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CUENTOS | Página 3
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VECINOS
Por Marcelo Meza


Si... claro que entendí su cara de enojo, su piso con grietas, su arena mojada. Cada detalle de su odio transfigurado en sus ojos canallas... saturados de esa lujuria que escupe rayos por las dudas.
Si al atardecer de cada respiro me carcomen sanguijuelas y me chupa hasta lo último que queda de libertad. Antes no era así, digo, puro misterio, cicatriz odiada dejada por el puto desamor y la mala suerte y el "que dirán". Un sinfín de malos entendidos todos juntos y a la vez. Antes te miraba fijo, no daba miedo, había que mirarla pero no daba miedo. Y sin embargo supimos (porque fuimos muchos los que la lloramos) que debajo de tanto parásito muerto había una mujer fantástica. Se reservaba para uno que, a nuestro entender, no hacía más que mentirle descaradamente. Ritual que a veces parece convencernos de que existimos. No era linda Mercedes lo cual no quitaba nada de todo el esplendor que la juventud suele otorgar. Ese atorrante y versero lo único que estaba logrando era profundizar cada día un poco más la tristeza de la dama. No pudimos hacer nada, nadie podría hacerlo. Inclusive oyendo desde el ventiluz su grito de auxilio en esa jaula tan grande que, como un gorrión pequeño y enfermo, se ahogaba en su propio llanto. Cuando se es ajeno no hay vueltas que darle... uno se vuelve cada vez un poco más estaca.
La dejó. Una tarde de julio se fue robando cada una de sus obras de arte; porque hay que decirlo: Mercedes Barrente lucía su existencia a través de su obra y su arte recreaba su vida. La dejó. Se dejó. Ella ya lo había dejado, se había dejado engañar. El tiempo huele a perro muerto cuando se cierran algunas puertas. Ladrillo por ladrillo fue tapiando las puertas del futuro y vaya a saber cuantas otras más. Y claro que se dejó morir. Ya no habría mas esperas, ya no juntaría fuerzas para llegar hasta la cena y fingir que él llegaría tarde. No mas desayunos de ácido y estopa... Ninguna palabra podría restaurar ya nada mas...
Entonces para que seguir (?) El ruido sordo de las noches de tantos sábados nos asfixiaba a nosotros que en realidad no éramos más que vecinos. Y como el peor de los suicidios se dejó morir. Siendo observadores arbitrarios confundimos el aire del deseo con la bruma de la realidad. Fuimos cómplices del odio, el engaño y la muerte. Y no fuimos capaces de tirarle una soga, un pasadizo; una segunda oportunidad. Ergo, teníamos posibilidades de estirarnos hasta ella. Pero no, no fue así.
Su sangre nos mancha aún después de varios años desde que se fue. Desde que la encontraron comida por los cuchillos de su casa, por el moho de la cocina y por la humedad de al lado. Podrida por la soledad maldita. Podrida y seca por la culpa de no haber tenido la capacidad de ser feliz.
Miro a sus cuadros y aunque se crea lo contrario esto que les cuento es la pura verdad.
Entonces, cuando se hable de amor no seas tan hijo de puta de cagarte de risa de la gente. Cada uno hace lo que puede y a veces muy caro se paga el poder.

"VESTÍBULO"
Turco 41 (España)


El taconeo de sus zapatos en el vestíbulo de mármol le hizo pensar en cubos de hielo tintineando.
Manuel levantó la vista del periódico y observó a la mujer que se dirigía hacia el mostrador: andaba como si los zapatos le estuvieran pegando mordiscos.
Eran unos zapatos de tacón alto, altísimo, y de punta estrecha, estrechísima, que comprimían e hinchaban los pies de la mujer hasta hacerlos parecer dos globitos duros y palpitantes, con los cuales debía de resultarle muy difícil caminar; cada paso podía ser el último, los globitos podían reventar y dejarla tirada sobre el mármol antes de que llegara adonde él.
Sin embargo, la mujer alcanzó el mostrador y cesó aquel repiqueteo de hielo que le hacía la boca agua a Manuel.
-Buenos días -dijo-. Estoy buscando a mi marido. Se llama Fernando Campos.
