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| CUENTOS
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EL
REGRESO
Por Eduardo Frank
Leonardo Gagliano logró al fin el primer
paso de su experimento. Pudo extraer del grupo
de hormigas la capa de quitina que recubría
sus cabezas. Diez machos y dos reinas están
ahora libres del muro de contensión que
antes frenara su desarrollo. Pero falta lo otro,
lo que su mente ha fijado desde hace tanto tiempo.
El pelo desgajado, rojizos los ojos -- apenas
ha dormido en varios días --, levanta el
frasco cilíndrico a nivel de su rostro
y las ve, inquietas de un lado a otro en busca
de una salida. Gagliano sonríe nervioso.
A un paso del triunfo total contempla su obra,
absorto. Y piensa, "Calma, estarán
libres muy pronto..."
Recuerda el primer experimento, ¡qué
fracaso!, y a punto de mandar todo al infierno,
notó que el insecto lo miraba con las antenas
en alto y se movía hacia atrás,
hacia adelante, en una suerte de danza rítmica
para comunicarse con él. Le hacía
saber, sólo a él, su nuevo descubridor,
su salvador, que se daba cuenta de su presencia
y lo saludaba.
Las reinas fecundarán y crearán
sus propios hormigueros. Y cada generación
será mejor que la anterior por las leyes
de la mutación. Es su ansiada meta: una
nueva especie superior, con raciocinio, con mayor
capacidad de reproducción y mejor defensa
contra los depredadores.
Un leve temblor recorre sus dedos y piensa que
el destino no existe realmente, que la vida se
rige a veces por leyes caprichosas donde imperan
el riesgo, la crueldad, lo imprevisible y la selección
natural. Recientemente descubrió la ecuación
exacta para la teleportación y ha fabricado
el aparato perfecto para lograrla. Sólo
le preocupa aún la posible deformación
de las fuerzas que se entrelazan peligrosamente
en una aventura de tal magnitud.
Pero no retrocederá. Está decidido
a continuar hasta el final, a exponerse a cualquier
riesgo, a recorrer la senda sorpresiva del tiempo
hacia los albores de la vida, cuando en el planeta
joven surgían los primeros insectos. Allí,
en cualquier pradera o bosque, soltará
al grupo de pioneras y modificará el curso
biológico de su especie. Y tal vez será
testigo de algún hecho trascendental, porque
se habrá alterado uno de los peldaños
de la vida, y quién sabe cuán distinto
escribirán entonces los historiadores.
El frasco de cristal en su mano es el último
eslabón de la cadena. A su regreso verá
de inmediato el desenlace. Sí, todo es
un azar, pero el éxito no recibirá
el más mínimo reconocimiento y sabe
por qué no habrá fama para él:
lo que después suceda será para
el mundo el resultado de la evolución natural
de millones de años y nadie creerá
-- ni lo sospechará siquiera -- que fue
inducido por un intrépido viajero del espacio-tiempo...
mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm-
- -- -- -- - -
De nuevo se encuentra en medio de la absoluta
oscuridad, acompañado solamente por el
zumbido del equipo que lo trae de nuevo a sus
días. Sus moléculas han recomenzado
el proceso de desplazamiento espacio-temporal.
Abandona así la insondable noche del pasado.
La súbita luz del laboratorio le asusta
los ojos y los olores de ácidos y alcoholes
se le introducen de golpe por todo su cuerpo.
El cielo se ha alunado y por el ventanal escucha
el rasgar incesante de los grillos. El científico
mira a su alrededor. Todo está igual, exactamente
como lo dejó al partir; al menos allí
dentro. Y piensa de repente si todo no fue más
que una ilusión pasajera o un sueño
denso debido al estrés. Se siente agotado,
debe descansar para enfrentarse luego con el resplandor
del nuevo día, con las calles, la ciudad,
sus amigos; caminar y respirar aire puro, relajarse
de toda la tensión que ha vivido en las
últimas semanas desde que inició
el experimento.
Entonces recuerda que su esposa no llegará
hasta bien entrada la tarde y los chicos ya tendrán
apetito. Salta de la plataforma y se dirige a
la habitación contigua, enciende la lucecilla
opaca y los observa, inmóviles, tranquilos.
