LA
ARAÑA Y EL ÁRBOL HISTORIA DE LA
HUMANIDAD
Por Alejandro Abritta
(alejandroabritta88@hotmail.com)
La
araña llegó al árbol y el
árbol lloro, porque la araña no
se iría. La araña llegó al
árbol y allí se quedó, y
el miedo hizo temblar al árbol; y cuando
el árbol tembló, todos sus habitantes
vieron a la araña, y temblaron también,
sabiendo que la araña era malvada. La araña
llegó al árbol y todos temblaron,
la araña sonrió, y todos temblaron
de nuevo.
Los habitantes del árbol eran los ciempiés,
quienes más cerca del suelo vivían,
porque con sus patas recorrían el suelo;
había también escarabajos, que resistían
en las ramas bajas con sus fuertes patas; orugas
había, que comían y comían
recorriendo las ramas del árbol; y estaban
sus madres, las hermosas mariposas que, con sus
colores, iluminaban al árbol. Y la araña
los odió, porque era malvada, porque para
odiar vivía y porque tenía hambre.
Por esto tejió su tela donde los ciempiés
vivían, y uno por uno los fue atrapando,
y los comía a veces, y a veces sólo
los dejaba en su tela y los veía, y les
hablaba, porque la araña era malvada, y
quería que sufran. Y a veces la araña
salía y todos temían, porque una
sonrisa había en su cara, una sonrisa que
al miedo atraía, y que el miedo inspiraba.
Y así, después de un tiempo, los
ciempiés se fueron del árbol, llorando
en su interior, pero con miedo en sus rostros.
Muchos quedaron atrapados en su huida, pero también
muchos huyeron, y por esto el árbol lloro
y así también sus habitantes. Y
la araña también lloro, porque tenía
conciencia y eso le pesaba, y su conciencia le
dijo que no debió comer tantos y atrapar
a tantos, porque la conciencia era buena y siempre
a la araña molestaba con sus quejas y consejos,
también dijo la conciencia que no debió
haber hecho sufrir al árbol y a sus moradores;
y la araña lloro, pero a su conciencia
engañó, llorando por el sabor de
los ciempiés, perdido, y burlándose
del sufrimiento del árbol y de sus habitantes.
La araña puso huevos y subió en
el árbol, hacia donde los escarabajos habitaban,
y los escarabajos temblaron. Y de los huevos nacieron
luego nuevas arañas y se instalaron con
los escarabajos, y también eran malvadas
y se burlaban del miedo y del sufrimiento de los
otros.
Y los escarabajos, como los ciempiés, fueron
desapareciendo poco a poco, para placer de las
arañas, que se divertían viendo
a los pequeños escarabajos sufrir en sus
telas, y, también, persiguiendo a los jóvenes
escarabajos por las ramas, atrapándolos
con sus dientes y burlándose de su dolor,
mientras su veneno corría por su sangre.
Fue así que los escarabajos crecieron en
miedo, y el miedo los forzó a irse del
árbol, pero se fueron llorando por las
viejas ramas en las que tanto tiempo habían
vivido y tanto tiempo habían pisado. Y
el árbol los vio y lloró con ellos,
mientras las arañas reían del sufrimiento
del árbol, del sufrimiento de sus escarabajos
y de placer, porque a algunos escarabajos habían
atrapado, y estos miraban a sus amigos y lloraban,
porque sabían que les esperaba un destino
peor que la muerte, y también lloraban
por sus amigos perdidos y por el sufrimiento del
árbol, que lloraba con ellos. Y los que
se habían ido lloraban, por sus compañeros,
por el árbol y por ellos mismos, perdidos
a la deriva en el vasto mundo, y por fin el dolor
de los ciempiés comprendieron y lamentaron,
y se preguntaron que había sido de ellos,
que su mismo destino habían sufrido. Pero
las arañas como su madre conciencia poseían,
y la conciencia las hizo llorar, llorar por el
dolor que habían producido y por la muerte
que habían llevado al árbol. Y,
entonces, las arañas lloraron, pero no
por el dolor del árbol, sino de placer,
mientras comían a los escarabajos que habían
quedado atrapados en su huida. Y la araña
puso huevos, de los que nacieron más malvadas
arañas, que siguieron a su madre a las
ramas más altas, el hogar de las orugas,
que a temblar se pusieron, sabiendo su destino.
Y las orugas, como los anteriores habitantes del
árbol, fueron desapareciendo, alimentado
a las arañas, que disfrutaban de cada oruga
atrapada y que gozaban de cada oruga comida, de
cada oruga que moría en un intento de escapar
y, que si alguna lo lograba, mataban con su veneno.