Manuel no prestó atención al nombre. Ni se movió. Contemplaba el rostro de la mujer. Y eso que estaba acostumbrado a ver todo tipo de caras y expresiones, a diario, caras descoloridas, rabiosas, estúpidas, extraviadas, asustadas, de animal, echadas a perder, incluso caras sin dueño que no se reconocerían a sí mismas en un espejo. Lo que nunca había visto allí dentro, en más de treinta años en la recepción del sanatorio, era un rostro como aquel: un rostro delicioso. Dulce y suave, como si acabara de despertar y ningún pensamiento lo hubiera desposeído aún del sueño más maravilloso.
Aquella mujer buscaba a su marido, pero su rostro sugería que esa noche la habían amado plenamente.
-Desapareció hace cuatro días -La mujer interrumpió las fantasías de Manuel-. La policía me dijo que preguntara aquí.
-Bien, consultaré el fichero. ¿Santos ha dicho?
-Campos. Fernando Campos Ortiz.
-¿Edad?
-52 años.
Manuel se levantó. Él también tenía 52 años, pero aparentaba más de 60. Arrastraba los pies -sus tobillos y rodillas estaban demasiado hinchados para articular el paso-, y respiraba con un ruido roto, un murmullo de aire cargado de dolor. Daba lástima verlo moverse, aunque sólo fuera del mostrador al archivador donde se guardaban las fichas de entradas y salidas.
Echó un vistazo a la letra c, se detuvo apenas un instante en una ficha nueva, y cerró el cajón con brusquedad, de modo que un sonido metálico hizo eco en el silencio del vestíbulo, como si algo duro y redondo hubiera sido lanzado al suelo de mármol y se alejara rodando.
Manuel volvió a su asiento evitando mirar a la mujer. Estaba seguro de que ella lo estaría observando como lo hacían todas las mujeres, con una mezcla de pena y asco. Su rostro ya no sería dulce, suave, delicioso. Y a él le dolería tanto como si aquella mujer lo hubiera querido alguna vez antes de convertirse en un hombre deshecho.
Se dejó caer en la silla quejosa. La cabeza gacha, los brazos colgando, las piernas separadas y estiradas, la respiración difícil. Parecía un muñeco al que se le estuviera acabando la cuerda y que pronto quedaría inmóvil en esa postura desmadejada.
Manuel levantó la vista muy despacio, sin ganas, como si en lugar del rostro de una mujer lo que fuera a encontrar fuera el mundo entero despreciándolo, el desprecio del mundo entero. Como si él fuera un reptil mirando al cielo, un gusano sacando la cabeza de debajo de la tierra. Manuel estaba seguro de que la mujer lo estaría mirando con horror.
Los ojos castaños de la mujer estaban clavados en él, pero brillaban con un resplandor de miel y arena tostada que Manuel sólo había visto en las miradas de las actrices de películas románticas justo antes de ser besadas.
En el momento en que bajaban los párpados y se abandonaban al beso del galán, entre sus largas pestañas podía vislumbrarse ese brillo especial, que él nunca creyó real... hasta entonces.
Se levantó de la silla y se inclinó sobre la mujer, sobre su rostro tan dulce. Manuel pensó que por una mujer así él podría dejar de beber, de fumar, y que hasta sería capaz de mentir.
-Lo siento señora, pero su marido no está aquí.
Ella cerró los ojos, como si le doliera algo por dentro, pero los abrió enseguida y dijo sonriendo:
-Gracias de todos modos.
La mujer se dio la vuelta y el taconeo de sus zapatos volvió a sonar en el vestíbulo de mármol. Pero Manuel ya no pensaba en cubos de hielo tintineando en un vaso de ginebra, sino en cuánto desearía descalzar a aquella mujer y besar sus pies apasionados.

"SUEÑOS DE LUZ Y SOMBRA"
Raúl Mera Muñoz
Escritor chileno radicado en Rancagua.
Cuento está tomado de su libro "Tres sueños".


De pronto vi la luz en el corredor. Era una luz débil, temblorosa y que avanzaba lentamente en medio de la oscuridad reinante. Sentí enseguida la indefinible sensación de lo conocido y en mi mente se agolparon confusas imágenes de tiempos ya pasados, sin que pudiera identificarlas al principio. Enseguida, tras la luz débil sentí el inconfundible olor de la cera derritiéndose al impulso de la pequeña llama. Con ello las imágenes fueron aclarándose como si salieran de entre la neblina espesa.
El corredor ya no era el de minutos antes. De mi mente salió otro que se superpuso y reemplazó al primero, y los grandes ventanales se convirtieron en muchos pequeños rectángulos de vidrio sujetos entre marcos de madera.