Muy pronto despertarán y la casa comenzará
a vibrar con el vigor de la vida nueva y fresca.
Se acerca a ellos, se alisa las antenas, extrae
de su abdómen la solución semidigerida
y empieza a alimentar las larvas, como corresponde
a un buen padre. |
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Cierro
mis ojos y veo tus ojos.
Por Mariana Del Vecchio
Como la orilla a su mar, entrelazados al horizonte,
desnudos frente al alba, derramando libertad.
Dos almas enteras puramente destinadas a amarse
una a la otra, como una extensión de la Luna y
su reflejo hacia la Tierra, observando lo posible
y no el más allá, deseándose con brasas de mutua
intensidad, uniéndose a la magia, cantando al
unísono sobre su amor incondicional, gritando
a los vientos, dejando huellas por donde van,
regando tiernos besos, creando jardines a su paso,
soñando sueños de eternidad, predicando la palabra
y construyendo la paz. Fogosas estrellas destellando
hechizos de una larga amistad, elaborando un mapa
de su propia existencia, escribiendo cartas a
fin de entregarlas a la mar para quien las descubra
sepa que existe el tiempo para volver a amar.
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"Instrucciones
para evitar morir al mirar un atardecer"
por Indiana
Ya se encuentre usted en un autobús, bicicleta,
caminando o en un libro, evite asustarse al encontrar
al fuego desangrándose detrás de
los árboles. Esa pasión difusa de
arco iris por medio de la tierra recién
regada. No os preocupe. Tenga calma.
Deje que sus ojos se inunden de la brisa oro que
sólo los árboles de estancia pueden
dar.
Permita que la paleta de pinceladas que inventa
el cielo robe su alma. Manténgase tranquilo.
Las tranqueras y girasoles son testigos. El día
agoniza en pocos minutos. Usted, no obstante puede
disfrutar del espectáculo. Los amarillos
ya no lo son, son anaranjados arrepentidos. Los
rojos intentarán hacerlo sentir culpable,
por la ausencia de pasión en la gente.
Los azules le reclamarán un alma distinta.
Usted no se resista, déjese llevar. De
pronto, una lechuza extraviada, puede que lo asuste.
Un hornero vuelve de compras.
Los árboles bailan con viento, con sus
semillas fértiles y con sus hojas secas.
Intentarán acariciarlo. Deje que su corazón
acompañe a ese ritmo.
De repente sentirá el silencio más
concurrido de su vida.
Le parecerá haber enmudecido. Sentirá
sus últimos rayos en sus venas. Su despedida.
Lo extrañará, sí. Le suplicará
que no se vaya. Querrá volver a verlo.
Sólo le rogará un poco más
de tiempo, un instante más.
El sin embargo, maravilloso, imponente y con gotas
de soberbia, emprenderá su partida. Ya
inevitable se esconderá detrás del
último retazo de horizonte que queda. Usted
sentirá angustia, tranquilidad. Participará
de sensaciones extrañas. Se sentirá
más solo que nunca.
Ahora sí despierte! Sepa que cada atardecer
y amanecer lo hace uno a cada minuto, que es irrepetible,
que nunca volverá a ser igual que ahora.
Inevitablemente, el ahora ya ha pasado; al igual
que estas líneas. |
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"LIBERTE"
Por Carlos Carbajal
La columna de prisioneros se detuvo en el bulevar.
En la vereda, una vez formada de a cuatro, se
le ordenó girar mirando al mar.
El general y su Estado Mayor bajaron de sus caballos.
Comenzaron a pasar revista de izquierda a derecha.
El general andaba lentamente, observando las filas.
De vez en cuando se detenía. Tocaba a algún
prisionero en el hombro con su fusta. Si estaba
en las filas de atrás, lo señalaba
con un movimiento de su cabeza. Los señalados
eran ubicados en medio de la calle, formando otra
columna.
La elección era indiscriminada. Una mujer
salió corriendo de su fila. Implorando,
se arrodilló ante el general, con los brazos
abiertos. La observó unos instantes e inquirió
su nombre.
-Juana...
-Conozco todos los teatros de la ciudad -dijo
el general-, no se moleste en representar comedias.