Pero la experiencia es buena maestra, así
que las orugas no aguantaron mucho y pronto, llorando,
se fueron del árbol, que había sido
su hogar por tanto tiempo, y que siempre habrían
de extrañar. Y el árbol lloró
a sus amigas las orugas, que en sus ramas comían
y vivían, que en su tronco hacían
sus casas y capullos y que, con su voz, alegraban
al árbol y regocijaban a sus habitantes.
Pero las orugas se fueron, dejando al árbol
en su dolor. Y las arañas lloraron, arrepentidas
por el dolor que habían causado, con un
llanto producido por su conciencia, que rápidamente
fue engañada otra vez, porque las arañas
lloraban de risa, riéndose del dolor del
árbol, y riéndose del dolor del
árbol tuvieron hijos, que rápidamente
crecieron y subieron a las ramas más altas,
el hogar de las mariposas, que de inmediato empezaron
a llorar, y también, si vale decirlo, a
temblar de terror.
Pero las mariposas volaron y volaron, lejos de
las redes de las arañas, que conforme las
mariposas subían, subían con ellas,
como si hubiera redes invisibles que las ataban
a las mariposas. Y el árbol se acabo para
las mariposas, y ya de las arañas no pudieron
huir, por lo que estas últimas empezaron
a caer en las telarañas, muriendo una por
una, y una por una sintiendo el dolor que tanto
amaban las arañas. Y, mientras el árbol
lloraba, las mariposas eran devoradas por las
arañas, y ya no pudieron, como los anteriores
habitantes del árbol, escapar. Ya las arañas
eran muchas, y ya no se conformaban con devorar
algunos. Fue así que los últimos
habitantes del árbol, las mariposas, desaparecieron,
y ya nunca volvieron al árbol. Y las arañas
pusieron huevos que todo el árbol ocuparon,
y el árbol lloraba y lloraba, por sus antiguos
amigos, por la maldad de las arañas y por
el peso de ellas que ya era insostenible. Y fue
así que este peso hizo que el árbol
cayera muy lentamente; y durante la caída
el árbol lloraba, y por fin las arañas
con su conciencia lloraron, y por fin ya no trataron
de engañarla, pero con el llanto de las
arañas el árbol cayó, dejando
sus raíces en el suelo, y las malvadas
arañas murieron, llevándose con
ellas al árbol que alguna vez había
sido su hogar. Pero donde el árbol estaba
un pequeño arbusto quedó, y alrededor
de él todos los habitantes del árbol
se reunieron, esperando al legado que su antiguo
hogar les había dejado, y sabiendo que,
aunque algún día volverían
las malvadas arañas, hasta ese día
la paz reinaría en sus vidas, y el dolor
sería solo un recuerdo lejano. |
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JUSTICIA
Por Antonio Rosmini
E-mail: raton_amr@hotmail.com
Yo
estoy encerrado en lo alto de una torre pegado
a un precipicio que da al mar tengo una puerta
de acero cerrada con una cerradura de doble
vuelta.
Tengo una pequeña ventana en la cual
puedo ver las gaviotas volar y oír el
chocar de las olas contra las rocas.
Luego lo que hay es pura pared, estoy aquí
por un delito que no cometí, pero no
le pude explicar al juez la verdad, parecía
tan absurda.
Mi familia no creía que yo maté
a alguien, cosa que no hice, mi padre sé
peleo con el juez y lo multaron, una multa inaccesible
de pagar para él. Mi abogado y amigo
del alma tampoco pudo ayudarme y me creía.
Todo el pueblo me apoyo, ellos me creían,
pero no el juez. Hasta el abogado contrario
pidió una sentencia menos dolorosa.
Pero no, él hizo lo que creía
que debía hacer o mejor dicho lo que
quería hacer, no pensó en los
sentimientos de otra persona, incluso siendo
de sexo masculino.
Me preguntó que estaba pensando el día
que dio mi sentencia.
Les puedo asegurar que no sé quien fue,
pero si se que el que hizo tan horrible cosa
debe estar peor de lo que estoy yo, toda su
vida va a estar pensando en que mató
a alguien, y para colmo le echaron la culpa
a alguien que era tan inocente como la gaviota
que entró a mi celda por la ventana.
Yo que estoy aislado totalmente del mundo, de
mi familia, de mis amigos, de mis animales,
me prometo que cuando salga de aquí disfrutaré
de la vida, no haré justicia, ya la he
echo.
