"VESTÍBULO"
Turco 41 (España)
El taconeo de sus zapatos en el vestíbulo
de mármol le hizo pensar en cubos de hielo
tintineando.
Manuel levantó la vista del periódico
y observó a la mujer que se dirigía
hacia el mostrador: andaba como si los zapatos
le estuvieran pegando mordiscos.
Eran unos zapatos de tacón alto, altísimo,
y de punta estrecha, estrechísima, que
comprimían e hinchaban los pies de la mujer
hasta hacerlos parecer dos globitos duros y palpitantes,
con los cuales debía de resultarle muy
difícil caminar; cada paso podía
ser el último, los globitos podían
reventar y dejarla tirada sobre el mármol
antes de que llegara adonde él.
Sin embargo, la mujer alcanzó el mostrador
y cesó aquel repiqueteo de hielo que le
hacía la boca agua a Manuel.
-Buenos días -dijo-. Estoy buscando a mi
marido. Se llama Fernando Campos.
Manuel no prestó atención al nombre.
Ni se movió. Contemplaba el rostro de la
mujer. Y eso que estaba acostumbrado a ver todo
tipo de caras y expresiones, a diario, caras descoloridas,
rabiosas, estúpidas, extraviadas, asustadas,
de animal, echadas a perder, incluso caras sin
dueño que no se reconocerían a sí
mismas en un espejo. Lo que nunca había
visto allí dentro, en más de treinta
años en la recepción del sanatorio,
era un rostro como aquel: un rostro delicioso.
Dulce y suave, como si acabara de despertar y
ningún pensamiento lo hubiera desposeído
aún del sueño más maravilloso.
Aquella mujer buscaba a su marido, pero su rostro
sugería que esa noche la habían
amado plenamente.
-Desapareció hace cuatro días -La
mujer interrumpió las fantasías
de Manuel-. La policía me dijo que preguntara
aquí.
-Bien, consultaré el fichero. ¿Santos
ha dicho?
-Campos. Fernando Campos Ortiz.
-¿Edad?
-52 años.
Manuel se levantó. Él también
tenía 52 años, pero aparentaba más
de 60. Arrastraba los pies -sus tobillos y rodillas
estaban demasiado hinchados para articular el
paso-, y respiraba con un ruido roto, un murmullo
de aire cargado de dolor. Daba lástima
verlo moverse, aunque sólo fuera del mostrador
al archivador donde se guardaban las fichas de
entradas y salidas.
Echó un vistazo a la letra c, se detuvo
apenas un instante en una ficha nueva, y cerró
el cajón con brusquedad, de modo que un
sonido metálico hizo eco en el silencio
del vestíbulo, como si algo duro y redondo
hubiera sido lanzado al suelo de mármol
y se alejara rodando.
Manuel volvió a su asiento evitando mirar
a la mujer. Estaba seguro de que ella lo estaría
observando como lo hacían todas las mujeres,
con una mezcla de pena y asco. Su rostro ya no
sería dulce, suave, delicioso. Y a él
le dolería tanto como si aquella mujer
lo hubiera querido alguna vez antes de convertirse
en un hombre deshecho.
Se dejó caer en la silla quejosa. La cabeza
gacha, los brazos colgando, las piernas separadas
y estiradas, la respiración difícil.
Parecía un muñeco al que se le estuviera
acabando la cuerda y que pronto quedaría
inmóvil en esa postura desmadejada.
Manuel levantó la vista muy despacio, sin
ganas, como si en lugar del rostro de una mujer
lo que fuera a encontrar fuera el mundo entero
despreciándolo, el desprecio del mundo
entero. Como si él fuera un reptil mirando
al cielo, un gusano sacando la cabeza de debajo
de la tierra. Manuel estaba seguro de que la mujer
lo estaría mirando con horror.
Los ojos castaños de la mujer estaban clavados
en él, pero brillaban con un resplandor
de miel y arena tostada que Manuel sólo
había visto en las miradas de las actrices
de películas románticas justo antes
de ser besadas.