La nueva columna estaba compuesta por más
de cien prisioneros. Un pelotón de ejecución
se puso al frente. A los pocos minutos, hubo descargas
intermitentes de fusiles.
Tres años después, ahogados gemidos
sobresaltaron a los vecinos. Venían del
parque. Una mano emergía de la tierra removida
por los perros. Describía movimientos frenéticos,
desgarrados. Desenterraron el cuerpo. Preguntaron
a la mujer por su nombre.
-Juana..., alcanzó a responder. |
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"AL
FILO DE LOS GESTOS"
Marta
Russo
E-Mail: marta_russo@yahoo.com
Primero fue el ruido. El ruido seco que abrazó
la noche y el silencio.
Luego, vinieron los gestos.
Hombres y mujeres. Agachados. De frente. Mirándome,
abrían sus bocas, en palabras que tenían muchas
vocales cerradas o muchas heridas abiertas y que
dejaban caer, como dejaban caer los párpados.
Luego alguien dijo.
Alguien. Con la mirada despavorida, hueca, extrañada,
queriéndo no verme aún mirándome; me dijo esa
noche unas cuantas palabras. Palabras que recuerdo
como vocablos mudos en la boca que gesticulaba,
lenta, pegajosa, con el hilo de la saliva que
se estiraba hasta cortarse en la palabra muerta.
Entonces fue su ausencia
Y mi orfandad. |
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"Progreso
(??)"
Héctor
Aacosta
Levantó la vista y su alma se llenó del encendido
cielo de fin de otoño. Estaba como nunca antes
lo viera. Sobre un infinito de terciopelo, estrellas,
cientos, miles de estrellas. A racimos, cálidas
y rosadas, gélidas, ora vacilantes, trémulas de
ignotos mensajes celestiales. Chorreando inmemoriales
constelaciones cuyos chisporroteos son como un
polvo de estrellas que le iluminan la retina.
Cosa extraña que esa noche se le haga tan evidente
el infinito y acaso la eternidad.
Y como algunas cosas tienen explicación, la causa
de ello es que el farol de luz blanca se halla,
desde el anochecer, apagado.
A todo esto sale a la puerta de su casa Don Raúl,
prominente vecino de los autoproclamados "progresistas",
que lidera tácitamente el sordo enfrentamiento
con los ecologistas, y con displicente indiferencia
al majestuoso espectáculo que gratuito se le ofrece,
frío y racional estudia la alarmante situación.
Experto en menudencias técnicas, sospecha un falso
contacto en lo alto de la instalación, y con parsimonia
se pone de espalda al poste de luz, y con elegante
gesto da un preciso golpe con el taco de su zapato.
¡¡Milagro!! La luz titila, y lentamente pasa de
una mortecina lumbre amarillenta a un rutilante
fulgor. Tras lo cual se retira con triunfal orgullo
del deber cumplido.
Y allí, perplejo, queda Jacinto, hasta hoy prescindente
en la disputa barrial, pues acaba de presenciar
el hecho que ahora sospecha lo hará definirse.
Don Raúl acaba de consumar la hazaña de, con una
sola patadita, encender un farol y apagar siete
mil estrellas.
-¡¡Pero este me está robando la noche!!
Y Jacinto pensó si sería procedente efectuar la
pertinente denuncia en la seccional.
Absorto dudó...
-...¿¿O acaso sería esto el progreso??
UN PENDEJO DE MIERDA
Milovan Pérez
Recuerdo aquella noche a fines del 2001. Estaba con Lucio en mi casa y éramos los únicos que salíamos. Acostumbrábamos a quedarnos en casa hasta las 2:00 o 2:30 de la mañana y después salíamos, ya con 3 o 4 wiskys encima cada uno. Esa noche no fue la excepción, y después de los tragos y mi paso por el balcón para fumar fuimos a lo de Pepe (cuando todavía se soportaba y no era la mierda que es ahora).
Nos sentamos en la barra y pedimos una cerveza. Antes de terminarla, ya estábamos sentados en una mesa que estaba enfrente nuestro. Había dos chicas, una de 25 y otra de 28. La más grande era la mas callada y la menos atrevida. La otra, se prestaba mas para el juego. Tomamos otra cerveza y después volvimos al wisky.