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LA
APUESTA
Por Diego Quinteros
elcordoba2001@hotmail.com
Hace
mucho tiempo ya, en un lugar cualquiera, dos grandes
amigos se encontraron. No se puede decir con exactitud
cuando ni donde, ya que todavía
no existían tiempos ni lugares. No había
relojes que supieran limitar las horas ni planetas
que pudieran establecer los sitios.
Si bien es cierto que eran muy amigos estaban
claramente diferenciados por cuestiones... digamos
políticas, aunque era mucho más
que eso, pero alcanzará para entender.
En fin, nuestros dos amigos en cuestión
tenían diferentes formas de vida y que
así se entienda. Uno estaba más
relacionado con el orden, la tranquilidad, el
equilibrio, la armonía; mientras que el
otro era algo más desequilibrado, más
impulsivo, más arriesgado, más pasional.
Ninguno era superior al otro, eran amigos y entre
amigos no hay superiores. A ellos no les importaba
quién era el mejor ni el primero, ya que
de todas formas, aunque hubieran querido saberlo,
nadie podría habérselos explicado.
Después de pasar mucho tiempo que jamás
podría ser establecido, se fueron cansando
de tanta nada. Las charlas se habían vuelto
más monótonas, rozando la rutina,
pero sé que para muchos hablar de rutina
en estos seres merecería algo menos que
la hoguera.
Tal vez fue esto lo que hizo que en algún
momento a uno de ellos, no sé a cuál,
(y en el fondo es irrelevante) se le ocurriera
hacer una apuesta, una apuesta entre amigos, sin
más objetivos que la simple diversión.
Una apuesta no para encontrar ganadores, sino
para que la nada se poblara de algo que los alejara
de ese montón de pensamientos que atosigaba
sus mentes todo el tiempo. Para distraerse, para
alejarse de su rutina, para entretenerse con algo
que no sean ellos mismos.
La apuesta era simple: debían crear entre
los dos un mundo, un lugar cualquiera que se les
ocurriera y poblarlo de seres y cosas. Algo así
como un laboratorio de ratas, para probar con
ellas y divertirse, para ver sus reacciones y
sus decisiones dependiendo de las situaciones
que, a su antojo, ambos les plantearan. Ganaría
el que mayor influencia causara en este mundo
creado, aquel que más impusiera su forma
de vida entre esas ratas de laboratorio.
No fue simple, debieron crear un espacio y un
tiempo limitado, finito; debían abstraerse
de sus propias vidas e inventar nuevas reglas
para sus criaturas. Debieron darles un mundo medianamente
entendible y aceptable para que sus cortas vidas
no se debatan entre sombras con preguntas que
nunca encontrarían solución. Crearon
días y años, y estrellas para que
los indicaran. Les dieron necesidades a sus criaturas
para que pasen sus vidas tratando de satisfacerlas
y les dejaron libertad para elegir cómo.
Pero a pesar de esa posibilidad de elección
fueron marcando pautas para el camino a recorrer,
creando paradigmas invisibles y evitando los fantasmas
en las cosas más simples. Todo esto para
poder evaluar cuál era la forma de vida
que con el tiempo fuera a imponerse. Es evidente
entonces que la libertad dada a sus ratas no era
más que ficticia, era una ilusión
para que puedan comprender, para que crean que
comprenden. Ellos marcaron un camino inevitable,
y las ratas podían recorrer el camino como
quisieran, pero debían recorrer ese camino
y no otro. Incluso fueron dotadas de libertad
de pensamiento, pero igualmente ficticio, ya que
era una capacidad muy limitada, para que crean
que comprenden, pero era sólo lo que ellos
les dejaban comprender, las cosas simples, las
cosas obvias, las cosas necesarias y no más
que eso.
Se divirtieron mucho viendo que llamaban locos
a los que realmente entendían más
allá de las limitaciones de los demás,
a los que comprendían realmente algo del
mundo. Vieron como los encerraban y les dio miedo
su creación. Se preguntaban cómo
era posible que marginaran a los más sabios,
a los que tenían los ojos más abiertos.
"¿Cómo es tan ciego el hombre
que encierra al que puede ver?" se preguntaban
el uno al otro, pero ambos negaban responsabilidades
y terminaban por evitar el asunto. Vieron como
se asesinaban unos a otros por discusiones de
tierras y se sorprendieron de la malicia de sus
ratas. Ellos no entendían por qué
el hombre inventaba territorios si ellos crearon
sólo uno para todos, sin necesidad de distribuirlos,
porque en él entraban todos muy bien. Vieron
como el más fuerte pisoteaba al más
débil para cumplir su objetivo y sintieron
asco de lo que habían creado.