La noche se hizo más noche.... negra y dolorosa. De mi pecho salió otra capa oscura, espesa, que la cubrió y salió también un silencio antiguo y denso, roto sólo a veces por lejano ladridos de algún perro cuya figura permanecía difusa, en la neblina del pasado.
Entonces fue cuando otro elemento se agregó a los anteriores: los pasos. Aquellos inconfundibles pasos resonaban cortos y seguros en el corredor fantasma, que era y no era, pues aunque yo sabía que había salido de mi propia mente no era en manera alguna puramente imaginario, desde que podía no sólo verlo, sino olerlo y hasta tocarlo. Estaba en verdad ahí; era real, o al menos aparentemente real.
Todo el cuadro se aclaró otro punto y no porque la casa dejara de estar a oscuras, sino porque cuando escuché aquel mascullar proveniente de quien llevaba la vela supe que era ella y me precipité a la ventana haciendo pantalla con las manos.
Entonces la vi con la claridad del día, aunque envuelta en las sombras de la noche, aumentadas por mis propias sombras, tejidas con hebras de pena y de alegrías, año a año y vida a vida.
Mi vieja tía caminaba mascullando para si, rumbo a la cocina.
¿Pero es que estaba también la cocina? Si; allí estaba, mágicamente transportada desde la nada. O tal vez desde las profundidades de mi propio ser. Y mi tía llevando la vela caminaba interminable por el sin embargo breve corredor, y llevaba con ella la palmatoria y la vela, dirigiéndose a la cocina y dejando a su paso el aroma de la cera derritiéndose.
Sentí en el alma una alegría suave y dulce, como una pena antigua que se acaricia para no perderla. Una lágrima caliente, alegre como una chispa y salobre como el dolor del mar recorrió mi mejilla.
¡Es ella!- pensé-¡ Es ella y está viva!
¿Está viva? Me dije que era imposible. Que quizás yo mismo no lo estaba y que por eso podía verla. Quería llamarla, hablarle, pero el silencio de la noche penetraba por mis poros, y me obligaba a respetarlo. Alcé entonces la mano para tomar el aire y el aire se dejó aprisionar. Casi podía oírlo; oírlo diciéndome que era el mismo. Que era ese aire negro de las noches de verano, cuando la imponente reunión de las estrellas parecían sostener el silencio del mundo, prendido de sus titilantes dedos.
La sensación quemante de la ternura me estremeció como un escalofrío. Una ternura dulce y dolorosa. El pasado estaba allí, lo mismo que el presente y quizás el futuro. Todo estaba allí y era al mismo tiempo parte de mí. El espeso silencio, la oscuridad, la luz mortecina de la vela, la figura pequeña de mi tía, todo. Todo salía de mí hacia la noche y la noche me lo devolvía transformado. Yo mismo desaparecía por momentos. Por momentos todo era noche, todo era corredor, campo, estrellas y silencio. Y entre todo, el dolor y la alegría. La sensación indefiniblemente bella y sin embargo indescriptiblemente dolorosa.
Luego esa emoción bella y dolorosa era yo mismo y de nuevo yo me separaba de las cosas. No obstante sabía que todo ello estaba en mí y de mí salía, o quizás a mi tornaba. Todo era confuso. Presentía pero no sabía a ciencia cierta qué era lo que ocurría.
Mi voz recuperó su presencia de pronto y salió como una prolongación del pasado rumbo a la figura que seguía avanzado por el corredor con la palmatoria en la mano.
-Tía le dije- tía, ¿es usted?
Ella se detuvo y curiosamente no había recorrido aún la mitad del corredor.
Luego se dio vuelta y dirigiéndome la vista, me habló.
-¿Vas a jugar escoba?- me dijo.
¡Escoba ¡ La noche aumentó otro punto su silencio al callar ella y de mi mente salieron las imágenes de los naipes en la mesa de la cocina. Ahora estaba allí, sentado junto a ella y afuera como rugido de la noche se oía la voz eterna de la vertiente. El agua llegaba hasta mi alma intentando en vano devolverle la inocencia.
Pero la inocencia perdida estaba sin embargo allí, dentro de mí y salía de mi hacia la mesa, mientras jugaba a las cartas, hasta que me fue convirtiendo en un niño.