Yo miraba fijo a la más joven solo para molestarla. Me dijo que tenia cara de loco y que parecía mas grande (yo tenía 21). Después me fui al baño, y desde la puerta le hice señas para que venga. No vino. Me eche la meada y volví. Seguimos tomando y charlando hasta que la otra dijo que se iba. Yo pensé, “La puta, nos cago la noche”. Pero para mi sorpresa la mas joven dijo que se quedaba.
Seguimos mezclando wisky y cerveza. Cuando nos fuimos, totalmente borrachos, ya era de día, y como la chica era del barrio, nos fuimos todos para el mismo lado. Frenamos en la parada del bondi, Lucio se tenia que tomar el 60. Mientras esperábamos, yo estaba sentado en el banco y Lucio se la estaba chamullando mas alejado sobre la calle. Llego el 60 y Lucio se fue.
Ahora era mi turno. Ella me dijo que vivía a tres cuadras y por supuesto, yo la iba a acompañar. Ni bien doblamos en la primer esquina la bese de prepo. No se resistió y nos quedamos un rato jugueteando con las lenguas. Era un buen comienzo, y no quise perder ni un segundo más. Le dije de ir a mi casa y acepto. Teníamos que caminar quince cuadras y hacia un calor de cagarse.
Por fin llegamos, subimos y cuando entramos, vino a mi mente un mal recuerdo. Hacia pocos meses había perdido 1.400 dólares y no me acordaba ni como ni donde. Di vuelta toda mi casa pero nunca los encontré, en esa época andaba bastante loco. Ahora tenia 500 pesos ahorrados en el cajón del cuarto y por miedo a que me lo saque, los metieron en una carpeta y los puse en otro cajón. Después pasamos los dos al cuarto, nos tumbamos en la cama y empezamos a besarnos. La persiana estaba baja, se veía muy poco. Le subí la remera y bese sus pechos. Sus pezones se endurecieron. Luego seguí bajando y cuando quise sacarle el jean me freno. Volví a las tetas y mientras seguía trabajando me saque los pantalones. Fui por el segundo intento y no hubo caso. Yo no lograba entenderlo. La misma noche que me conoce acepta venir a mi casa. Encima me deja que le chupe las tetas. Pero cuando voy por el jean, me frena. Seguía sin entenderlo y cuando creía que me quedaba sin nada, bajo y empezó a jugar con mi pito. Primero lo toco, después lo beso y mas tarde se lo fue poniendo cada vez mas al fondo de su boca. Le puse una mano detrás de su cabeza para marcarle el ritmo y con la otra ayudaba el sube y baja del pene. Chup! Chup! Mi excitación aumentaba a medida que su cabeza se movía con mayor rapidez. Chup! Chup! No aguante mas, sentí como mis espermas salían de mis testículos en busca de la luz y explote. Al sentir el golpe de mi leche en su paladar aparto su cara. Pude ver como una gota de mi liquido espeso le caía por su mejilla izquierda y se lo limpiaba con la almohada. Después se levanto y fue al baño. Yo espere boca arriba, y cuando volvió fui yo.
Mientras estaba en el baño me acorde de los 500 pesos. Salí disparado y cuando abrí el cajón no estaban. Me había olvidado por completo que los había cambiado de lugar. Entre a revolver todo el escritorio y escuche su voz:
–¿Que te pasa?– había notado mi cambio de actitud.
–Nada– dije.
–¿Porque estas así?
–No pasa nada.
–Algo te pasa.
Lo tuve que soltar, aunque sabia que le iba a caer mal.
–Perdí 500 pesos, ¿no los vistes?
–Que te pensás que me llamo 500 pesos– respondió enfurecida.
Le quise explicar que estaba paranoico por lo que me había pasado hacia unos meses, pero no quiso escucharme. Cuando me acorde del cambio de lugar y los encontré, ya estaba cambiada diciéndome, “Abrime, sos un péndelo de mierda.”. No hubo forma de hacerla cambiar de idea. Bajamos por el ascensor y le abrí la puerta. Cuando se iba caminando tiré mi última frase:
–No es así, no es lo que pensás.
Siguió caminando. Era así, pensaba que era un péndelo de mierda y tenia razón.
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