Cuando notaron que el hombre creaba dioses perfectos
y que los amaban sintieron curiosidad y algo de
vanidad al verse engrandecidos por sus pequeños
seres. Pero fue el espanto lo que los conmovió
cuando vieron que se hacían guerras por
esos dioses, que en nombre de esos dioses se mataban
pueblos enteros. "¿En nombre de un
dios perfecto y benévolo, creador de todas
las cosas se destruyen?" se preguntaban y
trataban de entender cuál había
sido el error de su simple juego.
Entendieron que con su apuesta habían creado
ratas para sufrir, aunque ese no hubiera sido
el propósito. Entendieron que el hombre
no sirve para ser feliz, que el hombre se siente
más cómodo cuando es infeliz y puede
culpar a alguien de esa infelicidad. Muchas ratas
los culpaban a ellos (o mejor dicho a él,
porque entendieron que uno era bueno y el otro
no, que el bien era causa de uno y el mal del
otro), pero ellos se sabían no perfectos,
sabían que la perfección es una
idea utópica, inalcanzable hasta por ellos
mismos.
Pero a pesar de no ser enteramente benévolos
como sus criaturas los imaginaban, el mal que
padecían los conmovía, los hacía
sufrir. Se podría decir que se habían
encariñado con sus pequeños seres,
un sentimiento semejante al que se tiene por una
mascota.
Veían su sufrimiento reflejado en su eternidad,
veían sin sentido a cosas a las que antes
ni se lo hubieran buscado. Vieron que a pesar
de su papel de creadores nada podían hacer
para mejorar al hombre, nada podían hacer
para que su felicidad sea más simple, más
fácil de conseguir.
Y sufrían. Sufrían por la impotencia
de su quietud, sufrían por la insuficiencia
de sus actos. Morían todos los días
al ver morir ratas inocentes, y al ver hacerse
poderosas a ratas miserables, que de todas maneras,
ellos mismos habían creado.
"¿Cómo explicarles que son
una simple apuesta, sólo un trozo de diversión
en la inmensidad de la nada?" se preguntaban
en silencio sin compartir con el otro la pregunta
que flotaba en el espacio.
Decidieron, con el dolor de sus almas, terminar
el sufrimiento de sus pequeñas ratas. Prefirieron
que perezcan y no que continúen con sus
vidas de dolor. Pero al llegar el momento, ninguno
pudo realizar la tarea del final.
Su obra los superó, los hizo pequeños
ante tanto espanto. No podían sacrificarlos
si nunca habían pedido nacer, si ellos
estaban sólo porque un capricho infantil
los trajo de la nada.
Fue en ese momento que entendieron que el dolor
de sus ratas sería suyo por siempre, que
debían existir con eso porque era su responsabilidad,
eran sus mascotas, sus inventos. A partir de ese
instante y para siempre, dejaron de saber lo que
era la felicidad, y comenzaron a ser parte de
la imperfección de su obra. Sabían
que su eternidad no sería jamás
la de antes; que su eternidad, desde ahora, sería
su condena.
LA MERIENDA
Por Marcelo D. Ferrer
Cada domingo subíamos al tranvía tras una espera de cuarto de hora. Teníamos por delante un recorrido de cincuenta minutos, a lo menos. Los asientos de madera, con ondulaciones apenas anatómicas, hacían que el trayecto fuere algo menos incómodo. Pero un viaje en domingo a medio día a las afueras de la ciudad, era siempre penoso; los pasajeros iban cargados de bultos con provisiones que depositaban en el pasillo central, que una vez que se colmaba de paquetes y de gente asida de los pasamanos, hacía que todos abordo, incluso los sentados, terminaran apretujados. En general la gente era de clase baja y con mal aseo, para cuando el tranvía se llenaba, los tufos obligaban a la apertura de las ventanas, que sueltas de sus trabas, iniciaban un tintineo en armonía con el traquetear de las ruedas sobre los rieles de acero. Mientras el carro estaba en movimiento se hacía difícil conversar; aunque mamá hablaba poco y sonreía todavía menos, sólo cuando nos deteníamos para el descenso y ascenso de pasajeros, hacíamos algún comentario.
No es que mamá y yo perteneciéramos a una estirpe superior, vivíamos muy modestamente después de fallecer papá. Mamá era zurcidora y cocía botones para una reconocida tienda de la ciudad; nos diferenciaba la pulcritud. Los tramos finales del recorrido se hacían en descampado y el paisaje que se observaba desde las ventanillas variaba diametralmente según la época del año. En invierno, la ocre sequedad de los yuyales se poblaba de motas negras a medida que la gente descendía y se perdía con sus bultos entre los matorrales. En verano, con el amarillo de las totoras en flor y el bullicio de los niños, había más colorido. Para cuando el tranvía llegaba a su destino, jamás había más de seis o siente personas abordo, incluidas, mamá, yo, y algunos años atrás, la abuela Rosario.
