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CUENTOS | Página 5
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LA ARAÑA Y EL ÁRBOL HISTORIA DE LA HUMANIDAD
Por Alejandro Abritta
(alejandroabritta88@hotmail.com)


La araña llegó al árbol y el árbol lloro, porque la araña no se iría. La araña llegó al árbol y allí se quedó, y el miedo hizo temblar al árbol; y cuando el árbol tembló, todos sus habitantes vieron a la araña, y temblaron también, sabiendo que la araña era malvada. La araña llegó al árbol y todos temblaron, la araña sonrió, y todos temblaron de nuevo.
Los habitantes del árbol eran los ciempiés, quienes más cerca del suelo vivían, porque con sus patas recorrían el suelo; había también escarabajos, que resistían en las ramas bajas con sus fuertes patas; orugas había, que comían y comían recorriendo las ramas del árbol; y estaban sus madres, las hermosas mariposas que, con sus colores, iluminaban al árbol. Y la araña los odió, porque era malvada, porque para odiar vivía y porque tenía hambre.
Por esto tejió su tela donde los ciempiés vivían, y uno por uno los fue atrapando, y los comía a veces, y a veces sólo los dejaba en su tela y los veía, y les hablaba, porque la araña era malvada, y quería que sufran. Y a veces la araña salía y todos temían, porque una sonrisa había en su cara, una sonrisa que al miedo atraía, y que el miedo inspiraba. Y así, después de un tiempo, los ciempiés se fueron del árbol, llorando en su interior, pero con miedo en sus rostros. Muchos quedaron atrapados en su huida, pero también muchos huyeron, y por esto el árbol lloro y así también sus habitantes. Y la araña también lloro, porque tenía conciencia y eso le pesaba, y su conciencia le dijo que no debió comer tantos y atrapar a tantos, porque la conciencia era buena y siempre a la araña molestaba con sus quejas y consejos, también dijo la conciencia que no debió haber hecho sufrir al árbol y a sus moradores; y la araña lloro, pero a su conciencia engañó, llorando por el sabor de los ciempiés, perdido, y burlándose del sufrimiento del árbol y de sus habitantes. La araña puso huevos y subió en el árbol, hacia donde los escarabajos habitaban, y los escarabajos temblaron. Y de los huevos nacieron luego nuevas arañas y se instalaron con los escarabajos, y también eran malvadas y se burlaban del miedo y del sufrimiento de los otros.
Y los escarabajos, como los ciempiés, fueron desapareciendo poco a poco, para placer de las arañas, que se divertían viendo a los pequeños escarabajos sufrir en sus telas, y, también, persiguiendo a los jóvenes escarabajos por las ramas, atrapándolos con sus dientes y burlándose de su dolor, mientras su veneno corría por su sangre. Fue así que los escarabajos crecieron en miedo, y el miedo los forzó a irse del árbol, pero se fueron llorando por las viejas ramas en las que tanto tiempo habían vivido y tanto tiempo habían pisado. Y el árbol los vio y lloró con ellos, mientras las arañas reían del sufrimiento del árbol, del sufrimiento de sus escarabajos y de placer, porque a algunos escarabajos habían atrapado, y estos miraban a sus amigos y lloraban, porque sabían que les esperaba un destino peor que la muerte, y también lloraban por sus amigos perdidos y por el sufrimiento del árbol, que lloraba con ellos. Y los que se habían ido lloraban, por sus compañeros, por el árbol y por ellos mismos, perdidos a la deriva en el vasto mundo, y por fin el dolor de los ciempiés comprendieron y lamentaron, y se preguntaron que había sido de ellos, que su mismo destino habían sufrido. Pero las arañas como su madre conciencia poseían, y la conciencia las hizo llorar, llorar por el dolor que habían producido y por la muerte que habían llevado al árbol. Y, entonces, las arañas lloraron, pero no por el dolor del árbol, sino de placer, mientras comían a los escarabajos que habían quedado atrapados en su huida. Y la araña puso huevos, de los que nacieron más malvadas arañas, que siguieron a su madre a las ramas más altas, el hogar de las orugas, que a temblar se pusieron, sabiendo su destino.
