Gagliano logró al fin el primer paso de su experimento. Pudo extraer del grupo de hormigas la capa de quitina que recubría sus cabezas. Diez machos y dos reinas están ahora libres del muro de contensión que antes frenara su desarrollo. Pero falta lo otro, lo que su mente ha fijado desde hace tanto tiempo.

El pelo desgajado, rojizos los ojos -- apenas ha dormido en varios días --, levanta el frasco cilíndrico a nivel de su rostro y las ve, inquietas de un lado a otro en busca de una salida. Gagliano sonríe nervioso. A un paso del triunfo total contempla su obra, absorto. Y piensa, "Calma, estarán libres muy pronto..."

Recuerda el primer experimento, ¡qué fracaso!, y a punto de mandar todo al infierno, notó que el insecto lo miraba con las antenas en alto y se movía hacia atrás, hacia adelante, en una suerte de danza rítmica para comunicarse con él. Le hacía saber, sólo a él, su nuevo descubridor, su salvador, que se daba cuenta de su presencia y lo saludaba.

Las reinas fecundarán y crearán sus propios hormigueros. Y cada generación será mejor que la anterior por las leyes de la mutación. Es su ansiada meta: una nueva especie superior, con raciocinio, con mayor capacidad de reproducción y mejor defensa contra los depredadores.

Un leve temblor recorre sus dedos y piensa que el destino no existe realmente, que la vida se rige a veces por leyes caprichosas donde imperan el riesgo, la crueldad, lo imprevisible y la selección natural. Recientemente descubrió la ecuación exacta para la teleportación y ha fabricado el aparato perfecto para lograrla. Sólo le preocupa aún la posible deformación de las fuerzas que se entrelazan peligrosamente en una aventura de tal magnitud.

Pero no retrocederá. Está decidido a continuar hasta el final, a exponerse a cualquier riesgo, a recorrer la senda sorpresiva del tiempo hacia los albores de la vida, cuando en el planeta joven surgían los primeros insectos. Allí, en cualquier pradera o bosque, soltará al grupo de pioneras y modificará el curso biológico de su especie. Y tal vez será testigo de algún hecho trascendental, porque se habrá alterado uno de los peldaños de la vida, y quién sabe cuán distinto escribirán entonces los historiadores.

El frasco de cristal en su mano es el último eslabón de la cadena. A su regreso verá de inmediato el desenlace. Sí, todo es un azar, pero el éxito no recibirá el más mínimo reconocimiento y sabe por qué no habrá fama para él: lo que después suceda será para el mundo el resultado de la evolución natural de millones de años y nadie creerá -- ni lo sospechará siquiera -- que fue inducido por un intrépido viajero del espacio-tiempo...

mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm- - -- -- -- - -

De nuevo se encuentra en medio de la absoluta oscuridad, acompañado solamente por el zumbido del equipo que lo trae de nuevo a sus días. Sus moléculas han recomenzado el proceso de desplazamiento espacio-temporal. Abandona así la insondable noche del pasado.

La súbita luz del laboratorio le asusta los ojos y los olores de ácidos y alcoholes se le introducen de golpe por todo su cuerpo. El cielo se ha alunado y por el ventanal escucha el rasgar incesante de los grillos. El científico mira a su alrededor. Todo está igual, exactamente como lo dejó al partir; al menos allí dentro. Y piensa de repente si todo no fue más que una ilusión pasajera o un sueño denso debido al estrés. Se siente agotado, debe descansar para enfrentarse luego con el resplandor del nuevo día, con las calles, la ciudad, sus amigos; caminar y respirar aire puro, relajarse de toda la tensión que ha vivido en las últimas semanas desde que inició el experimento.

Entonces recuerda que su esposa no llegará hasta bien entrada la tarde y los chicos ya tendrán apetito. Salta de la plataforma y se dirige a la habitación contigua, enciende la lucecilla opaca y los observa, inmóviles, tranquilos. Muy pronto despertarán y la casa comenzará a vibrar con el vigor de la vida nueva y fresca.