La luz de la vela se estabilizó y la llama pareció alegrarse de mi transformación pues subió hasta convertirse en una elegante llama alta y delgada, de color anaranjado, que emitía su redondo resplandor, como una aureola, iluminando los rasgos de mi tía, sentada frente a mí.
Ella no pareció darse cuenta de mi transformación en niño y yo volví a preguntarme si estaría viva, pero no me atrevía a interrogarla.
-De todas formas no importa - pensé -quizás yo mismo no esté vivo.
Luego de un instante otra idea surgió dentro de mi mente:
-Quizás todo sea una ilusión.
Pero antes de terminar de decirlo sabía ya que era así.
La negra noche con su canción de agua y de silencio, la figura querida y antigua de mi tía, la luz de la vela; todo.
Todo estaba en mí, convertido ahora en niño, y a la vez yo estaba en todo aquello, y a todos nos atravesaba una ráfaga de dolor y de alegría.
En ese momento comprendí todos los secretos del mundo, porque era niño de nuevo, y porque todos esos secretos se componen de los mismos materiales de pena y alegría, indisolublemente mezclados. No sabía nada. No podía pensar, pero comprendía todo porque todo mi ser era en ese momento un sentir. El dolor maravilloso de la vida, la alegría trágica de estar vivo. La luz en medio de la noche y la oscuridad espesa en medio del día. Todo eso estaba en mi alma. Mejor dicho, todo eso era mi alma.
Y al frente seguía estando mi tía, preocupada de sus naipes. Yo jugaba maquinalmente mirándola y mirándome de esa manera en ella. Todas sus penas, sus alegrías, sus experiencias; toda su vida era mía. Así, mirándola, me fui transformando nuevamente hasta hacerme viejo, llegando a ser tan viejo como ella, y sin embargo el niño que había sido hacía un momento seguía de alguna inexplicable forma allí, guiñándome a mí mismo un ojo, como diciéndome " vas a ver que no podrás librarte de mí".
Otra vez miré el rostro de mi tía, que se concentraba en sus naipes, y entonces comprendí que cada minuto, cada día y cada año mi vida iría abarcando más y más otras Vidas ya pasadas. O mejor dicho, iría descubriendo que no hay tales vidas pasadas. Que todo es y todo será. Que cada vez que comprendo alguna alegría o una pena, una experiencia o un error de otra vida, al comprender, pasan a ser mi propia pena o alegría, o experiencia o error, si es que puede haber tales errores.
Mi tía me miró con aquella breve sonrisa de aprobación que tanto le conocí y recogiendo las cartas de la mesa, marcó una escoba a su haber. El hecho me molestó porque no supe si sonreía aprobando mis pensamientos o aprobando su propio juego.
Quise entonces saber, y al querer saber dejé de ser un viejo y volví a mi primitiva forma, mientras todo el ambiente se ocultaba tras una suave capa de neblina.
-¿Siente usted el silencio?- dije, temeroso de que ella comprendiera el motivo de mi nueva transformación.
Ella me miró sin responder, devolviéndome la niñez y la vejez con su mirada, y comprendí que asentía.
-¿Es la luz de la vela la que hace aparecer más oscura la noche circundante? le pregunté de nuevo.
Esta vez sonrió, pero no dijo nada, salvo un mascullar que no me estaba dirigido y que yo bien conocía como conversación consigo misma.
Por momentos yo perdía la comprensión de los acontecimientos y me molestó que no me contestara.
-¿Siente usted esa alegría que es al mismo tiempo tristeza? Le dije, para saber si ella era real o sólo el espectro de un sueño.
-La alegría no puede ser al mismo tiempo tristeza- me dijo.
Medité un momento y de mi alma nació una luz mayor que la de la vela. La habitación se cubrió de bruma y la cara de mi tía se hizo difusa. El rumor del agua parecía ahora un llorar cansado.
-No eres real -le dije- y comencé a tutearla desde que lo supe.- No eres real. Si lo fueras sabrías que la única alegría verdadera es la que al mismo tiempo tristeza. ¿Acaso el rumor de la corriente no es al mismo tiempo un cantar y un lamento?
Mi tía lo sabía porque había vivido lo suficiente. Por eso ella siempre bromeaba quejándose al mismo tiempo.
-Estoy hecha de tus propios sentimientos me replicó sonriendo levemente, mientras su rostro se hacía manifiestamente más joven- ¿Es que acaso puede haber alguien más real que yo.?- Y agregó-¿Cómo puedes culparme por contradecirte, si yo soy el reflejo de tus sentimientos contradictorios?