Y las orugas, como los anteriores habitantes del árbol, fueron desapareciendo, alimentado a las arañas, que disfrutaban de cada oruga atrapada y que gozaban de cada oruga comida, de cada oruga que moría en un intento de escapar y, que si alguna lo lograba, mataban con su veneno. Pero la experiencia es buena maestra, así que las orugas no aguantaron mucho y pronto, llorando, se fueron del árbol, que había sido su hogar por tanto tiempo, y que siempre habrían de extrañar. Y el árbol lloró a sus amigas las orugas, que en sus ramas comían y vivían, que en su tronco hacían sus casas y capullos y que, con su voz, alegraban al árbol y regocijaban a sus habitantes. Pero las orugas se fueron, dejando al árbol en su dolor. Y las arañas lloraron, arrepentidas por el dolor que habían causado, con un llanto producido por su conciencia, que rápidamente fue engañada otra vez, porque las arañas lloraban de risa, riéndose del dolor del árbol, y riéndose del dolor del árbol tuvieron hijos, que rápidamente crecieron y subieron a las ramas más altas, el hogar de las mariposas, que de inmediato empezaron a llorar, y también, si vale decirlo, a temblar de terror.
Pero las mariposas volaron y volaron, lejos de las redes de las arañas, que conforme las mariposas subían, subían con ellas, como si hubiera redes invisibles que las ataban a las mariposas. Y el árbol se acabo para las mariposas, y ya de las arañas no pudieron huir, por lo que estas últimas empezaron a caer en las telarañas, muriendo una por una, y una por una sintiendo el dolor que tanto amaban las arañas. Y, mientras el árbol lloraba, las mariposas eran devoradas por las arañas, y ya no pudieron, como los anteriores habitantes del árbol, escapar. Ya las arañas eran muchas, y ya no se conformaban con devorar algunos. Fue así que los últimos habitantes del árbol, las mariposas, desaparecieron, y ya nunca volvieron al árbol. Y las arañas pusieron huevos que todo el árbol ocuparon, y el árbol lloraba y lloraba, por sus antiguos amigos, por la maldad de las arañas y por el peso de ellas que ya era insostenible. Y fue así que este peso hizo que el árbol cayera muy lentamente; y durante la caída el árbol lloraba, y por fin las arañas con su conciencia lloraron, y por fin ya no trataron de engañarla, pero con el llanto de las arañas el árbol cayó, dejando sus raíces en el suelo, y las malvadas arañas murieron, llevándose con ellas al árbol que alguna vez había sido su hogar. Pero donde el árbol estaba un pequeño arbusto quedó, y alrededor de él todos los habitantes del árbol se reunieron, esperando al legado que su antiguo hogar les había dejado, y sabiendo que, aunque algún día volverían las malvadas arañas, hasta ese día la paz reinaría en sus vidas, y el dolor sería solo un recuerdo lejano.

JUSTICIA
Por Antonio Rosmini
E-mail: raton_amr@hotmail.com


Yo estoy encerrado en lo alto de una torre pegado a un precipicio que da al mar tengo una puerta de acero cerrada con una cerradura de doble vuelta.
Tengo una pequeña ventana en la cual puedo ver las gaviotas volar y oír el chocar de las olas contra las rocas.
Luego lo que hay es pura pared, estoy aquí por un delito que no cometí, pero no le pude explicar al juez la verdad, parecía tan absurda.
Mi familia no creía que yo maté a alguien, cosa que no hice, mi padre sé peleo con el juez y lo multaron, una multa inaccesible de pagar para él. Mi abogado y amigo del alma tampoco pudo ayudarme y me creía. Todo el pueblo me apoyo, ellos me creían, pero no el juez. Hasta el abogado contrario pidió una sentencia menos dolorosa.
Pero no, él hizo lo que creía que debía hacer o mejor dicho lo que quería hacer, no pensó en los sentimientos de otra persona, incluso siendo de sexo masculino.
Me preguntó que estaba pensando el día que dio mi sentencia.
Les puedo asegurar que no sé quien fue, pero si se que el que hizo tan horrible cosa debe estar peor de lo que estoy yo, toda su vida va a estar pensando en que mató a alguien, y para colmo le echaron la culpa a alguien que era tan inocente como la gaviota que entró a mi celda por la ventana.
Yo que estoy aislado totalmente del mundo, de mi familia, de mis amigos, de mis animales, me prometo que cuando salga de aquí disfrutaré de la vida, no haré justicia, ya la he echo.


LA APUESTA
Por Diego Quinteros
elcordoba2001@hotmail.com


Hace mucho tiempo ya, en un lugar cualquiera, dos grandes amigos se encontraron. No se puede decir con exactitud cuando ni donde, ya que todavía
no existían tiempos ni lugares. No había relojes que supieran limitar las horas ni planetas que pudieran establecer los sitios.