Se acerca a ellos, se alisa las antenas, extrae de su abdómen la solución semidigerida y empieza a alimentar las larvas, como corresponde a un buen padre.

Cierro mis ojos y veo tus ojos.
Por Mariana Del Vecchio


Como la orilla a su mar, entrelazados al horizonte, desnudos frente al alba, derramando libertad. Dos almas enteras puramente destinadas a amarse una a la otra, como una extensión de la Luna y su reflejo hacia la Tierra, observando lo posible y no el más allá, deseándose con brasas de mutua intensidad, uniéndose a la magia, cantando al unísono sobre su amor incondicional, gritando a los vientos, dejando huellas por donde van, regando tiernos besos, creando jardines a su paso, soñando sueños de eternidad, predicando la palabra y construyendo la paz. Fogosas estrellas destellando hechizos de una larga amistad, elaborando un mapa de su propia existencia, escribiendo cartas a fin de entregarlas a la mar para quien las descubra sepa que existe el tiempo para volver a amar.

"Instrucciones para evitar morir al mirar un atardecer"
por Indiana


Ya se encuentre usted en un autobús, bicicleta, caminando o en un libro, evite asustarse al encontrar al fuego desangrándose detrás de los árboles. Esa pasión difusa de arco iris por medio de la tierra recién regada. No os preocupe. Tenga calma.
Deje que sus ojos se inunden de la brisa oro que sólo los árboles de estancia pueden dar.
Permita que la paleta de pinceladas que inventa el cielo robe su alma. Manténgase tranquilo.
Las tranqueras y girasoles son testigos. El día agoniza en pocos minutos. Usted, no obstante puede disfrutar del espectáculo. Los amarillos ya no lo son, son anaranjados arrepentidos. Los rojos intentarán hacerlo sentir culpable, por la ausencia de pasión en la gente. Los azules le reclamarán un alma distinta. Usted no se resista, déjese llevar. De pronto, una lechuza extraviada, puede que lo asuste. Un hornero vuelve de compras.
Los árboles bailan con viento, con sus semillas fértiles y con sus hojas secas. Intentarán acariciarlo. Deje que su corazón acompañe a ese ritmo.
De repente sentirá el silencio más concurrido de su vida.
Le parecerá haber enmudecido. Sentirá sus últimos rayos en sus venas. Su despedida.
Lo extrañará, sí. Le suplicará que no se vaya. Querrá volver a verlo. Sólo le rogará un poco más de tiempo, un instante más.
El sin embargo, maravilloso, imponente y con gotas de soberbia, emprenderá su partida. Ya inevitable se esconderá detrás del último retazo de horizonte que queda. Usted sentirá angustia, tranquilidad. Participará de sensaciones extrañas. Se sentirá más solo que nunca.
Ahora sí despierte! Sepa que cada atardecer y amanecer lo hace uno a cada minuto, que es irrepetible, que nunca volverá a ser igual que ahora. Inevitablemente, el ahora ya ha pasado; al igual que estas líneas.

"LIBERTE"
Por Carlos Carbajal


La columna de prisioneros se detuvo en el bulevar. En la vereda, una vez formada de a cuatro, se le ordenó girar mirando al mar.
El general y su Estado Mayor bajaron de sus caballos. Comenzaron a pasar revista de izquierda a derecha. El general andaba lentamente, observando las filas. De vez en cuando se detenía. Tocaba a algún prisionero en el hombro con su fusta. Si estaba en las filas de atrás, lo señalaba con un movimiento de su cabeza. Los señalados eran ubicados en medio de la calle, formando otra columna.
La elección era indiscriminada. Una mujer salió corriendo de su fila. Implorando, se arrodilló ante el general, con los brazos abiertos. La observó unos instantes e inquirió su nombre.
-Juana...
-Conozco todos los teatros de la ciudad -dijo el general-, no se moleste en representar comedias.
La nueva columna estaba compuesta por más de cien prisioneros. Un pelotón de ejecución se puso al frente. A los pocos minutos, hubo descargas intermitentes de fusiles.
Tres años después, ahogados gemidos sobresaltaron a los vecinos. Venían del parque. Una mano emergía de la tierra removida por los perros. Describía movimientos frenéticos, desgarrados. Desenterraron el cuerpo. Preguntaron a la mujer por su nombre.
-Juana..., alcanzó a responder.