En el momento en que bajaban los párpados
y se abandonaban al beso del galán, entre
sus largas pestañas podía vislumbrarse
ese brillo especial, que él nunca creyó
real... hasta entonces.
Se levantó de la silla y se inclinó
sobre la mujer, sobre su rostro tan dulce. Manuel
pensó que por una mujer así él
podría dejar de beber, de fumar, y que
hasta sería capaz de mentir.
-Lo siento señora, pero su marido no está
aquí.
Ella cerró los ojos, como si le doliera
algo por dentro, pero los abrió enseguida
y dijo sonriendo:
-Gracias de todos modos.
La mujer se dio la vuelta y el taconeo de sus
zapatos volvió a sonar en el vestíbulo
de mármol. Pero Manuel ya no pensaba en
cubos de hielo tintineando en un vaso de ginebra,
sino en cuánto desearía descalzar
a aquella mujer y besar sus pies apasionados.
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"SUEÑOS
DE LUZ Y SOMBRA"
Raúl Mera Muñoz
Escritor chileno radicado en Rancagua.
Cuento está tomado de su libro "Tres sueños".
De pronto vi la luz en el corredor. Era una luz
débil, temblorosa y que avanzaba lentamente
en medio de la oscuridad reinante. Sentí
enseguida la indefinible sensación de lo
conocido y en mi mente se agolparon confusas imágenes
de tiempos ya pasados, sin que pudiera identificarlas
al principio. Enseguida, tras la luz débil
sentí el inconfundible olor de la cera
derritiéndose al impulso de la pequeña
llama. Con ello las imágenes fueron aclarándose
como si salieran de entre la neblina espesa.
El corredor ya no era el de minutos antes. De
mi mente salió otro que se superpuso y
reemplazó al primero, y los grandes ventanales
se convirtieron en muchos pequeños rectángulos
de vidrio sujetos entre marcos de madera.
La noche se hizo más noche.... negra y
dolorosa. De mi pecho salió otra capa oscura,
espesa, que la cubrió y salió también
un silencio antiguo y denso, roto sólo
a veces por lejano ladridos de algún perro
cuya figura permanecía difusa, en la neblina
del pasado.
Entonces fue cuando otro elemento se agregó
a los anteriores: los pasos. Aquellos inconfundibles
pasos resonaban cortos y seguros en el corredor
fantasma, que era y no era, pues aunque yo sabía
que había salido de mi propia mente no
era en manera alguna puramente imaginario, desde
que podía no sólo verlo, sino olerlo
y hasta tocarlo. Estaba en verdad ahí;
era real, o al menos aparentemente real.
Todo el cuadro se aclaró otro punto y no
porque la casa dejara de estar a oscuras, sino
porque cuando escuché aquel mascullar proveniente
de quien llevaba la vela supe que era ella y me
precipité a la ventana haciendo pantalla
con las manos.
Entonces la vi con la claridad del día,
aunque envuelta en las sombras de la noche, aumentadas
por mis propias sombras, tejidas con hebras de
pena y de alegrías, año a año
y vida a vida.
Mi vieja tía caminaba mascullando para
si, rumbo a la cocina.
¿Pero es que estaba también la cocina?
Si; allí estaba, mágicamente transportada
desde la nada. O tal vez desde las profundidades
de mi propio ser. Y mi tía llevando la
vela caminaba interminable por el sin embargo
breve corredor, y llevaba con ella la palmatoria
y la vela, dirigiéndose a la cocina y dejando
a su paso el aroma de la cera derritiéndose.
Sentí en el alma una alegría suave
y dulce, como una pena antigua que se acaricia
para no perderla. Una lágrima caliente,
alegre como una chispa y salobre como el dolor
del mar recorrió mi mejilla.
¡Es ella!- pensé-¡ Es ella
y está viva!
¿Está viva? Me dije que era imposible.