Si bien es cierto que eran muy amigos estaban claramente diferenciados por cuestiones... digamos políticas, aunque era mucho más que eso, pero alcanzará para entender.
En fin, nuestros dos amigos en cuestión tenían diferentes formas de vida y que así se entienda. Uno estaba más relacionado con el orden, la tranquilidad, el equilibrio, la armonía; mientras que el otro era algo más desequilibrado, más impulsivo, más arriesgado, más pasional. Ninguno era superior al otro, eran amigos y entre amigos no hay superiores. A ellos no les importaba quién era el mejor ni el primero, ya que de todas formas, aunque hubieran querido saberlo, nadie podría habérselos explicado. Después de pasar mucho tiempo que jamás podría ser establecido, se fueron cansando de tanta nada. Las charlas se habían vuelto más monótonas, rozando la rutina, pero sé que para muchos hablar de rutina en estos seres merecería algo menos que la hoguera.
Tal vez fue esto lo que hizo que en algún momento a uno de ellos, no sé a cuál, (y en el fondo es irrelevante) se le ocurriera hacer una apuesta, una apuesta entre amigos, sin más objetivos que la simple diversión. Una apuesta no para encontrar ganadores, sino para que la nada se poblara de algo que los alejara de ese montón de pensamientos que atosigaba sus mentes todo el tiempo. Para distraerse, para alejarse de su rutina, para entretenerse con algo que no sean ellos mismos.
La apuesta era simple: debían crear entre los dos un mundo, un lugar cualquiera que se les ocurriera y poblarlo de seres y cosas. Algo así como un laboratorio de ratas, para probar con ellas y divertirse, para ver sus reacciones y sus decisiones dependiendo de las situaciones que, a su antojo, ambos les plantearan. Ganaría el que mayor influencia causara en este mundo creado, aquel que más impusiera su forma de vida entre esas ratas de laboratorio.
No fue simple, debieron crear un espacio y un tiempo limitado, finito; debían abstraerse de sus propias vidas e inventar nuevas reglas para sus criaturas. Debieron darles un mundo medianamente entendible y aceptable para que sus cortas vidas no se debatan entre sombras con preguntas que nunca encontrarían solución. Crearon días y años, y estrellas para que los indicaran. Les dieron necesidades a sus criaturas para que pasen sus vidas tratando de satisfacerlas y les dejaron libertad para elegir cómo.
Pero a pesar de esa posibilidad de elección fueron marcando pautas para el camino a recorrer, creando paradigmas invisibles y evitando los fantasmas en las cosas más simples. Todo esto para poder evaluar cuál era la forma de vida que con el tiempo fuera a imponerse. Es evidente entonces que la libertad dada a sus ratas no era más que ficticia, era una ilusión para que puedan comprender, para que crean que comprenden. Ellos marcaron un camino inevitable, y las ratas podían recorrer el camino como quisieran, pero debían recorrer ese camino y no otro. Incluso fueron dotadas de libertad de pensamiento, pero igualmente ficticio, ya que era una capacidad muy limitada, para que crean que comprenden, pero era sólo lo que ellos les dejaban comprender, las cosas simples, las cosas obvias, las cosas necesarias y no más que eso.
Se divirtieron mucho viendo que llamaban locos a los que realmente entendían más allá de las limitaciones de los demás, a los que comprendían realmente algo del mundo. Vieron como los encerraban y les dio miedo su creación. Se preguntaban cómo era posible que marginaran a los más sabios, a los que tenían los ojos más abiertos. "¿Cómo es tan ciego el hombre que encierra al que puede ver?" se preguntaban el uno al otro, pero ambos negaban responsabilidades y terminaban por evitar el asunto. Vieron como se asesinaban unos a otros por discusiones de tierras y se sorprendieron de la malicia de sus ratas. Ellos no entendían por qué el hombre inventaba territorios si ellos crearon sólo uno para todos, sin necesidad de distribuirlos, porque en él entraban todos muy bien. Vieron como el más fuerte pisoteaba al más débil para cumplir su objetivo y sintieron asco de lo que habían creado.