"AL FILO DE LOS GESTOS"
Marta Russo
E-Mail: marta_russo@yahoo.com


Primero fue el ruido. El ruido seco que abrazó la noche y el silencio.
Luego, vinieron los gestos.
Hombres y mujeres. Agachados. De frente. Mirándome, abrían sus bocas, en palabras que tenían muchas vocales cerradas o muchas heridas abiertas y que dejaban caer, como dejaban caer los párpados.

Luego alguien dijo.
Alguien. Con la mirada despavorida, hueca, extrañada, queriéndo no verme aún mirándome; me dijo esa noche unas cuantas palabras. Palabras que recuerdo como vocablos mudos en la boca que gesticulaba, lenta, pegajosa, con el hilo de la saliva que se estiraba hasta cortarse en la palabra muerta.

Entonces fue su ausencia

Y mi orfandad.

"Progreso (??)"
Héctor Aacosta


Levantó la vista y su alma se llenó del encendido cielo de fin de otoño. Estaba como nunca antes lo viera. Sobre un infinito de terciopelo, estrellas, cientos, miles de estrellas. A racimos, cálidas y rosadas, gélidas, ora vacilantes, trémulas de ignotos mensajes celestiales. Chorreando inmemoriales constelaciones cuyos chisporroteos son como un polvo de estrellas que le iluminan la retina.
Cosa extraña que esa noche se le haga tan evidente el infinito y acaso la eternidad.
Y como algunas cosas tienen explicación, la causa de ello es que el farol de luz blanca se halla, desde el anochecer, apagado.
A todo esto sale a la puerta de su casa Don Raúl, prominente vecino de los autoproclamados "progresistas", que lidera tácitamente el sordo enfrentamiento con los ecologistas, y con displicente indiferencia al majestuoso espectáculo que gratuito se le ofrece, frío y racional estudia la alarmante situación.
Experto en menudencias técnicas, sospecha un falso contacto en lo alto de la instalación, y con parsimonia se pone de espalda al poste de luz, y con elegante gesto da un preciso golpe con el taco de su zapato. ¡¡Milagro!! La luz titila, y lentamente pasa de una mortecina lumbre amarillenta a un rutilante fulgor. Tras lo cual se retira con triunfal orgullo del deber cumplido.
Y allí, perplejo, queda Jacinto, hasta hoy prescindente en la disputa barrial, pues acaba de presenciar el hecho que ahora sospecha lo hará definirse.
Don Raúl acaba de consumar la hazaña de, con una sola patadita, encender un farol y apagar siete mil estrellas.
-¡¡Pero este me está robando la noche!!
Y Jacinto pensó si sería procedente efectuar la pertinente denuncia en la seccional.
Absorto dudó...
-...¿¿O acaso sería esto el progreso??