La quedé mirando a los ojos y poco a poco su figura, la luz de la vela, el silencio de la noche, el cantar del agua, los viejos naipes y las estrellas fueron uniéndose y yo mismo me fundía en ellos. En mi volvía a estar todo y yo estaba en todo aquello. Mis propias experiencias estaban compuestas de las suyas.
La noche fue muriendo poco a poco retirándose su oscuridad hacia el fondo de mi alma, donde obtuvo un cómodo refugio.
Del mismo sitio salía la luz de la aurora, sin abandonarlo, sin embargo.
Toda la casa era de nuevo la misma del principio, pero el viejo corredor, la vela, la vertiente y mi tía seguían dentro de mí, vagamente distinguibles en la neblina de mi espíritu, y mi espíritu parecía ser un niño pequeño y al mismo tiempo un anciano.
Me levanté sacudido por su pena... una pena dulce y alegre... una alegría misteriosamente triste.
Entonces supe que estaba vivo.
Y desperté.

"CARLO Y LA MUERTE"
Marcos Manuel Sánchez

A las cinco en punto de la tarde, Carlo subía al asiento de conductor de "la máquina".  Un intenso aroma a tapicería de cuero le envolvió de inmediato.
Fue como si se sumergiera en otra dimensión. Todavía resonaban en su mente las palabras de Sara:
–Ve con prudencia, Carlo. Esa máquina es como un cohete con ruedas...
–No exageres. Lo probaré por la carretera secundaria. A estas horas no hay trafico.
–No dediques mucho tiempo a esto, Carlo.
–¿Y por qué no vienes? El coche admite dos plazas...
–No me apetece, de veras.
–Vale. No le des más vueltas, cariño. Estaré de regreso antes de las seis.
Él la besó en los labios, un gesto que martillaría la memoria de ella durante mucho tiempo.
El último beso. Durante años, Sara se repetiría multitud de veces las mismas preguntas ¿Por qué no le retuvo más tiempo? Habrían podido hacer el amor durante horas, en la intimidad del dormitorio que desde ese día ya no volverían a compartir. Si ella hubiese insistido un poco más. Lo suficiente para que él abandonara la idea de subirse a esa máquina.
–Dios, ¿por qué no le quitaste de la cabeza esa locura?– se torturaba interiormente.
–"Ve con prudencia, cariño..."–. Las palabras se desvanecieron en sus pensamientos cuando Carlo giró la llave de contacto.
El bólido rugió anunciando su afán de conquista del asfalto. Quinientos cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes posibilidades al afortunado conductor que quiera experimentar nuevas sensaciones.
Con tacto muy suave, Carlo introdujo la primera marcha y posó el pie sobre el acelerador. El Ferrari F60 se revolucionó hasta 6500 vueltas y salió disparado hacia la Avenida de América. Al principio le costó trabajo dominar los envites de la "macchina" a cada presión sobre el pedal. Después comenzó a sacarle sustancia a la experiencia. Aprendió que debía soltar enseguida el embrague y solo dejar caer el peso del pie. Así consiguió una respuesta dócil del vehículo.
Únicamente cada vez que había de parar ante un semáforo y aminoraba la marcha, le parecía que al accionar el freno debía apretar el pedal más de la cuenta. Le sorprendió un poco que la frenada no fuera tan precisa como el resto de los controles.
Tomó el desvío hacia la Nacional Uno, dirección Burgos. Sensaciones nunca antes vividas pasaban por su mente. La excitación de la velocidad. La brutal aceleración al cambiar de marcha.
Un gozo indefinible le mantenía eufórico.
A su cabeza acudían fugaces recuerdos de su infancia, cuando se escapaba con la moto de su padre para recorrer la adoquinada Vía San Giovanni, de su querido San Gimignano. A pesar del traqueteo producido al rodar por la irregular superficie, aquel niño disfrutaba como nadie de la experiencia. El cosquilleo que le subía por los brazos a sus doce años, con la Benelli a sesenta kilómetros por hora, llegaba a erizarle el cabello.
Una excitación similar embargaba sus sentidos al volante de la máquina. Pero esta vez se desplazaba por una autovía recién asfaltada a ciento noventa kilómetros por hora, con visos claros de alcanzar mucho más merced a la formidable aceleración brindada por el propulsor de inyección multipunto.