Cuando notaron que el hombre creaba dioses perfectos y que los amaban sintieron curiosidad y algo de vanidad al verse engrandecidos por sus pequeños seres. Pero fue el espanto lo que los conmovió cuando vieron que se hacían guerras por esos dioses, que en nombre de esos dioses se mataban pueblos enteros. "¿En nombre de un dios perfecto y benévolo, creador de todas las cosas se destruyen?" se preguntaban y trataban de entender cuál había sido el error de su simple juego.
Entendieron que con su apuesta habían creado ratas para sufrir, aunque ese no hubiera sido el propósito. Entendieron que el hombre no sirve para ser feliz, que el hombre se siente más cómodo cuando es infeliz y puede culpar a alguien de esa infelicidad. Muchas ratas los culpaban a ellos (o mejor dicho a él, porque entendieron que uno era bueno y el otro no, que el bien era causa de uno y el mal del otro), pero ellos se sabían no perfectos, sabían que la perfección es una idea utópica, inalcanzable hasta por ellos mismos.
Pero a pesar de no ser enteramente benévolos como sus criaturas los imaginaban, el mal que padecían los conmovía, los hacía sufrir. Se podría decir que se habían encariñado con sus pequeños seres, un sentimiento semejante al que se tiene por una mascota.
Veían su sufrimiento reflejado en su eternidad, veían sin sentido a cosas a las que antes ni se lo hubieran buscado. Vieron que a pesar de su papel de creadores nada podían hacer para mejorar al hombre, nada podían hacer para que su felicidad sea más simple, más fácil de conseguir.
Y sufrían. Sufrían por la impotencia de su quietud, sufrían por la insuficiencia de sus actos. Morían todos los días al ver morir ratas inocentes, y al ver hacerse poderosas a ratas miserables, que de todas maneras, ellos mismos habían creado.
"¿Cómo explicarles que son una simple apuesta, sólo un trozo de diversión en la inmensidad de la nada?" se preguntaban en silencio sin compartir con el otro la pregunta que flotaba en el espacio.
Decidieron, con el dolor de sus almas, terminar el sufrimiento de sus pequeñas ratas. Prefirieron que perezcan y no que continúen con sus vidas de dolor. Pero al llegar el momento, ninguno pudo realizar la tarea del final.
Su obra los superó, los hizo pequeños ante tanto espanto. No podían sacrificarlos si nunca habían pedido nacer, si ellos estaban sólo porque un capricho infantil los trajo de la nada.
Fue en ese momento que entendieron que el dolor de sus ratas sería suyo por siempre, que debían existir con eso porque era su responsabilidad, eran sus mascotas, sus inventos. A partir de ese instante y para siempre, dejaron de saber lo que era la felicidad, y comenzaron a ser parte de la imperfección de su obra. Sabían que su eternidad no sería jamás la de antes; que su eternidad, desde ahora, sería su condena.

LA MERIENDA
Por Marcelo D. Ferrer

Cada domingo subíamos al tranvía tras una espera de cuarto de hora. Teníamos por delante un recorrido de cincuenta minutos, a lo menos. Los asientos de madera, con ondulaciones apenas anatómicas, hacían que el trayecto fuere algo menos incómodo. Pero un viaje en domingo a medio día a las afueras de la ciudad, era siempre penoso; los pasajeros iban cargados de bultos con provisiones que depositaban en el pasillo central, que una vez  que se colmaba de paquetes y de gente asida de los pasamanos, hacía que todos abordo, incluso los sentados, terminaran apretujados. En general la gente era de clase baja y con mal aseo, para cuando el tranvía se llenaba, los tufos obligaban a la apertura de las ventanas, que sueltas de sus trabas, iniciaban un tintineo en armonía con el traquetear de las ruedas sobre los rieles de acero. Mientras el carro estaba en movimiento se hacía difícil conversar; aunque mamá hablaba poco y sonreía todavía menos, sólo cuando nos deteníamos para el descenso y ascenso de pasajeros, hacíamos algún comentario. 
No es que mamá y yo perteneciéramos a una estirpe superior, vivíamos muy modestamente después de fallecer papá. Mamá era zurcidora y cocía botones para una reconocida tienda de la ciudad; nos diferenciaba la pulcritud.  Los tramos finales del recorrido se hacían en descampado y el paisaje que se observaba desde las ventanillas variaba diametralmente según la época del año. En invierno, la ocre sequedad de los yuyales se poblaba de motas negras a medida que la gente descendía y se perdía con sus bultos entre los matorrales. En verano, con el amarillo de las totoras en flor y el bullicio de los niños, había más colorido. Para cuando el tranvía llegaba a su destino, jamás había más de seis o siente personas abordo, incluidas, mamá, yo, y algunos años atrás, la abuela Rosario. 