UN PENDEJO DE MIERDA
Milovan Pérez

Recuerdo aquella noche a fines del 2001. Estaba con Lucio en mi casa y éramos los únicos que salíamos. Acostumbrábamos a quedarnos en casa hasta las 2:00 o 2:30 de la mañana y después salíamos, ya con 3 o 4 wiskys encima cada uno. Esa noche no fue la excepción, y después de los tragos y mi paso por el balcón para fumar fuimos a lo de Pepe (cuando todavía se soportaba y no era la mierda que es ahora).
Nos sentamos en la barra y pedimos una cerveza. Antes de terminarla, ya estábamos sentados en una mesa que estaba enfrente nuestro. Había dos chicas, una de 25 y otra de 28. La más grande era la mas callada y la menos atrevida. La otra, se prestaba mas para el juego. Tomamos otra cerveza y después volvimos al wisky.
Yo miraba fijo a la más joven solo para molestarla. Me dijo que tenia cara de loco y que parecía mas grande (yo tenía 21). Después me fui al baño, y desde la puerta le hice señas para que venga. No vino. Me eche la meada y volví. Seguimos tomando y charlando hasta que la otra dijo que se iba. Yo pensé, “La puta, nos cago la noche”. Pero para mi sorpresa la mas joven dijo que se quedaba.
Seguimos mezclando wisky y cerveza. Cuando nos fuimos, totalmente borrachos, ya era de día, y como la chica era del barrio, nos fuimos todos para el mismo lado. Frenamos en la parada del bondi, Lucio se tenia que tomar el 60. Mientras esperábamos, yo estaba sentado en el banco y Lucio se la estaba chamullando mas alejado sobre la calle. Llego el 60 y Lucio se fue.
Ahora era mi turno. Ella me dijo que vivía a tres cuadras y por supuesto, yo la iba a acompañar. Ni bien doblamos en la primer esquina la bese de prepo. No se resistió y nos quedamos un rato jugueteando con las lenguas. Era un buen comienzo, y no quise perder ni un segundo más. Le dije de ir a mi casa y acepto. Teníamos que caminar quince cuadras y hacia un calor de cagarse.
Por fin llegamos, subimos y cuando entramos, vino a mi mente un mal recuerdo. Hacia pocos meses había perdido 1.400 dólares y no me acordaba ni como ni donde. Di vuelta toda mi casa pero nunca los encontré, en esa época andaba bastante loco. Ahora tenia 500 pesos ahorrados en el cajón del cuarto y por miedo a que me lo saque, los metieron en una carpeta y los puse en otro cajón. Después pasamos los dos al cuarto, nos tumbamos en la cama y empezamos a besarnos. La persiana estaba baja, se veía muy poco. Le subí la remera y bese sus pechos. Sus pezones se endurecieron. Luego seguí bajando y cuando quise sacarle el jean me freno. Volví a las tetas y mientras seguía trabajando me saque los pantalones. Fui por el segundo intento y no hubo caso. Yo no lograba entenderlo. La misma noche que me conoce acepta venir a mi casa. Encima me deja que le chupe las tetas. Pero cuando voy por el jean, me frena. Seguía sin entenderlo y cuando creía que me quedaba sin nada, bajo y empezó a jugar con mi pito. Primero lo toco, después lo beso y mas tarde se lo fue poniendo cada vez mas al fondo de su boca. Le puse una mano detrás de su cabeza para marcarle el ritmo y con la otra ayudaba el sube y baja del pene. Chup! Chup! Mi excitación aumentaba a medida que su cabeza se movía con mayor rapidez. Chup! Chup! No aguante mas, sentí como mis espermas salían de mis testículos en busca de la luz y explote. Al sentir el golpe de mi leche en su paladar aparto su cara. Pude ver como una gota de mi liquido espeso le caía por su mejilla izquierda y se lo limpiaba con la almohada. Después se levanto y fue al baño. Yo espere boca arriba, y cuando volvió fui yo.
Mientras estaba en el baño me acorde de los 500 pesos. Salí disparado y cuando abrí el cajón no estaban. Me había olvidado por completo que los había cambiado de lugar. Entre a revolver todo el escritorio y escuche su voz:
–¿Que te pasa?– había notado mi cambio de actitud.
–Nada– dije.
–¿Porque estas así?
–No pasa nada.
–Algo te pasa.
Lo tuve que soltar, aunque sabia que le iba a caer mal.
–Perdí 500 pesos, ¿no los vistes?
–Que te pensás que me llamo 500 pesos– respondió enfurecida.
Le quise explicar que estaba paranoico por lo que me había pasado hacia unos meses, pero no quiso escucharme. Cuando me acorde del cambio de lugar y los encontré, ya estaba cambiada diciéndome, “Abrime, sos un péndelo de mierda.”. No hubo forma de hacerla cambiar de idea. Bajamos por el ascensor y le abrí la puerta. Cuando se iba caminando tiré mi última frase:
–No es así, no es lo que pensás.
Siguió caminando. Era así, pensaba que era un péndelo de mierda y tenia razón.
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