Carlo dejó pasar el desvío hacia la carretera de Colmenar, donde pensaba visitar las obras del Polideportivo que dos meses antes comenzó a construir Fakirsa.
Le pareció mejor idea continuar unos pocos kilómetros más.
El color rojo fuego de la carrocería relucía bajo el sol de la tarde como un diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel proyectil con ruedas. En su muñeca, las manecillas del reloj Swiss Army marcaban las cinco y veinticinco. Necesitaba más tiempo para hacerse con el control de la máquina. Habituado al sencillo manejo de su viejo Alfa Romeo 95, le llevaría un buen rato domar a este pura sangre.
Carlo no tuvo que hacer uso del freno desde que dejó atrás el casco urbano. La retención del motor al levantar el pie del acelerador resultaba más que suficiente para adaptar la velocidad al fluido ritmo con que discurría el tráfico a esas horas.
La ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra. Aunque sus picos más altos no se elevaban mucho más allá de los dos mil metros, los barrancos y despeñaderos que jalonaban la carretera imponían respeto a cualquier viajero.
A la altura de la cuesta de El Molar, Carlo empezó a comprobar, maravillado, la fuerza con la que el propulsor del Ferrari F 60 era capaz de impulsar aquel ingenio mecánico, fruto de la más avanzada tecnología.
 
El velocímetro marcaba doscientos diez kilómetros por hora.
¿Qué pudo inducir a aquel hombre tranquilo, equilibrado y poco amigo de asumir riesgos inútiles, a correr disparado a los mandos de un bólido?
Sensaciones, quizá. Sensaciones de una intensidad que nunca antes (si acaso en la niñez conduciendo la Benelli verde y plata) había llegado a experimentar.
 –Es Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo? –preguntaba su conciencia. Total, por una vez que juegues a ser chico malo no has de sentirte culpable–. ¿Quién no ha sido atraído por lo prohibido, por traspasar la línea de lo correcto? ¿Incumplir una norma de tráfico? ¡Bah! Su buen amigo el concejal le resolvería la papeleta. Cuantos favores intercambiados. Una sólida amistad. Buen elemento ese Pablo.
Las curvas iban haciéndose más cerradas a medida que Carlo avanzaba por la pista hacia la cadena montañosa.
Pisó el freno varias veces. Al igual que cuando circulaba  por Madrid, notó que debía apretar a fondo el pedal. Pero ahora apenas podía percibirse el efecto de la frenada. Cambió a una marcha más corta. No fue suficiente. El vehículo escapaba por momentos a su control. Un sudor frío humedeció su frente y sus manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron paso a una rigidez que le atenazaba los brazos y las piernas. Un letrero indicaba en negro sobre blanco la leyenda " Robregordo, 10 Km". La siguiente curva hizo que el Ferrari sobregirara de la parte trasera. Casi fuera del arcén, el conductor consiguió enderezar la trayectoria. El rugido del motor fue una clara protesta ante la subida de revoluciones provocada por la reducción de marcha. Dominado por la desesperación del momento, a Carlo le importaba poco forzar el motor, pasarlo de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba por salvar la vida y para ello había de frenar. Frenar como fuera. Durante un instante que le pareció una eternidad, Carlo decidió arrimarse a la pared rocosa de la montaña, cortada por la carretera en varias zonas.
Se hallaba en las estribaciones de la Sierra madrileña, hendida por la Nacional como si un hacha descomunal hubiera asestado un tajo formidable.
–¡Dios, ayúdame! ¡ Dios, ayúdame! –repetía para sí.
Pretendía rozar el lateral rocoso en un loco intento de reducir la velocidad. Entró en una curva pronunciada, en forma de horquilla. Salir de ella a ciento ochenta kilómetros por hora, resultó ser una empresa imposible. La angustia de Carlo le llevó a la memoria la imagen de Sara.
–"Cariño, estoy perdido. Recuérdame siempre".
Esas palabras cruzaron su mente tres segundos antes de romper el pretil. El coche rebotó contra la roca y salió despedido hacia el lado opuesto de la calzada girando sobre sí mismo. Rebasó el borde del precipicio llamado Barranca del Toro, a trescientos metros sobre el suelo. Seguía girando mientras surcaba el aire en un recorrido mortal que terminó aplastándolo contra las grandes rocas del fondo.
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