Que quizás yo mismo no lo estaba y que
por eso podía verla. Quería llamarla,
hablarle, pero el silencio de la noche penetraba
por mis poros, y me obligaba a respetarlo. Alcé
entonces la mano para tomar el aire y el aire
se dejó aprisionar. Casi podía oírlo;
oírlo diciéndome que era el mismo.
Que era ese aire negro de las noches de verano,
cuando la imponente reunión de las estrellas
parecían sostener el silencio del mundo,
prendido de sus titilantes dedos.
La sensación quemante de la ternura me
estremeció como un escalofrío. Una
ternura dulce y dolorosa. El pasado estaba allí,
lo mismo que el presente y quizás el futuro.
Todo estaba allí y era al mismo tiempo
parte de mí. El espeso silencio, la oscuridad,
la luz mortecina de la vela, la figura pequeña
de mi tía, todo. Todo salía de mí
hacia la noche y la noche me lo devolvía
transformado. Yo mismo desaparecía por
momentos. Por momentos todo era noche, todo era
corredor, campo, estrellas y silencio. Y entre
todo, el dolor y la alegría. La sensación
indefiniblemente bella y sin embargo indescriptiblemente
dolorosa.
Luego esa emoción bella y dolorosa era
yo mismo y de nuevo yo me separaba de las cosas.
No obstante sabía que todo ello estaba
en mí y de mí salía, o quizás
a mi tornaba. Todo era confuso. Presentía
pero no sabía a ciencia cierta qué
era lo que ocurría.
Mi voz recuperó su presencia de pronto
y salió como una prolongación del
pasado rumbo a la figura que seguía avanzado
por el corredor con la palmatoria en la mano.
-Tía le dije- tía, ¿es usted?
Ella se detuvo y curiosamente no había
recorrido aún la mitad del corredor.
Luego se dio vuelta y dirigiéndome la vista,
me habló.
-¿Vas a jugar escoba?- me dijo.
¡Escoba ¡ La noche aumentó
otro punto su silencio al callar ella y de mi
mente salieron las imágenes de los naipes
en la mesa de la cocina. Ahora estaba allí,
sentado junto a ella y afuera como rugido de la
noche se oía la voz eterna de la vertiente.
El agua llegaba hasta mi alma intentando en vano
devolverle la inocencia.
Pero la inocencia perdida estaba sin embargo allí,
dentro de mí y salía de mi hacia
la mesa, mientras jugaba a las cartas, hasta que
me fue convirtiendo en un niño.
La luz de la vela se estabilizó y la llama
pareció alegrarse de mi transformación
pues subió hasta convertirse en una elegante
llama alta y delgada, de color anaranjado, que
emitía su redondo resplandor, como una
aureola, iluminando los rasgos de mi tía,
sentada frente a mí.
Ella no pareció darse cuenta de mi transformación
en niño y yo volví a preguntarme
si estaría viva, pero no me atrevía
a interrogarla.
-De todas formas no importa - pensé -quizás
yo mismo no esté vivo.
Luego de un instante otra idea surgió dentro
de mi mente:
-Quizás todo sea una ilusión.
Pero antes de terminar de decirlo sabía
ya que era así.
La negra noche con su canción de agua y
de silencio, la figura querida y antigua de mi
tía, la luz de la vela; todo.
Todo estaba en mí, convertido ahora en
niño, y a la vez yo estaba en todo aquello,
y a todos nos atravesaba una ráfaga de
dolor y de alegría.
En ese momento comprendí todos los secretos
del mundo, porque era niño de nuevo, y
porque todos esos secretos se componen de los
mismos materiales de pena y alegría, indisolublemente
mezclados. No sabía nada. No podía
pensar, pero comprendía todo porque todo
mi ser era en ese momento un sentir. El dolor
maravilloso de la vida, la alegría trágica
de estar vivo. La luz en medio de la noche y la
oscuridad espesa en medio del día. Todo
eso estaba en mi alma. Mejor dicho, todo eso era
mi alma.
