INFINITO
Por Alex Zurita Gajardo
alexdezuritania@hotmail.com
Un
día me encontraba a orillas de un río
contemplando sus brillantes aguas sintiendo la
intemporalidad del sol y del placer de no tener
nada que hacer.
Satisfecho de mí mismo y de la vida toda,
cerré los ojos un momento, solo un momento,
porque al segundo siguiente los tuve que abrir,
espantado al sentir que algo se apoyaba pesadamente
sobre mi pecho. Entonces lo vi, apenas a unos
centímetros de distancia. Un perro. Nos
miramos. Por un larguísimo momento, como
sopesando nuestras mutuas intenciones.
Y entonces, cuando me preparaba a dar un salto
y salir corriendo, el perro abrió la boca.
Y digo boca, porque con ella habló; o más
bien susurro: No temas Nosfer no te haré
daño- Iba a abrir esta boca, la mía,
para gritar tal vez pidiendo auxilio, pero el
perro se adelantó diciendo –No digas
nada antes de escucharme Nosfer, amo mío.
Si, porque eres mi amo. Supongo que no lo recuerdas
porque veo la incredulidad en tus ojos. pero,
te demostraré la verdad de la existencia
de nuestra relación.
A esta altura de sus palabras, yo ya no sabía
si sorprenderme de que hablara o de las cosas
que hablaba y de cómo lo hacía.
Por favor, toca la parte posterior de tu cabeza–
Así lo hice y noté un chichón.
Grande. Muy grande. Miré al perro en forma
interrogante y él bajó y subió
su cabezota lenta y afirmativamente. Así
es –sufriste un accidente. Supongo que perdiste
la memoria. Te haré sufrir. Te obligaré
a recordar. Volverás a ser. Antes que nada
y tratando de ser breve te diré que tu
nombre es Nosfer, naciste en Zuritania y eres
un borrachín; lo cual explica tu accidente.
Pero- interrumpí –no me interrumpas–
me contra interrumpió: muchas veces te
lo advertí y muchas veces me dijiste que
no lo volverías a hacer. Hacer que? –pregunté–
beber, tomar, chupar, etc. etc. etc. Vamos!! –lo
desafié– dime que significan esas
etcéteras. Ja... ja... ja...!! ni lo sueñes!.
No voy a seguir tu corriente. Jamás me
aparto de mi propósito. Y cuál es
tu propósito? Lassie, Rin Tin Tin o como
quiera que te llames, pregunté. Perdón
–respondió– había olvidado
que has olvidado. Mi nombre es Infinito. Vaya!
–respondí– no me parece un
nombre muy apropiado para un perro. Pues, tú
me lo pusiste, contestó mirándome
de costado. Es mas –prosiguió–
ni siquiera te dignaste a responder cuando te
pregunté el motivo del nombre, y ahora,
agregó con un dejo de tristeza, por causa
de tu accidente tal vez nunca lo sepa.
Me pareció ver casi un encogimiento de
hombros en su figura perruna y no pude evitar
sentir algo de culpa. Pero luego pensé:
diablos!, los perros no se encogen de hombros
y mecánicamente cerré los ojos,
queriendo no verlo. Entonces levanté mi
mano,
queriendo rascar mi cabeza, alimentando la vaga
esperanza de hacer desaparecer el
chichón acusador. Pero no, ahí estaba.
Ahí estaban. Los dos. Uno al tocar y el
otro al mirar. Uno, el chichón y el otro
el perro acusador. El chichón comenzaba
a dolerme y el perro empezaba a alterarme los
nervios.
No terminas de creerlo, eh?, preguntó –Y
qué harías tú en mi lugar
–respondí– que pensarías,
que sentirías. Seguro dirías que
esto es un mal sueño, los perros no hablan,
pero por otro lado debo reconocer –continué–
que no conozco mis circunstancias particulares
no se dónde me encuentro, ni como me llamo,
tampoco a que me dedico, y menos te conozco a
ti, concluí.