Vestíamos invariablemente de negro: ella con lentes oscuros y un pañuelo de seda que le cubría la cabeza; pendiendo de su codo derecho, el bolso con la merienda; en su mano, un ramo de fresias. Yo con dos moños de raso sobre mis orejas, mi tapadito de paño y medias hasta la ingle. 
El guardia de la puerta era un amable anciano con deseos de conversar, después del saludo formal, descerrajaba una andanada de preguntas que mamá contestaba con leves movimientos de cabeza y expresiones onomatopéyicas, que dejaban al pobre el deseo de repreguntar. Por unos pasos me lo quedaba mirando comprendiendo su necesidad, mientras el individuo, sonriendo, agitaba su mano tan veloz como un colibrí bate sus alas, hasta que lo dejaba de mirar.
El arco de acceso era una imponente construcción de amarillo descolorido sobre dos torres con molduras. A cada lado, un paredón de varios metros de alto que repetía los arreglos del arco central. Más allá de la escalinata de entrada se abrían en abanico senderos de grava roja delimitados por setos bajos bien cortados. La sombra de enormes cipreses y cedros proveía cierta serenidad. Lo peculiar era el silencio. Ni bien trasponíamos la enorme reja de la entrada, las personas hablaban en un murmullo apenas audible; entonces, preguntas como: ¿Qué? ¿Cómo dijo? Y otras parecidas, era usual escucharlas a cada rato.
Nuestro sendero –en diagonal a la izquierda– nos dirigía a una pequeña fuente llena de musgo cuyo motivo eran tres ángeles jalados por un cóndor; la sequedad del mármol denunciaba que la fuente, como la mayoría de las cosas en ese lugar, estaba muerta. Más allá de la fuente, nos adentrábamos a un pasadizo rodeado de construcciones grises de pesada arquitectura barroca. Mármoles oscuros, crucifijos, rejas, floreros de chapa, bronces y epitafios, se sucedían sin solución de continuidad. Dolientes mujeres –de riguroso negro– entregadas con devoción a la tarea de acomodar flores, persignarse o rezar, daban movimiento al rígido silencio.
Papá estaba en un panteón más bien modesto. De esto me había percatado cierta vez que mamá me llevo a que viera las bóvedas de las familias adineradas: tenían varios pisos y subsuelos. Algunas se encontraban en tal abandono, que a través del biselado de sus puertas se podía observar féretros abiertos o corridos de lugar, pedazos de florero esparcidos por el suelo, y en general, suciedad. Ni bien llegábamos donde papá, mamá extraía de su bolso implementos para limpiar. Esto, aproximadamente, le demandaba una hora. Mientras ella se ocupaba de esa tarea, yo salía a caminar.
Al fallecer papá, tenía apenas seis años. Mamá era una joven ama de casa de veintiocho. Abuela Rosario, que también había enviudado joven, se mudó con nosotras. Por años la peregrinación de los domingos la hicimos las tres. Bien temprano, luego de almorzar  –a menudo sin siquiera lavar los trastos–, tomábamos el tranvía con todo lo necesario para pasar la tarde. Algunas veces lo hacíamos también los miércoles. Ellas pasaban por mí a la salida de la escuela y allá íbamos. Mientras mamá y la abuela tomaban mate sentadas en el umbral del panteón, yo hacía mis tareas. Abuela Rosario, que padecía diabetes, quedó imposibilitada de caminar, por eso, no nos acompañó mas; pero siempre tenía encomiendas que dar o instrucciones de cómo quería ella que luciera el lugar. Mamá lustraba bronces, barría el piso, sacaba brillo a los vidrios, enceraba el cedro de los cajones y refrescaba el agua de las flores mientras dialogaba con papá. Yo, deambulaba entre las tumbas jugando a las escondidas, o imaginaba que de una cripta, se asomaba un muerto de verdad. Al cabo de un rato mamá me llamaba a merendar. Entonces, entorno al mantel blanco con puntillas que cubría el féretro de papá, nos reuníamos los tres.
Cuando la sombra de los crucifijos se extendía a lo largo de los pasillos, emprendíamos el regreso. La vuelta tenía de desolado lo que la ida de poblado. Al languidecer el domingo, muy pocos retornaban al centro. En el vacío... retumbaba el traquetear del tranvía sobre los rieles de acero.
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