Y al frente seguía estando mi tía,
preocupada de sus naipes. Yo jugaba maquinalmente
mirándola y mirándome de esa manera
en ella. Todas sus penas, sus alegrías,
sus experiencias; toda su vida era mía.
Así, mirándola, me fui transformando
nuevamente hasta hacerme viejo, llegando a ser
tan viejo como ella, y sin embargo el niño
que había sido hacía un momento
seguía de alguna inexplicable forma allí,
guiñándome a mí mismo un
ojo, como diciéndome " vas a ver que
no podrás librarte de mí".
Otra vez miré el rostro de mi tía,
que se concentraba en sus naipes, y entonces comprendí
que cada minuto, cada día y cada año
mi vida iría abarcando más y más
otras Vidas ya pasadas. O mejor dicho, iría
descubriendo que no hay tales vidas pasadas. Que
todo es y todo será. Que cada vez que comprendo
alguna alegría o una pena, una experiencia
o un error de otra vida, al comprender, pasan
a ser mi propia pena o alegría, o experiencia
o error, si es que puede haber tales errores.
Mi tía me miró con aquella breve
sonrisa de aprobación que tanto le conocí
y recogiendo las cartas de la mesa, marcó
una escoba a su haber. El hecho me molestó
porque no supe si sonreía aprobando mis
pensamientos o aprobando su propio juego.
Quise entonces saber, y al querer saber dejé
de ser un viejo y volví a mi primitiva
forma, mientras todo el ambiente se ocultaba tras
una suave capa de neblina.
-¿Siente usted el silencio?- dije, temeroso
de que ella comprendiera el motivo de mi nueva
transformación.
Ella me miró sin responder, devolviéndome
la niñez y la vejez con su mirada, y comprendí
que asentía.
-¿Es la luz de la vela la que hace aparecer
más oscura la noche circundante? le pregunté
de nuevo.
Esta vez sonrió, pero no dijo nada, salvo
un mascullar que no me estaba dirigido y que yo
bien conocía como conversación consigo
misma.
Por momentos yo perdía la comprensión
de los acontecimientos y me molestó que
no me contestara.
-¿Siente usted esa alegría que es
al mismo tiempo tristeza? Le dije, para saber
si ella era real o sólo el espectro de
un sueño.
-La alegría no puede ser al mismo tiempo
tristeza- me dijo.
Medité un momento y de mi alma nació
una luz mayor que la de la vela. La habitación
se cubrió de bruma y la cara de mi tía
se hizo difusa. El rumor del agua parecía
ahora un llorar cansado.
-No eres real -le dije- y comencé a tutearla
desde que lo supe.- No eres real. Si lo fueras
sabrías que la única alegría
verdadera es la que al mismo tiempo tristeza.
¿Acaso el rumor de la corriente no es al
mismo tiempo un cantar y un lamento?
Mi tía lo sabía porque había
vivido lo suficiente. Por eso ella siempre bromeaba
quejándose al mismo tiempo.
-Estoy hecha de tus propios sentimientos me replicó
sonriendo levemente, mientras su rostro se hacía
manifiestamente más joven- ¿Es que
acaso puede haber alguien más real que
yo.?- Y agregó-¿Cómo puedes
culparme por contradecirte, si yo soy el reflejo
de tus sentimientos contradictorios?
La quedé mirando a los ojos y poco a poco
su figura, la luz de la vela, el silencio de la
noche, el cantar del agua, los viejos naipes y
las estrellas fueron uniéndose y yo mismo
me fundía en ellos. En mi volvía
a estar todo y yo estaba en todo aquello. Mis
propias experiencias estaban compuestas de las
suyas.
La noche fue muriendo poco a poco retirándose
su oscuridad hacia el fondo de mi alma, donde
obtuvo un cómodo refugio.
Del mismo sitio salía la luz de la aurora,
sin abandonarlo, sin embargo.