Además de desmemoriado, eres olvidadizo
–respondió– te acabo de decir
que tu nombre es Nosfer que vives en Zuritania
y eres un borrachín. Pero cómo sé
que no me mientes? –pregunté con
angustia–. Eso lo sabrás cuando puedas
recordar respondió. Y cómo o cuando
llegará ese momento? Soy perro, no médico
ni adivino –respondió con lógica
implacable, y luego agregó –por lo
demás, ni siendo médico ni adivino,
podría responder a esas preguntas.
Mi querido... comencé a decir, tratando
desesperadamente de recordar su nombre.
Infinito, acotó con dignidad –Infinito!
Si!. Mi querido infinito. Mi perro! Exclamé
queriendo demostrar alegría. Sí,
Infinito, respondió, pero mucho mas que
eso, Infinito, perro. Pero mas que perro, mas
que todo he sido tu amigo, tu guardián
durante tantos largos años que a veces,
toda esta historia nuestra me ha parecido un tiempo
infinito. Se quedó como pensando un momento,
y luego dijo: Aunque después de todo, quizás
no sea un nombre tan extraño.
Ajá, respondí, bien entonces, mi
querido amigo, mi Infinito podrías por
favor ayudarme a recuperar mis recuerdos?, o sea,
a mi ser, o sea mi vida toda y también
parte de la tuya, ya que si lo haces. Si me prestas
ese gran servicio, tal vez, incluso recuerde el
motivo de tu nombre. Pero si lo recuerdas, me
lo dirás?– preguntó. Por supuesto
mi querido amigo Infinito, respondí. Mi
querido amo, mi amigo, mi Nosfer –ladró–
Entonces reí. Nos miramos, vi sus ojos,
me vi en ellos, ladraste! –le dije. Me miró
como con hambre, con angustia, con dolor, como
con infinito desprecio. Y luego agregó
como para sí mismo, me parece que este
va a ser un largo trabajo. Lo miré con
curiosidad, cerré los ojos. Sólo
un momento... y al volver abrirlos, lo vi. Entonces
lo vi:
Un río de brillantes aguas, intemporal
bajo la luz del sol. Me vi a mí mismo,
sentado en su orilla, solo. Y entonces pensé
con tristeza, que no existen los perros que hablan,
pero que hay sueños que dejan, a veces,
rastros indelebles. Sentires que rozan con el
infinito.
Me levanté, repentinamente cansado y me
alejé pensando que nunca sabría
la razón de un nombre tan curioso para
un perro.
Aunque después de todo, quizá no
sea, un nombre tan extraño. |
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16
DE JUNIO DE 1982
Por Marili Flores
marilifloreslena@hotmail.com
Estaba
frente al televisor con mi Juan Max de tres
años. Yo tenía los ojos inundados
de lágrimas y él me preguntaba
insistentemente, –Que pasó? Perdimos
Mamita?. Sí mi amor.
Sentía un dejo de vergüenza. Propia?
Ajena?. Le había hablado tanto de aquello
al niño!, se había metido tanto
en eso. No podía ser de otra forma. Por
la inteligencia de Juan y por cómo se
había vivido todo. Las imágenes,
en salva, me abordaban casi fotográficamente.
Hacia atrás quedaban setenta y cuatro
días. Argentina aflojaba la tensión
y la fatiga de una larga vigilia que inaugurada
aquel 2 de Abril de madrugada, se había
despertado sacudida por el cruzamiento de sentimientos
y sensaciones desconocidas y confusas.
El almacén de Tito, era el circunloquio
del barrio. Algo como un club, donde encontrarnos
todos y ahí exponíamos los noveles
y expertos estrategas bélicos. En nuestras
charlas, “la” Lala nos instruía
sobre los temas misil aire-tierra, portaviones,
bombardero, gurca, Hércules...
Allí, dicotomías, broncas, alegrías
y la solidaridad habían bailado todas
juntas, el tango de las expectativas en todos
los rincones de la Patria.