Vestíamos invariablemente de negro: ella con lentes oscuros y un pañuelo de seda que le cubría la cabeza; pendiendo de su codo derecho, el bolso con la merienda; en su mano, un ramo de fresias. Yo con dos moños de raso sobre mis orejas, mi tapadito de paño y medias hasta la ingle.
El guardia de la puerta era un amable anciano con deseos de conversar, después del saludo formal, descerrajaba una andanada de preguntas que mamá contestaba con leves movimientos de cabeza y expresiones onomatopéyicas, que dejaban al pobre el deseo de repreguntar. Por unos pasos me lo quedaba mirando comprendiendo su necesidad, mientras el individuo, sonriendo, agitaba su mano tan veloz como un colibrí bate sus alas, hasta que lo dejaba de mirar.
El arco de acceso era una imponente construcción de amarillo descolorido sobre dos torres con molduras. A cada lado, un paredón de varios metros de alto que repetía los arreglos del arco central. Más allá de la escalinata de entrada se abrían en abanico senderos de grava roja delimitados por setos bajos bien cortados. La sombra de enormes cipreses y cedros proveía cierta serenidad. Lo peculiar era el silencio. Ni bien trasponíamos la enorme reja de la entrada, las personas hablaban en un murmullo apenas audible; entonces, preguntas como: ¿Qué? ¿Cómo dijo? Y otras parecidas, era usual escucharlas a cada rato.
Nuestro sendero –en diagonal a la izquierda– nos dirigía a una pequeña fuente llena de musgo cuyo motivo eran tres ángeles jalados por un cóndor; la sequedad del mármol denunciaba que la fuente, como la mayoría de las cosas en ese lugar, estaba muerta. Más allá de la fuente, nos adentrábamos a un pasadizo rodeado de construcciones grises de pesada arquitectura barroca. Mármoles oscuros, crucifijos, rejas, floreros de chapa, bronces y epitafios, se sucedían sin solución de continuidad. Dolientes mujeres –de riguroso negro– entregadas con devoción a la tarea de acomodar flores, persignarse o rezar, daban movimiento al rígido silencio.
Papá estaba en un panteón más bien modesto. De esto me había percatado cierta vez que mamá me llevo a que viera las bóvedas de las familias adineradas: tenían varios pisos y subsuelos. Algunas se encontraban en tal abandono, que a través del biselado de sus puertas se podía observar féretros abiertos o corridos de lugar, pedazos de florero esparcidos por el suelo, y en general, suciedad. Ni bien llegábamos donde papá, mamá extraía de su bolso implementos para limpiar. Esto, aproximadamente, le demandaba una hora. Mientras ella se ocupaba de esa tarea, yo salía a caminar.
Al fallecer papá, tenía apenas seis años. Mamá era una joven ama de casa de veintiocho. Abuela Rosario, que también había enviudado joven, se mudó con nosotras. Por años la peregrinación de los domingos la hicimos las tres. Bien temprano, luego de almorzar –a menudo sin siquiera lavar los trastos–, tomábamos el tranvía con todo lo necesario para pasar la tarde. Algunas veces lo hacíamos también los miércoles. Ellas pasaban por mí a la salida de la escuela y allá íbamos. Mientras mamá y la abuela tomaban mate sentadas en el umbral del panteón, yo hacía mis tareas. Abuela Rosario, que padecía diabetes, quedó imposibilitada de caminar, por eso, no nos acompañó mas; pero siempre tenía encomiendas que dar o instrucciones de cómo quería ella que luciera el lugar. Mamá lustraba bronces, barría el piso, sacaba brillo a los vidrios, enceraba el cedro de los cajones y refrescaba el agua de las flores mientras dialogaba con papá. Yo, deambulaba entre las tumbas jugando a las escondidas, o imaginaba que de una cripta, se asomaba un muerto de verdad. Al cabo de un rato mamá me llamaba a merendar. Entonces, entorno al mantel blanco con puntillas que cubría el féretro de papá, nos reuníamos los tres.
Cuando la sombra de los crucifijos se extendía a lo largo de los pasillos, emprendíamos el regreso. La vuelta tenía de desolado lo que la ida de poblado. Al languidecer el domingo, muy pocos retornaban al centro. En el vacío... retumbaba el traquetear del tranvía sobre los rieles de acero. |
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