Toda la casa era de nuevo la misma del principio,
pero el viejo corredor, la vela, la vertiente
y mi tía seguían dentro de mí,
vagamente distinguibles en la neblina de mi espíritu,
y mi espíritu parecía ser un niño
pequeño y al mismo tiempo un anciano.
Me levanté sacudido por su pena... una
pena dulce y alegre... una alegría misteriosamente
triste.
Entonces supe que estaba vivo.
Y desperté.
"CARLO Y LA MUERTE"
Marcos Manuel Sánchez
A las cinco en punto de la tarde, Carlo subía al asiento de conductor de "la máquina". Un intenso aroma a tapicería de cuero le envolvió de inmediato.
Fue como si se sumergiera en otra dimensión. Todavía resonaban en su mente las palabras de Sara:
–Ve con prudencia, Carlo. Esa máquina es como un cohete con ruedas...
–No exageres. Lo probaré por la carretera secundaria. A estas horas no hay trafico.
–No dediques mucho tiempo a esto, Carlo.
–¿Y por qué no vienes? El coche admite dos plazas...
–No me apetece, de veras.
–Vale. No le des más vueltas, cariño. Estaré de regreso antes de las seis.
Él la besó en los labios, un gesto que martillaría la memoria de ella durante mucho tiempo.
El último beso. Durante años, Sara se repetiría multitud de veces las mismas preguntas ¿Por qué no le retuvo más tiempo? Habrían podido hacer el amor durante horas, en la intimidad del dormitorio que desde ese día ya no volverían a compartir. Si ella hubiese insistido un poco más. Lo suficiente para que él abandonara la idea de subirse a esa máquina.
–Dios, ¿por qué no le quitaste de la cabeza esa locura?– se torturaba interiormente.
–"Ve con prudencia, cariño..."–. Las palabras se desvanecieron en sus pensamientos cuando Carlo giró la llave de contacto.
El bólido rugió anunciando su afán de conquista del asfalto. Quinientos cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes posibilidades al afortunado conductor que quiera experimentar nuevas sensaciones.
Con tacto muy suave, Carlo introdujo la primera marcha y posó el pie sobre el acelerador. El Ferrari F60 se revolucionó hasta 6500 vueltas y salió disparado hacia la Avenida de América. Al principio le costó trabajo dominar los envites de la "macchina" a cada presión sobre el pedal. Después comenzó a sacarle sustancia a la experiencia. Aprendió que debía soltar enseguida el embrague y solo dejar caer el peso del pie. Así consiguió una respuesta dócil del vehículo.
Únicamente cada vez que había de parar ante un semáforo y aminoraba la marcha, le parecía que al accionar el freno debía apretar el pedal más de la cuenta. Le sorprendió un poco que la frenada no fuera tan precisa como el resto de los controles.
Tomó el desvío hacia la Nacional Uno, dirección Burgos. Sensaciones nunca antes vividas pasaban por su mente. La excitación de la velocidad. La brutal aceleración al cambiar de marcha.
Un gozo indefinible le mantenía eufórico.
A su cabeza acudían fugaces recuerdos de su infancia, cuando se escapaba con la moto de su padre para recorrer la adoquinada Vía San Giovanni, de su querido San Gimignano. A pesar del traqueteo producido al rodar por la irregular superficie, aquel niño disfrutaba como nadie de la experiencia. El cosquilleo que le subía por los brazos a sus doce años, con la Benelli a sesenta kilómetros por hora, llegaba a erizarle el cabello.
Una excitación similar embargaba sus sentidos al volante de la máquina. Pero esta vez se desplazaba por una autovía recién asfaltada a ciento noventa kilómetros por hora, con visos claros de alcanzar mucho más merced a la formidable aceleración brindada por el propulsor de inyección multipunto.
Carlo dejó pasar el desvío hacia la carretera de Colmenar, donde pensaba visitar las obras del Polideportivo que dos meses antes comenzó a construir Fakirsa.
Le pareció mejor idea continuar unos pocos kilómetros más.