Esas idas a la Pza. Ramírez con la gurisada
del barrio en mi Citroen en manifestaciones
multitudinarias con binchas y banderitas celestes
y blancas se convertían ese atardecer
en la violada utilería de una puesta
de teatro del absurdo y nosotros, actores que
grotescamente festejábamos un conflicto
bélico. Esos bocinazos me aturdían,
ahora. Esos con los que, estertóreamente
expresábamos en patrioterismo de mundial
de fútbol la dramaturgia horrorosa de
una guerra. Lo que me impidió entenderlo
al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo
me preguntaba en su cocoliche, “ma caraco
que festeca?! Una guera?” y pensé,
cincuenta años en este país, pero
no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí
al Nonno, creciendo otra vez desde su sabiduría,
desde mi dolor. Desde la bronca de Juan Max.
Desde la ingenuidad de haber sentido que el
blanco de un misil tenía la simbiosis
con los goles de aquel mundial de esos días,
en el arco adversario y que en dominguera algarabía
desde la tribuna telúrica de un nacionalismo
ingenuo y folclórico, festejábamos
los blancos.
Sentí que no había distancia cronológica
entre Juan Max y yo y todos, en ese dulce sueño
de país niño e inmaduro que despertó
a los setenta y cuatro días. Maduró
en pesadilla. De golpe con etapas quemadas,
como los niños pobres. Madurando desde
las mentiras periodísticas y desde las
verdades de los chicos de la guerra.
Tomé a Juan Max y a María Delfina
y los subí al auto. Las calles eran un
silencioso desierto.
El quiosco de la placita San Martín era
la vidriera del cambalache. Vi que una misma
editorial lucraba, indecorosamente me parecía,
desde la revista Gente con las fotos de la guerra
y desde El Gráfico, con un enorme titular,
estampado en tapa: “Como está la
Selección Nacional Argentina, después
de la batalla con Bulgaria?” Claro! Si
esos días ovacionábamos a los
Hércules y Diego Maradona.
En el asiento de atrás María Delfina
tomaba su banderita desde la luneta trasera
y Juan Max le decía –Osito, mirá
que perdimos,... Pero ella berrinchaba porque
la quería igual.
Suspiré alentada soñando que sus
generaciones no la arrearían nunca a
partir de hoy.
Desde el magma mental de mis imágenes,
me llegaron Pinky y Cacho Fontana. Maratónicas
horas frente a cámara. Pierina Dealessi,
donado todas sus joyas y sus bienes, ganados
en mas de sesenta años de dura labor
en las tablas de los teatros. Mujeres compitiendo
en tejido de bufandas y abrigos para los soldados.
Las toneladas de alimentos donadas por empresarios
y por los pobres también...Todo eso perdido
definitivamente en el desconocido destino de
la estafa, sin que ningún periodista
ni juez, investigara.
Dónde estará? –me pregunté–
el periodista ese... que decía “Que
venga el Principito que acá tenemos correntinos
en Malvinas”. Correntinos de dieciocho
años, criaturas criollas, patriotas inexpertos
que fueron a abonar con su sangre guaraní,
esa tierra donde desde esa tarde volvía
vencer el coloniaje que junto a los chicos de
todas las geografías miraban asustados
como aquellos estragos y fantasmas de sus pesadillas
de la infancia, el salto ágil con técnicas
corporales precisas, de los gurcas , desde los
lanchones a las costas en batallas... Donde
está?.... pensé con náusea
visceral, ese funcionario de facto que nos decía
que “esta vez teníamos mucho más
que el aceite hirviendo, de las invasiones inglesas?”...
Ese mucho más, eran vetustas armas en
desuso en todo el mundo, para enfrentarse con
miras infrarrojas y armas láser que ni
soñábamos que existían
y que nuestros chicos de la guerra las descubrieron
en el escaparate cruel de la armería
de Malvinas.
Volví a casa y preparé la cena,
desde el amargo sabor de la derrota, que nos
había bajado el mazazo en el medio de
la crisma. Desde nuestra euforia que emprendía
en retirada. Desde el emblema victorioso de
Belgrano que perdía su invicto en la
centuria.
Max llegó de atender el consultorio y
de dar sus cátedras en la facultad y
me confesó recién en ese momento,
que se había alistado como cirujano de
guerra y lo admiré una vez mas.
En todos los lugares se lloraba doblemente.
Desde los televisores los chicos de la guerra
volvían vencidos de Malvinas y desde
los canillitas que voceaban: “última!,
última!, éramos los favoritos
y perdimos, el equipo de Menotti fue vencido
por Italia!” También perdíamos
ese mundial que por esos días nos ocupaba,
al unísono, como otra batalla de honor
nacional.
Esa misma noche, tomé fuerzas escuchando,
con Max y Susana, a la familia Pereyra del Barrio
de la rural, diciendo que significaba para ellos,
que Misael, entregara la vida por la “Hermanita
perdida” de Atahualpa Yupanqui.
Amanecía de nuevo. Una mañana
de esas, como todas mis mañanas, me levanté
temprano a preparar el desayuno de Max antes
de irse para el Hospital. Desde los medios sentí
como a paso raudo, el tiempo iba volteando mordazas
y empujando la apretura y el diálogo.
León y La Negra Sosa, que llegaba del
exilio, llenaban los estadios. Afianzando coraje
y compromiso. Allí, obreros, estudiantes,
juventudes, se volvían militantes y juntos
lanzaban desde sus voces, aquella oración
musical que dice: “sólo le pido
a Dios que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte toda la
pobre inocencia de la gente...”
Las fiestitas del Jardín Sonrisitas de
Juan y Delfina, se pusieron muy lindas.
En el almacén de Tito, volvíamos
a reírnos a mares con las salidas y las
anécdotas de lo que en el Taller de Mecánica
Pesada de Vialidad Provincial, ya empezaban
a decirse cargándose entre Peronistas
y Radicales. Andan con las fichas para afiliar-
me decía Tito.
Y Gladis comenzó locuaz a hablarnos,
ahora de Libertad. Partidos Políticos.
Constitución.
Urnas. Democracia. De esa piedra angular de
la vida y la esperanza. Atalaya desde donde
escrutar los hechos del pasado para que no se
repitan. Crecía un Nunca Mas.
Volvimos a la calle, con banderitas en celeste
y blanco. Otra vez todos.
En el patio grande de casa, esa noche de Octubre,
la temperatura afianzaba una primavera de flores
y brotes nuevos. Max en el quincho asó,
con otras de sus maestrías, eso que él
dió en llamar “El cordero de la
Democracia”. Pusimos una bandera que en
la franja blanca habíamos escrito “Argentina
Democrática 83” y amigos de todas
las expresiones políticas comimos y brindamos
esa noche. Y muchísimas noches mas...
Juan Max, tan maduro, tan fuerte, está
en Córdoba estudiando Derecho. María
Delfina, hermosa , llena de sueños y
enamorada así como me solía enamorar
yo en la vida, está por partir para España.
Max, ha partido, desde hace casi siete años
y nos ha demostrado junto a toda la nuestra
ciudad, que los grandes quedan en las obras
y en la gente.
El almacén de Tito cerró al tiempo
de partir él.
Y yo, aún por acá. Un por acá
que puede ser cualquier lugar. Entre Ríos.
Córdoba o Buenos Aires. Da lo mismo.
Pero soñando siempre. Soñando
como soñé anoche y que es de donde
viene todo esto, nada mas que como decíamos
de gurises, lo contaré en ayunas así
se me cumple el sueño... Les cuento.
Soñé que era Junio y que en mi
ventana un canillita voceaba, Última,
última, ultima noticia!!!
Cancilleres han firmado la Soberanía
Argentina en Malvinas! Y un bocinazo me despertó.
Bueno... ahora que ya lo conté, puedo
ir a hacerme el mate con algo para masticar
y prender la radio, para escuchar las noticias.
Esas que nos pertenecen. De las que sí,
somos autores.
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