El color rojo fuego de la carrocería relucía bajo el sol de la tarde como un diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel proyectil con ruedas. En su muñeca, las manecillas del reloj Swiss Army marcaban las cinco y veinticinco. Necesitaba más tiempo para hacerse con el control de la máquina. Habituado al sencillo manejo de su viejo Alfa Romeo 95, le llevaría un buen rato domar a este pura sangre.
Carlo no tuvo que hacer uso del freno desde que dejó atrás el casco urbano. La retención del motor al levantar el pie del acelerador resultaba más que suficiente para adaptar la velocidad al fluido ritmo con que discurría el tráfico a esas horas.
La ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra. Aunque sus picos más altos no se elevaban mucho más allá de los dos mil metros, los barrancos y despeñaderos que jalonaban la carretera imponían respeto a cualquier viajero.
A la altura de la cuesta de El Molar, Carlo empezó a comprobar, maravillado, la fuerza con la que el propulsor del Ferrari F 60 era capaz de impulsar aquel ingenio mecánico, fruto de la más avanzada tecnología.
El velocímetro marcaba doscientos diez kilómetros por hora.
¿Qué pudo inducir a aquel hombre tranquilo, equilibrado y poco amigo de asumir riesgos inútiles, a correr disparado a los mandos de un bólido?
Sensaciones, quizá. Sensaciones de una intensidad que nunca antes (si acaso en la niñez conduciendo la Benelli verde y plata) había llegado a experimentar.
–Es Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo? –preguntaba su conciencia. Total, por una vez que juegues a ser chico malo no has de sentirte culpable–. ¿Quién no ha sido atraído por lo prohibido, por traspasar la línea de lo correcto? ¿Incumplir una norma de tráfico? ¡Bah! Su buen amigo el concejal le resolvería la papeleta. Cuantos favores intercambiados. Una sólida amistad. Buen elemento ese Pablo.
Las curvas iban haciéndose más cerradas a medida que Carlo avanzaba por la pista hacia la cadena montañosa.
Pisó el freno varias veces. Al igual que cuando circulaba por Madrid, notó que debía apretar a fondo el pedal. Pero ahora apenas podía percibirse el efecto de la frenada. Cambió a una marcha más corta. No fue suficiente. El vehículo escapaba por momentos a su control. Un sudor frío humedeció su frente y sus manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron paso a una rigidez que le atenazaba los brazos y las piernas. Un letrero indicaba en negro sobre blanco la leyenda " Robregordo, 10 Km". La siguiente curva hizo que el Ferrari sobregirara de la parte trasera. Casi fuera del arcén, el conductor consiguió enderezar la trayectoria. El rugido del motor fue una clara protesta ante la subida de revoluciones provocada por la reducción de marcha. Dominado por la desesperación del momento, a Carlo le importaba poco forzar el motor, pasarlo de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba por salvar la vida y para ello había de frenar. Frenar como fuera. Durante un instante que le pareció una eternidad, Carlo decidió arrimarse a la pared rocosa de la montaña, cortada por la carretera en varias zonas.
Se hallaba en las estribaciones de la Sierra madrileña, hendida por la Nacional como si un hacha descomunal hubiera asestado un tajo formidable.
–¡Dios, ayúdame! ¡ Dios, ayúdame! –repetía para sí.
Pretendía rozar el lateral rocoso en un loco intento de reducir la velocidad. Entró en una curva pronunciada, en forma de horquilla. Salir de ella a ciento ochenta kilómetros por hora, resultó ser una empresa imposible. La angustia de Carlo le llevó a la memoria la imagen de Sara.
–"Cariño, estoy perdido. Recuérdame siempre".
Esas palabras cruzaron su mente tres segundos antes de romper el pretil. El coche rebotó contra la roca y salió despedido hacia el lado opuesto de la calzada girando sobre sí mismo. Rebasó el borde del precipicio llamado Barranca del Toro, a trescientos metros sobre el suelo. Seguía girando mientras surcaba el aire en un recorrido mortal que terminó aplastándolo contra las grandes rocas del fondo.
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